COMPRÓ A LA JOVEN “SORDOMUDA” QUE TODOS EN EL PUEBLO RECHAZABAN… PERO ELLA ESCUCHÓ CADA PALABRA Dec…

Decían en el pueblo que Lucía era sorda desde pequeña.

Lo repetían con una confianza que rozaba la indiferencia, como si el insistir bastara para convertirlo en verdad absoluta. En el corazón de Segovia, esa frase la condenaba: no escucha, no comprende, no importa. Para muchos, Lucía era más una sombra que caminaba, una responsabilidad que debía sobrellevarse en silencio.

Y Mercedes, su tía, era la primera en recordárselo a todos.

Aquella mañana, el viento helaba hasta los huesos y anunciaba una nevada temprana sobre los tejados de la plaza Mayor. Mercedes arrastró a Lucía entre las casetas, donde los agricultores discutían el precio de las patatas igual que si el hambre formara parte del paisaje castellano.

Mercedes se irguió en medio del gentío y soltó a voz en grito:

¿Quién quiere una muchacha para faenas? Apenas come, nunca se queja y no os llenará la cabeza de historias.

Las miradas se volcaron en Lucía. Ella bajó los ojos, apretó el chal raído entre sus nervios y aguantó firme. Ya conocía aquel desfile humillante: la oferta, las risas, el estigma pegado a la piel como un precio.

Es sorda remarcó Mercedes, señalándola. Así nació. Pero es apañada en la cocina, limpieza y la colada. Lo mejor… no responde aunque le grites.

Las carcajadas fueron secas, cortantes.

Lucía no se inmutó. Había aprendido que su silencio la protegía mejor que cualquier palabra. Por dentro, cada frase la atravesaba, nítida y punzante como un cuchillo.

Porque Lucía escuchaba todo.

Jamás fue sorda.

De niña, tras perder a sus padres en un accidente, Mercedes la llevó al médico. Lucía aún recordaba el olor a desinfectante en la consulta, la voz del doctor asegurando que la fiebre no le había afectado al oído. Pero al salir, Mercedes le apretó el brazo y le murmuró al oído:

Si hablas, a nadie le interesarás. Así es mejor para las dos.

Y Lucía calló.
Al principio, por miedo.
Después, por inercia.
Y al final, porque el silencio era lo único que la mantenía a salvo.

Entonces apareció Rodrigo.

Rodrigo no era de muchas palabras, y vivía solo en una finca a las afueras. Había ido al mercado por semillas y herramientas, conocido entre pocos y respetado, quizás precisamente porque jamás alimentaba el cotilleo.

Mientras ataba sus sacos de grano, escuchó el griterío.

Se giró.
Vio a Mercedes con el gesto agrio.
Vio a la joven encogida, rodeada por la curiosidad.
Y algo se le revolvió dentro.

No era compasión.
Era indignación.

¿Cuánto pides? preguntó Rodrigo, acercándose.

Mercedes le evaluó con una sonrisa interesada.

Sesenta euros.

Veinticinco replicó Rodrigo sin pestañear.

Treinta y cinco. La he criado yo.

Rodrigo sacó treinta euros y se los ofreció.

Esto o te quedas con ella.

Mercedes titubeó apenas un instante y luego recogió el dinero.

Trato hecho. Pero luego no protestes. Es sorda.

Rodrigo no contestó.
Se limitó a mirar a Lucía y hacerle un gesto para acompañarle.

Por primera vez, Lucía alzó la cabeza.

Y se detuvo, sorprendida, porque en los ojos de Rodrigo no habitaba la burla, ni el desprecio. Había, dulcemente, respeto. Alguien que la miraba de verdad.

Subió al carro. Rodrigo le colocó una manta gruesa sobre los hombros. Mientras partían, Lucía miró atrás. Mercedes contaba sus euros sin siquiera despedirse.

Durante el camino, la nieve comenzó a caer. Rodrigo guiaba en silencio. Lucía, con la vista clavada en el paisaje frío y seco, escuchaba la respiración del hombre, el crujir del carro, el silbido del viento.

Cuando llegaron, la chimenea ya encendida, una sopa caldeaba el ambiente.

Rodrigo le indicó la mesa.

Aquí no tienes que temer nada dijo, ignorando que ella le entendía cada sílaba.

Lucía sintió cómo algo dulce se le deshacía en el pecho.

Esa noche, cuando cenaban bajo el crepitar del fuego, él habló:

No tienes que quedarte si no quieres. Si mañana decides irte, yo te llevo de vuelta al pueblo.

Lucía bajó la mirada.
Y por primera vez en años, respondió:

Gracias.

La palabra cayó con fuerza.

Rodrigo levantó la vista, sorprendido.

¿Cómo?

Lucía tragó saliva, temblando.

Nunca he sido sorda admitió con voz baja. Siempre he escuchado todo.

El silencio fue espeso.

Rodrigo no gritó, ni se enfadó. Solo la observó largamente.

¿Desde cuándo puedes oír? preguntó.

Desde siempre.

Lucía abrió su alma: la amenaza, el temor, la soledad. El dolor de quien no puede defenderse.

Esperaba lo peor.

Pero Rodrigo solo avivó la lumbre y habló sereno:

Eso se acabó. Aquí tienes voz. Nadie te hará callar.

Pasaron los días. Lucía se encargaba de las tareas, pero Rodrigo jamás la trató como si le perteneciera. Le enseñó a escribir mejor, a llevar el control de la finca, a negociar precios en el mercado.

Y empezaron los rumores.

Hasta que Mercedes regresó.

Vengo a buscarla gritó. Nos ha engañado. Oía todo este tiempo.

Rodrigo le sostuvo la mirada, tranquilo.

Ya lo sé. Y ahora lo saben todos.

A su lado estaban el alcalde, el médico y dos comerciantes que habían visto y oído suficiente.

Lucía dio un paso y habló claro:

Yo puedo hablar por mí misma.

Mercedes empalideció.

El proceso fue rápido.
Sus abusos y amenazas, expuestos.
Mercedes perdió la custodia y la dignidad.

Con el tiempo, la finca prosperó. Lucía ya no se escondía. En el mercado, se escuchaba su voz y todos callaban para oírla. Había aprendido a defenderse.

Una tarde, viendo caer el sol tras los trigales, Rodrigo le dijo:

Nunca te compré. Te elegí.

Lucía sonrió, sus ojos brillando.

Y yo decidí quedarme.

Pasaron los años y en la plaza alguien susurró:

¿Sabes? La chica que decían sorda… era la que más oía del pueblo.

Por primera vez, aquel recuerdo dejó de doler, porque Lucía aprendió que quien escucha de verdad es quien merece ser escuchado, y que la voz más poderosa es la que se atreve, al fin, a romper el silencio.

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MagistrUm
COMPRÓ A LA JOVEN “SORDOMUDA” QUE TODOS EN EL PUEBLO RECHAZABAN… PERO ELLA ESCUCHÓ CADA PALABRA Dec…