«¿A quién traes a esta casa, hijo mío?»
Isabel Martínez había pasado todo el día en la cocina. Preparó las ensaladas favoritas de su hijo, rellenó pimientos, asó un pollo dorado y crujiente. Era un día especial: por primera vez, su hijo Jorge traería a su prometida.
La casa relucía, el mantel estaba impecable, el pastel reposaba en el alféizar. Isabel se arregló el pelo varias veces, se miró al espejo y esperaba con el corazón en un puño. Quería caerle bien a su futura nuera.
El pestillo de la puerta sonó. Isabel se enderezó. «¡Han llegado!», pensó, y se disponía a salir al recibidor cuando escuchó voces bajas.
—Jorge, ¿en serio? ¿Esto es tu casa? Parece un museo polvoriento —soltó Verónica con desdén.
—Baja la voz, Vero… Mamá nos oirá. ¿Por qué hablas así?
—¡Que me oiga! A ver si se da cuenta de que estas porquerías hay que tirarlas —dijo, dándole una patada al viejo bargueño del pasillo.
—¿Cómo te atreves? —Isabel apareció en el umbral, pálida, los ojos llameantes—. Esto es mi casa, no un mercadillo.
Un silencio espeso llenó el aire.
Verónica ni siquiera se disculpó. Durante la cena, hizo gestos de asco, apenas probó la comida y no paró de murmurar que la decoración era «de la época de Franco». Además, dejó claro que no se mudarían hasta reformar todo.
A Isabel le faltó el aire. Se levantó sin decir nada, salió al balcón y apretó una mano contra el pecho. Por primera vez en treinta años, lamentó haber criado sola a su hijo. Su marido se fue cuando Jorge era un bebé. Lo había sacado adelante sin ayuda: el trabajo, la casa, los sacrificios.
Y ahora, una extraña despreciaba ese hogar.
Cuando Verónica anunció que estaba embarazada, Isabel calló. Ya sabía que esa relación no traería felicidad. Valores demasiado distintos. Pero por el niño, por su hijo… Ofreció: «Quedaos aquí. La casa es grande. Podéis reformar una habitación a vuestro gusto».
—¡Una habitación no es suficiente! —espetó Verónica—. Queremos vender este trastero y comprar dos pisos.
—¡No permitiré que malvendáis lo que mis padres construyeron con su vida! —Isabel no pudo contenerse.
Al día siguiente, Jorge llegó con documentos. Pedía su parte. Isabel firmó sin mirarlo.
—Véndelo. Haz lo que creas. Pero recuerda: con esta casa, no pierdes paredes, pierdes parte de tu familia.
Una semana después, Isabel murió. En silencio, de noche, mientras dormía. Jorge encontró sus fotos en el alféizar. En una, ella lo sostenía de bebé, junto al piano de la abuela.
Se quedó en la habitación vacía, donde solo resonaba el eco.
Los muebles… Verónica ya los había vendido.
Tres años después, Jorge vivía en «su» piso de soltero. Solo. Verónica y el niño, en otro lugar. Pero la mesa vieja restaurada, con su tapete verde, seguía en un rincón. Al lado, la foto de su madre. Y cada noche, le pedía perdón en silencio.







