Mi madre me ha dado el anillo de mi abuela. El anillo no es precisamente una joya antigua de esas que tienen encanto. Es un diseño feo (si es que puede llamarse diseño) y, además, me queda grande. Nunca lo llevaría puesto. Pensando que ya era mío, decidí que podía hacer lo que quisiera con él, así que fui a una joyería de Madrid y, poniendo algunos euros de más, lo cambié por otro que verdaderamente me gusta.
Llamé a mi madre, muy contenta, para contarle mi nueva adquisición, pero lo que recibí fue una bronca enorme.
¿Cómo has podido hacerlo? ¿Cómo vendiste el anillo sin consultarme? me gritó. Ese anillo no es solo una joya; es un recuerdo. Una reliquia familiar.
Intenté explicarle que, siendo mío, yo tenía derecho a decidir qué hacer con él, pero fue inútil. Mi madre ni siquiera me escuchaba. Al final de la conversación, nos despedimos bastante frías. Pasó un rato y, aunque me llamó más tarde, yo estaba aún enfadada y no respondí. Luego me escribió un mensaje. Resulta que aquel dichoso anillo no era realmente un regalo, sino que lo tenía tan solo en custodia; no podía hacer nada con él. ¿Para qué lo quería entonces? Me parece una situación absurda. Es raro que mi madre actúe así. Quiero decir, o se regala algo, o no se regala. Además, mi abuela sigue viva, y la relación entre nosotras, tanto con ella como con mi madre, tiene sus tensiones. ¿Eso es una reliquia?
Leí esta historia ayer en el muro de Facebook de una conocida y me atrapó tanto que tenía que comentarla. Personalmente, no podría deshacerme de una reliquia familiar así. Aunque no sea una joya espectacular, es parte de la historia familiar. No importa la relación que haya. Aunque nadie la luzca, sigue siendo una pieza rara. Y seguro que las generaciones futuras se interesarán en ver qué piezas llevaban sus antepasados. Quién sabe lo que estará de moda; todo vuelve. Para una hija, será un recuerdo de su madre cuando falte. Y también de la abuela.
Pero esta chica ha optado por cambiarlo por una joya moderna. Ya no mencionemos la calidad del oro actual. Si acaso, siempre está la opción de pedir a un joyero que adapte la pieza antigua. Así, se mantiene el recuerdo y la joya deja de estar guardada sin uso. Puede seguir deslumbrando y pasar de mano en mano, manteniendo su historia.
Si no, siempre puedes comprar una joya para ti y dejar el anillo antiguo tranquilo.
Yo, sinceramente, entiendo perfectamente el enfado de la madre. Para ella ni siquiera era concebible que su hija no comprendiera que aquello era un recuerdo y había que conservarlo. Incluso los regalos más normales queda feo venderlos o regalarlos sin más, y aquí hablamos del anillo de la abuela.
Por otro lado, entiendo también a la chica. Quizás simplemente ella no es de las que se apegan a las cosas. Prefiere los objetos útiles frente a los que solo sirven para guardar. Al final, en los rastros de España hay montones de objetos que a menudo acaban como recuerdos familiares que nadie quiere. ¿No sería mejor vivir el presente, sin atarse a historias familiares? Si ella no lo siente, si no necesita esa memoria, ¿deberíamos reprochárselo? Al final, la madre tampoco supo transmitirle ese valor sencillo.







