A CORAZÓN ABIERTO… En esta familia, cada uno iba a lo suyo. El padre, Alejandro, además de su esposa, tenía varias amantes. La madre, Eugenia, sospechaba las infidelidades y tampoco se quedaba atrás: le gustaba salir con un compañero de trabajo casado. Sus dos hijos crecían prácticamente solos, ya que nadie se ocupaba mucho de su educación. Para Eugenia, la escuela tenía que responsabilizarse de todo. La familia solo se reunía los domingos en la cocina, y únicamente para almorzar rápidamente y luego dispersarse de nuevo. Así habrían seguido, atrapados en su mundo roto, pecaminoso pero dulcemente adictivo, si un día no hubiera pasado lo impensable. …Cuando el hijo pequeño, Denis, tenía doce años, Alejandro lo llevó por primera vez al garaje como ayudante. Mientras Denis curioseaba entre herramientas, su padre se acercó un rato a unos amigos aficionados a los coches. De pronto, del garaje emergieron nubes de humo negro y lenguas de fuego. Nadie entendía nada (más tarde descubrirían que Denis, sin querer, dejó caer una lámpara de soldar encendida sobre un bidón de gasolina). Reinaron la confusión y el pánico. El fuego avanzaba. Empaparon a Alejandro con un cubo de agua y él se lanzó al interior. Segundos después, salió llevando en brazos a su hijo inconsciente. Denis tenía el cuerpo entero quemado; tan sólo su cara, que seguramente protegió con las manos, quedó intacta. Toda su ropa se había consumido por las llamas. Alguien ya había llamado a los bomberos y a la ambulancia. ¡Denis estaba vivo! Lo tumbaron rápidamente en la mesa de operaciones. Tras muchas horas de angustia, el médico se acercó a los padres y comentó, seco, casi sin esperanza: —Hacemos todo lo posible y lo imposible. Su hijo está en coma. Sus probabilidades son una entre un millón. La medicina oficial no puede hacer más. Si Denis tiene una voluntad de hierro, quizás ocurra un milagro. Ánimo. Alejandro y Eugenia, sin pensarlo, corrieron hasta la iglesia más cercana. Una tormenta brutal caía sobre Madrid. Empapados, ajenos a todo y a todos, lo único importante era salvar a su hijo. Entraron por primera vez a la parroquia; dentro, la tranquilidad reinaba. Al ver al párroco, se acercaron, titubeantes. —Padre, ¡nuestro hijo se muere! ¿Qué podemos hacer? —suplicó Eugenia, entre lágrimas. —Me llamo padre Sergio. Cuando hay miedo, todos buscan a Dios… ¿Habéis pecado mucho? —fue directo. —Bueno, matar no hemos matado a nadie… —balbuceó Alejandro, bajando la mirada. —Pero habéis matado el amor. Está muerto, tirado a vuestros pies. Entre esposos no debe caber ni un hilo, y entre vosotros cabe hasta un tronco de roble… ¡Ay, hijos míos! Rezad a san Nicolás por la salud de vuestro hijo. Rezad de todo corazón, pero recordad que todo está en manos de Dios. Alejandro y Eugenia, empapados de lluvia y lágrimas, escucharon resignados. El padre Sergio les indicó la imagen de san Nicolás. Se arrodillaron y rezaron desesperadamente, sollozando y haciendo promesas… Se acabaron las aventuras; la familia repensó su vida desde la raíz. A la mañana siguiente, el médico llamó: Denis había salido del coma. Allí estaban ya, sentados junto a la cama del hijo. Denis abrió los ojos y trató de sonreír al verles. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro: —Mamá, papá… por favor… no os separéis —susurró. —Hijo, ¿por qué dices eso? Estamos juntos —contestó Eugenia, acariciándole la caliente mano. Denis se quejó de dolor. —¡Lo he visto, mamá! Y mis hijos llevarán vuestros nombres —respondió el niño. Alejandro y Eugenia intercambiaron miradas: pensaron que deliraba. Aún así, Denis mejoró. La familia vendió la segunda residencia, quemada la casa y el coche; toda ayuda de abuelos y tíos fue poca. Por fin, la desgracia había unido a la familia. Un año después, Denis estaba en un centro de rehabilitación, aprendiendo a caminar y valerse por sí mismo. Allí conoció a María, una chica de su edad también víctima de un incendio, pero con el rostro marcado. Ella evitaba espejos y le daba miedo mirarse. Denis