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La prometida ajena. Valerio era el alma de todas las fiestas. Jamás necesitó anunciarse en prensa ni televisión: su nombre y número pasaban de boca en boca, como quien lo escucha en una buena sobremesa. ¿Maestro de ceremonias para un concierto? ¡Por supuesto! ¿Animar un aniversario o una boda? ¡Encantado! Incluso dirigió la fiesta de fin de curso en la guardería, conquistando el corazón de niños… y de sus madres. Todo comenzó de forma sencilla. Se casaba un amigo cercano, el animador contratado de antemano desapareció –más adelante supieron que había acabado de juerga– y Valerio agarró el micrófono. En el colegio participó en el teatro aficionado, en la universidad era fijo en la ‘Primavera Universitaria’ y el mítico ‘Un, dos, tres’. Su debut fue todo un éxito, y en el banquete ya le ofrecieron organizar dos eventos más. Tras acabar la carrera entró en un instituto de investigación local, ganando una miseria. Pero los primeros ingresos de este nuevo mundillo le motivaron: aceptaba cualquier encargo, disfrutando tanto del dinero como de la satisfacción personal. Pronto, sus ingresos como animador multiplicaban por diez el sueldo de becario. Tras un año, Valerio se lanzó: dejó el instituto, invirtió lo ahorrado en equipo profesional, se hizo autónomo y entró de lleno en el mundo de los eventos. Tomó clases de canto –voz no le faltaba– y pronto fue animador y cantante, actuando tres veces por semana en un restaurante. A los 30 años, Valerio era atractivo, próspero y conocido como buen cantante, DJ y maestro de ceremonias capaz de salvar cualquier evento. Soltero por opción: las chicas le rodeaban, todas dispuestas. Pero sus amigos se casaban, tenían hijos, y él también empezó a pensar en la felicidad de una familia tranquila. Solo que… ¿con quién? Las relaciones fáciles solo le interesaban para pasar el rato: él quería encontrar a su compañera para toda la vida. — Hay que conocer a una chica joven, educarla “a mi gusto” y, cuando cumpla los 18, casarme con ella. ¡La esposa perfecta! –decía en broma. Incluso aceptó organizar fiestas de fin de curso esperando encontrar ahí a su amor. Pero las chicas de hoy no eran lo que él esperaba. Sin desanimarse, seguía buscando a “esa” joven, como decía, “cazando esa especie tan rara”. Sin embargo, el destino tenía preparados otros planes para mi primo. Todo parecía normal. Una mujer llamó recomendada por conocidos: — Necesitamos presentador para una boda. ¿Libre el 17 de junio? ¡Perfecto! ¿Podemos vernos? Se entrevistan. Y entonces, según Valerio, “notó que la tierra desaparecía bajo sus pies”. La mujer, Ksenia, era deslumbrante; nunca había visto igual. Hablaba con claridad, sabía lo que quería, una combinación de belleza y cerebro poco común. Al principio le echó unos 25 años; luego supo que había sido militante en la Juventud del Partido, así que pasaba de cuarenta. Negociaron, firmaron contrato aunque ella decía: — ¿Para qué? Yo confío en usted, tengo excelentes referencias. Pero Valerio siempre trabajaba por escrito. Cuando insistió, solo pensaba que quizá necesitaba una prueba material de que Ksenia no era un sueño. A la mujer le llegó un SMS: — Ah, ha llegado mi prometido. ¿Le llevamos? Valerio lo rechazó, aunque fue a acompañarla por puro morbo y envidia. El novio le sorprendió: esperaba un hombre de su edad, pero de un coche saltó un chaval más joven que él mismo. — ¿Ksenia, todo bien? Ella sonrió tranquila. El chico le saludó: — ¿Usted será el presentador de nuestra boda con Ksenia? Encantado. Me hablaron muy bien de usted. Yo soy Roberto, el novio. Valerio solo