Cada uno a lo suyo —Mamá, no te imaginas cómo está el mercado ahora mismo —Maxim pasaba nervioso hojas impresas, a veces ordenándolas en una pila perfecta, otras extendiéndolas en abanico sobre la mesa de la cocina—. Los precios suben cada semana. Si no damos ahora la entrada, nos quitan este piso de las manos. Lidia deslizó una taza de té frío hacia su hijo y se sentó enfrente. En los papeles se veían planos, cifras, gráficos de amortización. Un piso de tres habitaciones en obra nueva; por fin un cuarto para Timoteo y Sofía, habitaciones separadas como siempre habían soñado. —¿Cuánto os falta? —Ochocientos veinte mil —Maxim se frotó el ceño—. Sé que es mucho. Pero Anabel ya está desesperada y los niños crecen… seguimos de alquiler en pisos cutres… Lidia veía ante sí al mismo niño que le traía ramos de dientes de león: treinta y dos años, dos hijos, y la arruguita entre las cejas seguía igual que cuando sufría porque no había hecho los deberes. —Tengo unos ahorros. Guardados en la cuenta. —Mamá, te los devuelvo, te lo prometo. En cuanto todo se estabilice, empezaré a devolvértelo. Lidia le cubrió la mano con la suya, endurecida por años de cocina y limpieza. —Maxim, esto es por los nietos. No vamos a hablar de devolver. La familia está antes que cualquier dinero. En la sucursal, Lidia rellenó los formularios con letra perfecta, pulida tras treinta años de contable. Ochocientos veinte mil euros, casi todo lo que había juntado todos estos años. “Para lo que pueda pasar”, “por si acaso”. Maxim la abrazó fuerte en la ventanilla, sin preocuparse por la cola. —Eres la mejor, mamá. De verdad. No lo olvidaré. Lidia le dio unas palmaditas en la espalda. —Anda, vete ya; que Anabel estará esperando. …Los primeros meses tras la mudanza se confundieron en un torbellino de trayectos a través de todo Madrid. Lidia llegaba con bolsas del Mercadona: pollo, arroz, aceite, yogures para los niños. Ayudaba a Anabel a colgar cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de obra. —¡Timoteo, cuidado con las herramientas! —gritaba mientras colgaba cortinas y explicaba a la nuera cómo se cocinan las albóndigas de la abuela. Anabel asentía, móvil en mano. Maxim sólo aparecía por las noches cansado, cenaba deprisa y se perdía en la habitación. —Gracias, mamá —decía casi de paso—. No sé qué haríamos sin ti. …Medio año después, un número conocido en la pantalla. —Mamá, verás… La cuota de la hipoteca coincide este mes con la reparación del coche. Nos faltan treinta y cinco mil. Lidia hizo la transferencia. Los jóvenes tienen que adaptarse, pensó, los niños son pequeños, el trabajo estresante. Ya lo devolverán. O no. Qué más da, cuando es familia. Los años pasaron volando. Timoteo cumplió siete y Lidia le regaló el Lego que llevaba meses pidiendo. Sofía giraba contenta con un vestido rosa de brillantes, igualito al de una princesa de dibujos. —¡Abu, eres la mejor! —Sofía se colgó de su cuello, oliendo a colonia infantil y caramelos. Cada fin de semana Lidia recogía a los nietos, los llevaba al Retiro, al teatro, al parque de atracciones, a la pista de hielo. Siempre con bolsillos repletos de chuches y toallitas. Cinco años de esta generosa cárcel voluntaria. Dinero para hipoteca: “mamá, este mes muy justo”. Bajas con los niños: “no podemos faltar al trabajo”. Compras: “mamá, ya que vas al súper…”. Las gracias, cada vez más escasas… …Aquella mañana, Lidia miraba las manchas de humedad en el techo de su cocina. Se había inundado, la casa inhabitable. Llamó a su hijo. —Maxim, necesito ayuda con una reforma. Sufrí una gotera y hasta que me paguen… —Mamá —la interrumpió—, entiéndelo, ahora tengo otras prioridades. Los críos con las actividades extraescolares, Anabel ha empezado unos cursos… —Sólo pido ayuda para encontrar un albañil, o al menos… —No tengo tiempo, mamá, ni para detalles así —repitió Maxim, como si no escuchara—. Ya lo