Conflicto inesperado

Diario de Lucía Montes
Madrid, 17 de mayo de 2024

Abrí el correo por última vez. Apreté el botón de “enviar” sin dudar. Ahora sí, podía permitirme un café. Me recosté en la silla, entretenida pensando en el nuevo trabajo. Salí del buzón de entrada, apagué la computadora y me dirigí al cuarto de descanso.

Marina estaba allí, deshecha en lágrimas sobre su café helado. Nunca me gustó meterme en asuntos ajenos, pero algo en su actitud me picaba. Demasiado maquillaje borrado, el llanto desesperado… ¿Y aquel sujeto con el coche de lujo que la llevó el jueves? Recordé cómo me fulminó con la mirada al saludarla en el ascensor. Este tipo de historias siempre tienen el mismo final. Ella aún no lo entiende.

El hervidor silbó anunciando el agua lista. Me hice un cafésito y me senté al lado de Marina. Le ofrecí las servilletas de papel.

—¿Es sobre el marido del informe?
—¿De qué sabes tú?
—Lo vi salir corriendo del portal como si le persiguiera el diablo. Tú aún sientes algo por él…
—¡Cállate, Lucía! No me juzgues.

La apunté con el dedo índice, seca pero firme.

—Lo siento. Nunca nadie te lo dijo, pero perderte un hijo por ser una ilusa también duele. Con dos renglones de un test positivo, ahora te conviertes en madre, empleada a tiempo completo y la anfitriona de cada peste doméstica. ¿Tienes idea de cuántas horas invertirás en el colegio, en los encajones del metro y en puertas falsas de jefes que te ofrecerán “oportunidades” a cambio de complacerlos?

—¡Es diferente! Él me dijo que…
—¿Qué te dijo? —La interrumpí, recordando la conversación con mi madre—. “Haría lo que fuera por ti”, “el amor no tiene precio”, “nunca será un problema”. Y luego se va, como lo hará el próximo idiota que te haga creer en mentiras.

Marina se puso de pie y se fue, dejando rastros de lágrimas en el mantel. El café se me enfrió entre mis dedos. Otro caso perdido.

Fue entonces que llamaron a mi puerta. Paco, nuestro director, me había estado buscando.

—Menuda batalladora te has convertido. —Me dio una palmada en el hombro—. Tu nuevo proyecto está en Madrid. Haré que te pague el mejor del departamento antes de que te vayas.

Llegué al piso de mis padres con la promesa de una vida completamente nueva. Allí, en el frágil sillón de su apartamento, mamá me esperaba con una taza de té. Era la misma que me había insultado durante años, alegando que papá no ganaba “lo suficiente”.

Recuerdo aquella noche cuando escuché su rápido “¡no vendrás a buscarme!” y su risa amarga al vomitar una botella de sidra. Papá quería arreglar las cosas, pero mamá solo buscaba otro hombre dispuesto a pagar por su vida a medias.

—¿Vas a llamar al tipo? —me interrumpió, desviando la mirada de mis ojos.
—No —contesté, empujando un café de mi hermanastra María por si quería participar en la tragedia—. Ya no espero por nadie.

Esto no es sobre mis padres. Es sobre cómo aprendí, casi sin querer, que vivir por propia decisión es mejor que esperar por alguien que nunca llegará. Madrid me espera, y allí construiré algo que no tenga nada que ver con las ruinas de mi infancia. Mamá y papá continuarán con sus discusiones, pero yo ahora tengo algo que ellos jamás alcanzarán: paz.

Y si algún día veo a Marina en la calle, le recordaré que tampoco el dinero lo报仇, pero al menos daré consejos con una sonrisa que no lleve veneno.

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