—¿Cómo que no piensas hacerte cargo del hijo de mi hijo?—no pudo evitar saltar la suegra —En primer lugar, no le hago ningún feo a Igor. Quiero recordar que en esta casa soy yo, después de trabajar, como buena esposa y madre, la que se encarga de la ‘segunda jornada’ cocinando, lavando y limpiando. Puedo ayudar y aconsejar en lo que haga falta, pero no pienso asumir completamente las responsabilidades parentales. —¿Pero cómo que no piensas hacerlo? ¿Entonces así eres, hipócrita? —Menuda boba estás hecha, Rita. ¿Quién quiere trabajar sin que le paguen?—como era de esperar, en la reunión de antiguos alumnos, Svetka no perdió sus viejas costumbres de criticarlo todo. Pero aquellos tiempos en los que Rita no sabía qué responder ya pasaron. Ahora jamás se quedaba callada, así que no perdió la ocasión de dejar en evidencia a la siempre lenguaraz Svetka. —El hecho de que a ti te falte dinero no significa que todos tengan el mismo problema —encogió los hombros despreocupadamente—. A mí me tocaron dos pisos en Madrid de parte de mi padre. Uno suyo, el donde vivíamos hasta que se separó de mi madre, y el otro—de mis abuelos—le tocó primero a él y después a mí. Y los precios de alquiler allí, como entenderéis, no son precisamente de aquí. Con lo que saco me da para vivir y darme caprichos, así que puedo elegir trabajo no por lo que paguen, sino por lo que me guste. ¿No fue por eso por lo que dejaste de ser médico para trabajar de dependienta? En teoría era un secreto. Rita había prometido no decirlo. Pero si Svetka realmente pretendía mantener la información en secreto, no debería llamarla “boba” públicamente. ¿Acaso esperaba que se lo dejara pasar? Si es así, la boba desde luego no era Rita. —¿De dependienta? ¿Hablas en serio? —¡Me prometiste que no lo dirías!—chilló Svetka indignada. Y agarrando su bolso, salió disparada del restaurante, conteniendo a duras penas las lágrimas. —Bien merecido—comentó Andrés tras unos segundos de silencio. —Sí, ya era hora. ¿Y quién la ha invitado?—preguntó Tania. —Fui yo, que me ocupé de reunir a todos—respondió la antigua delegada de clase y ahora organizadora de estos eventos, Ana, con tono disculpatorio—. Sí que recuerdo que Svetka ya en el cole no era precisamente agradable, pero pensé que la gente cambia… Bueno, algunos. —No siempre—Rita se encogió de hombros. La mesa estalló en carcajadas. Después, los compañeros empezaron a preguntarle sobre su trabajo. Y es comprensible: pocos conocen ese mundo, y hay muchísimos mitos y malentendidos en torno a esa profesión. Rita se dedicó a aclararlos todos mientras conversaba con sus antiguos amigos. —¿Y para qué tratarlos si no tiene sentido?—preguntó uno de los antiguos compañeros. —¿Quién ha dicho que no tenga? Mira, tengo un niño de cinco años. En el parto todo se complicó, hubo hipoxia y por eso tiene un desarrollo intelectual más lento. Pero el pronóstico es bueno: empezó a hablar casi con tres años, y ahora sus padres lo llevan a logopedas y neurólogos. Es muy probable que, llegado el momento, vaya a un colegio normal, y que su vida no se vea limitada por esto. Si no lo hubiesen atendido, todo sería diferente. —Ya veo. O sea, que como no necesitas andar detrás del euro, te dedicas a algo socialmente necesario—resumió Valerio. Y la conversación se desvió a hablar de la vida y las familias de otros antiguos compañeros. De pronto, Rita notó que alguien la observaba. Al principio pensó que era paranoia, pero volvió a notar esa mirada clavada en su espalda. Miró discretamente alrededor, pero no, no había nadie pendiente de ella. Así que siguió charlando y terminó olvidando esa extraña sensación. Una semana después de la reunión con sus antiguos compañeros, Rita fue a sacar su coche del garaje pero vio que otro lo bloqueaba. Llamó al número del dueño y una voz se deshizo en disculpas, prometiendo bajar a moverlo enseguida. —Perdona, es que vine a hacer unas gestiones y no había sitio. Por cierto, soy Maxi. —Yo soy Rita—y, sin saber bien por qué, Maxi le captó la simpatía enseguida: la forma de hablar, la ropa, incluso el perfume. Tan a gusto