Cambio de suerte

¡Ay, qué historia tan bonita! Te la cuento adaptada a nuestra tierra, con toda la esencia española.

Natalia Martín salió del portal y se detuvo un momento. Entrecerró los ojos, miró al cielo para calcular si llovería y solo entonces saludó a las vecinas sentadas en el banco con un leve gesto de cabeza. Siguió caminando, erguida, con la barbilla levantada. Las mujeres, que habían callado al verla, empezaron a cuchichear y a lanzarle miradas oscuras.

Nadie sabía exactamente cuántos años tenía Natalia. Ya jubilada, llevaba el pelo canoso con un corte moderno, los ojos discretamente maquillados y una figura envidiable, sin barriga ni arrugas de más. Unas decían que tendría sesenta, otras que poco más de cincuenta. Las más envidiosas aseguraban que pasaba de los setenta y que su buen aspecto se debía a la cirugía.

“¿Y por qué iba a estar mal? Su marido era decente, no bebía ni la maltrataba. Se fue con una más joven, pero sin dramas. Su hijo único no le da problemas, ni nietos, ni perro que ladre… Vamos, que vive como una reina”, comentó una.

“¿Tú? ¿Reina? Me partes, Eulalia”, se rió otra dándole un codazo.

“¡Pues mira que no! Si mi Paco dejara la botella, igual hasta yo salía por ahí elegante como ella”, contestó Eulalia levantando la nariz.

Las vecinas soltaron la carcajada.

“Oye, que Julián no le quita ojo. Hasta dejó de podar los rosales”, susurró una.

“Que no se haga ilusiones. Con esa mujer no va a llegar lejos”, suspiró otra.

“¿Y qué tiene de malo Julián? No bebe, no fuma, y con esas manos lo arregla todo”, defendió una tercera.

“Pero bueno, ¿tan mala sangre tenéis? Dejad a Natalia en paz. No seáis envidiosas”, intervino el propio Julián antes de volver a sus tareas.

Natalia intuía que hablaban de ella. Captaba frases sueltas, notaba las miradas cargadas de rencor. Pero hacía tiempo que las chismorreos le resbalaban.

Su vida no había sido perfecta, como la de cualquier mujer. Su marido, guapo y atractivo, hacía suspirar a medio barrio. Sufrió lo indecible por sus infidelidades, y cuando al fin se fue, casi se muere de pena. Pero por su hijo, Adrián, supo reponerse. Desde entonces, ningún hombre había vuelto a cruzar su puerta.

Adrián, ya cerca de los treinta, seguía soltero. A Natalia le preocupaba. ¿Era normal que un hombre adulto viviera con su madre? No es que le faltaran novias, pero nunca llegaban al altar.

La verdad es que a Natalia ninguna le convencía. Pero se mordía la lengua. Sabía que los reproches solo alejarían a su hijo. Así que aguantó. Los romances pasaban, unos por decisión de Adrián, otros porque ellas se cansaban.

Hubo una con la que casi se casa. Buena chica, agradable. Natalia no puso peros. Adrián fue a conocer a los suegros… y voltó destrozado. El padre era un borracho que maltrataba a su mujer hasta enfermarla. En la cena, el hombre empezó a dar lecciones, a amenazar… Casi llegan a las manos.

“Mamá, ¿qué hago? La quiero, pero ¿cómo lidiar con esa gente?”, preguntó Adrián.

“Poco se puede hacer. Los padres no se cambian como los zapatos. Si estás dispuesto a soportarlos, adelante”, contestó Natalia.

Se separaron, para su alivio.

Tras un paseo, Natalia leyó un rato, echó una siesta y se puso a preparar la cena, mirando de reojo el reloj. Adrián tardaba. “Seguro que anda otra vez enamorado”, pensó. Y así fue. Llegó acompañado.

“Mamá, te presento a Mireia. Mireia, esta es mi madre, Natalia Martín”, dijo Adrián.

