Con mi marido llegamos al pueblo para conocer a sus padres — así fue mi primer encuentro con la fami…

Querido diario,

Hoy por fin hemos venido al pueblo para conocer a los padres de mi marido. Nada más llegar a la casa, su madre, saliendo al porche con las manos en las caderas como una matriarca de zarzuela, soltó a voz en grito:

¡Ay, Iñiquito! ¿Por qué no dijiste nada? y al ver que no venía solo, añadió: ¡Si has traído compañía!

Iñigo, sin pensárselo dos veces, me abrazó y me acercó fuerte contra él:

Mamá, te presento a mi esposa: Asunción.

La señora, con su delantal de volantes, avanzó hacia mí, manos extendidas como para darme la bendición:

¡Anda, hija, ven aquí! y me plantó tres sonoros besos, como manda la tradición de la tierra.

Un intenso aroma a ajo y pan recién hecho se desprendía de Clara María, mi suegra. Fue entonces cuando me abrazó con tanta fuerza, que de pronto mi cabeza quedó encajada entre dos almohadas bien mullidas: su pecho maternal. Me soltó un instante, me miró de arriba abajo, y preguntó con picardía:

¿Iñigo, de dónde has rescatado a esta guindilla?

Mi marido soltó una risa socarrona:

Ya lo sabes, mamá. En la ciudad, en la biblioteca ¿Está papá?

Está con la vecina, luchando con la vieja estufa. Pero pasaos a casa, que acabo de fregar el suelo; ¡Fuera botas!

Desde el corral nos miraban curiosos los niños del pueblo, con caras de admiración.

¡Antoñito! llamó mi suegra Corre donde la señora Remedios, dile a Ramón que su hijo ha venido y ha traído a la nuera.

¡Ahora mismo! respondió el zagal y salió disparado calle abajo.

Entramos en la casa. Iñigo colgó mi abrigo de entretiempocomprado en las rebajas, por supuesto junto a la chimenea, y frotó mis manos frías contra el lado blanco del horno, acurrucándose como un niño.

Mi madre nodriza sigues caliente.

No tardaron nada en sonar los pucheros y cazuelas, las jarras de barro repiqueteando, los vasos de cristal y las cucharas de aluminio tintineando en la mesa

Mientras la suegra preparaba la comida, miraba todo con inquieta curiosidad. Los santos en el rincón del salón, cortinas blancas con flores en las ventanas, alfombrillas tejidas a mano sobre los taburetes y el suelo. Junto a la chimenea, un gato o gata de color canela se hacía el dormido, dándonos la espalda

Fue entonces, mientras Iñigo informaba de que habíamos firmado en el juzgado la semana anterior, cuando de pronto reparé en que la mesa ya estaba cubierta de manjares. En el centro, una fuente de aspic, y junto a ella: ensaladilla, tomates en conserva, leche fresca de cabra en jarra con nata dorada de la buena, empanada de huevo picado con cebolleta

¡Vaya hambre que de repente me entró!

¡Mamá, basta ya! Que hay comida para una semana gruñó Iñigo, mordiendo un buen trozo de pan artesano.

Mi suegra puso con gran ceremonia una botella de vino clarete al lado del aspic, secándose las manos en el delantal satisfecha:

¡Pues ya está, todo listo!

Así conocí a la madre de Iñigo. Eran como dos gotas de agua: ambos morenos, mejillas rojas como manzanas. Solo que mi Iñigo es tranquilo, dulce, y ella tormenta de verano, repentina y ruidosa.

No me cabe duda de que más de un potro indomable habrá atado ella a su antojo y más de una casa habrá salvado del fuego

La puerta del patio sonó con estrépito. Entró un hombrecillo bajito, dejando entrar una ráfaga helada. Con alegría de niño, abrió los brazos:

¡Sancta madre del cordero!

Sin quitarse la chaqueta, oliendo a leña y manchada de hollín, abrazó a su hijo.

¡Hola, papá!

Primero las manos, luego el saludo, ¡anda! le ordenó la suegra.

El suegro me estrechó la mano divertida y caballerosamente:

¡Encantado, niña!

El padre de Iñigo, Ramón, tenía unos ojos azules picaros, una barba rojiza poco poblada y el mismo pelo rizado, con destellos cobrizos.

Mujer, sírveme un buen plato de sopa dijo, jugando con el lavamanos a la antigua.

Brindamos alzando nuestros vasos:

¡Por vosotros, queridos!

Tras la comida y el vino fresco, me sentí animada. Curiosa, pregunté:

Ramón, ¿por qué todos los hombres en tu familia se llaman igual?

Respuesta sencilla:

Todo tiene una lógica, Asun. Mi abuelo, mi padre y yo, todos fuimos maestros albañiles y constructores de hornos y chimeneas. Solo que Iñigo se me salió del tiesto, que eligió ser tornero.

También hacen falta torneros en España, papá.

Y para hacer un buen horno, ¿hace falta mucha destreza, Ramón?

Mucha, hija. Es un arte levantó el dedo: que quede bonito, que no humee y que cueza el pan de rechupete. Mira que no soy tan robusto, pero los pelirrojos somos resistentes, ¡criados al sol ibérico!

Ramón es un manitas para todo dijo mi suegra.

A ver, cuenta algo, papá, que queremos historias.

