Cansado de la suegra y de la mujer
Aquella tarde vino a verme el hombre más callado y sufrido del pueblo, Andrés Martínez. Seguro que todos conocéis a alguien así: de esos que parecen hechos de roble y clavos, que andan erguidos con unas manos como palas, llenas de nudos y de historias. Mirada tranquila, profunda como el pantano en verano, y ni una queja sale de su boca jamás. Pase lo que pase ya sea arreglar un tejado o ayudar a la abuela Carmen con la leña ahí está Andrés, sin pedir nada y sin importar la hora.
Pues así fue, vino Madre mía, aún le veo en el umbral de mi consulta del ambulatorio. La puerta se abrió tan suave que casi pensé que era el levante y no persona de carne y hueso. Andrés, removiendo nervioso la boina en las manos, ni se atrevía a mirarme. Llevaba el abrigo empapado de la llovizna y las botas llenas de barro. Qué silueta encorvada, qué derrota en sus hombros hasta a mí el corazón me dio un vuelco.
Anda, pasa, Andrés, ¿qué haces ahí plantado como un poste? le solté yo cariñosa, y ya iba calentando el agua con tomillo, que hay penas que sólo un buen té puede curar.
Se sentó al borde de la camilla, sin alzar los ojos. Sólo se oía el reloj marcando, tic-tac, uno, dos Silencio de esos que cortan más que cualquier regañina, que lo llenan todo sin decir palabra. Le puse el vaso humeante entre las manos heladas. Se le movían tanto los dedos, que el té casi dejaba de ser líquido.
Fue entonces cuando vi descolgarse por esa mejilla recia una solitaria lágrima, masculina y pesada, como si pesara un kilo. Y después otra. No gimoteaba ni gritaba, no. Simplemente se le escapaban las lágrimas y se deslizaban entre la barba sin decir nada.
Me voy, Carmen susurró, tan bajito que casi no lo oigo. Ya está. No puedo más. No tengo fuerzas.
Me senté a su lado y le tapé las manos con las mías, tan ásperas como una lija de tanto lavar sábanas.
¿Y de quién te vas, Andrés?
De mis mujeres contestó, espeso como el caldo de cocido. De la mujer, de Encarnita y de la suegra. Me tienen amargao, Carmen. Como dos buitres. Haga lo que haga está mal. Si la sopa mientras Encarnita está en el campo: “te ha quedado salada, la patata ni la has pelado bien”. Que si clavo la estantería: “menudos chapuzas eres, los maridos de las vecinas sí que valen”. Si escarbo el huerto: “pues lo has dejado sin fondo, está lleno de hierbajos”. Día tras día, año tras año. Ni un halago, ni una sonrisa. Sólo el picorcillo constante, como ortigas detrás del cuello.
Bebió un sorbo.
Carmen, si yo sé cómo es esto Encarnita, pobrecilla, todo el día ordeñando vacas y lidiando con mulas; llega molida y de mala uva. La suegra, Filomena, que está ya con las piernas atrofiadas, todo el día sentada, malhumorada de verse limitada. Que lo entiendo. Me levanto antes que nadie, enciendo la chimenea, acarreando agua, el corral. Luego, mi trabajo. Y cuando vuelvo, más quejas. Si digo algo, protestan tres días. Si me callo, peor: “¿y ese qué calla? ¿Qué estará tramando?”. Que el alma también se cansa, Carmen. No es de piedra.
Miraba quieto al fuego de la estufa, y empezó a hablar, palabras atropelladas como una presa rota. Que ni le hablan a veces durante semanas, como si fuera invisible. Que le esconden la mermelada buena para comérsela ellas solas. Que por su cumpleaños le compró a Encarnita un pañuelo de buenos, con la paga extra, y ella se lo tiró al baúl: “mejor te habías comprado botas, que vas medio en andrajos”.
Y yo, mirando a ese hombretón, grandullón, que podría espantar un toro con la mirada y que ahora era puro cachorro apaleado y sin ruido, sentí un nudo en el pecho.
A ese hogar le puse yo hasta el último ladrillo susurró. Quería nido, familia, y tengo una jaula, y las aves dentro, picando todo el día. Hoy la suegra, otra vez: “esa puerta cruje, no me deja dormir, lo tuyo no tiene remedio”. Cogí el hacha pensé en arreglarla. Pero me quedé mirando al manzano y una idea negra, muy negra Menos mal que la espanté a tiempo. Metí el pan en el hatillo y vine aquí. Dormiré donde sea y por la mañana a la estación, hacia donde me lleve el tren. A ver si, cuando ya no esté, se acuerdan de mí y dicen una buena palabra. Cuando ya no les valga de nada.
En ese momento lo vi: no era sólo agotamiento. Era un grito desesperado, el último de quien está al borde del abismo. Había que actuar.
Mira, Martínez le dije con autoridad, poniéndome todo lo seria posible. Limpia esas lágrimas y escucha. ¿A dónde crees que vas? ¿Y ellas qué? ¿Encarnita sola puede con la casa? ¿La Filomena, con las piernas que ni la sostienen? Tú eres su sostén.
¿Y yo? dijo con amargura. ¿Quién es mi sostén, Carmen? ¿Quién me cuida?
