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085
Mi marido me comparó con su madre y salí perdiendo, así que le propuse que se fuera a vivir a casa de sus padres
¿Y por qué las albóndigas están tan secas? ¿Has empapado bien el pan en leche? ¿O, como siempre, solo
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014
Al final de este verano Trabajando en una biblioteca, Diana siempre consideró su vida aburrida: ahora casi no vienen visitantes, todos están en Internet. Cambiaba de sitio los libros en las estanterías y les quitaba el polvo. La única ventaja de su trabajo, pensaba, es que había leído una cantidad indecente de libros de todo tipo: románticos, filosóficos… Y a los treinta años comprendió de pronto que la propia vida romántica se le había escapado. A su edad, debería haber formado ya una familia. No era especialmente llamativa, y su trabajo estaba mal pagado. Pero nunca se le había ocurrido cambiar: todo le resultaba cómodo. Solo venían por la biblioteca estudiantes, a veces algún escolar o jubilado. Hace poco, tuvo lugar un concurso profesional a nivel provincial. Para su sorpresa, Diana ganó el premio principal: dos semanas pagadas en la costa, junto al mar. —¡Qué suerte! Esta vez sí que iré, —le dijo contenta a su amiga y a su madre—, con mi sueldo, nunca habría podido permitírmelo. Pero a veces la vida te sorprende. El verano estaba llegando a su fin. Diana caminaba por la orilla de una playa vacía; la mayoría de turistas se refugiaban en los cafés, porque el mar estaba especialmente bravo aquel día. Era su tercer día junto al mar y, esa tarde, necesitaba pasear sola, pensar y soñar. De repente, vio cómo una ola arrancaba de un muelle a un chico y se lo llevaba. Sin pensar en sí misma, corrió a ayudarle. Por suerte, estaban cerca de la orilla. Aunque no era gran nadadora, sabía mantenerse a flote desde pequeña. Las olas ayudaban a arrastrar al chico hacia la orilla, pero luego lo devolvían atrás. Diana logró sostenerse en pie, ya casi con el agua al pecho. Finalmente, lo consiguió. Miró entonces al chico, con su bonito vestido pegado por el agua, y se sorprendió: —Parece un adolescente, no tiene más de catorce, aunque es alto, incluso un poco más que yo, —pensó, y preguntó—: ¿Pero cómo se te ocurre bañarte con este mar? El chico se puso en pie, le dio las gracias y, aún tambaleándose, se alejó de ella. Diana se encogió de hombros y le siguió con la mirada. Al despertar a la mañana siguiente en la habitación del hotel, sonrió. Hacía un día espléndido. El sol brillaba, el mar resplandecía con esa limpieza azul y una pequeña brisa lo hacía vibrar, pero nada que ver con lo de ayer. Como si el mar pidiera disculpas por sus olas. Desayunó y fue a la playa, donde se tumbó gustosa al sol. Por la tarde decidió pasear y se acercó al parque, donde entró en una galería de tiro. De adolescente y estudiante había tenido buena puntería, aunque el primer disparo falló, pero el segundo fue directo. —¡Mira, hijo, así hay que disparar! —oyó la voz de un hombre tras ella. Al girarse, reconoció al chico del día anterior. El chico la miró asustado, también la reconoció, y Diana entendió que el padre no sabía nada de lo ocurrido. Ella sonrió. —¿Nos da usted un curso exprés? —preguntó el hombre, simpático y alto—. Mi chico, Javi, no acierta ni una, y yo… reconozco que tampoco. Caminaron juntos después, se sentaron en una terraza y comieron un helado, y subieron a la noria. Diana pensó que quizá pronto llegaría la madre de Javi, pero nadie acudía; los dos estaban tranquilos. El padre, quien se presentó como Antonio, era un excelente conversador, y cada minuto a su lado le gustaba más. Descubrieron que ambos vivían en la misma ciudad. Se rieron del azar: “No nos cruzamos en la ciudad, ¿y aquí, en la playa…?” Javi se integró poco a poco al grupo, dándose cuenta de que Diana no diría nada sobre el incidente del mar. Se despidieron cerca de medianoche, los hombres acompañaron a Diana a su hotel y quedaron en