Cómo Lucía se convirtió en madre gracias a la bondad de su corazón
Lucía regresaba a su bloque de pisos en el centro de Valladolid cuando, al subir a su rellano, se encontró con una caja justo junto a la puerta de su apartamento. Sus ojos se abrieron de sorpresa al verla. Dentro, acurrucados y temblorosos, estaban un perro y un gato que la miraban asustados, sin atreverse a moverse.
¿Pero qué es esto? ¿Y vosotros, quiénes sois? musitó Lucía, aunque sabía perfectamente que aquellos dos no le iban a responder.
En ese instante, se entreabrió la puerta del piso de al lado y apareció la vecina, doña Rita.
Ay, Lucía, buenas tardes, hija. ¡Quién lo iba a decir! Isabel, la del segundo, se nos fue para siempre, y su sobrina no ha conseguido colocar a sus animales.
Los ha ofrecido a todos los vecinos, pero nada Yo tengo a mi propio gato, que odia compartir piso, y otras familias tienen alergias Oye, ¿y si los adoptáis tú y Álvaro? Que sois jóvenes, estáis trabajando y os va bien Y sin hijos, quizá os anime la casa.
Ay, Rita, no estaba en nuestros planes tener animales menos aún dos así de repente admitió Lucía, dudosa.
Pero no los separes, mujer, están muy unidos, siempre durmiendo juntos Isabel los paseaba y el gato salía al patio solo, de verdad que no dan guerra.
¿Por qué no te animas? suplicó Rita, con ese tono de madre preocupada.
¿Y si no los cogemos? ¿Qué va a ser de ellos? preguntó Lucía con temor.
Dicen que los llevarán a sacrificar, hija Ya hasta prepararon la caja. El piso ya está casi vendido y los nuevos propietarios no los quieren ni ver explicó Rita, bajando la voz.
En ese momento entró en el portal Tomás, otro vecino de la escalera, y miró también a Lucía y la caja con aire apesadumbrado.
¿No los adoptáis vosotros? Son tranquilitos, comen poquito y ya están mayores. No molestan a nadie Isabel los adoraba.
Lucía bajó los ojos un instante, vencida.
Está bien, los cuidaremos nosotros. No soportaría pensar que los sacrificáis. ¿Cómo se llaman? Apenas llevamos dos años aquí, no los conocíamos mucho
El hombre, aliviado, cogió la caja y la metió en el recibidor de Lucía.
El perro se llama Manchón y el gato, Pascual. De verdad, gracias, Lucía dejó encima del mueble del recibidor un billete de 50 euros y la correa. Para lo que haga falta los primeros días De verdad, mil gracias.
Lucía cerró la puerta y apoyó la espalda, quitándose el abrigo. Se agachó junto a la caja y con voz suave empezó a hablarles a sus inesperados invitados.
Bueno, chicos, ahora vendrá Álvaro y se va a quedar de piedra Espero que acepte la compañía, ¡aunque seguro que sí, que es más bueno que el pan! susurró Lucía.
No os preocupéis, nadie os va a hacer daño. ¡Menuda barbaridad, sacrificaros!
Como si el gato la entendiera, salió gateando de la caja, explorando el piso con discreción. El perro aún tardó un poco, quieto, observando sin moverse ni un músculo.
Lucía fue a la cocina y abrió el frigorífico. Obviamente no había pienso ni latas. Así que coció un poco de arroz y carne troceada, pensando que eso les valdría a los dos.
Para su alegría, Pascual, tras recorrer el piso, se acercó curioso a la cocina y empezó a comer de la fuente donde había puesto la comida. Lucía llamó a Manchón, que dudaba acurrucado, pero al ver al gato relamer los trozos de carne, se animó a acercarse con ojillos tristes a su nueva dueña.
Al poco, regresó Álvaro del trabajo. Se quedó plantado en la puerta, perplejo.
¡Pero Lucía, si tú misma siempre has dicho que mejor la casa limpia y sin pelos! exclamó.
Mira, yo solo pensaba que pronto tendríamos un bebé, y por eso nunca quise animales ¡Pero los iban a sacrificar, Álvaro, no lo podía soportar! Perdóname dijo Lucía, con lágrimas en los ojos.
Álvaro la abrazó y asintió.
