Te voy a contar lo que me está pasando, a ver qué opinas, porque yo no creo que tengamos por qué mantener a mi cuñado y a toda su familia ni mucho menos buscarles un piso de alquiler. Mira, desde el principio: el piso de tres habitaciones donde vivimos es mío, lo compré yo, y cuando lo hice, antes incluso de casarme, estaba hecho polvo, de verdad. Para que te hagas una idea, la puerta de entrada ni siquiera encajaba bien y estaba apoyada sobre el marco. Pero bueno, lo importante es que el precio era bueno y poco a poco fui arreglándolo todo.
Cuando conocí a mi marido, ya había reformado dos de las habitaciones y hasta tenía algo de muebles puestos. Vaya, el piso ya era bastante acogedor.
Mi marido, que por entonces era muy apañado y muy guapo, vivía de alquiler. Al cabo de unos meses de salir juntos, se vino a vivir conmigo. Tras la boda preparamos una habitación para los niños y al poco tiempo nació primero el niño, luego la niña.
Todo iba de maravilla, hasta que una noche fría de otoño nuestra tranquilidad familiar se vino abajo por culpa de mi suegra. Aquel día apareció con sus maletas y toda llorosa:
¿Puedo quedarme con vosotros una temporada? Mi hijo ha traído a una chica a mi piso. A ver si le va bien con ella y acaban casándose, y que vivan juntos hasta que sean ancianos No os molestaré mucho, os ayudo, recojo a los niños del cole y de la guarde, les hago la comida. ¡No tengo a nadie más en el mundo que a ti!
Con aquel panorama, claro, la dejé pasar. Le di la habitación más grande. Mi suegra ya estaba jubilada, cuidaba de los críos como había prometido, pero por su antigua casa no aparecía porque el hijo pequeño ya estaba allí con su nueva vida. Este cuñado mío vivía en el piso de mi suegra, una sola habitación, con su nueva mujer y dos niños: uno en común y otro que ella tenía de antes.
Hace unos cuantos años, mi cuñado se casó casi de adolescente, nada más acabar el instituto, y mis suegros vendieron el piso familiar, con el dinero compraron un estudio para ellos y un piso de dos habitaciones para mi cuñado. Después, el suegro cayó enfermo y falleció.
Mi cuñado y su primera mujer tuvieron dos hijos, pero luego se divorciaron y él les dejó el piso. Ahora su ex vive allí con su nuevo marido y tres niños. Tras el divorcio, mi cuñado volvió a casa de su madre y le dijo: Mamá, ahora me quedo contigo. Ya estoy libre, tengo tantos sueños… Pero ya verás, en algún momento encuentro otro sitio. Pero nunca llegó ese algún momento. No tardó en llevarse a su nueva novia a vivir con ellos.
Total, que mi suegra traía los fines de semana a los nietos del primer matrimonio y a los del segundo, más jaleo y más críos por la casa. Un caos.
Al año siguiente, ya no pude más y le dije a mi suegra que tenía que buscarse una solución para vivir. Montó un numerito de lágrimas y nervios.
Tuve que hablar con mi cuñado, explicarle que ya era hora de que dejara el piso de su madre, pero se negó en rotundo a marcharse. Que si tenía niños, que si cobraba poco, que no podía pagar alquiler. ¿Tú qué harías?
Mi relación con mi suegra cada día va a peor. No me apetece ni volver a casa después del trabajo. Así que hablé con mi marido y le dije que o soluciona ya lo de su madre o pido el divorcio.
Mi marido se quedó en shock. No sabía ni por dónde empezar, porque claro, tampoco iba a poner a su madre en la calle.
Le dije que alquilarle un piso a su madre era lo lógico, que podemos permitírnoslo. Pero ella, ni hablar, no quiere alquilar nada; dice que tenemos que buscarle un piso de dos habitaciones a mi cuñado y su familia, y ella volvería a casa.
Te puedes imaginar mi cara. Le dije que esto era inaudito, que si en una semana mi suegra no se va, le saco todas las cosas a la puerta y listo. ¿Qué otra opción tengo?
No creo que tengamos ninguna obligación de mantener a la familia de mi cuñado, ni mucho menos ponerles techo, ¿no crees?





