Nadie en el pueblo entendía la mala suerte amorosa de Lucía. Era una mujer capaz, lista, guapa. Tenía buen trabajo como veterinaria en una gran granja. Quizás el problema era que Lucía no era de allí. Y, sin ánimo de ofender, Lucía se distinguía de las mujeres del lugar.
—Si Conchi se bajara un poco del burro, a lo mejor aparecía un hombre en casa. Claro, los buenos no se encuentran a tientas y a ciegas, pero al menos olor masculino —comentó Encarnación abriendo el debate entre las comadres reunidas al anochecer en los bancos de la plaza. Siempre empezaba ella las conversaciones sobre los vecinos. Sabía las noticias antes de que ocurrieran.
Pero siempre tenía contrincante: Remedios. Amigas desde jóvenes, discutían desde entonces. Si Remedios decía blanco, Encarnación defendía que era negro hasta con la espuma en la boca.
Todas miraron a Remedios, esperando otro capítulo de la comedia. No se hizo esperar.
—¿Y esas noticias son? ¿Para que huela a calcetines pútridos debe despreciarse a sí misma? ¡No, mujeres, oídla! ¡Y no hace falta nada de un hombre! Que sólo esparza hedor por la casa, mientras la mujer trabaja. ¡Puaf! ¡Mejor sobre el burro!
Encarnación se sonrojó.
—¿Qué tonterías sueltas, sin entender? ¡A una mujer le toca vivir con hombre! ¡Que haya hombre en la casa!
—No, tú explícame, ¿para qué? ¡Tú misma dices que sólo quedan hombres desgraciados! ¿Para qué sirve? ¿Para cuidarlo?
Encarnación no pudo contenerse y se levantó.
—¡Qué boba eres! ¿Y lo de tener un hijo?
—¡Boba tú! Tener un hijo, ¡y cargar luego toda la vida con ese llamado hombre! ¿No es más fácil ir a la ciudad, encontrar uno formal, guapo, y hacer lo del hijo? ¿Y no alimentar a un gorrona borracho, sino vivir a mi gusto?
Las comadres se quedaron de piedra. Las discusiones más acaloradas entre ellas siempre eran sobre moral. Una vez discutieron tanto que no hablaron un mes. Ni siquiera salían a la plaza. Fue un aburrimiento enorme. El fondo era que Encarnación tuvo un marido, que enterró hacía veinte años, mientras Remedios tuvo tres, y ahora la rondaba Paco el albañil, proponiendo unir haciendas. Remedios pasaba de los setenta, y el antiguo albañil rondaba los ochenta, y sin problema.
Por eso sus opiniones sobre el tema siempre diferían.
Y ahora todo podía acabar en tremenda bronca si no hubiera aparecido el objeto de discusión.
—¡Buenas tardes, chicas!
Lucía se detuvo y sonrió a las ancianas.
—¡Hola, Luchi! ¿Vienes de la ciudad?
—De la ciudad, Remedios. Por cierto, traje pipetas anti-pulgas. Decidme quién tiene gatos que se rascan, paso y se las pongo.
—¡Ay, Lucía, los gatos deben tener pulgas!
—Pero qué dice, Encarna. Ahora hay pipetas: una aplicación, y medio año sin echar al minino de la cama.
Entonces habló Remedios. Mirando con desdén a su amiga, dijo:
—Gracias, Luchi. Pasa por mi casa. Yo, al contrario que algunas mentes atrasadas que viven en el siglo pasado, entiendo lo bueno que es. Y a esas no les hagas caso; no me extrañaría que se lavasen con ceniza.
Y Remedios tembló de risa. Encarnación se puso colorada de rabia.
Lucía sonreía. En sus seis años en el pueblo se había asegurado de que vida privada no había ni podía haberla; sólo vida pública. Al principio sufría, se ofendía, pero luego comprendió: era completamente normal. Preocuparse había que hacerlo si no hablaban de ti, porque significaba que no existías, que eras un don nadie.
***
Lucía vino aquí llamada por el corazón. Totalmente urbana, soñaba desde niña con vivir en el campo, curar caballos, vacas y todo tipo de bichos. Decía que los animales eran los seres más fieles y buenos. Sólo que no pueden decir dónde les duele.
Cuando vio un anuncio buscando veterinario para una nueva granja, además con casa, ni lo dudó. Llamó, vino y se quedó. Puso la casa en orden en dos meses. Hubo que pedir prestados unos euros a sus padres, pero pagó pronto; con el sueldo no engañaban.
Sus padres la visitaron un par de veces. Decían que estaba muy bien y bonito, y luego la instaban a volver.
—Luchi, ¿pero qué tiene de bueno? Es un pueblo. Ni diversiones, ni cultura. Nada, ni una farola de noche —se lamentaba la madre.
El padre también la miraba descontento. Aunque si la madre hubiera dicho que todo era perfecto, él la habría apoyado igual.
Lucía sólo reía.
—¡Esperad! ¡Hasta un corderito voy a tener! ¡Os proveeré de carne fresca!
Ellos sólo movían la cabeza, perplejos.
***
Lucía cumplió su promesa. Ahora tenía un corderito, gallinas y pavos. Sus padres, al ver que no la convencerían, dejaron correr y disfrutaron de sus visitas al campo.
Pero algo sí afligía a Lucía. Como todas las mujeres, quería casarse. Cierto que luego comprendió que no quería casarse, sino que *debía*. Pero un niño a sus treinta y dos años ya podía tenerse. La madre tampoco paraba con el tema.
—¡En la ciudad ya serías una señora casada!
Y decidió Lucía casarse. Sólo faltaba lo mínimo: encontrar novio.
Primero intentó con los lugareños. Veamos por ejemplo a Quini el tractorista. Hacía tiempo que la miraba. ¿Por qué no un candidato? Fuerte, guapo. Una vez ella le correspondió con la mirada, y esa misma tarde Quini llamó a su puerta. Lucía ya era una mujer, ¿a qué hacer la tonta? Puso la mesa, se sentaron, tomaron licor. Cuando se acabó, Lucía empezó a rec
Más tarde, mientras acariciaba el hocico curioso de su lechoncillo buscando consuelo, Nina comprendió que la verdadera fortuna residía en ser dueña de su propio destino y de su corazón, no en buscar aprobación entre los barrotes de las jaunas ajenas.