Ramón puso cara seria, acarició su barbilla y guiñó el ojo:

Pues os cuento la primera

Una vez, en julio, fuimos a segar heno. Teníamos una vaca, ¿te acuerdas, Clara? ¡Una bestia prodigiosa, toda de leche! Éramos una tropa entera: mujeres, hombres y nosotros dos, Clara y yo. El sol todavía no asomaba en el cielo y ya estábamos con la faena: ras-ras, ras-ras

¡Qué calor! ¡Y los tábanos nos picaban como locos! Y ese año, estaba plagado de jabalíes por el monte. Así, al llegar la hora de comer, todos sudando la gota gorda y muertos de cansancio Me dio por animar el cotarro con una broma.

¡Viene la manada de jabalís! grité, y me subí corriendo a un roble.

A los dos segundos, todos dejaron la guadaña y treparon a los árboles también

¡Y después qué pasó?

Casi me corren a escobazos, hombres y mujeres, pero lo curioso es que el trabajo se aceleró un montón.

Clara María, que no soportaba las tonterías, le espetó con suavidad una colleja:

¡Eres el diablo rojo!

Papá, cuenta algo de jabalíes de verdad.

Pues vale Resulta que por entonces éramos jóvenes, ni pensábamos aún en tener hijos Yo era cazador de primera, pero esa historia me quitó las ganas para siempre.

Una mañana, recién caído el primer copo de nieve, le dije a Clara: Me voy de caza.

Ella: Ve, pero vuelve con los pies enteros. Cojo la escopeta y allá voy. Mucho andar y nada que cazar. Al caer la noche, estaba volviendo cuando oigo cerca una piara de jabalís. Apunto y disparo ¡Pero fallé! Y de pronto, un monstruo de jabalí se me lanza encima. Eché a correr y me subí a un árbol, ni me acuerdo cómo.

Seguro que el miedo te espabiló

Anda, no interrumpas Me quedé colgado toda la noche, los jabalís debajo, rascando la tierra para tumbar el árbol. Al ver que no podían, se echaron a dormir ahí mismo, y toda la manada conmigo en vela hasta el amanecer.

¡Madre mía! dije boquiabierta. ¿Y entonces?

Amaneciendo, Clara vino con los vecinos buscándome; la pobre, los ojos como platos de no dormir. Me bajaron del árbol casi a rastras.

¡Es que no eres un hombre, sino un fuerza de la naturaleza!

Anda, déjate ¿Te apetece un té? Con manzanilla de la sierra y miel de nuestra cosecha.

Sí, gracias.

Clara repartió el té fragante en las tazas.

Iñigo, cuenta cómo curaste a mi hermana, hombre.

Ramón casi se atragantó de la risa.

Resulta que la hermana de Clara, Inés, manda un telegrama: Preparaos, que voy de visita. La recibimos en la estación, y al poco, durante una comida suelta: Ay, las piernas, que no puedo ni andar del dolor.

¿Fuiste a la consulta? le preguntamos.

No tengo tiempo, que si el médico está lejos, que si esto, que si lo otro. Yo, ni corto ni perezoso: ¿Y con abejas, nunca has probado?

¿Dónde voy a encontrar abejas en Madrid? dice la otra.

Vente conmigo un momento. La llevo a las colmenas y le digo: Arremángate la falda, no mucho, solo hasta la rodilla. Una en cada pierna ¡y listo!

Inés primero me lo agradeció mucho, pero a la media hora la pobre empezó a soltar improperios a voz en grito: le dio una reacción alérgica tremenda, piernas hinchadísimas y sin poder andar.

Doctor Curalotodo, que eres

¡Pues yo no sabía nada de alergias! Ni ella tampoco

Asun, tú toma la miel, que seguro que no eres alérgica.

¡No, Ramón, tomo sin miedo!

Seguimos la merienda mientras caía la noche y la ventana se cubría de negrura. El cansancio empezó a pesar en los hombros.

Mi suegra corrió las cortinas.

Iñiquito, ¿dónde queréis dormir?

¿Nos dejas en la chimenea? ¿Te parece bien, Asun, dormir encima de la lumbre?

¡Me parece perfecto!

¡Enseguida! Que la chimenea la hizo papá, ladrillo a ladrillo.

Ramón hinchó el pecho de orgullo. Y no era para menos: la chimenea calienta, alimenta y une a la familia.

El fuego ardía vivo, casi mágico.

Agradecimos la hospitalidad y nos levantamos de la mesa. Iñigo, como un galán, me aupó suavemente hasta la plataforma de la chimenea.

En el silencio y la oscuridad, me envolvieron los aromas de años: ladrillo chamuscado, hierbas secas, lana de oveja, pan de horno.

Iñigo se durmió como un tronco, pero yo no pegaba ojo.

De repente, a mi lado, un resoplido: uf-uf, uf-uf.

Pensé: ¡Un duende de la casa! Seguro que es eso, lo he leído de pequeña.

Y recordé aquella rima de la infancia:

Duendecillo, duendecillo, contigo no me meto

Por la mañana descubrí la verdad: no era ningún duende, sino la masa de pan que mi suegra había dejado a fermentar en el calor y se le había olvidado.

Estoy segura de que volveremos más veces a esta casa tan acogedora de los padres de Iñigo: a escuchar las historias de Ramón, a calentarnos en la chimenea, y a saborear pan de verdad.

Pero eso será en otra ocasión.

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MagistrUm
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