Cada uno por su lado
Mamá, no te imaginas la situación que hay ahora en el mercado Javier deslizaba los papeles impresos entre sus manos, montando pequeñas torres y extendiéndolos en abanico sobre la mesa de la cocina. Los precios no paran de subir, cada semana. Si no damos ya la entrada, nos quitan el piso de las manos.
Estrella acercó a su hijo una taza de té que ya se había enfriado y tomó asiento frente a él. Sobre los folios asomaban planos, cifras y cuadros de amortización. Tres habitaciones en una promoción nueva, un cuarto propio para Rodrigo y Martina. Por fin, espacio para todos.
¿Cuánto os falta?
Ciento veinticinco mil euros Javier se frotó el puente de la nariz. Sé que es mucho. Pero Lucía ya no puede más, los niños crecen y seguimos repartidos de alquiler en alquiler…
Estrella miraba a su hijo y veía aún al chiquillo que le traía ramos de margaritas silvestres. Treinta y cuatro años, dos hijos, y la misma arruguita entre las cejas de cuando no hacía los deberes en el colegio.
Tengo ahorros, hijo. Están en la cuenta.
Mamá, te lo devolveré, de verdad. En cuanto se asiente todo, empiezo a devolvértelo poco a poco.
Ella le cubrió la mano con la suya, gastada tras años de cocina y limpieza.
Javier, esto es por los nietos. No hay nada que devolver. La familia es siempre lo primero.
En la sucursal del banco, Estrella completaba los formularios con la caligrafía pulcra que le había dado treinta años de administrativa. Ciento veinticinco mil eurosprácticamente todo lo que había ahorrado tantos años. Para cualquier problema, para un día negro, para un por si acaso.
Javier la abrazó fuerte, justo en la ventanilla, sin fijarse en la cola de clientes.
Eres la mejor, de verdad. No lo olvidaré nunca.
Ella le dio unas palmaditas en la espalda.
Anda, vete ya. Que Lucía seguro te espera.
…Los primeros meses tras la mudanza se convirtieron en un carrusel de viajes a través de Madrid. Estrella llegaba con bolsas del supermercadopollo, arroz, aceite, petit suisses para los niños. Ayudaba a Lucía a colgar cortinas, montar muebles, quitar restos de obra de las ventanas.
¡Rodrigo, cuidado con la caja de herramientas! gritaba mientras colgaba visillos y explicaba a su nuera cómo preparar cocido madrileño.
Lucía asentía, atenta al móvil. Javier solo aparecía por las noches, agotado del trabajo, cenaba rápido lo que su madre cocinaba y desaparecía en la nueva habitación.
Gracias, mamá decía de pasada. ¿Qué haríamos sin ti?
…Pasado medio año, el móvil mostró ese número conocido.
Mamá, pasa una cosa… Este mes la cuota de la hipoteca coincide con la reparación del coche. Nos faltan nueve mil euros.
Estrella transfirió el dinero, sin hacer preguntas. Bastante tenían los jóvenes, lo comprendía. Adaptarse a los nuevos gastos, con niños pequeños, trabajos exigentes. Ya se asentarían. O no. Realmente, cuando se trata de los tuyos, ¿qué importa?
Los años pasaron más rápido que el agua entre los dedos. Rodrigo cumplió siete, y Estrella le regaló el juguete de construcción que llevaba medio año pidiendo. Martina daba vueltas en un vestido rosa salpicado de purpurina, idéntico al que llevaba su princesa favorita de la tele.
¡Abuela, eres la mejor! gritó Martina, colgada de su cuello, olorosa a colonia y caramelos.
Cada fin de semana, Estrella se llevaba a los niños, o bien los llevaba a ver una obra de teatro, al Retiro, a la pista de hielo. Les compraba helados, cuentos, juguetes. Los bolsillos de su abrigo viejo iban siempre a rebosar de chuches y toallitas.
Cinco años en esa generosa, voluntaria esclavitud. Dinero para la hipoteca: mamá, este mes estamos muy justos. Días de baja con los nietos: mamá, no podemos pedir permiso en el trabajo. Las compras de la semana: mamá, ya que vas tú al súper….
El gracias se escuchaba cada vez menos…
…Aquella mañana, miró los desconchones del techo de su cocina. Las manchas de humedad se extendían como una telaraña por la escayola. El vecino la había inundado y ahora no podía vivir allí.
Marcó el número de Javier.
Javi, necesito ayuda con la reforma. Me han inundado y no sé cuándo el seguro va a pagarme…
Mamá interrumpió él. Entiéndeme, ahora mismo tengo otras prioridades. Los críos tienen talleres, extraescolares, Lucía se ha apuntado a esos cursos…
No pido mucho, solo que me ayudes a encontrar una cuadrilla o a…
No tengo tiempo para esas cosas, mamá, de verdad. Ya lo hablaremos, ¿vale? Te llamo cuando pueda.
Tuut… tuut…
Estrella apoyó el móvil sobre la mesa. En la pantalla, una foto de las pasadas Navidades: ella misma, Rodrigo, Martina. Todos sonriendo.