se sintió que aceptó salir con él. Y luego otro día, y al cabo de tres meses, ya no concibía la vida sin Maxi. Más aún: tanto su madre como su hijo, fruto de un matrimonio anterior, la acogieron con cariño. El niño tenía necesidades especiales, pero gracias a su experiencia profesional, Rita conectó rápido con Igor. Incluso dio a Maxi algunos consejos sobre terapias para ayudarle a comunicarse mejor con su hijo. Al cumplir un año juntos, se fueron a vivir todos a casa de Maxi. Rita alquiló su piso de soltera a través de la misma agencia que gestiona sus pisos de Madrid y se mudó con Maxi e Igor. Ahí empezaron las primeras señales. Al principio, cosas pequeñas—“ayuda a Igor a prepararse”, “quédate con el niño media horita mientras bajo a la compra”. Nada grave, ya que tenía buen trato con Igor y de entrada no había otros compromisos. Pero las peticiones se convirtieron en una carga. Rita acabó diciéndole a Maxi que Igor, ante todo, era su responsabilidad. Ella ayudaría en lo posible, claro, pero no asumiría más de una pequeña parte de los cuidados, simplemente porque el niño no era suyo y, en definitiva, de niños con necesidades trabaja ya bastante fuera de casa. Maxi, en teoría, lo aceptó… pero justo antes de casarse, empezaron las discusiones sobre la rehabilitación del niño. Y ambas partes daban por sentado que sería Rita la encargada de su terapia, además de todos sus quehaceres. —A ver, a ver, parad el carro—zanjó Rita—. Maxi, tú y yo llegamos a un acuerdo: tu hijo es tu responsabilidad. No te pido que limpies en casa de mi madre, le hagas chapuzas o le resuelvas los problemas, ¿verdad? Yo me ocupo sola en la medida de lo posible. —Pero no se puede comparar—replicó su futura suegra—. Una madre es una madre, es adulta y vive sola. Un niño es un niño. ¿Piensas que después de la boda vas a pasar de Igor y vamos a aceptarlo así, sin más? —En primer lugar, no paso de Igor. Quiero recalcar que en esta casa soy yo la que después de trabajar hace toda la segunda jornada cocinando, limpiando y lavando. Pero tampoco pienso encargarme de su rehabilitación. Igor es hijo de Maxi, y lo lógico es que Maxi sea quien lo gestione principalmente. Puedo ayudar y aconsejar, pero no cargar con esa responsabilidad por completo. —¿Cómo que no piensas hacerlo? ¿Así eres, hipócrita? Para contarle a tus amigos lo de tu trabajo eres la primera, pero cuando toca cuidar de verdad a un niño… —¿Pero de qué estáis hablando?—preguntó Rita. Entonces recordó que la madre de Maxi trabaja como friegaplatos en el restaurante donde tuvo lugar la reunión de antiguos alumnos. Ató cabos. —¿Así que lo habéis planeado todo para endosarme el niño? —¿Qué te creías, que de verdad me interesas?—saltó Maxi—. Si no fuera por Igor y por tu trabajo, ni me habría fijado en ti… —¿Ah, sí? Pues deja de mirarme—Rita se quitó el anillo y se lo tiró al ya exnovio. —Te vas a arrepentir—la amenazaron Maxi y su madre—. A un hombre de verdad no le interesa una ratita gris con un trabajo sin futuro y sin dinero. —Tengo dos pisos en Madrid, así que de dinero no me falta—replicó Rita. Y disfrutando de la sorpresa en las caras de Maxi y su madre, se puso a hacer la maleta. A partir de ahí, Maxi no perdió el tiempo en intentar reconciliarse, prometer que él mismo se ocuparía de su hijo, pedir perdón, decir que había tenido un mal día, que la quería y que no volvería a suceder. Por supuesto, Rita no era tonta y no le creyó ni una palabra. Se quedó tan tranquila, pensando: “Perdiste la ratita, Maxi, pero no parece que la damnificada sea yo”. Sus compañeros de clase también se echaron unas buenas risas con la historia. Y Rita sigue esperando encontrar a alguien que la quiera de verdad: no por dinero o por lo útil que sea, sino porque vea en ella una alma gemela. Por ahora, le basta con su trabajo, sus amigos… y quizá adopte un gato: al menos esos sí aprenden lo que les enseñas, al contrario que algunos hombres. —¿Cómo que no piensas ocuparte del niño de mi hijo?—Una historia verdadera de suegras, expectativas, independencia femenina y nuevos comienzos en el Madrid actual

