Como un ruiseñor tras el reclamo – Chicas, el matrimonio es para toda la vida: hay que amar hasta el…

Chicas, casarse es cosa de una sola vez. Hay que estar con la persona amada hasta el último suspiro. No se puede andar por el mundo dando tumbos, buscando la media naranja. Así vas a quedarte para vestir santos.

Un hombre casado es tabú. Ni se os ocurra empezar nada con uno. Ya sé lo que pensáis, que sólo alguna aventura, y ya está, pero acabaréis cayendo al abismo. Los dos. Y la felicidad os girará la cara.

…Mis padres llevan juntos cincuenta años. Son mi ejemplo vivo. Mi meta era encontrar al destino de mi vida y protegerlo como la niña de mis ojos, así pensaba yo entre mis amigas, celebrando mi vigésimo cumpleaños. Mi abuela plantó esas ideas en mi cabeza, y yo creía en ella ciegamente.

Mis amigas, sonrientes y escépticas, se burlaban:

No digas eso, Asunción. Ya veremos si un día te enamoras de un hombre casado, a ver si tienes tanto valor para dejarlo

Pero lo que no les conté es que mi madre, antes de casarse, tuvo a mi hermana mayor sin saber bien quién era el padre. Una vergüenza que marcó al pueblo entero. Cinco años después nací yo, ya dentro del matrimonio. Mi padre se enamoró locamente de mi madre, y juntos cruzaron la vida. Tuvieron que dejar el pueblo para empezar de nuevo. Por eso, desde joven juré jamás tener hijos fuera del matrimonio ni amores prohibidos.

El destino, sin embargo, decidió no seguir mi guion

Con mi hermana Jimena nunca tuve buena relación. Siempre cree que nuestros padres me quieren más a mí. Esa espinita no se la puede sacar; la envidia la consume. Entre las dos hay una rivalidad silenciosa por el cariño de la familia. Absurdo, lo sé.

…Conocí a Gabriel en una verbena en Salamanca. Él, aspirante a guardia civil; yo, enfermera novata. La noche bullía de risas y bailes. El flechazo fue inmediato. Al mes ya estábamos casados. Mi felicidad me desbordaba; iba tras Gabriel como un gorrión tras la melodía del reclamo.

Cuando terminó la academia, nos trasladamos a una pequeña comandancia en Galicia, lejos de mi casa natal. Pronto empezaron las peleas, el frío, las incomprensiones. Sin familia cerca, no tenía con quién desahogarme, ni a quién pedir consejo. Mamá seguía en Francia.

Nació nuestra hija, Carmela. Era la España de los noventa, llena de cambios e incertidumbres.

Gabriel dejó el cuerpo y empezó a beber cada vez más. Al principio le consolaba, pensando que todo pasaría. Me decía, paciente:

Lo sé, Asun, pero no puedo parar. Cuando bebo, los problemas parecen de juguete.

Luego desaparecía sin explicación: un día, una semana, a veces un mes. Una vez, regresó después de treinta días con un maletín lleno de billetes de pesetas.

¿De dónde ha salido todo esto? pregunté, sin fiarme un pelo.

¿Qué más da, Asun? Cógelo, gástalo, que traeré más me contestó, hinchado de orgullo.

El maletín lo escondí enseguida, prefiriendo mantener aquellas pesetas lejos de nosotras.

Al poco, volvió a desaparecer. Pasaron seis meses. Gabriel reapareció demacrado, nervioso, con una oscuridad en la mirada que me asustó.

Asun, dame tus pendientes de oro y el anillo. Tengo que pagar una deuda muy seria.

¿De qué hablas? Eso me lo regaló mi familia, ¡no pienso dártelos!

Gabriel avanzaba con rabia contenida.

Saqué el maletín y lo empujé hacia él:

Toma tu dinero. Carmela y yo sabremos apañarnos solas.

¿Cogiste de aquí? quiso saber él.

Ni un duro. Esa mezcla no era para nosotras.

No basta dijo, derrotado. Ya veremos qué hago.