verse de nuevo en la playa. Los días siguientes fueron de ensueño: cada mañana se encontraban en la playa, se despedían tarde. Excursiones, paseos, charlas. Diana sentía que Javi llevaba algo dentro; quería hablar con él a solas. Por fin tuvo ocasión; un día, Javi apareció sin su padre. —Hola, papá está con fiebre —le contó el chico—. Me dejó venir contigo, así no tengo que quedarme aburrido en el hotel. Le di tu teléfono… Llamó a Antonio. —Buenos días… Bueno, no tan buenos. Tengo fiebre. Por favor, cuida de mi chico, que hará todo lo que le digas… —No te preocupes, recupérate. Aquí está a salvo, y, además, es casi un hombre. Javi salió del agua, se tumbó junto a ella y le dijo: —Eres una amiga de verdad. —¿Por qué lo dices? —Por no contarle a mi padre lo del muelle. Me caí, fue un caos, me asusté… —No fue nada —sonrió Diana. Luego preguntó—: ¿Y tu madre, Javi? ¿Por qué solo venís tú y tu padre? El chico dudó, pero acabó contándole lo ocurrido: la familia feliz era solo apariencia. La madre, Marina, tenía desde hacía tiempo una aventura con su compañero de trabajo, lo supo todo cuando su padre marchó a un curso en Madrid. Marina le pidió que entretuviera a la hija del compañero mientras ella y aquél trabajaban juntos “en unos planos”. La historia de Javi se le hizo dura a Diana: infidelidad, separación, la marcha de Marina con su nueva pareja… Él había decidido quedarse con su padre, al que quería, y no le nacía ver a su madre por ahora. Aquella tarde, después de la playa, llevaron frutas a Antonio, que ya se encontraba mucho mejor. Volvería con ellos al arenal al día siguiente. Tres días más tarde, Antonio y Javi tuvieron que marcharse, pero Diana aún se quedaba en la costa. El verano llegaba a su fin. Se despidieron junto al mar. Antonio prometió esperarla en el aeropuerto. Javi sonreía. Diana no hacía planes. Solo leía y releía los dulces mensajes que Antonio le enviaba, confesándole que ya la echaba de menos. Poco después, Diana se mudó al piso de Antonio y Javi: quizá el más feliz de todos era el hijo, por él, por su padre y por Diana. Al filo de este verano.
En el Borde de aquel verano Trabajando en la Biblioteca Municipal de Valladolid, Amalia siempre había
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0109
Papá
¡Entonces demuéstrame que eres mi hijo! soltó él de pronto, con voz áspera como la de un viejo callejón.
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043
Cuanto más lejos estoy, más cerca me siento de los míos… —¿Sabes qué te digo, nieto mío? Si tanto te molesto, aquí solo queda una opción: no iré más a casa de mis hijas, ni iré de un amigo a otro. Tampoco necesito buscarme ningún abuelo. ¡Anda que menuda idea, casarme a estas alturas! —¡Abuela, si es lo mismo que llevo diciéndote tiempo! ¡Y mamá también! Métete en una residencia de mayores. Mira, si me cedes la casa a mi nombre, te buscan una habitación allí, mamá lo arregla todo. Así tienes vecinas, compañía, y no estás aquí estorbándome. —De mi casa no me voy, Santi. Te voy a hablar claro: si tanto molesto, ahí tienes la puerta bien ancha. Tú eres joven y espabilado, busca un piso y vive como quieras. No quisiste estudiar, pues trabaja. Trae cada día una novia distinta si te da la gana. Yo tengo 65 años ya el mes que viene; busco tranquilidad y silencio. Bastante anduve de aquí para allá estos años; ya es hora de volver a mi hogar. No está bien que me echéis de mi propia casa, ni que tú y tus novias viváis de mi pensión. Que la pensión no es elástico, Santi. Así que tienes una semana para buscar otro sitio. Si no encuentras piso, pues a casa de tus amigos o de esa tal… cómo se llame, que siempre olvido el nombre. Pero hoy quiero mi casa para mí. ¡Mira tú qué ideas, buscarme novio o meterme en una residencia! El nieto, indignado, intentó replicar, pero Lidia Fernández ya no quiso escucharle: se metió en su cuarto y cerró la puerta tras de sí, con la cabeza a punto de estallar. Debería tomar una pastilla, pero tendría que