**Camino al corazón a través de las tormentas**
La vida de Lucía se desplomó como un castillo de naipes. El divorcio de su marido la dejó sin suelo bajo los pies, y recogiendo los pedazos de su pasado, regresó a su pueblo natal en las afueras de Cuenca. Su apoyo era su abuela Carmen, quien la adoraba a ella y a su hijo Pablo.
—Pablo es el vivo retrato de su padre, Raúl —decía Lucía con amargura, mirando al niño—. Lo único que me quedó de ese matrimonio, como un rayo de luz en la noche.
—Ya te lo dije, no te juntaras con ese golfo —refunfuñaba la abuela, meneando la cabeza—. Se le veía de lejos: inconstante y arrimado a la botella. Si empieza joven, solo empeora. Pero tú decías: «¡Amor, amor!», como si el sentido común se te hubiera ido.
—¿Y de qué sirve hablar ahora, abuela? —suspiró Lucía—. ¿Me lo recordarás toda la vida? Al menos tenemos a Pablo, y eso es lo importante.
—No te apures, mi niña —la abrazó Carmen, acercándola—. No diré más. Mira qué guapa eres, ¡de las que no hay! ¿Dónde va a encontrar otra como tú ese Raúl? Un necio, eso es lo que es.
—En el instituto, medio curso andaba detrás de mí —Lucía se alisó el pelo sin querer—, pero ahora no estoy para novios. No confío en nadie. Todos empiezan siendo cariñosos, y luego… —hizo un gesto con la mano.
—No todos son como tu ex —replicó Carmen—. Mira, por ejemplo, a Diego. ¿Recuerdas cómo se volvía loco por ti? Un chico de oro: trabajador, sin vicios. Y todavía está soltero. El único de tu clase que sigue libre —la abuela guiñó un ojo con picardía.
—Ay, abuela, no empieces —se defendió Lucía—. No quiero pensar en nadie. Tengo que preparar a Pablo para el cole, ordenar la casa. Mis padres se quedaron en Madrid cuando me fui con Raúl. Ahora soy la dueña de todo. Y también tengo que ayudarte…
—Ayudar está bien —asintió la abuela—, pero no te apures. Tómate tu tiempo. Yo estoy bien, con salud, setenta años no son nada. Con verte a ti y a Pablo ya soy feliz. Tus padres no os abandonarán, ya verás. Quizá al jubilarse vuelvan. Entonces viviremos todos juntos: vosotros en la casa grande y yo en mi casita al lado.
—Abuela, eres una lagarta —dijo Lucía, abrazándola fuerte y dándole un beso en la mejilla.
—Pero piensa en Diego —la abuela le dio un leve pellizco, como cuando era pequeña—. Hombres así no se encuentran en cualquier esquina.
Lucía llevaba tres meses en el pueblo. Diego, el tractorista del lugar, no perdía ocasión de verla. Como Carmen, creía que su matrimonio había sido un error del que aún no se recuperaba. No se sabía cuándo ni cómo se pusieron de acuerdo, pero cada poco coincidían en el supermercado o en Correos. Carmen le contaba en secreto cómo estaban Lucía y Pablo, lamentando que su nieta siguiera sola.
Diego se sonrojaba, suspiraba, pero temía otro rechazo. Viendo sus dudas, Carmen lo animaba:
—Ha cambiado, Diego. Ahora entiende las cosas. La belleza no lo es todo, y tú eres justo lo que necesita: formal, trabajador, cariñoso…
—Y poco agraciado —se burló Diego, pero en seguida se puso serio—. La sigo queriendo, Carmen. Todos estos años solo he pensado en ella.
La abuela se emocionó y prometió ayudarle.
—Pero no vayas rápido. No la apures. Solo lleva año y medio del divorcio. Dale tiempo —le aconsejó.
—¿Y si otro se la lleva? —se preocupó Diego—. Ya la perdí una vez. No quiero que pase otra vez. Haré lo que sea para que sea mía.
