Cena en la Tradición Española: Una Experiencia Culinaria Inolvidable

¡Tío, tienes que oírme! Hace cinco años que me divorcié y, de golpe, me lancé a buscar una relación seria de nuevo. Yo tengo piso en el centro, curro estable en una empresa de logística, y según muchos soy un buen tío, de buen rollo, con el corazón en su sitio. Pero, claro, no todo es tan sencillo…

A los colegas y a las vecinas me miran con ganas desde hace tiempo; soy el típico chico bueno, sin malos hábitos, con chamba y un hijo de ocho años al que llevo los fines de semana. Con la ex me llevo bien, nos vemos sin dramas y todo pinta bien.

Cuando empezaron a aparecer dos chicas, la cosa parecía ir viento en popa: cine, teatro, tapitas. Pero en cuanto la conversación entraba en serio, me quedaba como congelado, evitando que la mujer notara que me estaba liando la manta.

¡Qué inútil! se quejaba una. Le dije que cocino bien, que gano suficiente y que no seré carga. Él, al oír mi indirecta, se largó a casa diciendo que tenía asuntos urgentes

Yo también intenté ligar dijo otra. Tengo buen aspecto, piso, pero al decirle muéstrate se me fue el viento de los pelos

Un chaval de la oficina, que nos escuchó, se rió de nosotras y soltó:

¿Para qué le sirves? ¿Qué le vas a dar? Mejor vámonos al bar o a la pesca, que él ya sabe lo que es el matrimonio y está mejor solo.

Tenía razón. Los tres primeros años después del divorcio pensé que era una gran idea casarme pronto, pero sólo me metí en líos de fiestas, stripbars y mujeres al paso. Un año después, cansado, la vida me dio una tacada: me robaron en un bar, me tiraron la cara al subir al portal y, al final, decidí no quedar atrapado en más relaciones de un par de meses.

Todo bien, nada mal, hasta que de repente me di cuenta de que mi ex, Lucía, no era tan mala después de todo. Al principio la tiraba porque, justo después del divorcio, se puso guapa, se casó rápido y se fue a vivir a Barcelona. Pero resultó que ella tampoco era una avarienta, sólo buscaba lo que le hacía bien.

Yo, con mis 40 años, el pelo ya con canas, me veo bastante bien, pero me doy cuenta de que ninguna de esas amigas me roba el corazón. No hay calor, no hay chispa.

Así que, mientras revisaba la lista de posibles citas, me topé con la historia de un colega que, sin querer, soltó que su hermana estaba en la ciudad.

Imagínate, ha venido de Madrid en coche de lujo, está cansada del bullicio y busca asentarse aquí me dijo. Necesita un buen chico, ¿no?

Yo, de coña, le conté mis peripecias de buscar esposa y él me respondió:

Mira, no sé si te sirva, pero quizá te interese conocer a mi hermana, Elena. No es mucho de tu estilo, lleva un look de estudiante de moda y está con la cabeza en las nubes, pero

Yo, sin pensarlo mucho, acepté organizar una quedada en un restaurante de tapas llamado El Espárrago. Me dijeron que no reservara la mesa junto a la ventana, que a mí no me gusta mirar la calle sucia.

Llegué quince minutos antes, me quité el abrigo, pedí un café y empecé a observar la entrada. No había mucha gente; la mayoría venía en pareja y se quedaba en rincones tranquilos. Pasó media hora y pedí una ensalada César, por si tardaba en venir. También pedí dos copas de vino blanco, por si había compañía.

Al final, la llamada que hice no respondió, y me di cuenta de que Elena se había escapado. Por un momento pensé que había sido una broma, pero entonces, justo cuando iba a rendirme, una chica con el pelo empapado por la lluvia se metió en el local.

Yo, sorprendido, le ofrecí mi abrigo. Ella, sin pensarlo mucho, lo aceptó y se quitó el impermeable. Empezamos a charlar.

¿Quieres una patata frita? le pregunté, mirando el menú.

Si hay, claro. respondió, y aunque no había patatas fritas, había un guiso de patata y setas.

Le llevé el abrigo al guardarropa y, mientras volvía a mi mesa, ella devoró la ensalada César como si no hubiera comido en tres días, acompañándola con vino como si fuera un refresco. Cuando volví a mi sitio, la bandeja estaba vacía.

Me quedé mirando a la chica: tenía unos treinta años, cara fresca sin ni una gota de maquillaje, cabello natural, figura curvilínea pero sin exageraciones. Se sentó, buscó al camarero con la mirada, y cuando le sirvieron la patata, la devoró con una satisfacción que no había visto nunca.

¡Madre mía, esto está de muerte! exclamó. ¿Por qué la gente trabaja tanto solo para poder comer bien un día? No necesito coches de lujo, solo una comida decente.

Yo, sin saber qué decir, me sentí halagado de que me llamara rico. Me enderezé, intenté dar una impresión de importancia. Ella sonrió, agradecida, y de repente se levantó.

Gracias, de verdad, no sabes lo agradecida que estoy.

Yo, todavía sin saber cómo reaccionar, le grité:

¿Te parece si nos vemos mañana?

¡He perdido el móvil! exclamó.

Yo, con una sonrisa tonta, le dije que había sido eso lo que había pasado.

Al final, la chica resultó llamarse Elena, una provinciana que había llegado a la capital con la idea de encontrar una vida mejor, creyendo que en Madrid ganaría mucho más que sus modestos 20.000 euros al año. Se había dejado llevar por promesas de vida de ensueño y, al llegar, se quedó sin trabajo, sin techo, con una deuda que la obligó a vender el móvil y vivir en una habitación del paro.

Una noche, mientras vagaba por la ciudad hambrienta, vio a un hombre en la acera que la miró y le ofreció una bolsa de comida. Ese hombre era yo. Le di lo que podía, la acompañé hasta su hostal y, sin intercambiar números, ella se quedó mirando la puerta mientras me alejaba.

Al día siguiente, al volver a casa, encontré en mi bolsillo un papel doblado: Te espero mañana a las 19:00 en el mismo sitio. Sergio.

Así que, amiga, ya ves cómo la vida da mil vueltas. Entre citas fallidas, hermanos que te presentan a desconocidos y chicas que aparecen de la nada, a veces el verdadero truco es no rendirse y seguir buscando esa chispa que nos haga sentir vivos. ¡Nos vemos pronto y cuéntame qué tal te va!

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