Cerró la puerta en mis narices
Mamá, sé que no me quieres…
Pilar se quedó quieta con el paño de cocina en la mano. Giró despacio hacia su hijo. Álvaro estaba en el umbral, el ceño fruncido, las manos enterradas en los bolsillos del pantalón de estar por casa.
¿Qué dices? Pilar dejó el paño sobre la mesa. ¿Por qué piensas eso?
Lo ha dicho la abuela.
Por supuesto, la abuela.
¿Y qué más ha dicho la abuela?
Álvaro dio un paso a la cocina, la barbilla desafiante, la mirada terca, igualito que el padre.
Que te marchaste de casa de papá porque no querías que tuviera una familia normal. Completa. Que fuera un niño feliz. Que lo hiciste sólo para fastidiarme.
Pilar miraba a su hijo. Casi diez años. Dos ya solos en el piso. Dos desde que Alejandro, su padre, se esfumó sin dejar ni una llamada para felicitarle por su cumpleaños. En cambio, Rosario Gómez, la exsuegra, veía al nieto todos los fines de semana y envenenaba, gota a gota, su nuera en la mente de Álvaro.
Álvaro, Pilar trató de sonar calmada no deberías darle tantas vueltas a lo que te dice la abuela. No sabe de todo lo que habla.
¡Sí sabe! ¡Ella lo sabe todo! ¡Tú eres la que miente! Si me quisieras, habrías hecho por mantener a la familia unida. ¡Nunca te habrías divorciado! ¡No lo habrías roto todo!
Cada palabra le arañaba el alma. Pilar veía el temblor de los labios de su hijo, el brillo de sus ojos. Él creía de verdad lo que decía.
Álvaro…
¡Papá habría vivido con nosotros!
Tu padre no te ha llamado ni una vez en dos años se le escapó a Pilar. Ni una.
¡Porque tú no le dejas! La abuela dice que tú lo prohíbes.
Álvaro se giró y salió corriendo de la cocina. Al segundo, un portazo: la puerta del dormitorio infantil.
Pilar se quedó de pie junto a la mesa. Paños apilados a medias. Tic-tac del reloj. Silencio retumbante.
Se dejó caer en el taburete, se tapó la cara con las manos. Las lágrimas brotaron ardientes, rabiosas. Alejandro le fue infiel, quedó dos meses con una compañera de la oficina, y cuando Pilar lo supo, ni siquiera pidió perdón. Se encogió de hombros, como si nada. ¿Cómo perdonarlo? ¿Cómo vivir con alguien que miente mirándola a los ojos? Y ahora Álvaro cree que ella lo ha roto todo.
Y Rosario Gómez, la santa abuela, seguía tejiendo su red. Para ella, su hijo era inocente, fue la nuera quien estropeó la familia, quien no supo callar y ceder, quien no hizo suficiente por el niño.
Pilar se enjugó las mejillas y miró por la ventana. El niño, casi diez años. No entiende. Y quizá no lo hará en mucho tiempo.
Tres días se estiraron como chicle. Álvaro estaba cerca, pero distante: desayunaba, iba al colegio, volvía y hacía los deberes, pero era como si habitara tras un cristal. Pilar preguntaba por el colegio, él murmuraba respuestas difusas, los ojos hundidos en el móvil. Lo llamaba a cenar, venía y comía en silencio, la vista fija en el plato. Si intentaba abrazarle antes de dormir, se apartaba, mascullando un “buenas noches” y cerraba la puerta.
El viernes, Pilar tomó una decisión. Al salir del trabajo, paró en el supermercado y llenó el carrito: una tarta San Marcos, las patatas que le gustaban a Álvaro, una pizza grande de jamón y champiñones. Quizás verían una película juntos. Tal vez por fin hablarían, como antes.
Empujó la puerta del piso y llevó las bolsas a la cocina.
¡Álvaro! ¡Ven un momento, mira todo lo que he comprado!
Silencio.
¿Álvaro?
Pilar cruzó el pasillo y abrió la puerta del cuarto. Vacío. Cama deshecha, libros de texto en la mesa, la mochila… La mochila no estaba. La cazadora tampoco.
Cogió el móvil, marcó el número de su hijo. Largos tonos, luego un corte rápido. Escribió un mensaje: “¿Dónde estás? Llámame.” Las marcas azules: leído.
No respondió.
Pilar volvió a llamar. Y otra vez. A la quinta, colgó él de nuevo.
Pero, ¿qué pasa…?
Los dedos le temblaban, resbalando por la pantalla. Otra llamada. Otra. Tono, tono, tono…
Clic.
¿Sí?
¡Álvaro! Pilar se apretó el teléfono contra la oreja. ¿Dónde estás? ¿Te pasa algo? ¿Estás bien?
Estoy bien.
La voz calmada. Demasiado calmada.
¿Dónde estás? ¿Por qué te has ido?
Me he ido con papá. Ahora viviré con él.
Pilar se quedó helada en mitad del pasillo.
¿Qué?
La abuela ha dicho que papá quería llevarme, en el juicio habría querido eso. Pero tú insististe, y me dejaron contigo. Pero yo no quiero vivir contigo. Voy a estar mejor con papá.
Álvaro, espera…
Tonos breves.
Pilar vuelve a llamar: colgado. Una vez más móvil apagado.
Revolvió la casa, se puso la cazadora, lanzó el bolso al suelo, pidió un taxi a toda prisa. La dirección de Alejandro, su exmarido, la sabía de memoria.
Veinte minutos entre atascos, mordiéndose las uñas y dejándose llevar por la ansiedad.