pasar por la cocina y no le apetecía cruzarse con Santi. Al mirar su pequeña habitación, encontró media botella de Solán de Cabras. Pues ya está, justo un trago de agua. *** Lidia ni ella misma se reconocía de tan decidida. Tanto aguantó y calló dos años, de casa en casa, de hija en hija, y siempre, ante la mínima indirecta, “¿no te estarás quedando mucho, mamá?”, a hacer las maletas. Y ahora Santi, vago de veinte años, era el que mandaba en su propia casa, trae una novia un día y otra la semana siguiente, y ella, la abuela, estorba tras la pared porque tose y no deja celebrar la pasión. —Abuela, ¿por qué no vas de visita a alguien? Así Dasha, Inés, Lucía, Irene (tacha la que no interese: las chicas van cambiando) y yo podríamos estar a solas. Y Lidia se iba, sea a casa de la prima, la comadre o la antigua compañera, donde ya notaba que su presencia se hacía pesada con tanto visitarles dos veces por semana. *** Justo cuando ni de visita la querían, su hija mayor dio a luz. Vida en Madrid, hipoteca, el mayor ya en el cole, no había otra: la abuela era la salvación. Así que Lidia se fue a Madrid. Y, al principio, todo perfecto: la casa, los guisos, los niños cuidados… hasta que el yerno, que apenas tenía diez años más que ella, empezó a recelar. —¡Lidia, esas salchichas no, que cualquiera se intoxica! Y si estás todo el día en casa, ¿te costará mucho preparar un buen guiso, unas albóndigas? —¡Lidia, las albóndigas bien, pero te gastas mucho en la compra! Hay que mirar más el céntimo. —¡Lidia! ¿Yo parezco una cabra que solo come lechuga? Ahorra un poco sí, pero carne, hace falta carne… Y así con todo. Que si ya que cuida a los nietos, podía ser más útil con la mayor y ahorrarse academias, que si no hable tanto por teléfono, que si la nieta se avergüenza de la ropa que lleva la abuela al cole… —¿Para qué has venido, abuela? Mejor vete a tu casa de pueblo y allí mandas tú. Lidia callaba, complacía a todos y ayudaba a la nieta y, hasta a Santi, el gandul que ni estudió ni trabajaba: de su mísera pensión enviaba dinero y pagaba facturas atrasadas. A la hija no valía la pena quejarse: bastante tenía con conservar al marido. Ni caso. Cuando la nieta pequeña fue a la guardería, dijeron que ya la abuela no hacía falta. El yerno lo dejó claro: Lidia, gracias, ya puede volver a su casa. Lidia volvió feliz, pensó que por fin sería dueña de su propia casa. Pero no: Santi y su novia la habían convertido en un desbarajuste, con facturas y suciedad. No quedó otra que pedir un crédito, saldar cuentas y devolver el orden a su hogar. Y, cuando ella respiraba aliviada, Santi se veía molesto: casa pequeña, nada de intimidad… Y justo entonces la hija menor, también en Madrid, iba a dar a luz: “Mamá, ven a ayudarme.” ¿Qué iba a hacer? Volvió a marcharse, otra vez fue útil tres meses… hasta que otra vez era estorbo. Decidió volverse sin esperar a que la echaran. El desencadenante vino tras volver una vez más a casa y topar con Santi, otra vez quejándose. *** —Santi, hoy voy a ver a la comadre, es su cumpleaños. Volveré tarde, si acaso ya entras tú y yo paso por la puerta de la terraza para no despertaros. —¿Y por qué no te quedas allí a dormir? Así no andas entrando por la noche. Quédate, nos dejas descanso. —Pero si hace una semana que estoy en casa, ¿tanto canso? —Una semana ya es bastante. ¿No te quedas? —No, vuelvo a casa. En plena fiesta, llamó la hija mayor a la comadre, que salió al patio y, al volver, le dijo a Lidia: —Me ha pedido tu hija que te quedes aquí esta noche, que así dejan a Santi y su novia solos, que les molestas en casa. —Pero si ya le he dicho que vuelvo… —Casi mejor, quédate, ya me contarás cómo va todo. —Nada, todo bien —mintió Lidia. —Mira, cuando todo va bien, los hijos no llaman a conocidos pidiéndoles que acojan a su madre por una noche. Hasta me pidió hace poco que si conocía a algún abuelo con piso propio, porque Santi necesitaba casarse y no podía mientras tú estabas en casa… Lidia lo confesó todo: