María tomó la decisión de vivir en pareja, pero la realidad destrozó sus ilusiones
María siempre había sido una mujer querida por todos a su alrededor, pero el destino quiso que se quedara sola. En su juventud, se había dedicado a los libros y al conocimiento que sus padres, especialmente su madre, valoraban como un tesoro. Creció en un pequeño pueblo cerca de Salamanca, rodeada de silencio y páginas de viejas novelas, lejos del bullicio y las pasiones del mundo.
Un día, un hombre entró en su vida: apuesto, adinerado y con una sonrisa cautivadora. La cortejó fervorosamente, y la boda parecía inevitable, como el amanecer tras la noche. Pero el destino le jugó una mala pasada: la muerte repentina de su padre y la grave enfermedad de su madre desbarataron todos sus planes. María se quedó cuidando a su madre enferma, mientras el prometido, incapaz de afrontar las dificultades, se desvaneció de su vida como un fantasma, dejando solo un amargo rastro de traición.
Años después, tras la partida de su madre, María sintió un vacío profundo por la falta de calidez humana. Observaba cómo sus amigas encontraban libertad tras sus divorcios, cómo desplegaban sus alas, y aún así, su corazón anhelaba cercanía, alguien con quien compartir su soledad. Fue entonces cuando el destino la juntó con Fernando, un viudo. Era un hombre afín a ella —amante de la literatura del siglo XIX, citaba a Galdós y a Unamuno, y sus conversaciones junto a la chimenea fueron la chispa que encendió un romance. A pesar de las advertencias de sus cercanos — «¿Para qué te complicas a tu edad? ¡Vive para ti!» — María y Fernando decidieron casarse, convencidos de que el amor podía vencerlo todo.
Sin embargo, la realidad fue fría e implacable. La vida en pareja no resultó ser idílica, sino una prueba diaria. Fernando, con su costumbre de dejarlo todo desordenado, se convirtió en una pesadilla para María, que estaba acostumbrada a un mundo donde cada cosa tenía su lugar, donde cada libro estaba correctamente colocado en la estantería y cada taza conocía su sitio. Su mundo se desmoronaba bajo el caos de él, y cada día era una batalla por mantener la paciencia y encontrar un resquicio de armonía.
María intentó hablar con él, abrirle su corazón, implorarle que compartiera la responsabilidad del hogar común. Pero sus palabras caían en el vacío — Fernando permanecía sordo a sus súplicas, inmune a su dolor. Tras otro incidente en el que encontró sus libros favoritos tirados descuidadamente en un rincón y la cocina abarrotada de platos sucios, María no pudo más. Las lágrimas la ahogaban cuando dijo: «Quiero irme. Recuperar mi paz.» Soñaba con aquella vida tranquila, solitaria, sin nadie que invadiera su mundo, donde ella era dueña de su destino.
Sin embargo, Fernando, alegando sus asuntos personales, pidió tiempo para “arreglarlo”. Se quedó en su casa, y eso solo agravaba su sufrimiento. Cada paso suyo, cada sonido de su presencia le rasgaba el corazón. Nueve meses — eso duró su agonía, ese matrimonio que se había convertido en su cárcel. Finalmente, el divorcio se formalizó, y María recuperó su libertad.
De vuelta a su soledad, sintió cómo sus pulmones se llenaban de aire y su alma de una alegría largamente olvidada. Las paredes de su pequeño apartamento volvieron a ser su refugio, su fortaleza. Sentada con una taza de té, mirando la lluvia de otoño por la ventana, sonrió por primera vez en mucho tiempo — sinceramente, desde el corazón. La libertad que recuperó era más valiosa que cualquier ilusión de felicidad compartida. María entendió que su vida le pertenecía solo a ella, y que no permitiría a nadie más romper esa frágil pero tan preciada paz.