la protegía; entre ambos nació una amistad especial. Pasaron por los mismos dolores, ingresados, recibiendo inyecciones, acostumbrándose a los hospitales… Con el tiempo, Denis y María se casaron en una sencilla ceremonia. Tuvieron dos hijos: la niña Alejandra y, tres años después, el niño Eugenio. Finalmente, cuando la familia pudo al fin respirar en paz, Alejandro y Eugenia tomaron la decisión de separarse: la tragedia con Denis les había vaciado por completo y necesitaban estar alejados. Eugenia se fue donde su hermana, en las afueras. Antes pasó por la iglesia para despedirse del padre Sergio, como hacía a menudo ya, agradeciéndole haber salvado a su hijo. —Dale las gracias a Dios, Eugenia —rectificaba siempre el sacerdote. El padre Sergio no aprobaba la separación: —Pero si necesitas aire, vete. El retiro a veces es saludable… pero vuelve. Marido y mujer deben ser uno solo —le aconsejó. Alejandro se quedó solo en la casa vacía. Sus hijos vivían ya por su cuenta. Ambos padres visitaban a los nietos por separado, procurando no coincidir jamás. Y así, finalmente, todos encontraron su propia idea de tranquilidad…
A CUERPO VIVO En esa familia, cada cual vivía a su manera, sin apenas mezclarse con los demás.
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La vecina me pidió que cuidara de sus hijos, pero algo no va bien con ellos.
Los niños de la vecina son raros susurró la portera mientras limpiaba la mampara de cristal.
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¿Por qué te has metido en mi portátil? – Un misterio frente a una mirada desconocida.
**Diario de un hombre** ¿Qué demonios haces en mi portátil? gritó Alejandro, erguido frente a Elena.
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Después de los setenta ya nadie la necesitaba: ni su hijo ni su hija la felicitaron en su cumpleaños Lidia estaba sentada en un banco del parque del hospital, con lágrimas en los ojos. Hoy cumplía setenta años, pero ninguno de sus hijos la había felicitado. Solo su compañera de habitación la felicitó y hasta le dio un regalo humilde. La enfermera Carmen le ofreció una manzana por su aniversario. En general, el hospital era bueno, pero el personal mostraba total indiferencia. Todos sabían que los hijos traían allí a los mayores cuando ya se volvían una molestia. El hijo de Lidia la llevó, alegando que necesitaba descansar y recuperarse, aunque en realidad solo estorbaba a su nuera. Lidia era la dueña del piso, pero su hijo la convenció para firmar la escritura de donación a su nombre. Antes de que firmara, la persuadió diciéndole que seguiría viviendo en casa como siempre. Pero después se mudaron todos allí y comenzaron los conflictos con la nuera. La nuera siempre encontraba alguna crítica: que el cocido estaba insípido, que había charcos en el baño y muchas cosas más. La primera vez, el hijo defendió a su madre, pero después dejó de hacerlo y empezó a gritarle también. Con el tiempo, Lidia se dio cuenta de que su hijo y su nuera conspiraban a escondidas. Entonces su hijo empezó a sugerir con frecuencia que le vendría bien descansar y recuperarse. Mirándole a los ojos, Lidia le preguntó: – ¿Has decidido, hijo, ingresarme en una residencia? El hijo se sonrojó, bajó la mirada y respondió: – Mamá, no empieces, solo es un sanatorio, ve a descansar un mes y luego vuelves a casa. Entonces la llevó, firmó unos papeles, prometió que volvería pronto y se marchó. Ahora lleva allí dos años. Llamó a su hijo, pero contestó otro hombre que le dijo que su hijo había vendido el piso. Ya no tenía ni idea de dónde encontrarlo. Al principio lloró muchas noches, pues cuando la llevaron allí ya sabía que nunca volvería a casa. Lo que más le dolía era haber hecho daño una vez a su hija, por el bien de su hijo. Lidia era de un pueblo. Tenían una casa grande y una finca. Un día un vecino le contó a su marido que en la ciudad se vivía mejor: mejores sueldos y vivienda. A su marido le sedujo enseguida la idea de mudarse a la ciudad. Convenció a