Con 16 años la llevó a casa… Ella, ya embarazada y un año mayor.

Él apenas tenía dieciséis años cuando la llevó a su casa… Una chica, ya buena y firmemente embarazada, un año mayor que él.

La niña se llamaba Lucía, estudiaba en el mismo instituto que él, pero en otro curso. Durante días, Javier observó a aquella chica desconocida, arrinconada, llorando sin hacer ruido. No escapó a su mirada el vientre incipiente, la misma ropa durante semanas y una mirada vacía, desprovista de toda esperanza.

Resultó que casi todos conocían su historia… El nieto de un hombre conocido en su pueblo había salido con ella, pero luego desapareció, diciendo que se iba por negocios a una provincia vecina. Sus padres no querían saber nada de ella, se lo dijeron sin rodeos.

Y los suyos, como en la Edad Media, temiendo la “vergüenza”, la echaron de casa y se fueron a su casa de campo. Algunos la compadecían, otros cuchicheaban a sus espaldas.

—Culpa suya. ¡Hay que pensar con la cabeza!

Javier no podía quedarse de brazos cruzados. Sopesó todo y se acercó:

—No será fácil, pero deja de llorar. Te propongo que vengas a mi casa, nos casaremos. Pero te aviso: no sé mentir ni haré zalamerías, ni contigo ni con el niño. Simplemente estaré a tu lado y prometo que todo irá bien.

Lucía se secó las lágrimas y lo miró. ¿Qué podía decir? Un chico común, sin pretensiones. ¡Y ella había soñado con un novio distinto! Pero en su situación, no había elección, y Lucía se fue con él.

Sus padres quedaron en shock. Su madre suplicó a Javier que recapacitara, pero él no cedió:

—Mamá, no te preocupes tanto, todo saldrá bien. Tengo dos becas, la normal y la social. Buscaré un trabajo. ¡Lo sacaremos adelante!

—¡Pero querías seguir estudiando!

—¿Y qué? Vivimos decentemente. Papá ha trabajado en la fábrica toda la vida, tú en la tienda. La gente vive sin estudios superiores. Mamá, ¡esto no es el fin del mundo!

Lucía se instaló en su habitación. Él le cedió su cama y se mudó a un incómodo sofá-cama. Durante días, ella fue silenciosa como una sombra, caminando de la mano con él al instituto y de vuelta. Hasta que estalló:

—¡Estoy harta! ¿Por qué tus padres me miran así? No les gusto. ¡Y tú nunca estás conmigo! ¿Siempre estudiando o trabajando?

Javier se sorprendió.

—¿No crees que es normal? Sí, no eres su hija ideal, pero te aceptaron. ¿Mis padres te miran mal? Los tuyos no quisieron verte. ¿Y los padres del padre de tu hijo? ¿Dónde están? Si estudio, es porque no quiero quedarme sin beca. ¿Que trabajo? Porque necesitamos dinero. No tengo tiempo para telenovelas.

Lucía rompió a llorar.

—¿Por qué eres así?

—¿Cómo? Te avisé que no miento. Por cierto, ¿cuándo vamos al registro civil?

—¡No puedo ir así! Cómprame un vestido bonito, de talle alto, que no se note la barriga.

—¿Estás loca? Presentaremos un certificado de embarazo. Necesito ahorrar para el cochecito y la cuna…

Su madre empezó a tomar valeriana, pero poco a poco se resignó. Cada vez más, su mirada se detenía en ropa de bebé. Al fin y al cabo, no era tan terrible. Que se casaran, que ellos les ayudarían. Solo que la chica era demasiado ingrata, descontenta con Javier, con ellos, con el piso pequeño. Bueno, quizá cambiara cuando naciera el niño.

Pero Lucía no pensaba cambiar. Cuando Javier llegó sucio y sudoroso después del turno en el lavadero con una gata callejera, ella enrojeció de furia y gritó:

—¡Eres un idiota! ¿Para qué traes esa gata? ¡Fuera de aquí!

—No. Espera gatitos. Se queda. Mejor caliéntame la cena.

—¡Ah, así que eso! —casi chilló Lucía—. ¡Elige! ¿La gata o yo?

—¿Para qué? —Javier arrugó el rostro, confundido—. Esto es mi casa. No tengo que elegir. Es mi gata, y si no te gusta, puedes irte. Hasta mi madre me dio más libertad. ¿No serás tú la que siempre está mirando a todos con rencor?

Lucía lloró, se quejó, tuvo celos de una gata flaca y sarnosa. ¿Dónde veía Javier que estuviera preñada? Pero pronto fue evidente: la gata esperaba crías.

Javier estaba agotado, pero cada vez que el arrepentimiento asomaba, lo ahuyentaba. Aguantarían. Lucía daría a luz, se tranquilizaría, y antes, la gata les alegraría con sus gatitos. Quizá eso les traería paz.

Pero todo salió al revés… El abuelo, el hombre influyente del pueblo, regresó de su viaje y se enteró de todo. Localizó a su nieto, lo reprendió y le advirtió que lo desheredaría si su bisnieto crecía en otra familia. Y el nieto no estaba dispuesto a perder ese privilegio.

Lucía se marchó con él del instituto sin despedirse de Javier. Por suerte, llevaba sus documentos (pensaba ir al médico después de clase). Ni siquiera recogió sus cosas —¡ahora le comprarían ropa nueva! Y jamás pisaría ese instituto cutre.

Javier quedó destrozado… ¿Cómo pudo hacerlo? Ni una palabra, ni una llamada. Tiró todas sus pertenencias y se quedó sentado en la oscuridad, abrazando a su gata.

La gata lo entendía. Se acurrucaba contra él, ronroneando, como si supiera que era su consuelo.

Javier asistió al parto él solo, sin dejar que sus nerviosos padres se acercaran. Le hablaba, la calmaba, vigilando que todo saliera bien, con el teléfono listo por si necesitaban al veterinario.

Todo fue bien. La gata tuvo cuatro gatitos. Javier cambió la manta, puso agua y comida cerca y, exhausto, se fue a dormir. En ese ajetreo, ni recordó que ese día también era su cumpleaños.

Acababa de cumplir diecisiete…

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MagistrUm
Con 16 años la llevó a casa… Ella, ya embarazada y un año mayor.