¿Cómo que no piensas ocuparte del niño de mi hijo?, soltó la suegra, incapaz de aguantarse.

Mira, en primer lugar, yo no le hago ascos a Mario. Y aprovecho para recordar que aquí, en esta casa, la que después de trabajar carga con la segunda jornada cocinando, lavando ropa y limpiando soy yo, como buena esposa y madre.

Puedo echar una mano, dar algún consejo, sí, pero cargar con todas las responsabilidades de madre no entra en mis planes.

¿Cómo que no piensas hacerlo? ¿Entonces eres así de falsa?

Ay, anda ya, Teresa. ¿A quién le interesa trabajar gratis? Ni que decir tiene, en la cena de antiguos alumnos, Lucía no dejó pasar ocasión de criticar y soltar su veneno.

Pero hace mucho que ya no es como cuando a Carmen la dejaban sin palabras. Ahora Carmen ya no se calla ni debajo del agua, así que no desaprovechó la oportunidad de poner en su sitio a la bocazas de Lucía.

Si tienes que quebrarte la cabeza para llegar a fin de mes, no significa que los demás vivan igual de agobiados, dijo encogiéndose de hombros. De mi padre me quedaron dos pisos en Madrid.

Uno suyo, donde vivimos antes del divorcio con mamá, y el otro, que era de mis abuelos, pasó a mi padre y después a mí.

Y ya sabes cómo están los alquileres en Madrid; a mí me da para vivir bien y caprichos, así que puedo permitirme elegir trabajo tranquilamente, sin tener que aceptar lo primero que aparece «por necesidad».

Por cierto, ¿por eso cambiaste de médica a dependienta?

En teoría era un secreto; Carmen le había prometido a Lucía no contárselo a nadie.

Pero, claro, si Lucía quería mantenerlo en secreto, mejor no soltar según qué palabras en público, y menos llamar «idiota» a Carmen delante de todo el mundo.

¿Es que en serio esperaba que se lo perdonara? Si es así, tonta no era precisamente Carmen.

¿Dependienta, en serio?

¡Tú dijiste que no lo contarías! Lucía chilló ofendida, se agarró el bolso y salió corriendo del restaurante, aguantando las lágrimas como pudo.

Bien hecho, añadió Raúl tras unos segundos de silencio.

Ya era hora, sí, ya cansa tanto drama. ¿Y a quién se le ocurrió invitarla, a todo esto? preguntó Alba.

Fui yo, contestó Anna, la antigua delegada de clase. Ya, sabía que Lucía en el cole no era la alegría de la huerta, pero la gente se supone que madura, ¿no? Algunos, al menos.

Pero no siempre, se encogió de hombros Carmen.

Todos se rieron. Fue entonces cuando los compañeros empezaron a preguntarle a Carmen sobre su trabajo.

La curiosidad era genuina (de verdad, ni media pulla sobre su carrera ni su inteligencia), bastante normal considerando que su campo no es algo que la mayoría haya pisado alguna vez Ni ganas.

Así que Carmen se dedicó a desmentir mitos y contar verdades mientras charlaban entre cañas y tapas.

Pero a ver, si no tiene remedio, ¿para qué tratarles? preguntó uno de la mesa.