Lidia, vendieron todo en el pueblo y se marcharon a la ciudad. El vecino tenía razón, enseguida consiguieron un piso, poco a poco compraron muebles e incluso un coche antiguo, en el que su marido tuvo un accidente. El marido de Lidia falleció al día siguiente del accidente. Ella se quedó sola con dos hijos. Para sacarles adelante, hasta fregaba portales por las noches. Lidia esperaba que cuando los hijos crecieran la ayudasen, pero no fue así. Primero el hijo tuvo problemas y ella tuvo que pedir mucho dinero prestado para que no acabara en la cárcel. Más tarde, su hija se casó y tuvo un nieto. Al principio todo iba bien, pero después el nieto enfermó. Su hija dejó el trabajo para cuidarle, pero los médicos no acertaban con el diagnóstico. Finalmente, diagnosticaron al nieto una enfermedad que solo se podía tratar en un hospital de la capital. Había una larga lista de espera. Mientras la hija cuidaba de su hijo, su marido la abandonó. Entonces su hija conoció en el hospital a un viudo cuya hija sufría la misma enfermedad. Empezaron a vivir juntos. Cuatro años después, el marido de su hija necesitó dinero para una operación costosa. Lidia tenía los ahorros, que guardaba para la entrada del piso de su hijo. Cuando su hija le pidió ayuda, Lidia se negó, no queriendo gastar el dinero en alguien de fuera. La hija se ofendió, diciéndole que ya no tenía madre. Llevaba once años sin hablarle. Lidia se levantó del banco y regresó despacio al asilo. De pronto oyó: – ¡Mamá! El corazón le dio un vuelco. Se giró y vio a su hija. En ese instante, las piernas le flaquearon y casi se cayó, pero su hija la sostuvo. – Llevo tanto tiempo buscándote. Mi hermano no quería darme tu dirección. Solo me la dio cuando le amenacé con ir a juicio por la venta ilegal de tu piso. – Mamá, siento no haber venido antes. Al principio estaba muy enfadada contigo, luego lo fui aplazando… y además, me daba mucha vergüenza. Hace unas semanas soñé que caminabas sola por un bosque y llorabas. Al despertar, me sentí fatal. Se lo conté a mi marido y él me animó a reconciliarme contigo. Fui a buscarte, pero había desconocidos viviendo en tu casa, nadie sabía dónde estabas. Luego tuve que buscar a mi hermano durante mucho tiempo. Tenemos una casa grande en la costa. Mi marido dice que vengas a vivir con nosotros. Lidia abrazó a su hija y rompió a llorar, aunque esta vez las lágrimas que corrían por sus mejillas eran de felicidad.
Carmen estaba sentada en un banco del jardín del hospital, mientras las lágrimas resbalaban silenciosas
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YO TE LO RECORDARÉ —Doña María, aquí el rizo no me sale —susurró con desaliento Temi, un alumno de segundo de primaria, mientras señalaba con el pincel la hoja verde de su flor que se empeñaba en doblarse del lado contrario al que él deseaba. —No aprietes tanto, cielo; deslízalo suave, como si fuera una pluma acariciando la palma de tu mano… ¡Eso es! ¡Qué bien! ¡Ese rizo te ha quedado de maravilla! —sonrió la veterana maestra—. ¿Y para quién es esa preciosidad que has pintado? —¡Para mamá! —respondió radiante el chico, orgulloso tras conseguir domar la hoja rebelde—. ¡Hoy es su cumpleaños! ¡Este es mi regalo! —¡Pues tu madre debe de estar de suerte, Temi! Espera, no cierres el cuaderno aún. Deja que se seque bien la pintura, para que no se estropee. Cuando llegues a casa, ya lo arrancas con cuidado. ¡Seguro que le va a encantar! Doña María esbozó una última sonrisa al ver la cabeza oscura, concentrada sobre el papel, y regresó a su mesa, abstraída en pensamientos. ¡Fíjate, un regalo para mamá! Hace tiempo que no veía un obsequio tan bonito. Este Temi tiene verdadero arte; habrá que hablar con su madre y proponerle que lo apunte a la escuela de dibujo. No hay que desaprovechar un don así. Y de paso, preguntarle si le ha gustado el regalo, a su antigua alumna. Ni ella misma podía apartar la vista de aquellas flores, tan vivas sobre el papel, que casi parecía que fueran a susurrar entre sus hojas. ¡Ay, que