“¡Calvo, despierta!” – Mi marido solía despertarme por las mañanas. El año pasado decidí hacer algo que nunca antes me había planteado. Empecé a notar que tenía granitos por toda la cabeza, como un sarpullido, el cuero cabelludo me picaba muchísimo y además se me caía el pelo. Las visitas al dermatólogo y al tricólogo no dieron resultado. La doctora me desaconsejó entonces tomar vitaminas, asegurando que no sirven para nadie. Más tarde, leí un artículo donde decían que raparse totalmente fortalece los folículos capilares. Me lo pensé durante mucho tiempo antes de dar el paso. Incluso cuando mi hijo me dijo que le daría miedo verme calva, decidí hacerlo igualmente… Le pedí a mi marido que primero pasara la maquinilla de cortar por mi cabeza, y después la de afeitar. Él obedeció pero no se creía que realmente quisiera hacerlo. Al final, cuando me miré al espejo, me sorprendió descubrir que tenía un cráneo perfecto. Lo peor fue salir a la calle con la cabeza descubierta de frío, y cuando el pelo empezó a crecerme, notaba cómo se pegaba a la almohada, lo que era muy incómodo. Desde que mi marido me afeitó la cabeza, empezó a despertarme por la mañana diciendo: “¡Calvo, despierta!”, lo que me hacía reír a carcajadas, ya que ahora era la más calva de toda la familia. Al principio, mis hijos se sorprendieron, pero luego mi hijo decidió parecerse a mí. Mi madre me dijo que no fuera a verla hasta que me creciera el pelo, porque no podía soportar verme así. Mi hija me pidió que no fuera a ninguna reunión del colegio sin gorro, y mi marido, con toda la calma, afirmó que si iba sin él, todo el mundo se olvidaría de a qué había ido y que las compañeras de mi hija me envidiarían por ser una madre tan estilosa. Tras afeitarme la cabeza, los granitos desaparecieron solos. Mi hija no deja de reírse y dice que no sabe qué esperar de mí. Un día la oí diciéndole a su hermano que cree que acabaré haciéndome un tatuaje en la cabeza calva.

¡Calva, despierta! Así solía despertarme por las mañanas mi marido, en aquella casa antigua de Salamanca cubierta de sueños lejanos.

El año pasado decidí hacer algo insólito, algo que nunca habría cruzado mi mente mientras paseaba distraídamente por la Plaza Mayor. Un tiempo atrás habían brotado diminutas colinas por todo mi cuero cabelludo, como si la meseta castellana hubiese comenzado a extenderse sobre mi cabeza. Sentía unos picores tan intensos como el sol de agosto, y mi melena comenzó a quedarse en la almohada como si fuera arena escurriéndose entre los dedos.

Visité a dermatólogas y a esos sabios llamados tricólogos, pero salía de las consultas igual que entraba, solo un poco más confundida y con el bolsillo más ligero de euros. Un día, en aquellas tardes eternas en las que el viento arrastra viejas revistas por el barrio del Oeste, leí que raparse podía devolver fortaleza a los folículos, como si removerlas les devolviera la savia. Medité mucho tiempo bajo la sombra de los plátanos del parque de los Jesuitas; incluso después de que mi hijo, temeroso, me confesara que soñaba con no reconocerme calva. Al final, me lancé, como quien se tira a la fuente de la Universidad a medianoche.

Le pedí a mi marido Mateo que pasara primero la maquinilla y luego la cuchilla por mi cabeza, como si fuera a tallar una escultura de mármol. Mateo fue a por la máquina, incrédulo, moviéndose por el pasillo como si navegara por niebla. Cuando terminó y me planté frente al espejo antiguo del baño, descubrí que bajo el pelo tenía un cráneo admirable, ovalado y sin asperezas, como las cúpulas doradas de San Esteban.

Lo más complicado era el aire helado que se colaba entre las tejas y erizaba el poco pelo que brotaba, pegándose después a la tela de la almohada de una forma extrañamente pegajosa y molesta.

Desde ese día, Mateo comenzó a despertarme cariñoso: ¡Calva, despierta!, y a mí me entraban unas carcajadas tan redondas como campanas, porque ya nadie podía competir conmigo en calvicie en nuestra familia. Mis hijos primero se asustaron, pero pronto mi hijo Diego decidió que quería parecerse a mí; las rarezas en casa son contagiosas como la lluvia de abril.

Mi madre, doña Jacinta, me rogaba entre suspiros que no la visitara hasta que recuperara el cabello, pues temía no soportar verme así. Mi hija Carmen me suplicaba que no fuera sin gorro a las reuniones escolares, y Mateo con su tranquila ironía de zamorano decía que, si lo hacía, los padres olvidarían el motivo del encuentro y que las amigas de Carmen me envidiarían por mi estilo rompedor.

Al poco de raparme, las colinas desaparecieron, como si la Meseta ahora estuviera en calma. Carmen nunca deja de reírse y asegura que nunca sabe qué esperar de mí. Una tarde, entre sueños y realidades, oí a Carmen musitarle a Diego que seguro acabaría tatuándome alguna imagen de Don Quijote en la calva, como si la cabeza fuera el mapa de un sueño aún por escribir.

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MagistrUm
“¡Calvo, despierta!” – Mi marido solía despertarme por las mañanas. El año pasado decidí hacer algo que nunca antes me había planteado. Empecé a notar que tenía granitos por toda la cabeza, como un sarpullido, el cuero cabelludo me picaba muchísimo y además se me caía el pelo. Las visitas al dermatólogo y al tricólogo no dieron resultado. La doctora me desaconsejó entonces tomar vitaminas, asegurando que no sirven para nadie. Más tarde, leí un artículo donde decían que raparse totalmente fortalece los folículos capilares. Me lo pensé durante mucho tiempo antes de dar el paso. Incluso cuando mi hijo me dijo que le daría miedo verme calva, decidí hacerlo igualmente… Le pedí a mi marido que primero pasara la maquinilla de cortar por mi cabeza, y después la de afeitar. Él obedeció pero no se creía que realmente quisiera hacerlo. Al final, cuando me miré al espejo, me sorprendió descubrir que tenía un cráneo perfecto. Lo peor fue salir a la calle con la cabeza descubierta de frío, y cuando el pelo empezó a crecerme, notaba cómo se pegaba a la almohada, lo que era muy incómodo. Desde que mi marido me afeitó la cabeza, empezó a despertarme por la mañana diciendo: “¡Calvo, despierta!”, lo que me hacía reír a carcajadas, ya que ahora era la más calva de toda la familia. Al principio, mis hijos se sorprendieron, pero luego mi hijo decidió parecerse a mí. Mi madre me dijo que no fuera a verla hasta que me creciera el pelo, porque no podía soportar verme así. Mi hija me pidió que no fuera a ninguna reunión del colegio sin gorro, y mi marido, con toda la calma, afirmó que si iba sin él, todo el mundo se olvidaría de a qué había ido y que las compañeras de mi hija me envidiarían por ser una madre tan estilosa. Tras afeitarme la cabeza, los granitos desaparecieron solos. Mi hija no deja de reírse y dice que no sabe qué esperar de mí. Un día la oí diciéndole a su hermano que cree que acabaré haciéndome un tatuaje en la cabeza calva.