¿Cómo lograr que la hija de mi marido se vaya a vivir con su abuela? No soporto a su niña.
Me casé con un hombre que tiene una hija de su anterior matrimonio. Su madre la abandonó y se fue al extranjero con su nuevo novio, dejando a la niña con su padre. Ahora vivo en un infierno, intentando convivir con esa niña ajena en nuestra casa de Villanueva de la Serena. Soñaba con una familia feliz, pero en su lugar tengo a una mocosa malcriada que me amarga la vida. Ahora estoy embarazada y necesito que se vaya con su abuela. Pero ¿cómo conseguirlo sin que parezca una imposición?
Cuando Antonio y yo empezamos a salir, su hija Lucía pasaba más tiempo con su abuela. La veía poco y pensé que podría aceptarla como parte de su vida. Pero después de la boda, todo cambió. Mi suegra dijo que ya no podía cuidarla y la trajo a vivir con nosotros. Intenté conectar con ella, pero todos mis esfuerzos chocaban contra su indiferencia y mala educación. No me hace caso, como si yo no existiera. Peor aún: actúa como si mandara en casa, deja todo tirado y se queja de mí a su padre o a la abuela por cualquier tontería.
Todos los días escucho lecciones de mi suegra: «Ten paciencia, Carmen, ¡busca la manera de entenderla!». Antonio también me pide comprensión, pero ¿por qué debo aguantar los desplantes de una niña de 12 años que me falta al respeto? No es mi hija y no quiero ser su cuidadora. Pronto tendré mi propio bebé y no pienso tolerar sus rabietas. ¿Por qué nadie la corrige? Mi marido y su madre la miman, ignorando su grosería y pereza. Si sigue así, se convertirá en una egoísta insoportable.
Lucía es una desordenada y vaga. Deja los platos sucios, tira la ropa por el suelo y al final tengo que limpiar yo. Me indigna su actitud: es retorcida, calculadora, y parece disfrutar sacándome de quicio. Antonio trabaja hasta tarde, y muchas noches estamos solas. Ya no es una bebé, pero ni mi marido ni mi suegra confían en dejarla sin supervisión. ¿Por qué debo sacrificar mi tiempo y mi paz? ¡Yo también quiero trabajar, descansar, vivir mi vida!
Mi suegra viene un rato, la consiente y luego me regaña: «¿Por qué no juegas con ella? ¿Por qué no la educas?». Cree que debo encargarme de todo, como si fuera mi obligación. Sus exigencias me ahogan. Si no me presionaran tanto, quizá lo llevaría mejor. Pero ahora me arrepiento de haberme unido a un hombre «con equipaje». Lucía nunca será como una hija para mí, y no quiero fingir lo que no siento.
El embarazo lo complica todo. Quiero tranquilidad en casa, prepararme para mi bebé, no perder los nervios con una niña que no es mía. Lucía pertenece al pasado de Antonio, pero no tengo por qué sufrir por ella. ¿Cómo hacer que se valla sin destruir nuestro matrimonio? Estoy al límite y necesito una solución.