¿Y quién te ha dicho que no hay remedio? Mira, tengo un peque de cinco años. El parto fue complicado, hubo hipoxia y eso le dejó un retraso en el desarrollo.

Pero, dentro de lo que cabe, el pronóstico es muy bueno: empezó a hablar algo más tarde y va seguido por logopedas y neurólogos. Pero vamos, que todo apunta a que irá a un cole normal y hará su vida sin problemas más adelante.

Si nadie hubiera intervenido, estaríamos hablando de algo muy distinto.

O sea, en resumen, que tú no necesitas correr tras el euro, así que te dedicas a algo útil, sentenció David.

Después la conversación derivó hacia la vida y las familias de los demás.

Carmen, entretanto, empezó a sentir esa sensación rara de que alguien la estaba mirando. Al principio pensó que era paranoia, pero volvió a notarlo al rato.

Disimulando, miró alrededor: nadie la observaba. Nadie en el restaurante parecía fijarse especialmente en ella.

Así que olvidó el asunto y siguió disfrutando de la reunión y, con el paso de los días, ni se acordó más de aquella pequeña incomodidad.

Una semana después, Carmen se preparaba para ir al trabajo, y al bajar al garaje vio que su coche estaba bloqueado por otro. Llamó al móvil que figuraba en el parabrisas. Al teléfono, un mar de disculpas y la promesa de bajar en un momento.

De verdad, lo siento mucho le dijo un chico joven y simpático cuando llegó. Vine a hacer unas gestiones y no había dónde dejar el coche. Soy Javier, por cierto.

Carmen se presentó ella. Tenía Javier algo que caía bien.

Su forma de hablar, de vestir, incluso el perfume Carmen no pudo evitar sentir simpatía, así que cuando el chico le propuso tomar algo, aceptó.

Y luego otra vez. Y, al cabo de tres meses, ya no se imaginaba la vida sin Javi.

Especialmente porque tanto la madre de Javier como Mario, el hijo de su primer matrimonio, la aceptaron enseguida como una más.

El niño tenía necesidades especiales, pero Carmen, con su experiencia profesional, conectó fácil con Mario.

Incluso le recomendó a Javier algunas técnicas nuevas para ayudarle en la comunicación con su hijo y facilitarle la integración.

Al cabo de un año, se fueron a vivir juntos. Carmen se mudó al piso de Javier y Mario, dejando su estudio en alquiler otro piso, también gestionado por la misma agencia que lleva los de Madrid y se instaló con los chicos y sus bártulos, pensando que empezaba otra etapa.

Ahí empezaron las señales de alarma.

Primero cosas pequeñas: ¿me ayudas a vestir a Mario?, o ¿te quedas un rato con el niño mientras bajo a por el pan?.

Al principio, le parecía bien: tenía buena relación con Mario y, si no tenía compromisos, podía ayudar.

Pero aquellos favores se volvieron cada vez más exigentes.

Hasta que Carmen tuvo que sentarse a hablarlo en serio con Javier: Mario era su hijo, su responsabilidad. Ella podía echar una mano de vez en cuando, por cariño, pero no pensaba asumir más de la quinta parte de los cuidados solo porque el niño no era suyo y ya tenía bastante con los críos especiales en el trabajo.

Javier parecía entenderlo, pero cuando llegó la víspera de la boda, él y su madre empezaron a detallarle un programa de rehabilitación para Mario, muy finamente dando por hecho que sería ella quien lo llevaría a cabo en su tiempo libre.

A ver, un momento, les cortó Carmen, Javi, tú y yo teníamos un acuerdo: de tu hijo te encargas tú.

Ni yo te pido que vayas a limpiar a casa de mi madre, ni que le pintes el piso, ni que le soluciones sus problemas, ¿verdad? Para eso ya me las apaño yo como puedo.

Pero vamos a ver, ironizó la suegra. No compares, tu madre es una mujer, una adulta que vive sola. Un niño, es otra cosa.

¿Vas a pasar de Mario también después de casarte y esperar que lo aceptemos así?