—Entonces escúchame —sonrió Carmen con astucia—. Ayúdala sin ser pesado. No le muestres tus sentimientos, mantén la compostura. Ya veremos.
—¡Vaya psicóloga está hecha, Carmen! —rio Diego—. ¿Funcionará de verdad?
—¡Claro que sí! —aseguró la abuela—. Y yo pondré una buena palabra por ti. Pero mira: si la lastimas, me partes el corazón.
Diego asintió, y un calor le recorrió el pecho, como si ya tuviera su bendición y el sí de Lucía.
La primavera avanzaba. En las huertas, los surcos negros esperaban las semillas, y las grajas paseaban con aire importante. Una mañana, Lucía oyó el rugido de un tractor frente a casa. Salió al patio en zapatillas, con solo una chaqueta vieja, y exclamó:
—¡Diego! ¿Qué es esto? ¿Para quién? —miró la caja llena de turba.
—¡Para ti, claro! —gruñó él, bajando del tractor—. La abuela lo pidió. Dijo que te lo trajera y punto. Abre la verja. Espera, ¿y esas zapatillas? ¡Ve a ponerte algo decente, que te vas a resfriar! —abrió él mismo el portón, entró cuidadosamente y dejó la turba junto a la valla.
—¿Cuánto te debo? —preguntó Lucía, buscando la cartera.
—Nada. A la abuela, como pensionista, le toca gratis. Guárdate el dinero —contestó él, sin apenas mirarla, y se marchó.
Al día siguiente, su hermano pequeño, Javier, repartió la turba por la huerta, sin aceptar un céntimo.
—Con mi hermano tengo cuentas pendientes —dijo, evasivo—. Si dice que no cobre, no cobro.
—¿Pero esto qué es? —exclamó Lucía—. ¿Me han nombrada veterana de guerra? ¿Esto es comunismo o qué?
Carmen confirmó las palabras de Diego, radiante de satisfacción.
—Ahora tienes la huerta lista. La turba la dejará suelta y fértil para años. Planta lo que quieras.
Una semana después, Diego trajo un camión de estiércol, dejándolo tras el jardín y tapándolo con plástico.
—Que se quede —dijo serio—. Alégrate de que sea gratis.
—Gracias, Diego —sonrió Lucía—. No sabía que eras tan apañado. ¿Quieres entrar a un café? Hice magdalenas.
Diego casi salta de alegría, pero recordando los consejos de Carmen, contestó con calma:
—Otro día. Tengo mucho trabajo. Toma, esto para Pablo —le dio una tableta de chocolate—. Todos me dan dulces, y yo no como. No sé dónde meterlos.
Lucía lo miró con afecto, aceptando el regalo.
—Gracias. La abuela, Pablo y yo te esperamos cuando puedas.
Diego volvió a casa tarareando en el tractor. Su corazón cantaba de felicidad. Y Carmen notaba cómo Lucía se ablandaba. Evitaba hablar de Diego, pero sonreía cuando su nieta mencionaba su generosidad.
Pronto aparecieron montones de arena y después grava frente a la casa. Los vecinos cuchicheaban:
—¡Vaya ama de casa! Le ha ganado la partida a cualquiera. ¿Se habrá puesto a reformar? ¡Buena chica!
—Pero sola es difícil —susurraban las ancianas—. Necesita un marido.
Cuando Diego trajo la grava, Lucía solo alzó las manos:
—¿Esto también es por la abuela?
Ya lo entendía todo, conteniendo una sonrisa. Su corazón latía fuerte al ver la satisfacción de Diego.
—Ya basta de traer «privilegios de la abuela» —rió—. ¡No cabe más!
—Si te lo dan, ac—Si te lo dan, acéptalo —contestó él, mirándola con ternura—. La grava servirá para arreglar el camino, y el fin de semana vendré a rellenar los baches.




