¡Cómo puede la tierra soportar a madres así! Envió a su hijo de 4 años a un centro de acogida porque…

¡Cómo puede haber madres así en el mundo! Mandó a su hijo a un hogar de acogida porque no quería ocuparse de su salud, y el pobre chiquillo tenía apenas cuatro años.

Tengo una amiga de toda la vida que se llama Inés. Llevamos siendo uña y carne desde hace casi treinta años. Ella es una persona increíble y, creedme, habría sido una madre espectacular, pero el destino o quien quiera que mande ahí arriba no quiso que ella y su marido tuvieran hijos propios. No les llegó ese regalo, pero la pareja nunca se separó, seguramente porque el amor que sienten el uno por el otro vale más que un décimo premiado de la Lotería de Navidad.

Yo, por mi parte, tengo dos hijas. Y cómo no, Inés es su madrina faltaría más, siendo mi mejor amiga y viviendo a tiro de piedra. Muchas veces recuerdo cómo Inés se tiraba al suelo para jugar con mis niñas, o cómo se quedaba cuidándolas cuando yo tenía algún lío. Luego, nos sentábamos en mi cocina, entre vino y lágrimas, y nos lamentábamos juntas porque ella no tenía a sus propios chiquillos.

Hasta que, no hace mucho, la llamó un familiar lejano y le contó una historia de esas de no dormir: una prima segundona por parte de padre había decidido meter a su hijo en un orfanato. Dicen que los médicos le habían puesto un diagnóstico bastante serio y, claro, no había ni un euro para el tratamiento. La madre del niño era de las que solo les preocupa ir detrás de faldas (o mejor dicho, pantalones masculinos), el crío apenas le importaba.

Así fue como Inés vino corriendo a contarme lo sucedido, y me confesó que sentía que tenía que ir a conocer ese niño. Lo que pasó después me lo contó su vecina: en cuanto Inés vio al pequeño y esos ojazos tristes, tuvo clarísimo que tenía que llevárselo a casa. Su marido, ni corto ni perezoso, le dijo que sí.

Tuvieron que sudar la gota gorda para salir adelante con el niño. Más de un año de rehabilitación, consultas con especialistas y, para colmo, el diagnóstico de autismo. Aun así, no les faltó coraje y lograron sacarlo adelante contra todo pronóstico.

Y no os lo vais a creer, pero ahora ÁLVARO, que tiene 24 años, es un muchacho hecho y derecho: tiene una carrera universitaria y hasta medallas deportivas colgando en su habitación.

Ayer mismo volví de su boda. Y me llevé los ojos mojados y el corazón lleno.

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