hablaremos, ¿vale? Nos llamamos. Tono de llamada… Lidia dejó el móvil sobre la mesa. Apareció la foto del último Año Nuevo: ella, Timoteo, Sofía. Todos sonriendo. Ese dinero que él cogía sin pensar. Aquellos fines de semana regalados a sus nietos. Aquella entrega, amor, tiempo… todo era “antes”. Ahora, “otras prioridades”. Una gota fría cayó del techo sobre su mano… Al día siguiente fue Anabel quien llamó, algo inusual. —Lidia, Maxim me ha contado la conversación. Entenderá que cada uno debe resolver sus propios problemas, ¿verdad? Nos encargamos solos de nuestra hipoteca… A Lidia casi le entró la risa. ¿La hipoteca? La que ella había estado tapando cada tercer mes. El anticipo, prácticamente pagado por ella. —Por supuesto, Anabel —respondió, firme—. Cada uno a lo suyo. —Así mejor. Es que Maxim creía que estabas ofendida. ¿A que no? —No, en absoluto. Tono de llamada… Lidia se quedó mirando el móvil como si fuese un insecto extraño. Miró por la ventana, pero tras el cristal polvoriento no había nada que le consolara. Las noches, largas y oscuras, la atrapaban repasando los últimos cinco años como cuentas de un rosario. Ella misma lo había creado. A mano, había construido en su hijo la seguridad de que su madre era un pozo sin fondo. Por la mañana, llamó a una inmobiliaria. —Quiero poner en venta mi parcela con chalet. Seis áreas, zona de la Sierra, luz conectada. La casa de campo que había levantado con su marido durante dos décadas. Los manzanos plantados embarazada de Maxim. El porche de tantos veranos. Encontró comprador en un mes. Sin pensar en lo que estaba vendiendo, firmó, y distribuyó el dinero: reformas en casa, nuevo depósito a plazo, un pequeño fondo para imprevistos. Al poco entró la cuadrilla de reformas. Lidia eligió azulejos, papel, grifos. Por primera vez en años, gastó en sí misma sin ahorrar “por si acaso” ni preocuparse por quién pediría ayuda. Maxim no llamó. Dos semanas, tres, un mes. Lidia, tampoco. La primera llamada fue cuando ya había acabado la obra. Cocina nueva reluciente, ventanas en silencio, tuberías sin manchas ni fugas. —Mamá, ¿por qué no vienes? Sofía ha preguntado. —He estado ocupada. —¿Con qué? —Con la vida, Maxim. Con mi vida. Una semana después fue. Llevó libros a los nietos, regalos pequeños pero buenos, sin excesos. Charló dos horas sobre el tiempo y el cole de Timoteo. Rechazó quedarse a cenar. —Mamá, ¿puedes cuidar a los niños el sábado? Anabel y yo… —No puedo. Tengo planes. Lidia vio cómo el rostro de su hijo cambiaba, confuso. No lo entendía. Todavía. El tiempo pasó. Ahora la hipoteca se comía el presupuesto, sin las transferencias de mamá; sin niñera gratuita, nadie se hacía cargo de los críos. Lidia abrió una cuenta de ahorro remunerada. Se compró un abrigo nuevo, de calidad, no de rebajas. Se fue dos semanas a un balneario. Se apuntó a cursos de marcha nórdica. Recordó cómo los padres de Anabel siempre mantenían distancia. Felicitaciones de compromiso en Navidad, una visita cada dos meses. Nada de dinero, nada de ayuda, ningún sacrificio. Y su hija, nunca les reprochó nada. Quizá siempre llevaron razón. Las visitas a los nietos se volvieron puntuales y formales. Lidia regalaba sencillos detalles, hablaba de escuela, se iba a las pocas horas. Ya no noches con ellos, ni parques, ni circo. Timoteo preguntó una vez: —¿Abu, por qué ya no vamos juntos al parque? —Ahora la abuela tiene sus cosas, Timoteo. El niño no entendió. Pero Maxim, parado en la puerta, quizá empezaba a hacerlo. Lidia volvía a su piso renovado, olía a pintura fresca, muebles nuevos. Se hacía un buen té, se sentaba en el sillón, comprado con lo de la casa del campo. ¿Culpa? Sí, a veces, en la noche. Pero cada vez menos. Porque por fin había aprendido una verdad sencilla: amar no es sacrificarse siempre. Sobre todo cuando nadie lo aprecia. Eligió cuidarse. Por primera vez en treinta y dos años de madre…