los desplantes en Madrid, en la casa de la hija pequeña, Santi empeñado en echarla de la suya… —Kuma, ni en mi propia casa mando. Santi se fue cuando acabó el bachillerato a Madrid, pero el marido de mi hija dejó claro que sobraba, así que volvió. No le llamaron para la mili, ni quiso estudiar. Cuando cumplió dieciocho, hasta mi hija cortó el grifo. Y aquí me lo quedé yo, encima. Lidia no quiso quedarse más en casa de la comadre y volvió. Y esta vez, le dijo todo lo que pensaba a Santi. Santi se quejó a su madre: “La abuela está loca, quiere echarme de casa”, y su madre la llamó para reprenderla. Pero Lidia le dijo lo mismo: “Es mi casa, y ya está bien”. Santi se fue de casa, no sin antes avisar: “No esperes que te ayude más, aquí no vuelvo a poner los pies”. Lidia se quedó sola, y lo celebró: por fin estaría tranquila. Toda la vida, aguantando y adaptándose. Cuando creía que hacía lo mejor para sus hijas, solo crió consumidores. No es justo, no, que a una le expulsen de su propia casa al llegar a vieja. ¿Qué vida es esa, en la que en tu propia casa eres la intrusa? Después Santi recapacitó; volvió a pedirle perdón. Pero Lidia ya le había perdonado. Eso sí, volver a vivir juntos, jamás. De visita, todos los días si quiere, pero a convivir, no. Él es joven, piensa en novias; yo solo quiero mi paz. Las hijas aún la llaman pidiendo ayuda con los niños. Pero Lidia ahora lo tiene claro: que se los traigan si quieren, que en su casa, con aire puro, ella les cuida encantada, pero ella no vuelve a irse a vivir a casa de nadie. Porque aquí, en su casa, es la dueña y nadie le manda. Lidia dice: “Cuanto más lejos estoy, más cerca me siento de los míos”. Y yo creo que no le falta razón.
Cuanto más lejos, más cerca de uno mismo ¡Mira, querido nieto! Si tanto os molesto, entonces sólo queda
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0329
Nunca conseguirás conectar con él: la historia de Ana, una madrastra en Madrid enfrentada a la rebeldía de su hijastro adolescente, la incomprensión de su marido y la búsqueda de respeto en su propio hogar
¡No lo voy a hacer! ¡Y no me des órdenes! ¡No eres nadie para mí! Daniel tiró el plato en el fregadero
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0455
La amiga de mi marido pedía su ayuda cada dos por tres, y tuve que intervenir
¡Ay, por favor, Manolo! ¡No sé qué hacer! ¡El agua no para de salir! ¡Voy a inundar a los vecinos y ya
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051
El abrigo rojo de su madre
¿Te duele mucho, mamá? No, Aitana, ve a la cama. La miré incrédula. Sentía su sufrimiento como propio.
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071
Mi esposa llevó al perro al veterinario con la sospecha de haber cometido un error fatal. Ahora, en casa, ya no hay solo un gafe, sino dos… Todo empezó con la llegada de un gatito encontrado en un contenedor de basura, al que llamamos Nefasto. Desde el primer día, acumuló desgracias: cayó en el caldo caliente, se empapó de nata, se accidentó saltando de la cama y rompió todas las vajillas de las curanderas a las que fuimos. Hasta los hechiceros se negaban a recibirlo. Tras intentarlo todo, una amiga sugirió traerle un compañero; así adoptamos a Rex, un chihuahua bastante feo cuya valentía solo iguala su torpeza. Pronto en casa, ya no luchábamos solos contra la mala suerte: ahora eran dos desastres, incapaces de cazar ratones pero expertos en meterse en líos, ser emboscados por abejas y picotazos de gallinas y ocas. Pero un día lo cambiaron todo: gracias a su resistencia a dejarnos salir y a sus dramáticas intervenciones, evitaron que acabáramos en un accidente de tráfico fatal. Desde entonces, la rutina incluye rescates, manchurrones de nata, gritos nocturnos y mucha paciencia. Y aunque siguen acumulando incidentes, ya nadie se lamenta; los llevamos en brazos, los mimamos y aceptamos que, a su manera, nos han traído el mayor golpe de suerte: el amor incondicional por estos dos cenizos adorables.
