Carta de despedida: «He encontrado un nuevo amor»

El marido dejó una carta y se marchó: «Me he enamorado de otra mujer».

—Tu madre ha llamado, tu hermano se divorcia —comentó Lucía durante la cena, mirando a su esposo. Javier permaneció en silencio, clavando la vista en el plato—. ¿Por qué no dices nada? ¿Lo apruebas? ¡Abandona a tres niños! —La rabia brotó en su pecho como un volcán.

—Lucía, tranquilízate —dijo Javier, apartando el plato—. No los abandona. Si se separan, habrá motivos. —Se levantó y salió de la cocina, dejándola confundida. Su frialdad le clavó un puñal en el corazón. Al día siguiente, al volver del trabajo, encontró una carta sobre la mesa y el mundo se detuvo, como si un rayo la hubiera golpeado.

Lucía y Javier llevaban veintisiete años juntos en su acogedor piso en Sevilla. Y de pronto… el divorcio. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podían separarse tras tantos años compartiendo vidas? ¿Y su hija? Lucía no podía creer que todo se desmoronara.

Se conocieron cuando ella, una joven estudiante de un pueblo remoto, llegó a la ciudad para entrar en la universidad. Tras los exámenes, paseaba con una amiga por las orillas del Guadalquivir cuando unos muchachos tocaban la guitarra en un banco. A ella le encantaban aquellas canciones, y se detuvo a escuchar. Fue entonces cuando Javier se acercó sonriente, con chispa en la mirada. Así comenzó todo.

Siguieron viéndose pese a la distancia. Lucía estudiaba a distancia, viajaba para los exámenes, y entre visita y visita se escribían largas cartas —los móviles aún no existían—. El amor creció, y al año se casaron con una boda sencilla. Vivían de alquiler. Lucía trabajaba, estudiaba y cuidaba de la madre enferma de Javier. Los hijos tardaron en llegar; ocho años después nació su niña, Sofía. Para ella, fue un milagro.

La palabra «divorcio» le sonaba a condena. El fin del mundo. No concebía la vida sin Javier. Él era su apoyo: alto, seguro, un hombre para quien la familia siempre fue lo primero. No eran la pareja perfecta —Lucía trabajaba mucho, y la casa recaía sobre él—, pero hasta hacía poco, les bastaba.

Todo cambió cuando el hermano de Javier anunció su divorcio, dejando a su esposa con tres hijos. Lucía entró en pánico: ¿y si su marido también tenía a alguien? «Años dorados», pensó, observándole durante la cena. Su silencio la aterraba.

—¿Tú apoyas a tu hermano? —exclamó al fin—. ¡Abandona a sus hijos!

—Lucía, basta —cortó él—. Tienen sus razones.

No se calmó. Empezó a vigilarle: llamadas constantes, escuchando cada conversación. Nunca había sido celosa, pero ahora todo le parecía sospechoso. Javier se distanció, y eso solo avivó las llamas.

Ese verano, Sofía empezó la universidad en Madrid. Lucía la acompañó para buscarle piso. Al irse, jamás imaginó que volvería a un hogar vacío. Javier no fue a recibirla. No contestaba al teléfono. En la cocina, una carta esperaba. Al abrirla, su vida se derrumbó.

«Lucía, no sé cómo empezar… He pedido el divorcio. Sofía ya es mayor, y he esperado este momento. No lo notaste, pero cambié. Por ella aguanté tus reproches, llevé la casa mientras trabajabas sin parar. No tenemos nada en común, el amor se apagó. Somos extraños. Hace cuatro años conocí a otra mujer. Tenemos un hijo de tres. Me voy con ellos. A Sofía no la abandonaré, la ayudaré. El piso es vuestro. Perdóname, si puedes».

Lucía cayó al suelo. No hubo lágrimas, solo un vacío insoportable. Miró alrededor, pero nada le importaba. Su vida se hacía añicos. ¿Cómo decírselo a su hija? ¿Cómo seguir, sabiendo que durante cuatro años él amó a otra mientras fingía a su lado?

Salió a la calle. Llovió toda la semana, como si el cielo llorara con ella, pero ese día brillaba el sol. En la puerta vio a su vecina, Carmen. Hace cinco años, Carmen y su marido sufrieron un accidente. Él murió; ella quedó en silla de ruedas. Lucía la veía cada día en el parque, sola pero sonriente.

—Buenos días, Lucía —saludó Carmen—. Hace un día precioso, ¿verdad? ¿Me ayuda a bajar?

Lucía la ayudó en silencio. Carmen le dio las gracias y, de pronto, propuso: «¿Me acompaña a pasear?». Ella asintió sin saber por qué. No eran amigas, pero en ese momento necesitaba algo vivo cerca.

En el parque, se sentaron bajo un viejo olivo. Primero callaron. Luego, Carmen habló: «Cuando ocurrió el accidente, soñábamos con hijos, con una casa en el campo. Todo se truncó en un instante. El conductor del otro coche perdió el control. Manuel murió. A mí me salvaron, pero al despertar solo pensé: “¿Para qué vivir?” La recuperación fue un infierno. No quería nada. Hasta que una noche soñé con él: “Vive, Carmela. Disfruta cada día, cada rayo de sol, cada gota de lluvia. ¡Vive por mí!”. Le hice caso. Encontré trabajo en casa, quedo con amigos. Hace poco conocí a un hombre. Me invitó a salir. Temía que le asustara la silla, pero me aceptó. Ahora estamos juntos, y la vida parece más luminosa».

—Perdone, me he extendido —se disculpó Carmen—. ¿Quiere que me vaya?

—No —susurró Lucía—. Me ha ayudado. Mi marido se ha ido hoy… Creí que era el fin. Pero tiene razón: la vida sigue.

Carmen sonrió: «Lo superará. Fue honesto al marcharse y no mentirle más. Todo irá bien».

Lucía miró al horizonte. Junto a una terraza, un hombre esperaba a Carmen, saludando con la mano. Ella se apresuró hacia él, y Lucía murmuró: «Todo irá bien».

Ese encuentro la cambió. El divorcio era dolor, pero no el final. La vida continuaba, y Lucía estaba lista para enfrentarla con fuerza renovada.

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