Dolores ya tiene sesenta años. Le toca jubilarse, pero no tiene prisa. Al terminar su turno en el Hospital Universitario La Paz, cambia de ropa, se dirige a casa y la lluvia le cae a cántaros; no lleva paraguas. Se cubre la cabeza con la bolsa de la compra y avanza hacia la parada del autobús. De pronto, escucha un llanto. En el banco, descubre a un recién nacido que parece tener sólo unos días.
Dolores recoge al bebé y lo mece para calmarlo. La madre que había dejado al niño vuelve corriendo al trabajo porque el pequeño está empapado. Llama a un pediatra de urgencias para que examine al hallado.
Es un niño, tiene dos semanas y está sano. No entiendo por qué lo han abandonado aquí. Hay que cuidarlo y consentirlo dice el doctor.
Dolores decide permanecer en la guardia nocturna; de todos modos no dormirá. Entonces llegan los agentes de la Guardia Civil y solicitan una declaración. Mientras tanto, Dolores no suelta al infante, lo tiene siempre en brazos.
Dos horas después, la patrulla regresa con una pareja joven casada. La mujer, Lidia, llora desconsolada y el hombre, Alberto, apenas puede mantenerse en pie.
Veamos al niño. Quizá sea nuestro murmura Lidia.
Se ponen los uniformes y se dirigen al pabellón de maternidad. Lidia reconoce a su hijo y rompe a sollozar. Lo abraza sin querer soltarlo. Dolores no entiende nada. El inspector les explica la situación:
Sara y Roberto se veían a escondidas porque sus familias se oponían a la relación. Los padres de Sara aceptan la unión, pero la madre de Roberto intenta cualquier cosa para impedir que su hijo se case. Cuando nació el bebé, la abuela pensó que la alegría suavizaría la disputa, pero ella sospecha que Sara había engordado al niño. Aprovechó la ocasión, dejó al niño bajo la puerta de maternidad mientras los jóvenes iban al cine.
Así es la historia. Lo más probable es que el niño nunca vuelva a ver a su abuela.







