«¿¡Cómo ha podido hacerme esto?! ¡Sin preguntar! ¡Sin consultarme! ¡Hay que ver: presentarse en casa ajena y comportarse como si fuera la suya! ¡Ningún respeto! Señor, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Toda la vida pendiente de ella, y así me lo agradece… ¡Es que ni me considera persona! – Nines se secó las lágrimas que le asomaban, – ¡Que resulta que no le gusta mi vida! ¡Como si la suya fuera perfecta! Encerrada en su piso de un dormitorio, creyéndose que ha cazado la felicidad. Sin pareja estable, trabajando a distancia, ¡vete tú a saber de qué vive! Y encima me viene a dar lecciones… ¡Si yo hace años superé lo que ella apenas empieza a vivir!» Ese último pensamiento levantó a Nines del sillón. Fue a la cocina, puso agua a hervir y se asomó a la ventana. Contemplando la panorámica de la ciudad encendida de luces y ambiente festivo, no pudo evitar romper a llorar de nuevo: «Todo el mundo preparándose para Año Nuevo, menos yo… Sin ganas de celebrar, más sola que la una…» El hervidor silbó. Nines, enfrascada en sus recuerdos, ni se dio cuenta… Tenía veinte años cuando su madre, ya a sus cuarenta y cinco, dio a luz a su segunda hija. A Nines aquello le pareció insólito: ¿para qué tanta complicación a esa edad? —No quiero que acabes sola, hija —explicó la madre—, ya verás cómo es una suerte tener una hermana. Lo entenderás luego. —Lo entiendo ahora, pero que conste: no pienso ocuparme de la niña. Yo tengo mi propia vida —contestó entonces Nines, indiferente. —Ya no tienes solo tu vida —le sonrió la madre. Y aquellas palabras fueron proféticas. Con apenas tres años, la pequeña -Nati- quedó huérfana: madre fallecida y el padre, ya tiempo atrás. Toda la responsabilidad recayó sobre Nines, que prácticamente hizo de madre para Nati. Hasta los diez años, la niña la llamó “mamá”. Nines nunca llegó a casarse. No por culpa de la hermana, sino porque nunca encontró al hombre capaz de conquistar su corazón. Tampoco tenía muchas oportunidades: su rutina era casa, trabajo, hermana; casa, trabajo, hermana… Madura a la fuerza, Nines lo sacrificó todo por Nati: la crió y la educó. Hoy Nati es adulta, vive independiente y planea casarse. Suelen verse a menudo: son muy unidas, aunque difieren mucho en edad, carácter y modo de ver la vida. A Nines, por ejemplo, le cuesta desprenderse de nada. Su piso parece un almacén de trastos inservibles: todavía guarda la bata de cuando era mucho más joven y facturas del año de la polca. En la cocina se acumulan tazas astilladas y cazuelas sin mango. Ni las usa, ni se decide a tirarlas: ¿y si algún día hacen falta? Los arreglos en casa, ni pensarlo. No por falta de dinero, sino porque “los papeles aún aguantan”. La costumbre de ahorrar por ella y por su hermana ha hecho mella en su día a día. Nati, en cambio, es alegre, dinámica, tiene todo lo justo y práctico en casa, sin montañas de cachivaches: “Si una cosa no la uso en un año, fuera”. Por eso su casa es luminosa y agradable. Cuántas veces le ha insistido a Nines: —Deberías hacer reforma y deshacerte de lo que no usas, que pronto no vas a tener sitio ni para ti. —No voy a tirar nada ni quiero que cambie nada —contestaba siempre Nines—, ni falta que me hace una reforma. —¿Cómo que no la necesitas? ¡Mira cómo tienes el recibidor! ¡Estas paredes rugosas parecen sacadas del siglo pasado! Y tanta cosa acumulada roba energía, ¡no sabes cuánto! Así no hay quien se encuentre bien —trataba de convencerla Nati. Pero Nines siempre se negaba. Así que un día Nati decidió sorprenderla con una reforma. Eligió arreglar la entrada, la parte menos complicada. A pocos días de Fin de Año, aprovechando que Nines tenía turno de noche, Nati y su prometido fueron a su piso (ambas tenían llaves de la otra), empapelaron el recibidor de un tono verde suave con detalles dorados y regresaron todo a su lugar, sin atreverse a tocar los trastos de Nines. Se marcharon. Nines, al volver, salió corriendo pensando que se había confundido de piso. Miró el número de la puerta. Sí, era el suyo. Entró de nuevo. Y lo entendió todo. ¡Nati! ¿Cómo se había atrevido? Llamó indignada a su hermana y le echó una bronca monumental. Media hora después, Nati apareció en el piso. —¿¡Quién te lo ha pedido!? —la recibió Nines indignada. —Nines, solo quería darte una sorpresa. ¡Mira lo bonito y luminoso que está todo! —¡No vuelvas a adueñarte de mi casa! —la interrumpió Nines. Las palabras hirientes llovieron sobre Nati una tras otra. Hasta que la muchacha no aguantó más: —Basta. Haz lo que quieras con tu trastero. No volveré a pisar tu casa. —Vaya, ¿la verdad duele, eh? ¡Sales huyendo! —Me das pena —respondió bajito Nati antes de marcharse… Una semana sin hablarse. Jamás habían estado peleadas tanto tiempo, y ahora Nochevieja a punto de llegar. ¿La pasarán separadas? Nines salió al recibidor y se sentó. “Pues sí, la verdad, está más amplio”, pensó. Se imaginó a Nati y Santi empapelando, cuidando cada arruga, intentando adivinar su reacción. “¿A qué tanto enfado? Así está mucho mejor. Más luz, más alegría. A lo mejor tiene razón mi hermana”. De pronto sonó el teléfono… —Nines —la voz de Nati sonó llorosa—, perdóname. No quería molestarte, solo alegrarte… —No, cielo, yo ya no estoy enfadada contigo. No hay nada que perdonar: llevas toda la razón y las paredes han quedado preciosas. Cuando pasen las fiestas, sí quiero que me ayudes a ordenar mi caos —si no te importa, claro. —¡Por supuesto que quiero! Y además hoy es especial… No concibo una Nochevieja sin ti… —Ni yo sin ti… —Pues venga, prepárate, que está todo listo: árbol natural, luces, velas. Como te gusta. Y no te líes, que conozco tus prisas: ya lo tengo casi todo hecho, Santi va a recogerte. Yo tenía fe en que lo arreglaríamos y estaríamos juntas en Año Nuevo. Prepárate, pero sin prisas. Nines volvió a mirar por la ventana. La ciudad festiva parecía otra. Miró y pensó: “Gracias, mamá… Por darme una hermana…”