La esposa llevaba al perro al veterinario y ya empezaba a rondarle una sospecha inquietante: quizás había
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Mejor sin ti
Él giró la llave y la puerta se abrió, pero el apartamento resultó ser ajeno. Dentro había desconocidos;
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061
De niña sentía curiosidad por saber quién era mi padre. Crecí en un internado y con el tiempo su ausencia se volvió algo “normal” para mí. A los 14 años conocí al padre de mis hijos y entonces ni siquiera insistí en buscar a mi propio padre. La vida siguió adelante. Más tarde me separé y, justo en ese momento –casi sin buscarlo– las circunstancias me guiaron hacia él. Trabajo por mi cuenta y un día, en mi negocio, vino un cliente. Empezamos a hablar, la conversación fluyó con naturalidad y le confesé que nunca había conocido a mi padre. Él me ayudó a encontrarlo. Lo localizamos en el pueblo donde había vivido toda su vida. Cuando por fin lo conocí, sentí una emoción indescriptible. Alegría infinita. Comencé a hacer planes con él: viajes, constantes conversaciones, pequeños detalles. Le compraba ropa, le mimaba, viajábamos juntos y yo pagaba todo, sin importar si él tenía dinero o no. Le veía descuidado, triste, solo, y sentía que debía compensar todos los años perdidos. Él me decía que estaba solo, que tenía hijos en el pueblo, pero que no le dejaban tener pareja porque, según ellos, cualquier mujer que se acercara lo hacía por su dinero. Le pedí que me presentara a la mujer que decía que le quería, y así lo hizo. La conocí: una mujer humilde y trabajadora que le cuidaba. Sus gestos reflejaban bondad. Pero los hijos de mi padre no la aceptaban. La insultaban, llamaban a la policía, la maltrataban en cada ocasión. Cuando le pregunté por qué, me confesó que mi padre tenía casas, tierras y dinero en el banco, y sus hijos no permitían que nadie se acercara a él por miedo a que alguien se quedara con algo. Ahí empezaron los rumores. Decían que yo había aparecido para quitarle todo. Ni siquiera llevaba su apellido. Él insistió en dármelo. No quería problemas, pero era su voluntad y al final acepté. Desde entonces todo empeoró. Las críticas aumentaron, los conflictos se hicieron evidentes. Mi relación con la mujer de mi padre se hizo aún más fuerte. Les propuse casarse en secreto y lo hicieron. Los hijos se enfadaron todavía más, tanto con él como conmigo. Les dije que mi padre tenía derecho a ser feliz. El matrimonio tuvo sus altibajos, pero un día, ya casados, les invité a un viaje. Normalmente viajaba solo con mi padre. Durante ese viaje, su esposa me preguntó cuánto iba a aportar a los gastos. Le dije que nada, que siempre pagaba yo cuando viajaba con él. Entonces me dijo algo que me sacudió por completo: que las cosas no eran como yo pensaba. Que mi padre siempre había estado bien económicamente, por eso sus hijos lo controlan. No le dejan gastar en él mismo, en ropa, en caprichos. Yo creía que tenía recursos limitados porque vivía en una casa inacabada y parecía carente, pero en realidad su dinero lo gestionaban otros. A partir de ahí empecé a animarle a disfrutar de lo que había ganado trabajando. Pero me decía que sus hijos no se lo permiten. Tras casarse, su mujer empezó a pedirle que colaborase en la casa, en la comida y en los gastos diarios. Cada vez que ella le pedía algo, él se enfadaba. Al final lo daba, pero siempre después de una discusión. Ella me lo contaba todo y a mí me parecía completamente justo. Un día, estando juntas, su mujer le pidió que comprara el almuerzo para su padre. Él reaccionó fatal: le dijo que lo pagara ella, que siempre era lo mismo, y empezaron a discutir. Yo la defendí. Le pregunté si le gustaría que mi marido le negara comida a su propio padre. Le dije que no era justo comportarse así con la mujer que le cuida, le cocina, le lava la ropa y está a su lado. Me respondió que estaba harto de que le pidieran dinero constantemente para la casa. Entonces comprendí algo que me dolió mucho: mi padre era tacaño con la mujer que le cuidaba, pero muy generoso con los hijos que no miraban por él y sólo le buscaban por dinero. Al final, su relación acabó. Hoy vive solo. Supuestamente una hija le cuida, pero todos sabemos que él mantiene a ella, a su marido y a sus hijos. Los demás le llaman, le ordenan y él manda dinero sin pensarlo. Siempre le negó todo a la mujer que estuvo a su lado. Ya no soy la misma con él. Le quiero, pero no como antes. Ya no le invito a viajes, casi no tenemos contacto. Si no llamo yo, él no llama. No puedo volver a ser la misma. Me duele reconocerlo porque encontrarle me hizo mucha ilusión, y ahora es como si no existiera.
De pequeña, una niebla de curiosidad sobrevolaba cada noche mi almohada, deseando descubrir quién era mi padre.
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