Carta personal: un mensaje escrito de mi puño y letra

Diario personal.

El sobre era naranja. Brillante, descaradamente naranja, como una mandarina en mitad de un charco gris de enero en Madrid. Lo encontré en el buzón, perdido entre las facturas de la luz y el gas, y el montón de folletos que prometen pizza a domicilio en veinte minutos. Fue el último que saqué, sujetando con la izquierda la bolsa del supermercado, una que rezaba el logo Mercadonaporque aquí, ahorra quien puede.

En el frente, mi letra. Mi dirección. Mi nombre completo: Celia Jiménez del Prado.

Le di la vuelta. Remitente: el mismo. Dirección: la misma. Nombre: el mío.

Me quedé de pie en el portal, primera planta, justo delante del ascensor, con la bolsa y el sobre naranja, sin entender nada. ¿A quién se le ocurriría gastarme esa broma? Repasé mi letra: la t larga, la r con una curva inconfundible abajo. Solo yo escribo así. Desde el instituto, cuando doña Margarita, mi profe de Lengua, me puso un notable en caligrafía diciendo: Jiménez, escribe usted como una mujer hecha y derecha. Tómelo como un piropo.

Y no cambié de letra. Veinticinco años después, sigo con mi t y mi r.

Subí las nueve plantasascensor, claro, el mío va cuando le da la ganaentré, encendí la luz de la entrada y dejé la compra sobre la mesa de la cocina. El sobre lo coloqué al lado, sin atreverme aún a abrirlo.

El piso es pequeño. Ya me acostumbré. Un apartamento en Carabanchel, con las ventanas orientadas al oeste, donde el perchero solo da para un abrigo, la balda apenas aguanta mis zapatos y el espejo de la entrada me devuelve cada mañana la misma frase: Bien. Suficiente. En forma para trabajar. No guapa, no descansada: lista para funcionar. Me basta.

Cada tarde la habitación se baña con luz naranja: la del atardecer, densa, casi como miel derretida. Es, junto a estar a diez minutos del metro, el único lujo del piso. Y hoy, a eso de las seis, la luz trepaba por la pared hasta la estantería de libros, la taza con el té frío de la mañana y la foto de mi madre en un portarretratos de madera.

Me senté a la mesa. Me froté los hombrosotra vez elevados, como quien espera una mala noticia. Es un hábito que llevo desde años de reuniones sin fin y llamadas tensas del jefe. Mi cuerpo prevé lo malo antes que mi cabeza.

Y entonces miré el sobre.

Naranja. Papel grueso. Ni una arruga, como si alguien lo hubiese porteado con mimo. Pasé el dedo por mi nombre, sentí la textura y supe, sin dudas, que no era una broma. Reconocía esa letra mejor que mi reflejo.

Arranqué la pestaña con cuidado y miré dentro. Una hoja doblada, blanca, tamaño folio, y algo más: algo brillante, plano.

Saqué la hoja, la desplegué.

Hola. Soy tú. Tú, desde marzo de 2025. Ahora tienes treinta y siete años, estás sentada en la cocina a las dos de la mañana y te sientes fatal. Llevas cuatro noches sin dormir. Piensas que no puedes más: ni con el trabajo, ni contigo misma, ni con esta ciudad que te aprieta por todos lados.

Te escribo porque alguien debe hacerlo. Tu amiga te llamará mañana; tu madre, pasado. Pero ahora, a las dos de la mañana, no hay nadie. Solo tú.

Solo quiero decirte esto:

Te pediste que te recordara: lo lograste entonces, lo vas a lograr ahora.

Quiérete. Lo mereces.

Si estás leyendo esto, ha pasado un año. Has aguantado. No fue en vano.

Dejé la hoja sobre la mesa.

Sentí un nudo en la garganta. No de llorar, sino de reconocerme. Cada palabra, entonaciones, un error de coma tras un ahora mismo, ese tic de empezar párrafos con solo. Era yo. Y no lo recordaba.

No recordaba haberlo escrito. Ni el sobre naranja, ni elegir el papel. Un año entero, y ni una sola vez lo volví a tener presente.

Entonces vi la foto.