¿Cómo ha podido hacerme esto? ¡Ni siquiera me lo preguntó! ¡Ni pensó consultarme! Hay que tener poca vergüenza para plantarse en casa ajena y actuar como si fuera la suya propia ¡Ni un poco de respeto! Dios mío, ¿por qué me pasa esto a mí? Toda la vida cuidando de ella, y así es como me lo agradece ¡Ni siquiera me considera una persona! Me sequé las lágrimas rápidamente Dice que no le gusta mi vida, ¡como si la suya fuera para echar cohetes! Vive metida en su pisito de un dormitorio creyendo que ya ha cazado la suerte. Ni pareja decente, ni trabajo en condiciones: eso que llama teletrabajo. ¿De qué vive? Y aún se atreve a querer enseñarme a vivir ¡Si yo hace tiempo he superado la etapa que a ella se le está empezando a ocurrir!

Ese pensamiento abrupto me hizo levantar del sillón. Fui a la cocina, puse el hervidor de agua para el té y me asomé a la ventana.

Desde aquí, el Madrid iluminado y bullicioso en vísperas de Año Nuevo se extendía infinito y, de pronto, me eché a llorar otra vez.

El mundo entero preparando la celebración, y yo yo aquí, más sola que la una

El silbido del hervidor me sacó de mi ensimismamiento, pero ni me di cuenta

Tenía veinte años cuando mi madre, a los cuarenta y cinco, nos sorprendió trayendo al mundo a mi hermana pequeña.

Me chocó muchísimo; ¿para qué se metería en semejante lío?

No quiero que te quedes sola en el mundo me explicó mamá. Es mucho mejor tener una hermana, ya lo entenderás.

Sí, lo entiendo de sobra le contesté entonces, desganada, pero que conste: no pienso hacerme cargo de ella. Yo tengo mi propia vida.