En primer lugar, no estoy pasando de Mario. Quiero recordar que aquí, además de mi trabajo, cumplo con lo que toca en la casa: limpiar, cocinar, ocuparte de tu hijo

Pero no pienso hacerme cargo también de su rehabilitación. Mario es tu hijo, Javi, y tú lo tienes que llevar, no yo.

Puedo aconsejar, ayudar si me lo pides pero el papel de madre es tuyo y de su madre.

¿Y eso qué es? ¿Vas de guay delante de tus amigos hablando de la profesión, y cuando hay que mojarse de verdad no das la talla? ¿Así de hipócrita eres?

¿Pero de qué habláis? preguntó Carmen, desconcertada.

De pronto, hizo memoria. Recordó que la madre de Javi trabaja de vez en cuando fregando platos en el restaurante donde habían hecho la cena de promoción. Ató cabos.

Ajá así que lo teníais todo planeado para endosarme el niño, ¿no?

¿Qué pensabas, que me dabas morbo? saltó Javi. Si no fuera por Mario y por tu trabajo, ni te miraba.

Pues mejor. Carmen se quitó el anillo y se lo tiró al exnovio. Así puedes dejar de mirar.

Ya verás cómo te arrepientes le amenazaron Javi y la suegra. Ningún hombre de bien quiere a una gris y con un trabajo de mierda, sin un duro en el banco.

Ah, ¿no? Pues tengo dos pisos en Madrid, así que dinero me sobra zanjó Carmen.

Y disfrutó viendo el cambio de cara de Javi y su madre, mientras se marchaba a hacer la maleta.

Por supuesto, intentaron arreglarlo. Lluvia de promesas: que si cuida él al niño, que nunca volvería a tratarla así, que estaba muy estresado, que la quería, que por favor, que no lo haría más.

Ni caso. Carmen, que de tonta no tiene un pelo, no se tragó nada. Se despidió con una broma sobre perder ratones, y desde luego la que no parecía arrepentida era ella.

Luego, en la próxima quedada, todos se rieron juntos. Carmen, tan pancha, sigue esperando algún día encontrar a alguien que la quiera de verdad, por cómo es, y no por su dinero o por lo que sabe hacer.

Mientras tanto, disfruta de su trabajo y sus amigos. Y está pensando en adoptar un gato, que seguro que es mucho más agradecido y educable que según qué hombresA veces le preguntan si no le pesa tanto cambio, tanto circo en su vida. Carmen sonríe y piensa que, al final, el truco siempre estuvo en no ponerse nunca el disfraz equivocado. Ahora pasea libre, sin disfraces, sin anillos que no le sientan, sin viejas cuentas pendientes.

En la última cita con los colegas, alguien bromeó: Tú debes tener superpoderes para aguantar todo eso con una sonrisa, ¿no? Carmen brindó con su caña y encogió los hombros, con esa tranquilidad suya de quien sabe lo que vale. No me interesan los superpoderes contestó. Prefiero que no me den la vuelta como a un calcetín.

Supo, entonces, que había elegido bien. La libertad pesa menos que cualquier alianza y vale mucho más. Y si algún día apareciera alguien capaz de entender eso, bien, que llame a su puerta con un café en la mano y ganas de compartir risas, no cargas.

Mientras tanto, allí estaba, llena de planes, risas y vida, lista para el próximo brindis. Porque, al final, la mejor etapa era siempre la que estaba por escribir.

