COMO UN PÁJARO TRAS EL RECLAMO —Chicas, hay que casarse una vez en la vida y para siempre. Estar con tu persona amada hasta el último suspiro. No andar dando tumbos por el mundo buscando una “media naranja”, porque acabas quedando como una manzana mordida. Un hombre casado es tabú. Ni lo intentéis, ni por tontería pensar que será solo “pasajero” y luego cada uno por su lado… Acabáis cayendo los dos en el abismo, y la felicidad, esa que parece dulce, siempre se escapa. Mis padres llevan juntos cincuenta años. Para mí son el ejemplo. Yo, con veinte años, delante de mis amigas, razonaba que debía encontrar mi destino y cuidarlo más que a mis propios ojos. Mi abuela me grabó esas palabras a fuego y en ella confiaba ciegamente. Mis amigas se reían: —No digas tonterías, Ksenia. Cuando te guste un “casadito”, ya veremos cómo renuncias tan tranquilamente… Lo que ellas no sabían es que mi madre, antes de casarse, tuvo a mi hermana mayor, Sofía, sin que nadie supiera de quién. Una vergüenza en todo el pueblo. Cinco años después, yo nací ya dentro del matrimonio. Mi padre se enamoró perdidamente de mi madre y juntos se fueron del pueblo, mano a mano frente a la vida. Por eso, me prometí de joven no tener hijos ni amores fuera del matrimonio. Pero el destino tenía su propio guión… Con mi hermana Sofía nunca nos entendimos. Siempre piensa que los padres me quieren más. Siente celos y compite por el cariño. Una tontería, claro… A Eusebio lo conocí en una verbena. Él era guardia civil de prácticas, yo enfermera. Química inmediata. Al mes, boda. Felicidad a raudales. Yo, tras Eusebio, como un pájaro tras el reclamo. Al terminar la academia, nos fuimos al cuartel que le asignaron, lejos de casa. Empezaron las disputas, la soledad, la incomprensión. Mi madre, en otro país, no podía aconsejarme. Nació nuestra Tania. Eran los años noventa… todo era inestable. Eusebio dejó el uniforme y empezó a beber. Al principio, lo consolaba, convencida de que todo mejoraría. —Ksenia, lo entiendo, pero no puedo parar. Bebo, y se acabaron los problemas —me decía él. Poco después empezó a desaparecer de casa: días, semanas, un mes. Una vez, volvió con un maletín lleno de fajos de billetes. —¿De dónde has sacado eso? —¿Qué más da? Gástalo, ya traeré más —dijo, orgulloso. Yo escondí el maletín. No toqué ni un euro. Eusebio volvió a irse y, medio año después, llegó hundido, demacrado. —Quita esas joyas de oro, Ksenia —ordenó—, tengo que saldar una deuda. —¡Ni hablar! Son regalo de mis padres. No te las doy, aunque me mates. ¿Dónde has estado?¡Tienes una familia! —empecé a gritar. —¡No chilles! Es complicado… ¿Me ayudarás o no? —se acercó peligrosamente. Yo, asustada, le tendí el maletín. —Llévate tu “fortuna”. Tania y yo saldremos adelante. —¿Has cogido algo? —Ni un céntimo. Ese dinero no es para nosotras. —No me vale. Ya pensaré algo —suspiró. Esa noche, Eusebio me regaló una noche loca. Seguía amándole, perdonándole todo. Al día siguiente, volvió a marcharse. —¿Tardarás? —No sé, Ksenia. Espérame. —Y se fue. Y le esperé… un año, dos… En el hospital donde trabajaba, empezó a rondarme un médico. Diego estaba casado. Eso me frenaba, y algo más: yo seguía casada, aunque no hubiese visto a Eusebio en más de dos años. Silencio total, ni cartas. Llegaba Año Nuevo… ambiente de mandarinas, árboles y alegría. Llaman a la puerta. Eusebio. Le abrazo, le beso como una loca: —¡Por fin, amor! ¿Dónde estabas? —Espera, Ksenia… Tenemos que divorciarnos rápido. He tenido un hijo y no quiero que crezca sin padre —titubeaba él. Me quedé helada. Todo giró. Solo quedaba un rescoldo de mi amor. —Está bien, Eusebio. El agua derramada no se puede recoger. No te retendré. Después de fiestas, al juzgado. Una vida patas arriba… ¿No quieres ver a Tania? Está con una amiga. La traigo si esperas. Ahora también será huérfana de padre… —quise herirle adrede. —Perdona, tengo prisa. Otro día abrazo a Tania —y se fue. Nunca hubo otro día. Eusebio jamás volvió a ver a su hija Tania. Ese encuentro fue el último. Y los que fueron familia, ahora, tan extraños… El doctor Diego percibió mi soledad y me arrastró a un torbellino de amor. Ya no me importaba que estuviera casado. Los límites se habían desdibujado. Diego era un conquistador y caí rendida. Dolcemente atrapada. Tres años de romance. Diego propuso casarse: —No, Diego. No vamos a construir nuestra felicidad sobre las lágrimas de tu mujer e hija. Caminos separados —mil nudos en la garganta. Conseguí parar esa locura, pero tuve que cambiar de hospital. “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Mi destino fue Basilio. Él criaba a su hijo, su ex rehizo su vida dejando el niño a cargo de Basilio. Nos conocimos en mi hospital, donde estaba ingresado. Me ganó con bromas y al final conquistó mi amor insaciable. Su hijo Denis tenía siete años, mi Tania, ocho. El destino nos unió bajo una estrella buena. Todo fluía, amor y trabajo, los niños crecían, nosotros juntos en todo, sin secretos. Con el segundo marido tuve suerte. Lo cuido más que a mis propios ojos. Basilio es mi sol. Treinta años de matrimonio… Hace poco, Eusebio llamó a mi madre para decirle: —Una mujer como Ksenia, nunca he vuelto a encontrar…