quería borrarle la sonrisa de la cara, pero apretó la mano: — Valerio. Un placer. Desde entonces, perdió la calma. Buscaba cualquier excusa para oír la voz de Ksenia o verla. El día de la boda se acercaba y sentía que perdía la cabeza. Un amigo, al que confesó sus cuitas, le pinchó: — ¿Y las chicas jóvenes? ¿No ibas a criar una esposa perfecta? Valerio movió la mano: — ¡Olvídate! Ksenia es la mujer ideal, no necesito a nadie más. — Pues díselo. — ¿Pero estás loco? Ella se casa, está enamorada. ¿Para qué iba a molestarla con mis tonterías? De vez en cuando se acercaba el noviete sonriente: — Ksenia le manda esto… En esos momentos Valerio le odiaba. Pensó incluso en renunciar a animar la boda. Pero eso significaba no ver nunca más a Ksenia… y, por cobardía, se rindió. Dos días antes, Ksenia fue a casa de Valerio, “para peinar el guion y que todo salga perfecto”. Quedaron en su piso por obras en la oficina. Tertulia larga, risas, complicidad mutua. Al cerrar los detalles, Valerio propuso una copa de champán: — Porque la boda salga perfecta. Ksenia aceptó encantada. Y entre risas, Valerio se atrevió a besarla. Y, sorprendentemente, ella le correspondió. Perder la cabeza es poco. Al despertar, Valerio dudó: ¿pasó de verdad la noche más increíble de su vida? Nada de Ksenia, pero al oler su almohada descubrió el perfume de ella. Aliviado, confirmó: había sido real. Llamó a Ksenia: — Hola… Ella le respondió como si nada: — ¡Hola! Perdona que me fuese a la francesa, ¡pero ya sabes el lío de la boda! — ¿Entonces la boda sigue? –preguntó, sombrío. — ¡Claro! ¿Por qué no iba a celebrarse? ¡Todo perfecto! ¿Todas las mujeres son así de frías? ¿Cómo podía mirar a su prometido tras aquello? Pensó en sabotear la boda, pero al final admitió: sí, la quería, aunque fuera así. Al día siguiente, llegó pronto al restaurante. Decoradoras jóvenes le sonreían. Y entonces… No dio crédito: Ksenia apareció. — Hola. Me escapé tras el registro civil porque quería verte –dijo, sonriendo radiante–. ¿Qué te pasa, Valerio? — Que no entiendo nada –farfulló él–. ¿Entonces te casaste y te escapaste? — Pues sí, cabeza loca. ¿Para qué iba a irme de juerga con los jóvenes, pudiendo estar contigo? ¿O no te alegras? — ¿Con los jóvenes? ¿No eres tú la novia? Ksenia le miró unos segundos y, de pronto, se echó a reír. Tenía una risa tan limpia… — ¡Claro que no! ¡La novia es mi hija, Ksyusha! Está estudiando en Santiago, justo aterrizó ayer. –Dejó de reír y añadió:– ¿Pensaste que yo era la novia? ¿Y que dos días antes de la boda me liaba con otro? ¡Menuda opinión tienes de mí…! Solo entonces Valerio comprendió: Ksenia nunca dijo “yo” ni “nosotros”: siempre “la novia y el novio”. Y Roberto jamás la llamó “Ksyusha”, solo Ksenia, y siempre de usted. ¿Cómo no lo había pensado? Y, por fin, la gran pregunta: — ¿Y tú? ¿Estás libre? –Cuando ella asintió, Valerio no dudó:– ¡Cásate conmigo! Por favor… La boda fue un éxito: el animador se superó a sí mismo, los invitados encantados. Al final, los novios se acercaron a darle las gracias: — ¡Gracias! No sabemos cómo agradecerte este día tan especial. — Ya me encargo yo –apareció Ksenia, con una sonrisa–. Venga, el coche os espera. Yo me quedo a supervisar. La noticia de que Valerio iba a casarse con una mujer nueve años mayor corrió como la pólvora entre la familia. Al principio, sorpresa; luego, todos coincidieron: — ¿Y quién no se enamoraría de una así? Ksenia y Ksyusha dieron a luz con apenas dos semanas de diferencia.
28 de junio Nunca imaginé que mi vida tomaría este rumbo, pero aquí estoy, escribiendo en este diario
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