ha salido a la madre, Temi! ¡Definitivamente, a la madre! En sus años, Larita también pintaba de maravilla… ***** —Doña María, soy Larisa, la madre de Arti —se oyó aquella noche la voz de una mujer joven al teléfono—. Llamo para avisar que mañana Arti no va a clase —dijo, seca. —¡Hola, Larisa! ¿Ha pasado algo? —preguntó Doña María, inquieta. —¡Vaya si ha pasado! ¡Ha conseguido arruinarme el cumpleaños el granujilla! Y ahora, con fiebre, acaba de irse la ambulancia. —¿Con fiebre? ¿Pero si salió sano del colegio, llevando el regalo…? —¿Habla de esas manchurrones? —¿Qué manchurrones? ¡Larisa, ni se te ocurra! ¡Ha pintado unas flores preciosas! Tanto que pensaba llamarte para sugerir lo de la escuela de artes… —No sé qué flores serían, pero desde luego no me esperaba un borrón sucio. —¿Borrón? ¿De qué estás hablando…? Doña María escuchaba, cada vez más ceñuda, las explicaciones entrecortadas de la madre: cómo volvió el niño tardísimo y empapado de suciedad, cómo sacó de la chaqueta un cachorro, también empapado y apestando a vertedero; que se había metido en una charca tras el animal que otros niños habían arrojado allí, arruinando libros y el propio dibujo, hasta la fiebre altísima, la velada arruinada y las reprimendas del médico… —Así que lo devolví a la basura, cuando Temi por fin se durmió. El dibujo aún se seca encima del radiador. Si quedaran flores ahí, después del agua… Larisa ni notaba el progresivo abatimiento de la maestra mientras hablaba. Y cuando mencionó el destino del cachorro rescatado por su hijo, Doña María frunció el ceño aún más, hasta volverse oscura como una tormenta. Le tocó el álbum estropeado, que se había deslizado hasta la mesa, y habló bajito… Le recordó los rizos verdes, las flores vivas… el esfuerzo y valor de su hijo, su corazón incapaz de tolerar la injusticia, a los otros niños que tiraron el cachorro. Y entonces, la llevó hasta la ventana: —Mira, allí está el agujero —señaló—. En él no sólo podría haber acabado el cachorro, sino Temi. ¿Crees que pensaba en eso, Larisa? ¿O sólo en sus flores, para que no se arruinaran y estropear su regalo? ¿O quizá olvidaste, Larisa, cuando en los 90, llorabas en el banco a la puerta del cole, abrazada a un gato callejero que le quitaste a los gamberros? ¿Cómo lo acariciamos todos, esperando a tu madre, cómo te reprendiste cuando echaron al “bichillo” a la calle…? ¡Te lo recuerdo! ¡Y a Tisquín, al que no querías soltar! O a Muki, el mestizo con el que fuiste al instituto, y al grajo herido del rincón de Naturales… Doña María sacó una fotografía antigua, en la que una niña rubia en bata de escuela abrazaba a un gatito, rodeada de amigos. Luego, un dibujo infantil aún coloreado apenas visible: la niña de la foto, apretando un cachorro y agarrada fuerte de la mano de su madre. —Recuerda la bondad que coloreó tu corazón…, Larisa —añadió con voz firme. —Si fuera por mí —dijo ya más severa—, abrazaría fuerte al cachorro y a Temi, y esos manchurrones, los pondría en un marco. Porque no hay mejor regalo para una madre que un hijo que crece siendo una buena persona. Y Larisa, que miraba inquieta hacia el cuarto de Temi, apretó el álbum entre los dedos pálidos. —¡Doña María! ¿Puede quedarse un minuto con Temi? ¡Sólo un par de minutos, por favor! ¡Vuelvo enseguida! Se puso el abrigo a toda prisa, salió por la puerta y, sin reparar en el frío ni en el fango, corrió hacia el vertedero, llamando bajo cajas y bolsas, buscando entre los restos, lanzando hasta miradas asustadas hacia el edificio… ¿Podrá perdonarla? ***** —Temi, ¿quién es ese que se ha metido el hocico entre las flores? ¿Será tu amigo Dico? —¡Él mismo, Doña María! ¿A que se parece? —¡Ni que lo hubieras pintado! Si hasta la mancha blanca en la pata reluce… ¡Cómo costó lavarle las patas, ¿verdad, Temi?! —¡Ahora se las lavo todos los días! Mamá dice que si tienes un amigo, tienes que cuidarlo. ¡Hasta nos compró una bañera para él! —Qué buena madre tienes. ¿Estás pintando otro regalo? —Sí. Lo quiero enmarcar. Pero en