Al llegar, el taxi giró hacia la plaza. Pilar descendió antes de que le dieran el cambio y corrió hacia el portal pero se detuvo.
En el banco junto a la entrada, estaba Álvaro. Chaqueta abierta, mochila al lado. El rostro húmedo, enrojecido, se le sacudían los hombros.
Lloraba.
Pilar se arrodilló en el asfalto mojado, sin importarle el frío que calaba a través del vaquero. Agarró los hombros de su hijo.
¿Estás bien? ¿Has comido? ¿Te han hecho algo? ¿Por qué lloras?
Las manos repasaban brazos, cara, comprobando: entero, vivo, aquí. Las mejillas frías, la nariz roja, las pestañas apelmazadas por lágrimas.
Álvaro la miró. Ojos hinchados y rotos, llenos de un dolor tan profundo que Pilar no pudo respirar.
Papá me ha echado.
Pilar se quedó parada, manos aún sobre sus hombros.
¿Qué?
Vive con otra. Tienen un niño pequeño Álvaro sorbió la nariz, se limpió con la manga, esparciendo lágrimas y suciedad. Ni me ha dejado pasar. Me dijo que para qué iba, que volviera con mamá. Y cerró la puerta. Justo delante de mis narices.
La voz le temblaba y se giró para esconderse. Los hombros encogidos.
Pilar le abrazó fuerte, su cara se enterró en el pelo de Álvaro olía a viento frío y a champú infantil. Por primera vez en tres días, el niño no se apartó. Al contrario, se aferró a su chaqueta y escondió la cara en su hombro.
Vámonos, susurró ella cuando se tranquilizó. Vamos a hablarlo todo. De una vez.
En quince minutos de taxi más a casa de Rosario Gómez, Álvaro no dijo palabra, mirando los faros desfilando por la ventana. Pilar le tomó la mano, él no la soltó: pequeña, helada.
La puerta se abrió al primer timbrazo, como si la abuela aguardase. Bata, rulos, zapatillas de pompones la esencia castiza del hogar. Pero los ojos, suspicaces.
Ay, Rosario se llevó las manos al pecho, retrocediendo ¿ya te ha traído tu madre? ¿Te quiere poner contra tu padre? ¿Contra mí?
Álvaro cruzó el umbral. Pilar vio su espina dorsal tensa, delgada, todavía infantil debajo de la chaqueta.
Abuela, Álvaro alzó la cabeza, y en su voz era otro, adulto ¿Me has mentido?
Rosario parpadeó. Por un segundo, vaciló su careta.
¿De qué hablas, Alvarito?
He estado en casa de papá. Me ha echado. ¿Por qué?
Pilar vio cómo cambiaba el rostro de su exsuegra. Cómo caía el disfraz de abuela cariñosa, cómo sus ojos iban veloces de Álvaro a Pilar.
Alvarito, es culpa de tu madre, ella…
Decías que mamá no nos dejaba hablar. Que ella lo prohibía. Que él me echaba de menos, que me esperaba. Álvaro apretó los puños tanto que se le pusieron blancos los nudillos. Entonces, ¿por qué me ha cerrado la puerta? ¿Por qué ni me habló? ¿Por qué me miró como si fuera de otro?
No entiendes, él está muy liado, está pasando una época difícil…
¿Y si mamá decía la verdad? elevó la voz y Rosario reculó. ¿Si en realidad no me quiere? ¿Si nunca quiso a la familia? Ahora tiene otra mujer. Otro niño pequeño. Una familia “feliz”. ¿Para qué va a quererme a mí? Sólo soy un estorbo, alguien de quien pasa.
Rosario se irguió, orgullosa, las pupilas encendidas de furia reprimida.
¡Eso te lo ha metido en la cabeza tu madre! apuntó a Pilar. Todo es culpa suya, ella destruyó la familia, ella…
¡Basta!
El grito de Álvaro retumbó por la escalera. A Pilar le tembló el pecho.
¡Basta de mentiras! Llevo dos años oyendo cuentos sobre papá y nunca se ha acordado de mi cumpleaños. ¡Nunca! No vuelvo aquí. No me llames más. Si papá ha pasado de mí, yo también paso de él. De los dos. Dio media vuelta, agarró la mano de su madre. Mamá, vámonos.
Rosario se quedó petrificada en el umbral, pálida, la boca medio abierta. Por primera vez en su vida, a Pilar le dio lástima.
Buenas noches, susurró Pilar y cerró la puerta.
En casa, Álvaro se zampó dos porciones de pizza fría y tres vasos de té caliente con mermelada de frambuesa. Sentado en el sofá, envuelto en una manta de cuadros, callado, con la nariz colorada. Fuera, ya era noche cerrada, y la lámpara arrojaba una luz tibia, extrañamente acogedora, sobre los sueños.
Mamá.
¿Sí, hijo?
Perdóname.
Pilar dejó la taza sobre la mesa. Miró a su hijo: esos hombros frágiles, el cabello revuelto, la arruga obstinada en la frente.
Siempre has hecho todo por mí, todo… Trabajabas, cocinabas, me ayudabas. Y yo sólo escuchaba a la abuela. Le creía a ella, no a ti. Álvaro bajó la mirada, enredando los flecos de la manta. No volverá a pasar. Voy a pensar por mí mismo. A creer sólo lo que vea. No lo que me digan.
Pilar sonrió, se acercó y revolvió el flequillo de su hijo. Esta vez no se apartó; al contrario, se apoyó en ella, como cuando era muy pequeño.
La lección había sido dura. Cruel, quizá. Pero Álvaro la había aprendido.