Se había escapado del sobre al sacar la hoja, cayendo boca abajo sobre la mesa. Le di la vuelta.

Había una mujer. Su cara era gris, ojeras profundas, labios resecos, una mueca tensa. El pelo atado en un moño torcido del que se escapaba un mechón por la mejilla. Y el jerseygris, dado de sí en los codos, aquel que tiré el verano pasado.

Conocía ese jersey. Y esa cara.

Era yo. Yo en marzo. Yo el año anterior.

Abajo, a mano, en letra apretada: Eres más fuerte. Mírame y verás de dónde vienes.

Puse la foto junto a la carta. La luz del atardecer alcanzó la mesa y la superficie brillante de la foto. El rostro se tornó más cálidono más alegre.

Y entonces lo recordé.

***

Marzo de 2025. Dos de la mañana. Misma cocina, misma mesa, portátil encendido a pantalla que cansa la vista.

Estaba allí, descalza, con una camiseta vieja y pantalón de pijama, los pies fríos, pasando páginas. No era Instagram. No era noticias. Buscaba algo sin nombre. ¿Una señal? ¿Un motivo para levantarme al día siguiente?

Aquel marzo pasé tres días enteros sin salir de la cama. No era pereza. Era peso. Algo lento, pegajoso, sin rostro, como una losa sobre el pecho.

El divorcio fue tres años atrás. Luis se fue en 2023con una compañera de trabajo, con una Lucía que reía más y preguntaba menos. No lloré. Le metí sus cosas en dos maletas, las dejé en la puerta y le dije: Llévatelo. Y se lo llevó.

Los siguientes años trabajé sin descanso. Ni festivos ni vacaciones. Compras en ConstruMadrid: llamadas a proveedores desde las ocho, tablas Excel hasta las diez, y las reuniones eternas en las que el jefe Romero repetía: El mercado está mal. Hay que optimizar. El que no aguante, problema suyo.

Y aguanté. Tirando, tirando, sin quejarme.

Llegó el otoño y el cuerpo dijo basta. Primero se fue el sueño. Luego el apetito. Luego el deseo de salir de casa.

Para enero, solo conseguía dormir con la tele encendida, comía una vez al día y hablaba con mamá por teléfono, forzándome.

Mamá lo notaba. Carmen del Prado llamaba a diario: Celia, ¿has comido? Y yo: Sí, mamá. Sopa. Mentía. No hacía sopa desde noviembre.

Aquella noche busqué una carta para mi yo futuro. No sabía bien por qué. Vi un anuncio, lo recordé. Lo primero en salir fue la web Cápsula del tiempo. Escribes una carta, eliges cuándo recibirlaa un mes, diez añosy pagas el envío. Papel de verdad, sobre de verdad, Correos.

Elegí el sobre naranja. Naranja porque ya había demasiado gris en mi vida. Escribí a mano, saqué una foto, la subí. Hice un selfie en la cocina, con la luz del portátil. Pagué. Doce meses de margen.

Cerré el portátil. Me fui a dormir. Y en todo el año, ni pensé más en ello.

Porque después de aquel marzo, la vida empezó a moverse. No deprisa ni bonitocomo un ascensor viejo, tirones. Pero moverse.

En abril de 2025 fui, por primera vez en la vida, a una psicóloga. Mujer de pelo corto, despacho en Manuel Becerra, cincuenta minutos semanales. En la tercera sesión, lloré veinte minutos sin poder parar. En la sexta, reí por primera vez en medio año.

En junio me ascendieron. Responsable de compras. Romero se me acercó tras una reunión: Jiménez, usted es la única que no se queja y resuelve. Lo valoro. Y yo asenté, volví a mi mesa, y los hombros otra vez arriba, alegría y miedo juntos.

Para el otoño era todo más soportable. Volví a cocinar sopa. Volví a salir los domingosal parque de Oporto, con libro y termo. Volví a llamar a mamá antes de que ella me llamara.

Olvidé la carta. Como se olvida un seguro guardado en el último cajón: sabes que existe, pero no piensas en él.

Hasta hoy.

Sentada en la cocina, sujetando carta y foto, observé a esa mujer de hace un año. La cara gris. Ojeras. Jersey muerto.