el marco mamá puso aquel dibujo con las manchas, y a veces se queda mirándolo y sonríe. ¿Se puede sonreírle a un manchurrón, Doña María? —¿A los manchurrones? —rió la maestra—. Puede que sí, si esos manchurrones tienen mucho corazón. Dime, ¿qué tal en la escuela de dibujo? ¿Te va bien? —¡Muy bien! Pronto podré hacerle un retrato a mamá, ¡ya verás cómo se alegra! Pero mientras tanto, mire —Temi sacó un folio doblado de la mochila—: esto es de mamá, ella también pinta. Doña María lo desplegó y puso la mano sobre el hombro del niño. En la hoja, un Temi feliz y resplandeciente sonreía rodeado de colores, la mano sobre la cabeza de un perro mestizo que lo miraba con devoción; a la derecha, una niña rubita con uniforme antiguo abrazaba un gatito; y a la izquierda, tras la mesa del maestro, sonriente, los miraba ella, Doña María, con ojos sabios y vivos. Y en cada trazo sentía la maestra el resplandor de ese orgullo maternal. Secándose una lágrima, sonrió: en la esquina, de entre flores y rizos verdes, despuntaba una sola palabra: «Recuerdo».
TE LO RECUERDO Doña María Carmen, mire, aquí no me sale el rizo murmuró apenado el pequeño Marco, alumno
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Me lo pensé mejor y no me caso Arquímedes se quedaba hasta tarde en el laboratorio, traspasando líquidos de un tubo a otro y estudiando polvos misteriosos con la esperanza de obtener pronto un gran descubrimiento y presentarlo a la sociedad. El entusiasmo con el que el científico, ya en la cuarentena, se volcaba en su trabajo le hacía ignorar las miradas de interés de la joven limpiadora Sofía, que llevaba poco en el instituto. Arquímedes, absorbido por la ilusión de un resultado cercano, ni se enteraba de cómo Sofía, olvidando su trabajo, pasaba horas de pie en su despacho, mirándolo embobada apoyada en la fregona. Un día, la chica reunió valor y le preguntó, con acento de pueblo, si quería tomar un té —ella había traído un hervidor eléctrico y embutido casero que su madre le había traído de su pueblo la víspera. Al escuchar lo de las salchichas, el científico no pudo resistirse y aceptó el convite. Inspeccionó el táper con recelo científico, dudando si el embutido se habría estropeado tras pasar varias horas sin refrigerar. Sofía se mosqueó, abrió el táper para demostrarle que olía bien y, sin perder tiempo, comenzó a servirse té y a comer. Arquímedes se dejó llevar por el aroma y, aunque su sentido común le regañaba, terminó saboreando la comida de la joven, alabando su maestría culinaria. A partir de entonces, empezó a esperar con impaciencia los días para disfrutar de los dulces caseros que Sofía le prometía y comenzó a soñar con ella, olvidando poco a poco sus fórmulas… hasta aquel bochornoso sueño. Cuando llegó la hora de conocer a la familia de Sofía en su aldea castellana, Arquímedes se preparó a conciencia: se afeitó, se puso traje y se dejó acicalar por la joven, que arrancó sus canas con unas pinzas. La llegada a la humilde casa fue tensa. La madre de Sofía, orgullosa y rotunda, lo miró de arriba abajo y lanzó reproches por la diferencia de edad, dudando de sus intenciones y comparándolo, para colmo, con el joven y atractivo padrastro de la chica. Entre gritos, discusiones y acusaciones de querer convertir a Sofía en criada, Arquímedes empezó a arrepentirse de haberse metido en aquel lío y de haber aceptado esa especie de “quest” rural castizo. El frío de la Castilla profunda le caló hasta los huesos, las peleas familiares y la hospitalidad rural lo dejaron aturdido, con una crisis hipertensiva, deseando volver a su ciudad, su laboratorio y su vida tranquila. Cuando por fin logró regresar, cortó la relación de tajo con Sofía, devolviéndole las llaves y pagándole por la cena y los recados, decepcionado ante la montaña rusa emocional que apenas había sobrevivido. Así, reflexionando sobre lo que significa enredarse con mujeres y suegras castizas, Arquímedes decidió centrarse en su ciencia y dejar el asunto del matrimonio… para otra vida.