Ya no tienes sólo tu vida sonrió mamá.

Y fue como una profecía. Mi hermana apenas tenía tres años cuando nos dejó mamá Papá ya no estaba con nosotras.

La responsabilidad entera cayó sobre mí, y aunque no buscaba ese papel, fui madre para Clara, hasta que cumplió casi diez y aún entonces me llamaba mamá.

Nunca me casé. No fue tanto por Clara como porque simplemente no llegó esa persona que me hiciera tilín. Tampoco es que tuviera dónde encontrarla No salía, no buscaba distracciones: casa, trabajo, mi hermana. Así año tras año

El golpe de quedarnos solas me obligó a madurar a la fuerza y desde entonces mi vida giró siempre en torno a Clara: la cuidé, la crié, la ayudé a estudiar.

Ahora Clara ya es adulta, vive sola y hasta está planeando casarse.

Nos vemos a menudo; seguimos muy unidas, aunque nos separen muchos años y nuestras formas de ver la vida sean agua y aceite.

Yo, por ejemplo, soy especialmente ahorradora, un verdadero caso. Mi piso parece un almacén de cosas viejas y trastos, cosas que guardo por si acaso. Cualquier día aún me encuentro con la bata de cuando tenía treinta años y veinte kilos menos O facturas de la luz ¡de hace dos décadas!

En la cocina se amontonan tazas con el asa rota, cacerolas melladas y sartenes sin mango. Llevo años sin usarlas pero, ¿tirarlas? ¡Ni hablar! Siempre pienso: y si alguna vez hacen falta

Y no, nunca hago reformas, ni siquiera las mínimas. No porque no pueda permitírmelo algún dinerillo tengo ahorrado, sino porque todavía están enteros los azulejos, ¿para qué?

Esa costumbre de privarme de todo en favor de Clara tiene su precio.

Clara es de otro mundo: alegre, práctica, todo lo contrario. En su piso siempre hay espacio, nada de almacenes. Sólo lo necesario. Hasta tiene una regla: Si algo no lo usas en un año, fuera.

Así que, en casa de Clara, todo es luz y claridad, da gusto respirar.

Cuántas veces me habrá dicho:

Tía, deja que te ayude a hacer una limpieza y de paso, reformamos la entrada. Como sigas acumulando cosas, te vas a quedar tú misma sin hueco.

Yo no tiro nada ni cambio nada, no quiero saber nada de reformas le repetía siempre.

¿Cómo que no? ¡Has visto el recibidor! Esos papeles pintados son de antes de que naciera la tele en color. Entras y parece el trastero de un convento. ¡La energía que te roba tanta cosa acumulada no te la imaginas! Así te vas a poner enferma intentaba convencerme.

Pero yo, nada.

Hasta que un día, Clara decidió hacer las cosas por su cuenta. Quería darme una sorpresa y enseñarme lo que cambiaba un poco de orden y luz.

Escogieron el recibidor porque era el sitio más fácil, con pocos muebles.

Una semana antes de Nochevieja, aprovechando que yo tenía turno de guardia y estaría fuera todo el día, Clara y su novio Rubén se vinieron con sus llaves y cambiaron el papel: adiós a los muros oscuros, hola paredes color verde suave con dibujos dorados.

Colocaron todo en su sitio, sin atreverse a mover ni tirar nada mío, y se marcharon.

Yo volví, abrí la puerta y salí corriendo otra vez. Pensaba que me había confundido de piso.

Miré el número en el portal.

Era el mío

Volví a entrar.

Y lo entendí todo en un instante.

¡Clara!

¿Cómo había podido atreverse?

Cogí el móvil, la llamé y la regañé a gusto antes de colgar sin querer escuchar nada más.

Media hora después, Clara llamó a la puerta.

Pero ¿Quién te pidió algo? Le solté nada más verla.

Lucia, quería sorprenderte Mira cómo ha quedado de limpio y luminoso, ¿no te parece más acogedor? trató de justificarse.

¡En mi casa no mandas tú! No podía dejar de soltar reproches.

Las palabras hirientes volaban, una tras otra.

Hasta que Clara perdió la paciencia:

Ya está bien. Quédate en tu pocilga y haz lo que quieras. Aquí no vuelvo a poner un pie.

