Cometí un error y, por casualidad, me encontré con mi destino.

Desde que era un chavalillo, siempre he tenido la vista más floja que una persiana vieja, así que mis inseparables eran las gafas. Más adelante me atreví con las lentillas, pero aún así soy de esos que se van a sacar al perro o a comprar una barra de pan y se deja la visión en casa. Pues algo así me pasó en esa noche fatídica.

Salí pitando al súper, bajé las escaleras del quinto (sí, vivo en un quinto sin ascensor, como buen madrileño nostálgico) y justo cuando di el primer paso fuera, me di cuenta: ¡las gafas seguían en el salón! Pero por no volver sobre mis pasos, tiré para el supermercado medio a ciegas.

Acabé plantado frente al estante de conservas de pescado, acosando al pobre cajero con dudas existenciales: ¿Eso es bonito en aceite o caballa en salsa? Cuando el cajero se fue a cobrar a otro cliente, giré la vista (o lo que me quedaba de ella) hacia una chica que rondaba cerca. Miré fijamente y, durante un segundo, me pareció familiar su figura: ese moño a lo caos, como dos cuernos desordenados, la bufanda roja envolviéndola como una croqueta y un abrigo negro larguísimo…

¿Me podrías decir cuál de estos es caballa en salsa de tomate? le solté, intentando sonar formal pese a mi ceguera.

Resulta que fuimos a colegios parecidos, en clases paralelas. La recordaba porque era la única que se paseaba con las uñas pintadas como si viniera de una pasarela y los profesores no paraban de regañarla.

Ésta es la caballa que buscas me contestó con formalidad exagerada. ¿Alguna otra duda vital?

Perdona, es que he salido sin las gafas y no distingo ni un pulpo de un salmón.

Nos recorrimos juntos el supermercado, entre charlas sobre antiguas profes y esos profesores de historia que parecían momias, y ella soltaba alguna carcajada recordando aquellos años. Al terminar las compras, le propuse salir a la puerta a respirar ese airecillo frío de otoño de Madrid, o tomar algo, quizá un café con leche o un té.

Ella me contó que trabajaba en una clínica veterinaria, cosa que me sorprendió, porque nunca habría dicho que acabaría cuidando de animales. Nos intercambiamos los móviles, medio bromeando con vernos otro día.

Ya en casa, con mis gafas puestas como corresponde, leo un mensaje suyo unos cinco minutos después de habernos despedido:

Perdona por mentirte. No era compañera tuya de clase. En realidad, yo iba a la clase A de otro colegio. Pero si no te molesta, ¿qué te parece si quedamos para ese café? Invito yo, prometido.

Por supuesto, acepté. Volví a quedar con esa chica, y la verdad, me era imposible apartar la vista de ella: es mucho más guapa de lo que recordaba, y desde entonces, esto de las citas se ha convertido en tradición.

Ahora salimos juntos de vez en cuando. Ella se ríe y me dice si de verdad veo tan mal, o si simplemente era una técnica cutre de ligue. Pero sé que va de broma. Y al final, mira tú por dónde, fue el destino el que puso las cosas en su sitio.

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MagistrUm
Cometí un error y, por casualidad, me encontré con mi destino.