Esa noche, Gabriel me hizo suya con una pasión antigua. Yo le amaba con toda mi ternura, seguía perdonando.

A la mañana él se preparaba para marcharse otra vez.

¿Por mucho tiempo, Gabriel? le pregunté, ahogando la angustia.

No sé, Asun. Espérame susurró, antes del último beso y cerrar la puerta.

Yo esperé. Un año. Dos.

En el hospital, un médico empezó a rondarme. Timoteo estaba casado. Eso me frenaba. Y no sólo eso: yo era esposa y hacía años que no veía ni una señal de mi marido. Gabriel callaba. Ni cartas, ni llamadas.

Se acercaba Nochevieja. Entre olor a turrón, luces y villancicos, el timbre sonó.

Gabriel en la puerta.

Salté a sus brazos, le besé entre lágrimas.

¡Ya era hora! ¿Dónde has estado?

Calma, Asun Tenemos que divorciarnos. Tengo un hijo con otra y no quiero que crezca sin padre Gabriel estaba inquieto, como si le quemaran los zapatos.

Se me aflojó el suelo. La herida sangraba por dentro. Pero nada dije.

Bien, Gabriel. El agua derramada no vuelve a la jarra. Después de las fiestas nos divorciamos.

¿No quieres ver a Carmela? Está en casa de su amiga. Iré por ella si esperas un momento. Ella también será hija sin padre, ¿sabes?

No puedo, tengo prisa Gabriel salió del piso, cerrando tras de sí.

Nunca más supimos de él. No volvió a ver a Carmela. Aquella despedida sobraba; nos volvimos extraños.

Timoteo, sintiendo mi soledad, empezó a cortejarme con verdadera pasión. Ya nada me importaba. Olvidé las prohibiciones. Cedí a esta historia secreta, atrapada en su cariño. Tres años duró aquello. Timoteo me pidió el matrimonio.

No, Timo. No quiero edificar mi felicidad sobre las lágrimas de tu hija o de tu mujer. Tomamos caminos distintos las palabras me atascaban la garganta.

Aun así, reuní fuerzas para cerrar ese capítulo. Pedí traslado y trabajé en otro hospital. Ojos que no ven, corazón que olvida.

…Entonces apareció Basilio en mi vida.

Criaba a su hijo solo; su exmujer refirió otra familia y dejó el niño con él. Conocí a Basilio en la planta de medicina interna. Me ganó con bromas, alegría, alegría que se convirtió en un amor insaciable.

Su hijo Pablo tenía siete años. Carmela, ocho. Las piezas encajaron. Con Basilio todo fue sencillo: ni secretos, ni culpas, todo a medias. Tuvimos suerte. Este segundo marido es mi tesoro. Le cuido más que a mi propia vida. Basilio es mi luz.

Treinta años juntos.

Hace poco, Gabriel llamó a mi madre:

Nunca conocí a una mujer como AsunAhora Carmela me llama todas las tardes para contarme cómo es la maternidad, esa locura dulce que, al final, nos iguala a todas. Pablo viene los domingos, alto y risueño, con sus propios hijos, y Basilio y yo los miramos jugar en el patio, sabiendo que la vida, a pesar de las tormentas, ha sabido regalarnos una calma luminosa.

A veces, al oscurecer, recuerdo las palabras de mi abuela: Nunca tomes atajos en el amor, que sólo traen más soledad. Yo casi perdí el camino, pero aprendí que no hay receta para la felicidad. Basta amar sin miedo y cuidar a quien eliges cada día.

Y mientras el aroma del café llena la casa y los nietos se ríen en la cocina, miro a Basilio, le aprieto la mano y doy gracias. No soy la niña que vestirá santos, ni la que encontró su media naranja, sino una mujer entera, remendada y fértil de esperanza.

Aquí termina mi historia, pero la felicidadesa sínunca gira la cara a quien la busca con el corazón abierto.

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MagistrUm
Como un ruiseñor tras el reclamo – Chicas, el matrimonio es para toda la vida: hay que amar hasta el…