Cometí el error financiero más romántico de mi vida: construí mi paraíso en terreno ajeno.
Cuando me casé, mi suegra me sonrió y me dijo:
Querida, ¿para qué pagar alquiler? Sobre la casa hay sitio. Construid un piso arriba y vivid tranquilos.
Entonces me pareció una bendición.
Le creí.
Creí también en el amor.
Con mi mujer empezamos a invertir cada euro ahorrado en ese futuro hogar.
No compramos coche.
No nos íbamos de vacaciones.
Todo plus, todo ahorro, iba para materiales, albañiles, ventanas, azulejos.
Cinco años de obras.
Despacio.
Con ilusión.
De un espacio vacío hicimos un verdadero hogar.
Con la cocina de mis sueños.
Con ventanales grandes.
Con paredes de los colores que imaginaba para nuestra casa.
Decía, orgulloso:
Este es nuestro hogar.
Pero la vida no pregunta si uno está preparado.
El matrimonio empezó a resquebrajarse.
Discusiones.
Gritos.
Diferencias que ya no podíamos salvar.
Y el día que decidimos separarnos, aprendí la lección más cara de mi vida.
Mientras recogía mi ropa, con lágrimas en los ojos, miré las paredes que yo mismo había lijado y pintado y dije:
Al menos devolvedme parte de lo que invertimos. O pagadme mi parte.
Mi suegra la misma que nos invitó a construir arriba estaba en la puerta, con los brazos cruzados y la mirada fría:
Aquí no hay nada tuyo. La casa es mía. Las escrituras están a mi nombre. Si te vas, te vas con lo que traes puesto. Todo lo demás se queda aquí.
Y entonces lo entendí.
El amor no firma papeles.
La confianza no es una propiedad.
Y el trabajo invertido, sin un papel ante notario, es solo una pérdida.
Salí a la calle con dos maletas y cinco años de vida convertidos en ladrillo y paredes que ya no eran míos.
Me fui sin dinero.
Sin casa.
Pero con claridad.
El dinero que más se pierde no es el que se gasta en placer.
El mayor perdido es el que invertimos en lo que nunca figuró a nuestro nombre.
Los ladrillos no tienen corazón.
Las palabras se las lleva el viento.
Pero los documentos permanecen.
Si pudiera dar solo un consejo, sería este:
Nunca, por mucho amor que haya, construyas tu futuro en la propiedad de otro.
Que a veces el alquiler ahorrado cuesta toda una vida.







