¿Cómo que no vas a ocuparte del hijo de mi hijo? no pudo evitar soltar la suegra, con el rostro crispado por la incredulidad.
Mira, ante todo, no le estoy haciendo el vacío a Ignacio respondió Rita, intentando contenerse. Y que no se olvide que en esta casa soy yo, después de mi jornada laboral, quien se encarga como buena esposa y madre de otra jornada completa: limpiar, cocinar, lavar, hacer la compra Yo puedo ayudar, aconsejar, pero no pienso asumir en exclusiva las responsabilidades parentales.
¿Cómo que no piensas asumirlas? ¿Así eres? ¿Una hipócrita? escupió la suegra.
Anda, deja de decir tonterías, Rita. ¿Quién valora un trabajo si no te pagan por él? se metió de sopetón Sole, fiel a su costumbre de despellejar todo y a todos, igual que en el reencuentro de antiguos alumnos en aquel restaurante del centro de Madrid.
Sin embargo, hacía tiempo que Rita había dejado de quedarse sin palabras. Ahora sabía responder. Esta vez no dejó pasar la ocasión de ponerle las cosas claras a la maliciosa de Soledad.
Que tú tengas que pensar todo el tiempo en cómo llegar a fin de mes, no significa que todo el mundo cargue con los mismos problemas dijo Rita con naturalidad, alzando apenas los hombros. A mí me han caído dos pisos en Madrid, de mi padre.
Uno donde vivíamos hasta que se divorció de mamá, y el otro, que primero fue de mis abuelos y luego pasó a mi padre, hasta llegarme a mí.
Y los alquileres en Madrid ya sabes que no son cosa de broma. Me alcanzan para vivir cómodamente y darme algún que otro capricho, así que puedo permitirme escoger trabajo, y no buscarme cualquier cosa sólo por la nómina.
Tú dejaste de ser médica porque necesitabas el dinero, ¿no?
Eso era un secreto. Rita le prometió a Soledad no decirlo nunca. Pero si Sole quería guardar sus secretos, lo ideal habría sido vigilar su lengua, en especial no llamarla idiota delante de media clase.
¿De verdad esperaba que se la perdonara? Pues entonces, la tonta no era precisamente Rita.
¿Cajera? ¿En serio?
¡Tú prometiste no decir nada! gritó Soledad con voz temblorosa, agarrando el bolso y echando a correr hacia la puerta del restaurante, conteniendo a duras penas las lágrimas.
Bien merecido se lo tiene sentenció Andrés después de unos segundos de silencio.
Pues sí, que ya cansa la tía respiró aliviada Tania. ¿Y quién la invitó, vamos a ver?
Fui yo reconoció Ana, la ex delegada de la clase, ahora organizadora oficial de cenas de antiguos alumnos. Ya sé que en el instituto no era precisamente un encanto, pero la gente cambia O eso creía.
Bueno, algunos no cambian nunca dijo Rita, con una leve sonrisa.
La mesa entera rompió a reír. Después empezaron a interrogar a Rita sobre su trabajo.
La curiosidad era lógica, y nadie cayó en descalificaciones por su elección profesional o sus capacidades. No todos conocen ese mundillo, y en verdad nadie desearía tener que pasarse por ahí, así que la profesión está rodeada de prejuicios.
Rita, con paciencia y buen humor, fue despejando uno a uno sus mitos.
¿Y para qué te molestas en ayudarles si total no tiene sentido? preguntó alguien.
¿Quién dice que no lo tiene? Mira, tengo un pequeño paciente de cinco añitos. Hubo problemas en el parto, una hipoxia, y claro ahora sufre retraso madurativo. Pero el pronóstico es bueno: empezó a hablar casi a los tres años, y ahora, gracias a mucho esfuerzo de los padres llevándolo a logopedas y neurólogos, seguramente irá a clase ordinaria y llevará una vida normal.
Si no hubieran insistido, todo sería distinto.
Entonces, al no tener que preocuparte por el dinero, elegiste dedicarte a algo con sentido social resumió Valerio.
La charla siguió desviándose hacia las vidas, parejas y familias de todos los presentes.
Rita, de pronto, sintió una extraña mirada clavada en la nuca. Lo achacó a su imaginación, pero la sensación volvió una y otra vez. Disimuladamente miró alrededor: nadie parecía prestarle atención, así que decidió seguir la velada normalmente y olvidó aquella impresión extraña.
Una semana después del reencuentro.
Esa madrugada, ya lista para ir a su trabajo, bajó al aparcamiento y encontró su coche bloqueado por otro vehículo.
Llamó al número que aparecía en el parabrisas y enseguida escuchó excusas y promesas: Ahora bajo de inmediato, lo siento de corazón.
