Diario de Lucía Pérez
Madrid, 15 de junio
Todavía sonrío cuando recuerdo aquel episodio que marcó los primeros días de mi matrimonio con Luis. Hace diecisiete años, después de nuestra boda en Alcalá de Henares, todo parecía haber salido bien salvo por la actitud de mi suegra, Carmen. Jamás olvidaré su expresión: estaba tan seria y tensa en la ceremonia, como si celebrásemos un velatorio en vez de unas nupcias.
Por aquel entonces, Luis y yo no teníamos nuestro propio piso, así que nos alojamos una temporada con Carmen. Al cruzar su puerta, me recibió con una amabilidad tan exagerada que llegué a pensar que su falta de humor durante el enlace se debía a algún malestar físico. Pero su sonrisa triste ocultaba un tipo de hostilidad tranquila, salpicada de indirectas y pullas disfrazadas de consejos.
Poco a poco, percibí que todo lo que hacía era objeto de revisión. Por ejemplo, se levantaba de madrugada para lavar nuevamente los platos que yo había fregado por la noche anterior. Una vez la sorprendí y me dijo con cara de no haber roto un plato:
Es que aún quedaban sucios.
Desde aquel momento, sospeché de sus intenciones y me costó confiar en ella.
Durante mucho tiempo creí que sus comentarios eran muestra de preocupación, y hasta compartía con ella mis penas matrimoniales. No imaginaba entonces que Carmen, en el trabajo, se dedicaba a chismorrear sobre nosotros, creyendo que yo sólo buscaba quedarme con su piso y que Luis merecía lástima.
Pero el colmo vino con su obsesión por la limpieza. Su casa brillaba como un quirófano y exigía lo mismo de nosotros. Nunca estábamos a la altura de sus estándares. Un día, anunció que se marchaba de viaje de trabajo dos semanas y que confiaba en que mantuviéramos la casa impecable. El menor pelo en el baño o mota de polvo sobre la alfombra le suponía un drama digno de portada en El País.
Luis y yo habíamos planeado relajarnos esos días y limpiar a fondo sólo antes de su regreso. Pero Carmen, astuta, nos dio una fecha falsa. Su plan: regresar antes de tiempo, acompañada de unas amigas, y pillarnos con la casa patas arriba, quedando yo fatal ante ellas.
Por suerte, mi amiga Pilar, que trabajaba como chófer en la empresa de Carmen y estaba al tanto del cotilleo, me avisó del truco. Me enfadé mucho pero decidí aprovechar la advertencia: limpié toda la casa a fondo, hasta dejarla reluciente como nunca.
El día señalado, Carmen apareció de improviso, rodeada de sus amigas y su chófer, con aire de triunfo. Entraron en procesión las carcajadas ahogadas de fondo y se dispusieron a inspeccionar. La sorpresa fue mayúscula: todo relucía más que nunca. Las amigas cuchicheaban, intriguadas, mientras yo, tranquila, recogía la fregona y dije:
Carmen, ¿dónde has visto tú un salón tan limpio?
Su gesto se torció aún más y se dedicó a buscar algún fallo en todos los rincones, mientras yo me repetía: No van a encontrar nada, no van a encontrar absolutamente nada.
En la oficina, Carmen quedó en evidencia y sus cotilleos empezaron a perder fuerza. Más de uno me dio crédito en la disputa y su prestigio, que le importaba tanto, se tambaleó. Aunque han pasado muchos años, apuesto que aún le escuece el recuerdo. Y, si soy sincera, creo que ese día todos en nuestra familia aprendimos más de lo que esperábamos.