COMO UN PÁJARO A LA JAULA

-Chicas, el matrimonio es para siempre. Hasta el último aliento, junto a la persona que amas. No hay que andar vagando por el mundo en busca de la media naranja; así acabarás como una manzana roída.
Un hombre casado es un tabú. Ni se os ocurra tontear con uno. Pensarás que con un poco de romance y ya está, que se termina, pero caerás al abismo con él. La felicidad tramposa nunca se queda a tu lado.

Mis padres llevan juntos cincuenta años. Son mi ejemplo vivo. Siempre he intentado encontrar mi destino y cuidarlo más que a mis propios ojos, así me convencía cuando cumplí los veinte, charlando con mis amigas. Aquellas ideas tan rectas me las grabó mi abuela, y a ella le creía a pies juntillas.
Mis amigas no podían evitar reírse:
-No nos hagas reír, Jacinta. Como te enamores de un casado, a ver si tienes tanta fuerza para rechazarlo

Pero nunca les conté que mi madre tuvo a mi hermana mayor, Loreto, siendo soltera y sin nadie saber seguro quién era el padre. Un escándalo eterno para todo el pueblo. Cinco años después nací yo, ya en el matrimonio legal. Mi padre se enamoró perdidamente de mi madre y caminaron juntos toda la vida. Tuvieron que dejar su pueblo natal por aquel pasado, y desde joven me propuse firmemente evitar los hijos fuera del matrimonio y los hombres comprometidos.

Pero el destino siempre tiene su propio guion.

Con mi hermana Loreto nunca llegué a tener buen entendimiento. Siempre piensa que nuestros padres me quieren y miman más que a ella. Vive eternamente celosa. Nuestro duelo silencioso siempre fue a ver quién ganaba más amor de los padres. Tonto, claro está.