Apareció un joven, tan simpático como apuesto, que no paraba de disculparse. Perdona, vine por trabajo y no encontré otro hueco. Por cierto, soy Maximiliano, pero todos me llaman Max.
Yo soy Rita respondió con una sonrisa. Había algo en Max su ropa, su tono, incluso su colonia que le inspiró confianza. No le sorprendió aceptar una cita con él.
Ni una segunda. En tres meses, Rita no concebía la vida sin Max.
Y la madre de Max, igual que su hijo Ignacio, nacido de un primer matrimonio, acogieron a Rita en la familia como si siempre hubiese estado allí.
El niño tenía necesidades especiales, pero Rita, gracias a su experiencia profesional, enseguida conectó con él, y dio a Max nuevos métodos para mejorar la relación y socialización de Ignacio.
Al año de relación, decidieron vivir juntos. Rita se mudó al piso de Max e Ignacio, y alquiló su estudio a través de la misma agencia que gestionaba ya sus pisos familiares.
Fue entonces cuando los problemas empezaron a aflorar
Al principio sólo pequeños favores: Ayuda a Ignacio a vestirse, ¿te quedas con él un rato mientras bajo a comprar?. Nada grave, sobre todo porque entre Rita e Ignacio había una cierta complicidad, además, no solían coincidir con otros asuntos pendientes.
Pero las peticiones se multiplicaron. Y Rita, con mucha diplomacia, habló seriamente con Max: Ignacio era, primero, su responsabilidad.
No tenía problema en ayudar, pero Rita no iba a cargar con más de una quinta parte de las tareas con Ignacio, porque él no era su hijo y ya tenía suficiente con los casos que trataba a diario en el trabajo.
Max pareció entender hasta que, poco antes de la boda, Max y su madre empezaron a comentar, entre líneas, la rehabilitación del niño, siempre como si Rita fuese a encargarse de todo en su tiempo libre.
A ver, vamos a parar aquí Rita los interrumpió secamente. Max, teníamos un acuerdo: tu hijo es tu responsabilidad. Yo tampoco te pido que limpies el piso de mi madre, ni vayas a hacerle recados. Yo me encargo de mi familia, tú de la tuya.
No compares bufó la suegra. Tu madre es mayor y vive sola, Ignacio es un niño. ¿O es que después de la boda pretendes seguir desentendiéndote de él?
En absoluto me desentiendo. Recuérdese quién, después de su curro, cocina, limpia y lava aquí como una esposa y madre respetable Rita hablaba con firmeza y las manos en la cadera. Pero lo de la rehabilitación lo tiene que sacar adelante su padre, porque es su hijo.
Puedo dar pautas y ayudar, pero la responsabilidad exclusiva no es mía.
¿Y eso cómo es? ¿Eres así de falsa? ¡Hablas a tus amigos de tu trabajo como si fueras Teresa de Calcuta, pero para encargarte de un niño no hay quien te saque el sí! bramó la suegra.
¿Pero de qué estáis hablando? Rita, perpleja, parpadeó. De repente, lo entendió todo. Recordó que la madre de Max trabajaba limpiando en el restaurante donde fue el reencuentro y que había oído la conversación. Cerró el círculo.
Entonces, ¿todo esto ha sido una jugada para cargarme a vuestro hijo especial? escupió, mirando a ambos.
¿Y tú qué pensabas, que iba a estar encantado contigo? Si no fuera por Ignacio y tu trabajo, ni te habría mirado admitió Max finalmente.
Pues mira, si no me hubieras mirado, mejor para ti y para mí Rita, sin dudarlo, se quitó el anillo y lo estampó contra la mesa.
Te vas a arrepentir advirtió Max, con su madre asintiendo detrás. Ningún hombre hecho y derecho quiere una mujer gris, sin futuro y sin dinero.
Tengo dos pisos en Madrid. No me preocupa el dinero replicó Rita, dejando claro que ella, de falta de recursos, nada.
Y se fue a hacer la maleta, saboreando la cara de rabia y desconcierto de Max y la matriarca.
Por supuesto, vinieron las súplicas: Yo me encargo del niño, no volverá a pasar, es que estaba cansado, lo siento, te quiero, bla bla bla. Rita, ya sin ilusiones, se permitió una última risa: Parece que has perdido el tren, Max.
El reencuentro con los compañeros después fue aún más divertido cuando les contó el final. Y aunque aún sueña con encontrar a quien la quiera por lo que es y no por lo que tiene, de momento le sobran su trabajo, sus amigos y, quién sabe, quizá pronto un buen gato que, al menos, sí se deje educar. Un gato castizo, de Lavapiés. No como ciertos hombres…







