Desde pequeña siempre he tenido la vista algo débil, así que nunca faltaban las gafas en mi día a día. Cuando fui creciendo cambié a lentillas, aunque con frecuencia salía a pasear con mi perro sin ponerme ninguna de las dos, o me acercaba a la tienda y olvidaba las gafas en casa. Justo eso fue lo que ocurrió en aquella noche que recuerdo tan bien. Salí corriendo dirección al supermercado, bajé las escaleras deprisa desde el quinto piso (en nuestro edificio no hay ascensor), y ya en la calle me di cuenta de que no llevaba puestas las gafas. Me dio pereza volver, así que decidí arreglármelas sin ellas.
Estaba frente al estante de conservas de pescado, atosigando al dependiente con preguntas sobre las variedades y los ingredientes, pero cuando se puso a atender a otra persona, me giré hacia una chica que estaba cerca de mí. La observé un instante, y empecé a notar algo familiar en su manera de estar: ese moño tan gracioso, medio deshecho, que parecía dibujar dos cuernos; una bufanda enorme y roja; un abrigo largo y negro…
¿Podrías decirme cuál es el filete de caballa en salsa de tomate?
Éramos de clases paralelas. La recordaba bien porque siempre llevaba un estilo muy peculiar y los profesores solían regañarla por las uñas decoradas.
Este es el que buscas me respondió ella en un tono un tanto formal. ¿Quieres alguna otra cosa?
Perdona, he salido sin gafas y no veo nada.
Recorrimos juntas la tienda; le mencioné a algunos de nuestros antiguos profesores, y ella asentía y se reía con algunos de los recuerdos. Al terminar la compra, le propuse salir un momento a la calle, respirar el aire fresco y otoñal de Madrid, o sentarnos en alguna cafetería cercana a tomar un té caliente y seguir conversando. Me contó que trabajaba en una clínica veterinaria y me sorprendió que hubiera elegido una profesión tan generosa. Intercambiamos números de teléfono y hablamos de vernos otra vez en otra ocasión.
Al llegar a casa, ya con las gafas puestas, vi que me había llegado un mensaje suyo, justo cinco minutos después de despedirnos.
Perdona por mentirte. No fui tu compañera de clase. Estuve en la clase A de otro colegio. Pero, si no te importa, podríamos ir a tomar un café algún día. Invito yo.
No rechacé la invitación. Volvimos a vernos y, esta vez, no podía apartar la mirada de ella: era bellísima. Bastante más guapa de lo que recordaba aquella otra.
Empezamos a salir juntos, y ahora estamos quedando como pareja. A veces ella bromea conmigo preguntando si de verdad veo tan mal o simplemente era una excusa para ligar con ella, aunque ambos sabemos que son bromas. Todo fue una carambola del destino.
A veces la vida nos pone delante de personas increíbles cuando menos lo esperamos. Y si te olvidas las gafas, puede que no lo veas todo claro, pero quizás la vida sí te muestre el camino de otra manera.