Conocí a Rodrigo en una sala de baile. Él era alférez de la academia militar y yo, enfermera en prácticas. La noche avanzaba entre bailes y, desde los primeros compases, supimos que nos gustábamos. Un mes más tarde nos casamos. Era tan feliz que rebosaba ilusión. Yo andaba siempre detrás de Rodrigo, como un pajarillo que escucha su reclamo.

Terminada la academia, nos mudamos juntos hasta su nuevo destino, un cuartel lejano, muy lejos de mi casa en Salamanca. Pronto empezaron las discusiones y los roces. No tenía a quién pedir consejo, ni nadie con quien desahogarme; mi madre vivía ya en otro país.

Nació nuestra hija, Martina. Corrían los años noventa todo era inestable. Rodrigo dejó el ejército y empezó a beber cada vez más. Al principio sentía compasión, lo animaba diciéndole que tarde o temprano todo pasaría.
Rodrigo me escuchaba a medias.
-Jacinta, lo comprendo, pero no puedo parar. Bebo y lo veo todo de color de rosa; así no hay problema.

Luego, sin explicación, Rodrigo desaparecía. Unas veces un día, otras una semana. Un mes entero faltó una vez; volvió y, con mucho teatro, dejó en la mesa un maletín repleto de billetes de euros.
-¿De dónde ha salido esto?, pregunté ya oliendo algo raro.
-Qué más da, Jacinta. Cógelo, gástatelo. Si quieres, traigo más y lo decía orgulloso.

Aquel maletín lo escondí. Mejor lejos de tentaciones. No toqué una moneda.
Rodrigo volvió a desaparecer. Medio año más sin noticias, hasta que, calvo y demacrado, con la mirada perdida, reapareció.
-Jacinta, dame tus colgantes de oro. Tengo una deuda muy seria y me miraba de lado.
-¿Qué cuentas? Esos colgantes son regalo de mis padres. No te los doy, ni que me mates.
Rodrigo, ¿qué pasa contigo? Recuerda que tienes familia le grité, al borde de la rabia.
-No chillones. Esto es más serio de lo que imaginas ¿Vas a ayudarme o no? se fue acercando.

Temblando, le traje el maletín:
-Toma tu fortuna, nosotras nos apañaremos igual, Martina y yo.

Abrió el maletín.
-¿Has cogido dinero?
-Ni un euro. Ese dinero no es para nosotras
-Esto no es suficiente suspiró resignado. Bueno, ya veré cómo lo arreglo.

Esa noche, Rodrigo fue fuego y pasión.
A pesar de todo, lo seguía amando, lo perdonaba todo.
A la mañana siguiente, Rodrigo se preparaba para partir.
-¿Vas para mucho? le pregunté, entregada.
-No lo sé, Jacinta. Espérame me besó los labios y cerró la puerta.

Y lo esperé. Uno, dos años
En el hospital, donde ejercía de enfermera, comenzó a cortejarme un doctor. Ramón estaba casado. Eso me frenaba. Aunque también, ¿qué podía hacer? Yo seguía casada, pero sin ver a mi marido en más de dos años. Rodrigo callaba; ni cartas, ni mensajes.

Se acercaba la Nochevieja. Sevilla se llenaba de naranjas, luces, árboles y alegría.

Llamaron a la puerta. Era Rodrigo.
Corrí a abrazarlo, casi enloqueciendo de alegría:
-¡Por fin, amor! ¿Dónde has estado?

-Espera con los besos, Jacinta Verás, tenemos que divorciarnos cuanto antes. Tengo un hijo y no quiero que crezca sin su padre decía, moviéndose inquieto.
Me quedé sin habla. Sentí el mundo desmoronarse; de mi amor solo quedaba una brasa bajo la ceniza. Ya nada me sorprendía.
-Está bien, Rodrigo. Como se dice, agua pasada no mueve molino. No te retendré. Tras las fiestas iniciaremos el divorcio. Todo mi mundo, al revés.
¿No quieres ver a Martina? Está en casa de su amiguita. Si esperas, te la traigo. También será hija sin padre quise clavárselo, aunque dolía.