Me encantan los bichos, así que venga Mañana pregunto en la oficina, a ver si algún compañero puede adoptarles una casa grande o una finca, ¿vale?
A partir de esa noche, la vida en casa cambió. El gato y el perro se acostumbraron al piso en un abrir y cerrar de ojos. Resultó que el piso donde vivía Isabel estaba justo encima del de Lucía y Álvaro. La distribución era la misma, el patio compartido todo les resultaba conocido.
¡Mis preciosos! Parece que hubieseis estado aquí siempre conmigo les decía Lucía entre mimos.
Sacaba a Manchón a pasear tres veces al día, mientras Pascual se escapaba por la ventana a pasear por el patio y volvía a la hora de la siesta.
Doña Rita estaba encantada: les traía trozos de chorizo de la sopa para Manchón y restillos de arroz para Pascual.
Por las noches, Lucía y Álvaro se reían viendo los nuevos juegos de Pascual o cómo Manchón dormía plácidamente en su nueva cama.
Siempre acababan dormidos juntos, abrazados. El matrimonio comprendió pronto que separarlos habría sido terrible.
Al cabo de unos meses, Lucía y Álvaro decidieron dejar de buscarles otro hogar. Ya no podían vivir sin ellos.
A veces, la madre de Lucía, que vivía cerca, venía los fines de semana.
Me los hubiera quedado yo, pero con mi tercer piso y el gato tan callejero decía.
No, mamá, vendrás a cuidarlos cuando nos vayamos de vacaciones a la playa. Así matas dos pájaros de un tiro: riegas las plantas y cuidas a mis pequeños.
Llegó el verano y la pareja se fue una semana a Sanxenxo. Lucía no dejaba de llamar a su madre.
Tranquila, hija, están genial, comen bien, se portan como angelitos y paseamos todos los días por el patio. Disfruta, que aquí no falta nada.
Al volver a casa, la bienvenida de Manchón y Pascual fue tan entusiasta que a Lucía se le escapó una carcajada entre lágrimas. Manchón giraba sobre sí mismo, ladrando feliz.
Y Pascual, después de la emoción, se acurrucó en las piernas de Álvaro, ronroneando fuerte.
Nos adoran, Lucía dijo Álvaro, radiante. Ella sonrió, acarició a ambos y puso la cena para todos.
Ahora Lucía se levantaba más temprano; quería sacar a Manchón, dar de comer a sus amigos y preparar la casa antes del trabajo.
Y unos meses más tarde, Lucía, entre nervios y emoción, anunció la gran noticia: por fin esperaban un niño, el hijo tan deseado. Álvaro lloraba de alegría, Lucía temblaba, y la familia celebraba la noticia.
Te lo dije, hija le susurraba su madre. No es casualidad que llegaran Manchón y Pascual. Ha sido una prueba de tu corazón y bondad, y el cielo te ha premiado, ahora prepárate para ser madre.
Quién sabe, mamá. No creo en esas cosas, pero desde que están aquí, siento que ya estaba practicando para ser madre. Cuidar, limpiar, alimentar, querer Son como hijos.
¿Quieres que me los lleve cuando nazca el peque, para liberarte un poco? se ofreció la madre, prudente.
¡Ni hablar! Esto es nuestra familia respondió Lucía. Tú ven a pasear con el carro y a ayudar cuando duerma el bebé. Ellos estarán aquí, contigo, con nosotros.
Y se abrazaron sonriendo.
El embarazo de Lucía marchó bien y pronto llegó a casa el pequeño Mateo. Álvaro era el hombre más feliz del mundo, todo Valladolid lo sabía.
Manchón, ya mayor, jamás ladraba sin razón. Pascual tampoco alteraba la vida de la familia, pasaba los días explorando el jardín, paseando entre flores, o encaramado a la vieja higuera.
La casa se llenó de armonía y amor.
Y las vecinas, gracias a la charla de doña Rita, no tardaron en difundir la historia de cómo Lucía fue madre gracias a la bondad de su alma por toda la calle.
Lo contaba como verdad verdadera, una prueba de que el destino responde a los corazones limpios…
Y tú, ¿crees que doña Rita tiene razón? Déjanos tu opinión en los comentarios y dale a me gusta si tú también apuestas por la bondad.