Cambié de idea sobre casarme Todavía recuerdo aquellos días en que Gabriel se quedaba hasta la madrugada
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— Encontré a dos pequeños en mi jardín, los crié como si fueran míos, pero tras quince años, algunas personas decidieron separarlos de mí.
Encontré a dos niños diminutos en mi huerto, los crié como propios y, después de quince años, algunas
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Destino en la cama de un hospital: —¡Señorita, tome usted y cuídelo! Que yo no me atrevo ni a acercarme, ¡menos aún a darle de comer con la cucharita! —la mujer soltó bruscamente la bolsa de la compra sobre la cama donde yacía su esposo enfermo. —¡Tranquila, mujer! Su marido se pondrá bien. Ahora necesita muchos cuidados. Ayudaré a Dmitri a levantarse —tuve que consolar de nuevo, como enfermera, a la esposa de un paciente con tuberculosis. Dmitri llegó en estado grave, pero con grandes posibilidades de sobrevivir. Quería vivir, y eso ya era media batalla ganada. Lástima que su esposa, Alla, no creyese en la medicina; parecía deseosa de abandonarlo de antemano. Adelantándome en el relato, diré que muchos años después, el hijo de Dmitri y Alla también enfermaría de tuberculosis abierta. Alla lo daría entonces por perdido, pero Yura sanaría. A pesar del diagnóstico, Dmitri bromeaba, reía y quería irse cuánto antes del hospital. En el pueblo donde vivía con su familia no había hospital especializado, así que su esposa rara vez lo visitaba. Sentía lástima por ese hombre joven: descuidado, abandonado, con ropa vieja y sin zapatillas, andando en zapatos. —Dima, ¿te importaría si te traigo algunas cosas mías? Veo que ni zapatillas tienes. ¿Aceptas mi paquete? —intentaba bromear con él. —De ti, Violeta, aceptaría hasta veneno como medicina. Pero no hace falta nada, deja que me recupere y veremos… —Dima me cogió la mano con dulzura. Me la quité con suavidad y salí de la habitación, el corazón palpitando. ¿Acaso me estaba enamorando? No, no debía romper una familia, sería pecado. Pero al corazón no se le manda… Iba cada vez más a la habitación de Dima, hablando con él durante las largas noches de guardia. Pronto ya nos tuteábamos. Dima tenía un hijo de cinco años: —Mi Yura se parece a su bella madre. Sabes, Violeta, yo amé mucho a Alla. Le puse la vida a sus pies. Era una mujer apasionada, deseada, un torbellino en la cama. Pero solo se quiere a sí misma. El egoísmo de mi mujer me corroe, peor que el ácido. Ahora eres tú quien me cuida, una extraña —suspiró Dima. —Está lejos, no puede venir seguido —intenté justificarla. —¡Déjate, Violeta! Como decimos aquí: la mujer que quiere a su marido, hasta en la cárcel le guarda el sitio. Para ver a sus amantes sí que se monta el viaje. Lo sé… —Dima se irritó. —Buenas noches, Dima. No tomes decisiones de golpe. Todo se arreglará —apagando la luz, salí en silencio. Sufría. Estaba allí, indefenso, y su esposa se divertía con otros. Nada mortal, pero para un hormiga, un simple rocío ya es inundación. A la semana oí voces en su sala. Corrí: —¡No quiero verte aquí nunca más, zorra! ¡Fuera! —gritaba Dima enloquecido a una Alla aterrada, que salió disparada. —¿Qué ha pasado? —pregunté sorprendida. Dima se giró en silencio hacia la pared, temblando bajo las sábanas. Tuve que pincharle un calmante. …Pasó un mes. Alla no volvió. —¿Quieres que llame a tu esposa? —pregunté en voz baja. —Gracias, Violeta, no hace falta. Vamos a divorciarnos —dijo tranquilo. —¿Por la enfermedad? Es una tontería, te recuperas —me sorprendí. —¿Recuerdas cuando la eché? Vino a decirme que tenía un amante, que podía vivir en casa, que contigo todo