Natalia la miró… ¡Dios mío! Ojos azules como el mar, hoyuelos en las mejillas… Esa sí que era para casarse. Bueno, ya era hora.

“¿Por qué no avisaste? Habría hecho algo especial”, se quejó Natalia.

“Todo lo que cocinas es especial”, sonrió Adrián abrazándola.

“Cuando me adulas, es que quieres algo”. Le dio un suave pellizco en la frente. “Lavaos las manos, que cenamos”.

Desde la cocina, Natalia oía risas y juegos en el baño. Regresaron sonrojados. La mesa estaba puesta, los cubiertos brillaban, el té humeaba. Todo en orden.

Por la mirada culpable de Adrián, supo que había sorpresa.

“Dímelo ya, no me hagas sufrir”, pidió, harta del suspense.

Adrián respiró hondo y soltó: “Mañana me voy de acampada con los amigos. Mireia viene”.

“Me parece estupendo. En el campo se conoce a la gente. Y que tus amigos la traten bien”, dijo Natalia, aunque intuyó que había más.

“¿Podrías cuidar de la niña? Tiene seis años, no da guerra”. Hizo una pausa. “Será un grupo de adultos, mosquitos… No es plan para ella”.

“¿De quién es la niña?”, preguntó Natalia, sabiendo la respuesta.

“Ahí está. ¿Dónde encuentra a estas? Primero una llena de tatuajes, luego padres borrachos, y ahora… ¡con una hija! No parece tener más de veinticinco. Vaya generación”, pensó.

“Mía”, contestó Mireia sin bajar la vista.

“Firme, sin desafío ni miedo. Interesante”, anotó mentalmente Natalia.

“Pues no puedo. No sé tratar con niños. Tengo planes. Además, responsabilidad…”, empezó a excusarse.

“¡Venga ya! ¿Qué planes? Pasear. Pues pasearás con Alba”, insistió Adrián.

“Nombres más raros…”, refunfuñó Natalia.

“No hace falta”. Mireia posó su mano sobre la de Adrián y miró otra vez a Natalia, seria, directa.

“Dos días, mamá. Volvemos el domingo”, insistió Adrián. Mireia bajó la mirada.

“No pone ojitos, no monta escena. Deja que él hable. Buen punto”, pensó Natalia.

“Bueno… vale”, cedió al fin.

“¡Eres la mejor madre del mundo!” Adrián le plantó un beso en la mejilla. “Mañana a las seis te la dejamos”.

“¿Tan temprano? ¿Y yo…?”, protestó la “mejor madre”.

No pudo pegar ojo. ¿Por qué había aceptado? Su vida tranquila se iba al traste. Ruido, líos, responsabilidad…

Se levantó al amanecer y preparó gachas. Adrián fue a buscar a Mireia y a la niña.

Al abrirse la puerta, Natalia vio a Mireia con ropa de montaña y una mochila. A su lado, una niña de trenzas, abrazando una muñeca. Ojos azules, como los de su madre, pero asustadizos. A Natalia se le encogió el corazón.

“Aquí tiene ropa por si acaso”, dijo Mireia dejando la bolsa.

“Nos vamos, mamá”. Adrián empujaba a Mireia hacia la puerta. Esta lanzó una última mirada suplicante.

“Id tranquilos. Todo irá bien”, dijo Natalia con un gesto de despedida.

“Pasa, pequeña. No tengas miedo. Me llamo Natalia Martín. ¿Lo recuerdas?”.

La niña asintió y miró alrededor. Poco a poco, ambas se soltaron. Mientras fregaba, Natalia oía a Alba hojear un viejo cuento de Adrián.

“¿Te lo leo?”, preguntó sentándose juntoLa niña sonrió tímidamente, apoyó la cabecita en su hombro, y Natalia supo entonces que su vida solitaria se había llenado, al fin, de risas y abrazos.

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