Cómo un breve regreso cambió mi vida

Cómo un breve regreso cambió mi vida

Margarita hacía años que no visitaba el pueblo donde pasó su infancia. Pero esta vez, algo se removió en su corazón: cogió vacaciones, preparó sus cosas y subió al tren nocturno. El viaje duró toda la noche, y al amanecer, caminó por el sendero junto al río, aquel que recordaba desde niña. Su único objetivo era limpiar la tumba de su madre. Pero aún no sabía que esta visita marcaría un antes y un después en su vida.

El cementerio del pueblo la recibió con silencio y maleza salvaje. Todo estaba cubierto de hierba, como si nadie hubiera pisado allí en años. La tumba de su madre… crecida hasta la cintura, la cruz torcida, y en el montículo, sus flores favoritas, aquellas que habían brotado solas. Como una señal, como un susurro, como la sombra de su madre que seguía esperando…

Las lágrimas rodaron por las mejillas de Margarita sin poder evitarlo. Recordó cómo ella y su madre paseaban junto al río, cómo su madre soñaba con que su hija tendría una vida mejor. Y así fue: Margarita se casó con un hombre de la ciudad, se mudó y vivió “como dios manda”. Al pueblo solo enviaba dinero a una anciana de la iglesia para que cuidara la tumba. Ahora descubría que esa mujer ya no estaba…

—¿Y tú de quién eres, cariño? —Una voz suave la sacó de sus pensamientos.

Margarita se volvió. Ante ella estaba una anciana pequeña y delgada, mirándola con curiosidad. Un rostro desconocido, pero sus palabras le resultaban dolorosamente familiares.

—Soy la hija de Esperanza Martínez… Margarita.

—¡Ay, Margarita! ¡No te reconocí! ¡Éramos vecinas, soy María López, la tía María! —Los ojos de la anciana brillaron con cariño—. Yo vengo de vez en cuando, arranco hierbas, siembro flores… Ya no tengo fuerzas como antes, pero veo que nadie viene. Y hoy, de pronto, apareces tú, todo limpio y ordenado…

—También arreglé la tumba de al lado. Era mi primera maestra, Carmen Ruiz. No pude pasar de largo.

—Qué bien. Una buena acción hecha sin interés… cura el alma —respondió la tía María en voz baja antes de alejarse lentamente.

Ese día, Margarita regresó a la ciudad, pero era otra. Por primera vez en años, sintió paz. Como si se hubiera lavado con agua de manantial. Y tomó una decisión: debía volver. Con su marido. Ver la vieja casa, hacer reformas. Y Nicolás, su esposo, llevaba tiempo soñando con pasar una temporada en el pueblo, aunque ella nunca lo había considerado.

La casa rural, aunque vieja, era su hogar. El techo gotereaba, el suelo cedía y las ventanas habían perdido su color. Pero, con el esfuerzo de Margarita y Nicolás, en un verano la vivienda se transformó por completo. Decidieron pasar allí sus vacaciones, o quizá algo más.

Y entonces, una tarde, llegó la tía Luisa —la misma que siempre les reprochaba por el descuido de la tumba, por el olaje. Se echó a llorar y les dijo:

—Llévenme con ustedes, Margarita. Quiero visitar la tumba de mi hermana. Quiero congraciarme con ella. Lo del monumento lo dije con rabia, solo para que me hicieran caso… Para Esperanza, su mejor recuerdo no es una piedra, sino que vuelvan, que su casa vuelva a estar viva…

Y así fue. La vieja casa brilló con ventanas nuevas, el olor a pintura fresca y las risas de los niños. Margarita sintió cómo aquel lugar, que alguna vez consideró un rincón olvidado, le devolvía fuerza. Poco después, otras dos casas abandonadas del pueblo revivieron: alguien más había regresado.

Porque donde naciste, donde descansan los tuyos, ahí están tus raíces. Ahí está la fuerza. Ahí está el verdadero sentido de la vida. No en piedras o monumentos, sino en la memoria viva, en volver a los orígenes, en el calor del corazón que se abre de nuevo a lo suyo.

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