El dinero que él pedía sin pensárselo dos veces. Los fines de semana entregados a sus nietos. Ese tiempo, aquel esfuerzo, todo ese amor: fueron antes. Ahora, había otras prioridades.
Una gota del techo le cayó fría en la mano.
Al día siguiente, fue Lucía quien llamó, algo inusual, y Estrella sintió un escalofrío antes incluso de escuchar su voz.
Señora Estrella, Javier me ha contado lo de ayer sonaba molesta. Tiene que entender que cada uno debe resolver sus propios problemas. Nosotros nos ocupamos de nuestro piso, pagamos la hipoteca
Estrella casi soltó una carcajada. Hipoteca, la misma que ella había salvado cada tres meses. Y aquella entrada, compuesta casi entera de sus ahorros.
Por supuesto, Lucía contestó tranquila. Cada uno a lo suyo.
Así está bien. Que Javier pensaba que se había ofendido con usted. No estará ofendida, ¿verdad?
No. En absoluto.
Tuut… tuut…
Estrella dejó el móvil sobre la mesa y lo miró largamente, como si fuera un insecto exótico. Se asomó a la ventana pero se apartó enseguida: tras el cristal polvoriento no había consuelo alguno.
Las noches se alargaban como cuentas de un rosario de insomnio. Estrella recordaba cada gesto de los últimos cinco años.
Todo lo había hecho ella. Había criado en Javier la certeza de que la madre es un pozo inagotable.
A la mañana siguiente, llamó a una inmobiliaria.
Quisiera vender una finca con casa en la sierra de Madrid. Seis mil metros, luz eléctrica. Todo en regla.
Era el chalé que Estrella y su difunto marido levantaron a lo largo de veinte años. Los manzanos que ella plantó estando embarazada de Javier. El porche donde pasaron tantos veranos.
Un mes después, encontró comprador. Firmó los papeles evitando pensar en lo que dejaba atrás. El dinero llegó a la cuenta y lo repartió metódicamente: arregló su piso, abrió un nuevo depósito de ahorros y dejó una pequeña reserva, por si acaso.
Una cuadrilla de albañiles empezó las obras en su piso la semana siguiente. Estrella eligió por sí misma los azulejos, el papel, los grifos. Por primera vez en años gastaba su dinero en ella, sin pensar en ese para los demás.
Javier no llamó. Ni dos, ni cuatro, ni seis semanas. Estrella tampoco.
El primer mensaje llegó cuando terminaron las obras. La cocina brillaba, las ventanas ya no temblaban con el viento y las tuberías no exhalaban ya óxido ni quejas.
Mamá, ¿cómo que ya no pasas por aquí? Martina me lo ha preguntado.
He estado ocupada.
¿Con qué?
Con mi vida, Javier. Con mi vida.
Volvió por la casa una semana después. Llevó a los nietos un libro a cada uno, buenos regalos, pero sin el derroche de antes. Tomó té dos horas, hablando de tiempo y deberes de Rodrigo. Rechazó la invitación a cenar.
Mamá, ¿te quedas el sábado con los niños? Lucía y yo
No puedo. Tengo planes.
Estrella notó el asombro en la cara de su hijo. Él aún no entendía. Pero pronto empezaría a hacerlo.
Los meses pasaron, y la ausencia de abuela gratuita, niñera ni salvavidas económico, comenzó a pesar. Sin las transferencias maternas, la hipoteca engullía un tercio del sueldo familiar. Sin abuela de guardia, no había con quién dejar a los niños.
Estrella, entretanto, abrió una cuenta de ahorros a plazo fijo. Se compró un abrigo nuevobueno, abrigado, sin rebajas. Se fue quince días de balneario. Se apuntó a clases de marcha nórdica.
Recordaba como los padres de Lucía siempre se mostraban reservados. Felicitaciones educadas en los cumpleaños, visitas de compromiso cada dos meses. Ningún dinero. Ningún sacrificio. Ninguna exigencia de su hija.
Quizás, pensó Estrella, siempre tuvieron razón.
Las visitas con los nietos se volvieron algo distante. Llevaba un obsequio, hablaba de los compañeros, del cole, y se marchaba pronto. Sin pasar la noche, sin llevarse a los niños el fin de semana.
Un día Rodrigo le preguntó:
Abuela, ¿por qué no nos llevas más al parque?
Ahora la abuela tiene cosas que hacer, Rodrigo.
El pequeño no lo entendía. Pero en el umbral, Javier parecía empezar a comprender.
Estrella volvía a su piso recién reformado, con olor a pintura y muebles nuevos. Preparaba un buen té, se sentaba en el sillón comprado con el dinero de la finca vendida.
¿Remordimiento? Sí, a veces, por la noche. Pero cada vez menos. Porque Estrella había aprendido por fin una sencilla verdad: querer no supone sacrificarse siempre. No cuando nadie valora, ni agradece, ni siquiera se da cuenta.
Eligió dedicarse a sí misma. Por primera vez en treinta y cuatro años de ser madre.