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MagistrUm
—¿Cómo que no piensas hacerte cargo del hijo de mi hijo?—no pudo evitar saltar la suegra —En primer lugar, no le hago ningún feo a Igor. Quiero recordar que en esta casa soy yo, después de trabajar, como buena esposa y madre, la que se encarga de la ‘segunda jornada’ cocinando, lavando y limpiando. Puedo ayudar y aconsejar en lo que haga falta, pero no pienso asumir completamente las responsabilidades parentales. —¿Pero cómo que no piensas hacerlo? ¿Entonces así eres, hipócrita? —Menuda boba estás hecha, Rita. ¿Quién quiere trabajar sin que le paguen?—como era de esperar, en la reunión de antiguos alumnos, Svetka no perdió sus viejas costumbres de criticarlo todo. Pero aquellos tiempos en los que Rita no sabía qué responder ya pasaron. Ahora jamás se quedaba callada, así que no perdió la ocasión de dejar en evidencia a la siempre lenguaraz Svetka. —El hecho de que a ti te falte dinero no significa que todos tengan el mismo problema —encogió los hombros despreocupadamente—. A mí me tocaron dos pisos en Madrid de parte de mi padre. Uno suyo, el donde vivíamos hasta que se separó de mi madre, y el otro—de mis abuelos—le tocó primero a él y después a mí. Y los precios de alquiler allí, como entenderéis, no son precisamente de aquí. Con lo que saco me da para vivir y darme caprichos, así que puedo elegir trabajo no por lo que paguen, sino por lo que me guste. ¿No fue por eso por lo que dejaste de ser médico para trabajar de dependienta? En teoría era un secreto. Rita había prometido no decirlo. Pero si Svetka realmente pretendía mantener la información en secreto, no debería llamarla “boba” públicamente. ¿Acaso esperaba que se lo dejara pasar? Si es así, la boba desde luego no era Rita. —¿De dependienta? ¿Hablas en serio? —¡Me prometiste que no lo dirías!—chilló Svetka indignada. Y agarrando su bolso, salió disparada del restaurante, conteniendo a duras penas las lágrimas. —Bien merecido—comentó Andrés tras unos segundos de silencio. —Sí, ya era hora. ¿Y quién la ha invitado?—preguntó Tania. —Fui yo, que me ocupé de reunir a todos—respondió la antigua delegada de clase y ahora organizadora de estos eventos, Ana, con tono disculpatorio—. Sí que recuerdo que Svetka ya en el cole no era precisamente agradable, pero pensé que la gente cambia… Bueno, algunos. —No siempre—Rita se encogió de hombros. La mesa estalló en carcajadas. Después, los compañeros empezaron a preguntarle sobre su trabajo. Y es comprensible: pocos conocen ese mundo, y hay muchísimos mitos y malentendidos en torno a esa profesión. Rita se dedicó a aclararlos todos mientras conversaba con sus antiguos amigos. —¿Y para qué tratarlos si no tiene sentido?—preguntó uno de los antiguos compañeros. —¿Quién ha dicho que no tenga? Mira, tengo un niño de cinco años. En el parto todo se complicó, hubo hipoxia y por eso tiene un desarrollo intelectual más lento. Pero el pronóstico es bueno: empezó a hablar casi con tres años, y ahora sus padres lo llevan a logopedas y neurólogos. Es muy probable que, llegado el momento, vaya a un colegio normal, y que su vida no se vea limitada por esto. Si no lo hubiesen atendido, todo sería diferente. —Ya veo. O sea, que como no necesitas andar detrás del euro, te dedicas a algo socialmente necesario—resumió Valerio. Y la conversación se desvió a hablar de la vida y las familias de otros antiguos compañeros. De pronto, Rita notó que alguien la observaba. Al principio pensó que era paranoia, pero volvió a notar esa mirada clavada en su espalda. Miró discretamente alrededor, pero no, no había nadie pendiente de ella. Así que siguió charlando y terminó olvidando esa extraña sensación. Una semana después de la reunión con sus antiguos compañeros, Rita fue a sacar su coche del garaje pero vio que otro lo bloqueaba. Llamó al número del dueño y una voz se deshizo en disculpas, prometiendo bajar a moverlo enseguida. —Perdona, es que vine a hacer unas gestiones y no había sitio. Por cierto, soy Maxi. —Yo soy Rita—y, sin saber bien por qué, Maxi le captó la simpatía enseguida: la forma de hablar, la