-Lo siento, tengo prisa. Otro día abrazo a Martina y se fue.

Nunca más hubo ese otro día. Rodrigo jamás volvió a ver a su hija. Esa visita fue inútil. Gente cercana, separada para siempre.
El doctor Ramón, viendo mi soledad, me envolvió en un torbellino de amor. Me empezó a dar igual que estuviera casado. Ya no existían prohibiciones.
Ramón era atento. No pude resistirme; caí rendida. Ese romance duró tres años. Ramón me propuso matrimonio.
-No, Ramón, no construiremos la felicidad sobre las lágrimas de tu mujer y tu hija. Nuestras vidas no tienen punto en común me ahogaban las palabras.

Puse fin a esa locura de pasión, marchándome a otro hospital. Ojos que no ven ya se sabe.

Después llegó mi destino: Basilio.
Cuidaba solo de su hijo. Su exmujer tenía nueva familia; solo le quedó el niño de recuerdo.
Coincidimos cuando él estaba ingresado. Era bromista y simpático. Así, entre bromas, me enamoré sin remedio.

Su hijo, Diego, tenía siete años; mi Martina, ocho. Nos unimos Basilio y yo bajo una estrella favorable. Todo fluyó: la vida, el amor, los hijos creciendo, las dificultades compartidas, sin secretos. Con Basilio encontré el hombre de mi vida. Lo cuido como oro en paño. Él es mi horizonte.

Treinta años de matrimonio.

Hace poco, Rodrigo llamó a mi madre:
-Nunca he conocido a una mujer como Jacinta

De todo esto he aprendido que la vida da mil vueltas, pero la dignidad y la lealtad a una misma dan la verdadera felicidad. Al final, cuidar a quien amas y a quien te cuida, es el único secreto.