es incierto y le hacen falta manos masculinas —Dima calló. —¡Qué horror! —logré decir. Poco después, Alla apareció con un hombre. Dima no lo vio, pero yo sí desde la ventana. Él la esperaba en el banco, nervioso y fumando. Alla salió una hora después, lo besó en la mejilla, dijo algo gracioso y se fueron. —Dima, te dan el alta —le anuncié. —Violeta, quería preguntarte… Bueno, da igual —dudó. —Estoy de acuerdo, Dima. ¿A eso te referías? ¿O me equivoco? —me lancé. —Violeta, no tengo casa. ¿Puedo quedarme contigo? Alla se casa con otro —se sinceró. —Tengo un hijo, si lo aceptas, seremos una buena familia —abrí mi corazón. —Un hijo no es problema. Ya lo quiero —me miró tan intensamente que me sentí derretir. …Han pasado muchos años. Con Dima tengo dos hijos propios y logramos formar un cálido hogar. Su hijo Yura nos visita a menudo con su esposa. Mi hija del primer matrimonio vive en el extranjero. Bueno, realmente nunca estuve casada, simplemente tropecé de joven, me enamoré y aquel muchacho prometió amor eterno, pero la armonía nunca sonó. No me arrepiento de nada. Alla, en cambio, se casó varias veces y tuvo un hijo con un hombre de paso. El chico sufrió toda la vida problemas mentales. Alla le prestó poca atención. Cuando ella murió, lo llevaron a un centro. Ya somos mayores, Dima y yo, pero nos queremos más que en la juventud. Caminamos juntos por la vida, cuidando cada día, cada mirada, cada suspiro… EL DESTINO EN UNA CAMA DE HOSPITAL: Entre cuidados, abandono y segundas oportunidades, la historia de Dmitri y Violeta, un nuevo hogar y el valor del amor verdadero en la España de hoy
EL DESTINO EN LA CAMA DEL HOSPITAL Mire, señorita, quédese usted con él y ocúpese como pueda.
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El amigo vendido. Relato del abuelo ¡Y él me entendió! No fue divertido, comprendí que era una tontería. Lo vendí. Él creyó que era un juego, pero luego entendió que lo había vendido. Los tiempos, en realidad, siempre son diferentes para cada uno. Hay a quien el todo incluido no le parece abundante, y otros que se conformarían con un buen trozo de pan negro y chorizo. Así vivíamos nosotros, cada cual a su manera, nos pasó de todo. Yo era muy pequeño entonces. Mi tío, el hermano de mi madre, me regaló un cachorro de pastor alemán y fui el niño más feliz del mundo. El cachorro se encariñó conmigo, me entendía al instante, me miraba a los ojos y esperaba, esperaba que le diera una orden. —¡Échate! —le decía yo tras una pausa, y él se tumbaba, mirándome con esos ojos leales, como si estuviera dispuesto a dar la vida por mí. —¡Firme! —ordenaba yo, y el cachorro se ponía rápido sobre sus patitas gordas, quedándose quieto y tragando saliva. Esperaba, esperaba el premio, esperaba un trocito delicioso. Pero yo no tenía con qué premiarle. Nosotros mismos pasábamos hambre entonces. Así eran aquellos tiempos. Mi tío, el tío Sergio, el hermano de mi madre que me regaló el cachorro, una vez me dijo: —No te apures, chaval, mira qué fiel y leal es. Véndelo, y luego lo llamas. Seguro que se escapa y vuelve contigo. Nadie te verá. Así tendrás algo de dinero. Le compras un capricho a tu madre, para ti y para él. Hazme caso, chaval, sé lo que te digo. La idea me gustó. No pensé entonces que aquello era una maldad. Total, un mayor me lo aconsejaba, sería una broma, y además podría comprar algún capricho. Le susurré al oído peludo de Leal —así se llamaba— que lo iba a entregar, pero que luego lo llamaría, y debía venir rápido, escapar de los extraños. ¡Y él me entendió! Ladró bajito, de acuerdo. Al día siguiente le puse la correa y lo llevé a la estación. Allí se vendía de