Sí, claro, muy fácil huir cuando se te dice la verdad, ¿eh?

Me das pena susurró. Y se fue.

Se fue y lleva ya una semana sin llamar. Jamás habíamos estado enfadadas tanto tiempo. Y encima, a un par de días de Nochevieja. ¿De verdad íbamos a pasarla separadas?

Salí al recibidor, me senté en el taburete.

Pues la verdad es que está mucho más amplia, pensé y me imaginé a Clara y Rubén empapelando, cuidando cada detalle, imaginando mi reacción. ¿Y de qué me ha servido enfadarme así? Si está muchísimo mejor. Más luz, y hasta el ánimo parece distinto ¿Y si Clara tenía razón?

De repente sonó el teléfono

Lucia Clara lloraba perdóname, de verdad. No quise molestarte. Sólo quería hacerte un regalo

No digas tonterías, cielo, si hace rato que ni estoy enfadada ahora era yo la que lloraba. No tienes nada que perdonar: tenías razón. El papel nuevo es precioso. Cuando pasen las fiestas, me ayudas con el resto del piso, ¿vale?

¡Claro que sí! contestó enseguida. Y, ¿te vienes hoy? Hoy es el día no puedo pasar Nochevieja sin ti.

Yo tampoco

Entonces prepárate, ¡te estamos esperando! Ya está todo hecho: el árbol natural, luces, velas, todo como te gusta. Y no me hagas ir a comprarte nada extra, ya lo tengo todo. Hasta el último rato yo sabía que nos arreglaríamos y brindaríamos juntas. Así que arréglate tranquila. Rubén va a buscarte.

Me acerqué a la ventana otra vez. Miré Madrid, ahora con otros ojos.

Y, mientras las luces de la ciudad brillaban, en mi corazón sólo cabía un pensamiento: Gracias, mamá por mi hermana.