¡Pues yo! contesté. Voy a cuidarte. Lo tuyo no es físico, Andrés. Lo que tienes es desgaste del ánimo agudo. Y el remedio es uno. Hazme caso: te vuelves a casa y, pase lo que pase, ni rechistes ni una vez. Te tumbas y te haces el dormido. Mañana voy yo a poner orden. Ni se te ocurra largarte.
Se lo pensó, pero en los ojos le asomó un chisporroteo de esperanza, tímido pero existente. Terminó de beber, asintió y salió, perdiéndose bajo la lluvia.
Yo me quedé al calor de la estufa, pensativa. ¿Qué clase de medicina doy yo si lo más importante, una palabra amable, nos da tanta pereza dárnosla unos a otros?
Al amanecer ya estaba picando en la reja de su casa. Encarnita me abrió con cara de perros y unas ojeras que daban miedo.
¿Qué se le ha perdido tan temprano, Carmen?
A ver a tu Andrés. Déjame pasar.
Frío de nevera, en la casa. Filomena, la suegra, arrugada en el banco con el chal, vigilando bajo ceño. Andrés estaba en la cama, tal cual le aconsejé, vuelto hacia la pared.
¡Si está más sano que un toro! bufó la suegra. Vaguería, eso es. Hay que darle trabajo.
Fui, le tomé el pulso, aunque me sobraba. Sus músculos tensos, su mirada sin vida.
Miré a las dos, severa.
La cosa está muy fea, muchachas. Tan fea que su corazón está como un laúd mal afinado a punto de romperse. Si no haceis algo, se queda hecho polvo y se os va. Y ahí os quedáis, solas de verdad.
La cara de Encarnita se descomponía a ojos vista, la mirada de Filomena se torcía. Protestaron, pero corté rápido:
Ayer partía leña, hoy se le parte el alma. Le habéis llevado al límite con vuestras quejas. ¿Pensabais que era de piedra? No. Necesita paz, muchos mimos y nada de trabajo. Le vais a cuidar como una reliquia. Si no, os lo lleváis a Madrid y, cuidado, que igual no vuelve entero
No tuve que decir más. El susto se les metió en los huesos, porque por mucho rezongar, Andrés era todo el muro donde se apoyaban. La idea de perderle las dejó temblando.
Encarnita se acercó a la cama y le tocó el hombro. Filomena seguía murmurando pero, por primera vez, no dijo más. Ya tenían tarea.
Me fui, confiando en que se darían cuenta a tiempo. Y funcionó.
Los primeros días, según me contó luego Andrés en secreto, reinaba un silencio de procesión. Pisando de puntillas y hablando bajito. Encarnita le traía caldo al cuarto, se lo dejaba y salía sin una palabra. Filomena, al pasar, le hacía la señal de la cruz rápido, como temiendo espantarlo.
Y poco a poco, se derritió el invierno del corazón. Una mañana, Andrés despertó con olor a manzanas asadas, de esas que su madre le hacía de niño, con canela. Encarnita, sentada al pie de la cama, pelaba una. Cuando vio que la miraba, se sonrojó.
Come, Andrés le dijo, suavito, que están calentitas.
Por primera vez en años, encontró en su mirada cuidado, no reproches.
Y a los días, la suegra le llevó unos calcetines de lana hechos a mano.
No te me vayas a resfriar, que estas corrientes del ventanuco protestó, pero sin veneno.
Andrés, mirando al techo, sintió por primera vez en siglos que no era un cero a la izquierda en su hogar, no sólo unos brazos forzudos. Era una persona a la que no querían perder.
Pasó una semana. Volví a pasar a verles y la casa había cambiado. Calor, olor a pan recién hecho. Andrés sentadito a la mesa, pálido aún, pero despierto, y con una media sonrisa. Encarnita le servía leche, Filomena le arrimaba una bandeja de empanada. No es que ahora fueran todo dulzura, no. Pero el ambiente gris, ese nublazo frío, había desaparecido.
Andrés me miró y me regaló una sonrisa tranquila y luminosa. De esas que hacen que se te caliente la barriga. Encarnita, viéndole, también se animó. Filomena se volvió al ventanuco, pero no pudo evitar limpiarse una lágrima con el borde del pañuelo.
Nunca más tuve que recetarles nada. Ya habían aprendido a curarse con cariño. No, no son una familia de cuento ni tampoco se abrazan cada día. Pero cuando Filomena saca el genio, un minuto después está preparando el té con madroños. Y Encarnita, tras una mala contestación, vuelve y le acaricia el brazo a Andrés. Ya no buscan defectos, buscan la persona.
Ahora, cuando paso junto a su casa, les veo muchas tardes en el poyete. Andrés picando madera, ellas pelando pipas. Y dentro de mí, una paz de las que huelen a pueblo y a vida sencilla. Porque la felicidad no está en palabras grandes ni regalos caros, sino en un anochecer tranquilo, la tarta de manzana, los calcetines de lana y saber que, pase lo que pase, eres imprescindible en tu casa.
Y luego me digo: a ver, ¿qué cura más, una pastilla amarga o una palabra buena y a tiempo? ¿No será mejor asustarse un poco, si eso nos abre los ojos y nos hace por fin valorar lo que tenemos?