Y esa voz interiorla de siempre, áspera, inusualmente fríasusurró: Y ahora, ¿qué? Estás igual. No cambió nada.

***

Esa voz lleva años aquí. No sabría decir desde cuándo, quizá tras el divorcio, quizá antes. No grita ni insulta; susurra, muy racional, casi con cariño. Eso lo hace peor.

Te ascendieron por casualidad. Romero no encontró a nadie mejor.

¿De verdad crees que puedes? Mírate. Hombros arriba, cuatro horas de sueño, desayuno de café y ansiedad.

Te despedirán en abril. O en mayo. Cuestión de tiempo.

Y la escuchaba. No porque creyera en ella, sino porque nunca supe no hacerlo. Era parte de mí, como la letra de la r o el gesto de alzar los hombros.

A la mañana siguiente19 de marzome levanté a las seis. Ducha, café, rímel. Lo de siempre.

En el trabajo, tensión. Oficina de ConstruMadrid en Legazpi, sexta planta, coworking para treinta personas; llevábamos semanas de silencio expectante. Se anunciaron ajustes. La primera oleada: cinco de logística fuera. Ahora todos esperábamos la segunda.

Bajé del ascensor, pasé junto a la recepción. Sandra, la administrativa, me sonrió poco, forzando. Ella también esperaba. Todos.

Me senté, colgué el bolso, encendí el ordenador. Contraseña: fecha de nacimiento de mamá. Informes, emails114 sin leer. Proveedor de Cuenca pide retraso, almacén avisa falta de cemento, contabilidad exige balances para el viernes. Un día más. Si no fuera por el silencio, casi parecería rutina.

A las once, Romero reunió al equipo.

Entró en la sala: bajito, fornido, pelo casi al ras y manía de jugar con una tapa de boli. Ojeó a los dieciocho presentes.

Breve, dijo. Julia Sánchez, del proyecto, se va. Baja voluntaria, oficialmente. Sabéis la realidad.

Julia Sánchez. Veintinueve, departamento de proyecto, tres años en la empresa. No éramos íntimas, pero sé que traía empanadas de pollo de su abuela, que dejaba en la cocina con nota: Coged, ¡que hay para todos!. Una vez, en la cena de Navidad, me confesó en el baño que temía al despido más que a nada. Tengo hipoteca Y gato. Al gato no le cortan la nómina.

Además, Romero tamborilea el boli en abril vendrá otra ronda. Decideremos según cifrasvosotros ya sabéis.

Me quedé tiesa, hombros arriba, manos entrelazadas bajo la mesa. Voz interior, calmada: ¿Ves? Te quedan semanas.

Salí al pasillo, pegué la espalda a la pared cerca del dispensador de agua. Ojos cerrados, tres segundos.

Dos voces en la cabeza. Una, suave: Lo lograste entonces, lo lograrás ahora. De la carta, del sobre naranja. De marzo del año anterior.

Y otra, más fuerte: Pura coincidencia. Papel de un servicio web por veinte euros. No te engañes. Julia tampoco se engañó, y mira: tocará buscar trabajo, con el gato encima del portátil.

Abrí los ojos. Eché agua en un vaso. Bebí. Volví al trabajo, abrí la tabla de proveedores, me puse a lo mío. Porque trabajar, sé. Lo complicado a veces es creer que basta.

A la noche, a las siete, cené lentejas y pollo asado. El móvil sonó. Mamá.

Celia, cariño, voz de Carmen, grave, cansada por un resfriado, ¿cómo estás?

Bien, mamá. Mucho jaleo en la oficina.

¿Has comido?

Justo ahora. Lentejas.

Buena chica.

Pausa. Sé que nota mi tono. Son muchos años entre cuentos y bibliotecas infantiles para no ver lo que se calla.

Tienes la voz tensa.

Sólo cansada, mamá.

Tal me dijiste el año pasado. Cansada, mamá. Luego resultó que te habías pasado tres días bajo la manta.

Cerré los ojos.

Mamá, de verdad, es cansancio. No como entonces. Sólo estrés.

Sabes que estoy aquí, dijo. Si quieres, me planto el sábado. Te llevo sopa de verdad, nada de sobres.

Sonreí. Primera vez en todo el día.

