«Cómete tú esa basura»: cómo mi hermana me humilló delante de todos por un pastel ajeno
Lucía se arregló el pelo con esmero, eligió su vestido favorito y, tras un toque de perfume, salió rumbo al cumpleaños de su hermana mayor, Valeria. Llevaba una caja elegantemente envuelta con un pastel, esperando que fuera un detalle bonito y tal vez suavizara su complicada relación. Al llegar al quinto piso, pulsó el timbre dos veces. La puerta se abrió, y Valeria, radiante con su nueva bata y rizos perfectos, aplaudió exageradamente:
—¿Eso es para mí? ¡Por fin te acordaste de felicitarme!
—Claro que es para ti —respondió Lucía tranquilamente, entregándole la caja.
Valeria cogió el pastel con curiosidad, levantó la tapa y lo examinó. Primero apareció una sonrisa de admiración, pero luego una sospecha se dibujó en su rostro.
—¿Lo has hecho tú?
—Sí… —titubeó Lucía, forzando una sonrisa.
—¿De verdad? —Valeria frunció el ceño, girando la caja—. ¿Y qué lleva?
—¿Vamos a analizar los ingredientes o nos unimos a los invitados? —intentó desviar el tema Lucía.
Pero era tarde. Valeria olía a engaño, y no se equivocaba. Tres días antes, había llamado a su hermana lloriqueando:
—¡Se me ha roto la uña y he peleado con Adrián! No tengo ánimos para nada. ¡El pastel queda cancelado!
Lucía aceptó la noticia con calma y aceptó un encargo urgente de una clienta habitual. Pero, al mediodía, Valeria volvió a llamar:
—¡Hemos vuelto! ¡Me ha regalado un reloj de oro! Te espero a las siete… ¡con el pastel!
—Pero lo habías cancelado… —masculló Lucía.
—¡No me seas tiquismiquis! ¡Eres pastelera, demuestra tu talento!
Lucía intentó explicar que un pastel no se hace en seis horas, pero Valeria no cedió. Desesperada, llamó a su madre:
—¿Tan difícil es hacer feliz a tu propia hermana? —fue su única respuesta.
Sin ayuda, Lucía optó por una solución rápida: compró un pastel sobrante a una pastelera desconocida, Lola. Era presentable. Lo importante era el gesto. Pero Valeria descubrió el truco al instante.
—¡Lola, ven aquí! —gritó hacia la cocina.
Apareció una morena de pelo largo, a quien Lucía reconoció al momento.
—¿Este es tu pastel? —preguntó Valeria con frialdad.
—Sí. Me lo compró ella. ¿Así que esta es tu famosa hermana pastelera? —Lola sonrió con sorna.
Lucía se quedó petrificada. Los invitados enmudecieron. Y Valeria, apretando los labios, cogió un dedo de crema y lo estampó en la cara de su hermana.
—¡Cómete tú esa basura! —bufó—. Ni siquiera te molestaste en hacer algo tuyo. ¡Largo de aquí!
La echaron a empujones, y Lola también salió detrás, soltando un par de insultos y un gesto poco elegante al cerrar la puerta.
En la calle, limpiándose la cara con toallitas, Lucía abrió el móvil y vio decenas de mensajes de su madre:
—¡Vergüenza de familia! ¡Engañar a tu propia hermana! ¿No te da pena?
No respondió. Simplemente apagó la pantalla. Pero aquello no terminó ahí.
Al día siguiente, Valeria publicó en redes: «No confiéis ni en vuestra hermana. Me trajo un pastel de otro y se hizo la autora. Vergonzoso».
Lucía lloró toda la mañana. Después, se repuso. No por ellos, sino por ella misma. Ese día juró: ni un pastel más para la familia. Ni un gesto de buena voluntad para quienes pisotean sin dudar.
Y, por primera vez en mucho tiempo, respiró aliviada. Porque ahora solo quedaría lo auténticamente dulce. Sin mentirijillas, sin hipocresías. Y, sobre todo, sin quienes se llaman familia.