todo. Flores, pepinos, manzanas. La gente bajó del tren, empezaron las compras y los regateos. Me puse delante y tiré de la correa. Pero nadie se acercaba. Se marcharon casi todos, pero de pronto un hombre con cara seria se plantó ante mí: —Tú, chaval, ¿qué haces aquí? ¿Esperas a alguien o vas a vender el perro? Vaya cachorro fuerte, te lo compro, venga. Y me puso dinero en la mano. Le di la correa, Leal giró la cabeza y estornudó alegremente. —Vamos, Leal, ve, amigo, ve —le susurré al oído—, luego te llamo, ven a por mí. Y se fue con el hombre, mientras yo, escondido, seguí al extraño para ver dónde llevaba a mi amigo. Por la noche llevé a casa pan, chorizo y dulces. Mi madre me interrogó seria: —¿Eso lo has robado? —No, mamá, llevé cosas en la estación y me pagaron. —Muy bien, hijo, ve a dormir, estoy cansada, come algo y vete a la cama. Ni siquiera preguntó por Leal, ni le preocupaba. Tío Sergio apareció por la mañana. Yo preparaba la mochila para el colegio, aunque en realidad solo pensaba en salir corriendo a buscar a Leal. —¿Qué, vendiste al amigo? —se rió, despeinándome. Yo me giré y no contesté. Llevaba toda la noche sin dormir y ni el pan ni el chorizo podía tragar. No fue divertido, comprendí que era una tontería. No en vano mi madre no quería a tío Sergio. —Es tonto, no le hagas caso —me decía. Agarré la mochila y salí disparado de casa. La casa estaba a tres manzanas y llegué sin aliento. Leal estaba tras la valla alta, atado con una cuerda bien gorda. Le llamé, pero él me miraba triste, la cabeza sobre las patas, movía la cola, trataba de ladrar, pero ya no tenía voz. Lo vendí. Creyó que era un juego, pero luego entendió que lo había vendido. Salió el dueño al patio y gruñó a Leal. Él agachó el rabo y entendí que estaba todo perdido. Por la tarde, en la estación, llevé paquetes. Pagaban poco, pero logré el dinero necesario. Me armé de valor, fui al portal y llamé. El hombre me abrió: —Ah, chaval, ¿qué buscas ahora? —Señor, que me lo he pensado mejor, mire… —le tendí el dinero que me había dado por Leal. El hombre me miró de soslayo, cogió el dinero en silencio y desató a Leal: —Ten, chaval, llévatelo, está triste, no sirve de guardián. Pero cuidado, puede que no te perdone. Leal me miraba cabizbajo. El juego se convirtió en prueba. Luego se acercó y me lamió la mano, pegando el hocico a mi barriga. Desde entonces han pasado muchos años, pero entendí que, jamás, ni de broma, se vende a un amigo. Mi madre se alegró entonces: —Ayer estaba cansada, pero luego pensé: ¿y el perro, dónde está? Ya le cogí cariño, es de la familia, ¡Leal! Y tío Sergio apenas volvió a visitarnos; sus bromas ya no nos hacían gracia.
El amigo vendido. Relato de abuelo ¡Y él me entendió! No sentía alegría, comprendí que aquello era una
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Un hijo para una amiga: Cuando Lilia afrontaba los últimos meses de su embarazo en una familia destrozada —con su hermano pequeño habiéndose marchado, su padre sumido en el alcoholismo y sin apenas nada para comer—, de repente la madre de su antigua amiga interviene, ofreciéndole techo a cambio de renunciar a su futura hija. Pero en el hospital, Lilia se enfrenta a la presión de la familia de su exnovio y de su amiga embarazada —todos empeñados en quedarse con la niña— mientras Lilia, rodeada de engaños, pobreza y chantajes, deberá decidir si sigue adelante sola con su hija o cede ante quienes la rodean. Una historia sobre instinto maternal y supervivencia en la España actual.
Un hijo para una amiga Cuando Lucía se encontraba en los últimos meses de su embarazo, su hermano menor
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