Gracias, de momento no.

Charlamos diez minutos más: su tensión alta, la vecina que adoptó un gato y no deja dormir, la primavera que en Toledo ya asoma. Me manda foto por WhatsApp: Mira, ya han florecido las violetas en el balcón, y tú allí, en Madrid, ni asomas la nariz. Y otra vez, sonrisa. Conversación sencilla, necesaria.

Nunca me presiona. No pregunta ¿tienes novio? ni ¿y los nietos?. Treinta años de bibliotecaria enseñan, al final, que el silencio a veces pesa más que el consejo. Está a un Whatsapp, a doscientos kilómetros.

Cuelgo. Recogí la mesa. Miro de nuevo la carta, el sobre naranja y la foto.

Eres más fuerte. Mírame y verás de dónde vienes.

Tomo la foto, la acerco al rostro. La mujer mira directo, con un gesto como de pedir ayuda y no saber a quién.

A las nueve llama Laura.

Laura, amiga de toda la vida, veintidós años inseparables, voz baja, ronca, como si acabara de reír; aun sin motivo.

Celia, cuenta.

¿Qué?

Todo. Ya sé de los ajustes; Inés del curro de recursos humanos lo ha contado en el grupo.

Suspiro.

Han echado a otra hoy. Y Romero dijo que el mes siguiente más.

¿Y tú?

De momento no. Digo, por ahora.

¿Recuerdas el año pasado? Me llamaste de noche. Dijiste no poder más. Que era el final. ¿Recuerdas?

Lo recuerdo, vago, como bajo el agua. Sí, la llamé a las tres y cogió a la segunda.

Sí.

¿Y qué? Aguantaste. Aquí estás. Curras, te ascendieron, cocinas, me coges el teléfono. Eso no es el final. Eso se llama seguir.

Silencio.

¿Me oyes?

Te oigo.

Pues a dejar de enterrarte en vida, mujer.

Laura habló diez minutos más: de su trabajo vendiendo cocinas, de clientes que cambian el color en la tercera semana, de su gato Truman que ha destrozado el sofá nuevo, de que el sábado tenemos vino y charla.

Escuché. Pensé: Laura y el sobre dicen lo mismo casi al detalle. Mamá también. Parece que tras un año el mensaje converge: aquí sigues, basta de latigazos.

Colgué. Eran las diez.

En casa, silencio. No pesado, simplemente silencio. Nevera ronca suave. Un bus pasa bajo la ventana, abajo ríe un niño. Normalidad.

Me fui al baño. Me miré al espejo.

La cara. Mi cara. Treinta y ocho años, pelo castaño, ni muy largo ni corto, con ondas por la humedad. Piel normal, con poco color de la infusión de la tarde. Ojeras suaves, las de madrugar. Nada que ver con la foto.

Volví a la cocina. Cogí la foto. La dejé al lado del espejo.

Dos rostros.

Uno vivo, cálido, algo cansado.

Otro, gris, con labios agrietados y ojos que piden ayuda.

Un año de distancia.

La voz interior intentó: No significa nada. La foto engaña. Mala luz. Estabas cansada

Respondí en alto. Primera vez en mucho.

No.

Al espejo.

No. Ya no soy esa.

Levanté la foto junto a mi cara.

Así era entonces. Así ahora.

Silencio.

Allí, descalza, con ropa vieja, la foto en la mano, me miré sin juzgar.

No ¿es suficiente?. No ¿puedo?. No ¿y si todo falla?

Solo me miré.

Y vi. No una heroína, ni una superwoman de revista. Una mujer normal, viva. Cansada, un poco despeinada. Manos firmes, las que firmaron trescientos balances en un año. Hombros elevados, sí, pero en su sitio. No caídos.

***

Esa noche tardé en dormir, pero no por angustia. Por pensar.

Repasaba el año, los momentos. Desayunar sin dejar nada. Pasear al parque, sentada al sol veinte minutos. Reírme en terapia por pedir perdón al respirar.

Detalles. De eso se hace un año.

La voz volvió: Eso no cuenta. Así vive cualquiera. No es una victoria.

Y pensé: a lo mejor miente. Sin maldad, por costumbre. Como quien nunca vio amanecer y dice que el sol no existe.