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MagistrUm
COMO UN PÁJARO TRAS EL RECLAMO —Chicas, hay que casarse una vez en la vida y para siempre. Estar con tu persona amada hasta el último suspiro. No andar dando tumbos por el mundo buscando una “media naranja”, porque acabas quedando como una manzana mordida. Un hombre casado es tabú. Ni lo intentéis, ni por tontería pensar que será solo “pasajero” y luego cada uno por su lado… Acabáis cayendo los dos en el abismo, y la felicidad, esa que parece dulce, siempre se escapa. Mis padres llevan juntos cincuenta años. Para mí son el ejemplo. Yo, con veinte años, delante de mis amigas, razonaba que debía encontrar mi destino y cuidarlo más que a mis propios ojos. Mi abuela me grabó esas palabras a fuego y en ella confiaba ciegamente. Mis amigas se reían: —No digas tonterías, Ksenia. Cuando te guste un “casadito”, ya veremos cómo renuncias tan tranquilamente… Lo que ellas no sabían es que mi madre, antes de casarse, tuvo a mi hermana mayor, Sofía, sin que nadie supiera de quién. Una vergüenza en todo el pueblo. Cinco años después, yo nací ya dentro del matrimonio. Mi padre se enamoró perdidamente de mi madre y juntos se fueron del pueblo, mano a mano frente a la vida. Por eso, me prometí de joven no tener hijos ni amores fuera del matrimonio. Pero el destino tenía su propio guión… Con mi hermana Sofía nunca nos entendimos. Siempre piensa que los padres me quieren más. Siente celos y compite por el cariño. Una tontería, claro… A Eusebio lo conocí en una verbena. Él era guardia civil de prácticas, yo enfermera. Química inmediata. Al mes, boda. Felicidad a raudales. Yo, tras Eusebio, como un pájaro tras el reclamo. Al terminar la academia, nos fuimos al cuartel que le asignaron, lejos de casa. Empezaron las disputas, la soledad, la incomprensión. Mi madre, en otro país, no podía aconsejarme. Nació nuestra Tania. Eran los años noventa… todo era inestable. Eusebio dejó el uniforme y empezó a beber. Al principio, lo consolaba, convencida de que todo mejoraría. —Ksenia, lo entiendo, pero no puedo parar. Bebo, y se acabaron los problemas —me decía él. Poco después empezó a desaparecer de casa: días, semanas, un mes. Una vez, volvió con un maletín lleno de fajos de billetes. —¿De dónde has sacado eso? —¿Qué más da? Gástalo, ya traeré más —dijo, orgulloso. Yo escondí el maletín. No toqué ni un euro. Eusebio volvió a irse y, medio año después, llegó hundido, demacrado. —Quita esas joyas de oro, Ksenia —ordenó—, tengo que saldar una deuda. —¡Ni hablar! Son regalo de mis padres. No te las doy, aunque me mates. ¿Dónde has estado?¡Tienes una familia! —empecé a gritar. —¡No chilles! Es complicado… ¿Me ayudarás o no? —se acercó peligrosamente. Yo, asustada, le tendí el maletín. —Llévate tu “fortuna”. Tania y yo saldremos adelante. —¿Has cogido algo? —Ni un céntimo. Ese dinero no es para nosotras. —No me vale. Ya pensaré algo —suspiró. Esa noche, Eusebio me regaló una noche loca. Seguía amándole, perdonándole todo. Al día siguiente, volvió a marcharse. —¿Tardarás? —No sé, Ksenia. Espérame. —Y se fue. Y le esperé… un año, dos… En el hospital donde trabajaba, empezó a rondarme un médico. Diego estaba casado. Eso me frenaba, y algo más: yo seguía casada, aunque no hubiese visto a Eusebio en más de dos años. Silencio total, ni cartas. Llegaba Año Nuevo… ambiente de mandarinas, árboles y alegría. Llaman a la puerta. Eusebio. Le abrazo, le beso como una loca: —¡Por fin, amor! ¿Dónde estabas? —Espera, Ksenia… Tenemos que divorciarnos rápido. He tenido un hijo y no quiero que crezca sin padre —titubeaba él. Me quedé helada. Todo giró. Solo quedaba un rescoldo de mi amor. —Está bien, Eusebio. El agua derramada no se puede recoger. No te retendré. Después de fiestas, al juzgado. Una vida patas arriba… ¿No quieres ver a Tania? Está con una amiga. La traigo si esperas. Ahora también será huérfana de padre… —quise herirle adrede. —Perdona, tengo prisa. Otro día abrazo a Tania —y se fue. Nunca hubo otro día. Eusebio jamás volvió a ver a su hija Tania. Ese encuentro fue el último. Y los que fueron familia, ahora, tan extraños… El doctor Diego percibió mi soledad y me arrastró a un torbellino de amor. Ya no me importaba que estuviera casado. Los límites se habían desdibujado. Diego era un conquistador y caí rendida. Dolcemente atrapada. Tres años de romance. Diego propuso casarse: —No, Diego. No vamos a construir nuestra felicidad sobre las lágrimas de tu mujer e hija. Caminos separados —mil nudos en la garganta. Conseguí parar esa locura, pero tuve que cambiar de hospital. “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Mi destino fue Basilio. Él criaba a su hijo, su ex rehizo su vida dejando el niño a cargo de Basilio. Nos conocimos en mi hospital, donde estaba ingresado. Me ganó con bromas y al final conquistó mi amor insaciable. Su hijo Denis tenía siete años, mi Tania, ocho. El destino nos unió bajo una estrella buena. Todo fluía, amor y trabajo, los niños crecían, nosotros juntos en todo, sin secretos. Con el segundo marido tuve suerte. Lo cuido más que a mis propios ojos. Basilio es mi sol. Treinta años de matrimonio… Hace poco, Eusebio llamó a mi madre para decirle: —Una mujer como Ksenia, nunca he vuelto a encontrar…