ropa, incluso el perfume. Tan a gusto se sintió que aceptó salir con él. Y luego otro día, y al cabo de tres meses, ya no concibía la vida sin Maxi. Más aún: tanto su madre como su hijo, fruto de un matrimonio anterior, la acogieron con cariño. El niño tenía necesidades especiales, pero gracias a su experiencia profesional, Rita conectó rápido con Igor. Incluso dio a Maxi algunos consejos sobre terapias para ayudarle a comunicarse mejor con su hijo. Al cumplir un año juntos, se fueron a vivir todos a casa de Maxi. Rita alquiló su piso de soltera a través de la misma agencia que gestiona sus pisos de Madrid y se mudó con Maxi e Igor. Ahí empezaron las primeras señales. Al principio, cosas pequeñas—“ayuda a Igor a prepararse”, “quédate con el niño media horita mientras bajo a la compra”. Nada grave, ya que tenía buen trato con Igor y de entrada no había otros compromisos. Pero las peticiones se convirtieron en una carga. Rita acabó diciéndole a Maxi que Igor, ante todo, era su responsabilidad. Ella ayudaría en lo posible, claro, pero no asumiría más de una pequeña parte de los cuidados, simplemente porque el niño no era suyo y, en definitiva, de niños con necesidades trabaja ya bastante fuera de casa. Maxi, en teoría, lo aceptó… pero justo antes de casarse, empezaron las discusiones sobre la rehabilitación del niño. Y ambas partes daban por sentado que sería Rita la encargada de su terapia, además de todos sus quehaceres. —A ver, a ver, parad el carro—zanjó Rita—. Maxi, tú y yo llegamos a un acuerdo: tu hijo es tu responsabilidad. No te pido que limpies en casa de mi madre, le hagas chapuzas o le resuelvas los problemas, ¿verdad? Yo me ocupo sola en la medida de lo posible. —Pero no se puede comparar—replicó su futura suegra—. Una madre es una madre, es adulta y vive sola. Un niño es un niño. ¿Piensas que después de la boda vas a pasar de Igor y vamos a aceptarlo así, sin más? —En primer lugar, no paso de Igor. Quiero recalcar que en esta casa soy yo la que después de trabajar hace toda la segunda jornada cocinando, limpiando y lavando. Pero tampoco pienso encargarme de su rehabilitación. Igor es hijo de Maxi, y lo lógico es que Maxi sea quien lo gestione principalmente. Puedo ayudar y aconsejar, pero no cargar con esa responsabilidad por completo. —¿Cómo que no piensas hacerlo? ¿Así eres, hipócrita? Para contarle a tus amigos lo de tu trabajo eres la primera, pero cuando toca cuidar de verdad a un niño… —¿Pero de qué estáis hablando?—preguntó Rita. Entonces recordó que la madre de Maxi trabaja como friegaplatos en el restaurante donde tuvo lugar la reunión de antiguos alumnos. Ató cabos. —¿Así que lo habéis planeado todo para endosarme el niño? —¿Qué te creías, que de verdad me interesas?—saltó Maxi—. Si no fuera por Igor y por tu trabajo, ni me habría fijado en ti… —¿Ah, sí? Pues deja de mirarme—Rita se quitó el anillo y se lo tiró al ya exnovio. —Te vas a arrepentir—la amenazaron Maxi y su madre—. A un hombre de verdad no le interesa una ratita gris con un trabajo sin futuro y sin dinero. —Tengo dos pisos en Madrid, así que de dinero no me falta—replicó Rita. Y disfrutando de la sorpresa en las caras de Maxi y su madre, se puso a hacer la maleta. A partir de ahí, Maxi no perdió el tiempo en intentar reconciliarse, prometer que él mismo se ocuparía de su hijo, pedir perdón, decir que había tenido un mal día, que la quería y que no volvería a suceder. Por supuesto, Rita no era tonta y no le creyó ni una palabra. Se quedó tan tranquila, pensando: “Perdiste la ratita, Maxi, pero no parece que la damnificada sea yo”. Sus compañeros de clase también se echaron unas buenas risas con la historia. Y Rita sigue esperando encontrar a alguien que la quiera de verdad: no por dinero o por lo útil que sea, sino porque vea en ella una alma gemela. Por ahora, le basta con su trabajo, sus amigos… y quizá adopte un gato: al menos esos sí aprenden lo que les enseñas, al contrario que algunos hombres. —¿Cómo que no piensas ocuparte del niño de mi hijo?—Una historia verdadera de suegras, expectativas, independencia femenina y nuevos comienzos en el Madrid actual