Me levanté. Fui a la cocina. Encendí la lámpara.

El sobre naranja en la mesa. Lo giré. Cogí mi boli azul, ese con el que firmo los balances.

Y empecé a escribir.

Hola. Soy tú de nuevo. Tú, desde marzo de 2026. Tienes 38. El trabajo es incierto, la vida un enigma. Pero sigues adelante.

¿Sabes? Hace un año te escribí una carta. Venía de la oscuridad, de esa en que no ves paredes ni salida.

Hoy he recibido esa carta. Y ¿sabes qué? Al principio no me reconocí en la foto. Tardé tres segundos en saber que esa mujer gris, era yo.

Tres segundos son un año entero.

Esta vez escribo no desde el dolor, sino desde un poco de luz. Porque si lees esto, es que has pasado otro año. Y sigues aquí.

Quiérete. Lo mereces.

Tuya, Celia. Marzo de 2026.

P.D. Si tienes los hombros arriba, bájalos. Ahora. Así. Muy bien.

Doblé la hoja en cuatro, la metí en el mismo sobre naranja. Escribí mi dirección.

Encendí el portátil. Web de Cápsula del tiempo. Nuevo envío para marzo de 2027. Subí el escaneo. Dudé un segundo. Hice otro selfie, allí mismo, bajo la luz naranja.

Esta vez en la pantalla vi otra cara. No gris. No apagada. Corriente, quizá cansada, con ojeras. Pero viva. Y en la boca, no sonrisa festiva, pero sí calma.

Subí la foto. Pagué. Cerré el portátil.

Fui a la ventana.

Madrid nocturna centellea abajo. Farolas, coches, ventanas. Silencio. Marzo, dos grados, brisa ligera.

De pie sobre el suelo frío, siento cómo los hombros descienden solos. Sin esfuerzo.

La voz interior, calmada, aún amagó con decir algo.

No la escuché.

Contemplo la ciudad y pienso en esa mujer que en un año recibirá ese sobre naranja. Ella tendrá un año más. Quizá otro trabajo, quizá el mismo. Quizá en otro barrio, o aquí. Puede que encuentre a alguien, puede que no. No importa.

Importa que el sobre tendrá otra foto. Y una frase: Mírame, y verás de dónde vienes.

Esa mujer mirará. Y verá.

Sonreí. Apagué la luz. Me metí en la cama.

Fuera, noche de marzo, fresca, con olor a asfalto mojado.

En casa, silencio.

Sobre la mesa, el sobre naranja con una carta nueva.

***

Por la mañana desperté a las siete. Sin alarma. Luz del este: pálida, plateada, nueva. No el naranja del atardecer. Otro, distinto.

Fui a la cocina, puse agua para el té.

El sobre seguía ahí. Con la foto, la carta.

No las releí. No toqué la foto. Solo las puse bien, rectas, como quien guarda algo valioso.

Saqué un portarretratos de cristal del armario, el que nunca usé después del viaje a Peñíscola. Metí la foto del año pasado. La coloqué junto a los libros.

La cara gris. Ojeras. Moño torcido. Jersey gastado.

No para recordar el dolor, sino el camino.

Chasqueó el hervidor. Serví el té. Lo sujeté entre las dos manos, los dedos cálidos en la porcelana.

Miré al cristal de la ventana. Mi reflejo. Sin maquillar, en bata, taza entre las manos.

Silencio interior.

Bebí el té. Me vestí. Cogí el bolso. Salí del piso.

En el umbral, comprobé mis hombros.

Estaban abajo. Rectos, tranquilos. No tensos. Simplemente, hombros. Los míos.

Crucé la puerta y salí a la calle.

Sobre la mesa, el sobre naranja, listo para enviarse. Con carta nueva. Foto nueva.

En un año llegará. Lo abriré. Y me miraré a mí misma, a la de hoy. Quizá ni me reconozca. Porque, en un año, todo cambia.

O casi todo.

La letra seguirá igual. T larga, r con lazo. Como en el instituto, como siempre.

Dentro, la frase principal: Lo lograste entonces, lo harás ahora.

Esta vez, escrita desde la luz.

No desde la sombra.

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