Cómo afrontar la vida cuando tu esposa se ha convertido en una auténtica “cerdita” en casa

Llevo doce años junto a mi esposano está mal para una historia familiar, ¿verdad? Al principio todo era tan luminoso y normal como un día de primavera en Madrid; yo trabajaba en la ciudad, ella se encargaba de la casa, y juntos tuvimos dos hijos formidables: una hija y un hijo, nombres que resonaban en los pasillos de nuestra casa antigua de Salamanca.

Hace poco, como en un giro surrealista, me ascendieron en el trabajo y nuestras cuentas se llenaron de euros, como si una lluvia dorada cayera sin aviso. Todo debía ser dulzura, pero la inevitable marea de problemas llegó justo cuando bajé la guardia. De repente, mi esposa, Estrella, se volvió adicta a las telenovelas. No importa el canal: veía de todo, desde policiacos que parecían suceder en las calles de Barcelona hasta romances retorcidos de Turquía, o esas series coreanas que ahora parecen envolverlo todo como una niebla.

No tendría problema si el deleite por las series fuese un simple pasatiempo, porque hasta a mí me gusta una tarde de sofá y manta. Pero con el tiempo, las pantallas lo han devorado todo: la vida, la casa, el aroma a puchero los domingos. Estrella apenas limpia ya y cocinar parece tan lejano como Toledo en una tarde de niebla. Cuando se lo menciono, me sugiere pedir comida a domicilio, si el salario lo permite. Y, aunque es cierto que el dinero alcanza, ¿pueden nuestros hijos vivir solo de croquetas y empanadillas diarias?

A esto se suma que ella misma ha empezado a engordar, encerrada en el salón, siempre pegada al televisor y picando sin descanso. He intentado distraerla; le propuse inscribirnos juntos en el gimnasio del barrio o nadar en la piscina municipal, pero siempre responde con la misma letanía: Estoy cansada. ¿De qué, me pregunto yo, si la casa parece suspendida en el tiempo?

En un intento desesperado por sacudir la rutina, contraté a una asistenta que dejó el piso reluciente como la Gran Vía antes de las fiestas. Pero Estrella, lejos de recuperar el ánimo, decidió que no tenía ya nada que hacer. Ni siquiera se ocupa siempre de los niños, absorta en el destino de personajes que parecen más importantes que los nuestros.

No sé ya cómo entenderme con ella. Aquella mujer vibrante a la que adoraba se esfuma cada día, sustituida por una sombra embelesada cuya única pasión son las vidas en la pantalla. Me descubro regresando del trabajo para poner la lavadora o revisar los deberes, como si la lógica soñolienta de un cuadro de Dalí rigiera nuestra vida.

Mi suegra, siempre tan de su bando, ahora incluso menos me ayudaella, que pensó que yo no era suficiente para su hija, está convencida de que todo está bien. Así que no hay salvavidas por ese lado. Empiezo a contemplar un divorcio como quien ve lejanas las torres de la Catedral de Burgos desde la ventanilla de un tren. Siento lástima por nuestros hijos, que son quienes más sufren en esta tragedia envuelta en surrealismo cotidiano.

Me encuentro en esa frontera indecisa entre el insomnio y el amanecer, preguntándome si hay salida de este sueño extraño y pegajoso que no parece tener fin.

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