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MagistrUm
«¿¡Cómo ha podido hacerme esto?! ¡Sin preguntar! ¡Sin consultarme! ¡Hay que ver: presentarse en casa ajena y comportarse como si fuera la suya! ¡Ningún respeto! Señor, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Toda la vida pendiente de ella, y así me lo agradece… ¡Es que ni me considera persona! – Nines se secó las lágrimas que le asomaban, – ¡Que resulta que no le gusta mi vida! ¡Como si la suya fuera perfecta! Encerrada en su piso de un dormitorio, creyéndose que ha cazado la felicidad. Sin pareja estable, trabajando a distancia, ¡vete tú a saber de qué vive! Y encima me viene a dar lecciones… ¡Si yo hace años superé lo que ella apenas empieza a vivir!» Ese último pensamiento levantó a Nines del sillón. Fue a la cocina, puso agua a hervir y se asomó a la ventana. Contemplando la panorámica de la ciudad encendida de luces y ambiente festivo, no pudo evitar romper a llorar de nuevo: «Todo el mundo preparándose para Año Nuevo, menos yo… Sin ganas de celebrar, más sola que la una…» El hervidor silbó. Nines, enfrascada en sus recuerdos, ni se dio cuenta… Tenía veinte años cuando su madre, ya a sus cuarenta y cinco, dio a luz a su segunda hija. A Nines aquello le pareció insólito: ¿para qué tanta complicación a esa edad? —No quiero que acabes sola, hija —explicó la madre—, ya verás cómo es una suerte tener una hermana. Lo entenderás luego. —Lo entiendo ahora, pero que conste: no pienso ocuparme de la niña. Yo tengo mi propia vida —contestó entonces Nines, indiferente. —Ya no tienes solo tu vida —le sonrió la madre. Y aquellas palabras fueron proféticas. Con apenas tres años, la pequeña -Nati- quedó huérfana: madre fallecida y el padre, ya tiempo atrás. Toda la responsabilidad recayó sobre Nines, que prácticamente hizo de madre para Nati. Hasta los diez años, la niña la llamó “mamá”. Nines nunca llegó a casarse. No por culpa de la hermana, sino porque nunca encontró al hombre capaz de conquistar su corazón. Tampoco tenía muchas oportunidades: su rutina era casa, trabajo, hermana; casa, trabajo, hermana… Madura a la fuerza, Nines lo sacrificó todo por Nati: la crió y la educó. Hoy Nati es adulta, vive independiente y planea casarse. Suelen verse a menudo: son muy unidas, aunque difieren mucho en edad, carácter y modo de ver la vida. A Nines, por ejemplo, le cuesta desprenderse de nada. Su piso parece un almacén de trastos inservibles: todavía guarda la bata de cuando era mucho más joven y facturas del año de la polca. En la cocina se acumulan tazas astilladas y cazuelas sin mango. Ni las usa, ni se decide a tirarlas: ¿y si algún día hacen falta? Los arreglos en casa, ni pensarlo. No por falta de dinero, sino porque “los papeles aún aguantan”. La costumbre de ahorrar por ella y por su hermana ha hecho mella en su día a día. Nati, en cambio, es alegre, dinámica, tiene todo lo justo y práctico en casa, sin montañas de cachivaches: “Si una cosa no la uso en un año, fuera”. Por eso su casa es luminosa y agradable. Cuántas veces le ha insistido a Nines: —Deberías hacer reforma y deshacerte de lo que no usas, que pronto no vas a tener sitio ni para ti. —No voy a tirar nada ni quiero que cambie nada —contestaba siempre Nines—, ni falta que me hace una reforma. —¿Cómo que no la necesitas? ¡Mira cómo tienes el recibidor! ¡Estas paredes rugosas parecen sacadas del siglo pasado! Y tanta cosa acumulada roba energía, ¡no sabes cuánto! Así no hay quien se encuentre bien —trataba de convencerla Nati. Pero Nines siempre se negaba. Así que un día Nati decidió sorprenderla con una reforma. Eligió arreglar la entrada, la parte menos complicada. A pocos días de Fin de Año, aprovechando que Nines tenía turno de noche, Nati y su prometido fueron a su piso (ambas tenían llaves de la otra), empapelaron el recibidor de un tono verde suave con detalles dorados y regresaron todo a su lugar, sin atreverse a tocar los trastos de Nines. Se marcharon. Nines, al volver, salió corriendo pensando que se había confundido de piso. Miró el número de la puerta. Sí, era el suyo. Entró de nuevo. Y lo entendió todo. ¡Nati! ¿Cómo se había atrevido? Llamó indignada a su hermana y le echó una bronca monumental. Media hora después, Nati apareció en el piso. —¿¡Quién te lo ha pedido!? —la recibió Nines indignada. —Nines, solo quería darte una sorpresa. ¡Mira lo bonito y luminoso que está todo! —¡No vuelvas a adueñarte de mi casa! —la interrumpió Nines. Las palabras hirientes llovieron sobre Nati una tras otra. Hasta que la muchacha no aguantó más: —Basta. Haz lo que quieras con tu trastero. No volveré a pisar tu casa. —Vaya, ¿la verdad duele, eh? ¡Sales huyendo! —Me das pena —respondió bajito Nati antes de marcharse… Una semana sin hablarse. Jamás habían estado peleadas tanto tiempo, y ahora Nochevieja a punto de llegar. ¿La pasarán separadas? Nines salió al recibidor y se sentó. “Pues sí, la verdad, está más amplio”, pensó. Se imaginó a Nati y Santi empapelando, cuidando cada arruga, intentando adivinar su reacción. “¿A qué tanto enfado? Así está mucho mejor. Más luz, más alegría. A lo mejor tiene razón mi hermana”. De pronto sonó el teléfono… —Nines —la voz de Nati sonó llorosa—, perdóname. No quería molestarte, solo alegrarte… —No, cielo, yo ya no estoy enfadada contigo. No hay nada que perdonar: llevas toda la razón y las paredes han quedado preciosas. Cuando pasen las fiestas, sí quiero que me ayudes a ordenar mi caos —si no te importa, claro. —¡Por supuesto que quiero! Y además hoy es especial… No concibo una Nochevieja sin ti… —Ni yo sin ti… —Pues venga, prepárate, que está todo listo: árbol natural, luces, velas. Como te gusta. Y no te líes, que conozco tus prisas: ya lo tengo casi todo hecho, Santi va a recogerte. Yo tenía fe en que lo arreglaríamos y estaríamos juntas en Año Nuevo. Prepárate, pero sin prisas. Nines volvió a mirar por la ventana. La ciudad festiva parecía otra. Miró y pensó: “Gracias, mamá… Por darme una hermana…”