—¿Cómo que no quieres cambiarte el apellido?—gritó mi suegra en el Registro Civil.

¿Cómo que no quieres cambiarte el apellido? gritó mi suegra en el Registro Civil.

Clara, la verdadera protagonista de esta historia, nunca soñó con casarse demasiado pronto. Pero, con solo 19 años, se quedó embarazada de un compañero de instituto, con quien salía desde hacía tres años. Digamos que, más que elegir, se vio un poco obligada: no quería que su criatura creciera sin padre, ni tampoco organizarle la vida al señor cura.

Aunque él, más mayor que Clara, tenía la madurez de una aceituna y era todo un niño de mamá. Ahora, eso sí, por lo menos dio la cara dijo que se casaría y criaría a la criatura. Así que ¡a preparar la boda!

Clara hubiera sido feliz con una ceremonia pequeña, sin tanto bombo ni platillo, pero en su familia parecen fans de las telenovelas: insistieron en hacer un bodorrio por todo lo alto. Ella no entendía por qué tenía que gastarse el sueldo de medio año más de dos mil euros así, ¡zas! en invitar a medio pueblo, cuando ese dinero serviría para comprar cuna, pañales y alguna que otra mantita. Pero nadie le hizo caso. La suegra y la hermana mayor se turnaron para elegirle restaurante, vestido de novia (con tres capas de brillo y encaje) y la lista interminable de invitados.

La mandaron a probarse el famoso vestido y, claro, a Clara le temblaban las piernas. Solo podía pensar en sí misma disfrazada de tarta nupcial con lazos y pedrería. Ni la hermana, ni la suegra habían demostrado nunca mucho buen gusto. Cuando Clara protestó, la tacharon de desagradecida y se pusieron como motos, pero ella tenía preocupaciones más importantes: la selectividad a la vuelta de la esquina, los exámenes, los preparativos para la llegada del bebé ¡Un circo!

El día de la boda, Clara se plantó en el Registro Civil con un vestido blanco y sencillo. Ni lentejuelas ni volantes, ni falta que hacían. Y, ahí, empezó el espectáculo.

Nadie de la familia sabía que Clara había decidido quedarse con su apellido. El novio llamémosle Tomás sí lo sabía y ni se inmutó. Pero la suegra, Mercedes, montó el drama del siglo en medio de la sala:
¿Y esto qué es de no querer cambiarte el apellido?

Clara rodó los ojos y se apartó discretamente. Bastante tenía con pensar en la fiesta del día siguiente, que iba a ser en el pueblo de sus suegros, rodeada de toda la parentela del novio. Había que ahorrar energías.

El matrimonio, spoiler, no duró demasiado. Tomás resultó ser peor marido que una escoba sin palo y como padre pues más bien aficionado. Los fines de semana se los pasaba pegado al ordenador, ignorando a la familia. Cuando a Clara se le acabó la paciencia, cerró la maleta y se fue.

A la suegra, bueno, no le hizo ninguna gracia. Pero Clara respiró aliviada por primera vez en mucho tiempo. Al fin libre, y, oye, feliz.

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MagistrUm
—¿Cómo que no quieres cambiarte el apellido?—gritó mi suegra en el Registro Civil.