Cada uno a lo suyo

Mamá, no te imaginas cómo está ahora el mercado decía nervioso Javier, pasando una y otra vez la hoja de impresos, primero ordenándolos en una pila perfecta y luego abriéndolos en abanico sobre la mesa de la cocina. Los precios suben cada semana. Si no entregamos la señal ya, nos van a quitar el piso delante de las narices.

Isabel acercó hacia su hijo una taza de té ya frío y se sentó enfrente. En los papeles bailaban planos, cifras, gráficos de pagos. Un piso de tres habitaciones en una promoción nueva, por fin un cuarto para Mateo y otro para Lucía, habitaciones propias al fin.

¿Cuánto os falta?
Ochenta y dos mil euros Javier se frotó el puente de la nariz. Sé que es mucho. Pero Marta ya no sabe qué hacer, los niños crecen y nosotros seguimos de alquiler, amontonados como sardinas

Isabel miraba a su hijo y veía al mismo niño que hace años le traía ramos de margaritas robadas del parque. Treinta y dos años, dos hijos, y esa arruga entre las cejas seguía igual que cuando se angustiaba por los deberes del colegio.

Tengo unos ahorros en la cuenta dijo tranquila.
Mamá, te lo devolveré, te lo juro. En cuanto estemos asentados empezaré a apartar dinero enseguida.

Ella cubrió la mano de su hijo con la suya, endurecida después de tantos años de limpiar y cocinar.

Javier, esto es para tus hijos, mis nietos. ¿Qué sentido tiene aquí hablar de devolver dinero? La familia pesa más que cualquier euro.

En la sucursal del banco, Isabel rellenaba los formularios con su letra pequeña y precisa, fruto de treinta años de contable. Ochenta y dos mil euros, casi todo lo que había ido guardando en esos años. Por si acaso, para el qué dirán, para nunca se sabe.

Javier la abrazó fuerte frente a la ventanilla, sin preocuparse por la fila de clientes que esperaba.

Eres la mejor madre del mundo, de verdad. No lo olvidaré.

Isabel le dio una palmadita en la espalda.

Anda, ve, que Marta seguro que ya está impaciente.

Los primeros meses tras la mudanza pasaron entre idas y venidas por todo Madrid. Isabel llegaba con bolsas del Día: pollo, arroz, garbanzos, yogures para los niños. Ayudaba a Marta a colgar cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de obra de las ventanas.

¡Mateo, ten cuidado con el destornillador! gritaba mientras sujetaba una cortina y explicaba a su nuera cómo salir triunfante con unos buenos canelones.

Marta asentía distraída, mirando el móvil. Javier solo llegaba a casa por las noches, agotado, cenaba corriendo el cocido de su madre y desaparecía rumbo al dormitorio.

Gracias, mamá decía apresurado casi sin mirar. ¿Qué haríamos sin ti?

A los seis meses, apareció su número en la pantalla.

Mamá, verás Este mes nos coincide la cuota de la hipoteca con la avería del coche. Nos faltan tres mil quinientos euros.

Isabel transfirió el dinero sin preguntas. Es normal, los jóvenes lo tienen difícil. Nuevos gastos, los niños pequeños, el trabajo estresante. Ya irán saliendo adelante pensó. Ya me lo devolverán. O no, ¿qué más da cuando se trata de familia?

Los años se deslizaban entre los dedos como arena fina. Mateo cumplió siete y recibió de su abuela aquel Lego por el que llevaba soñando medio año. Lucía daba vueltas y vueltas en su nuevo vestido rosa, con lentejuelas, como el de una princesa de peli.

¡Abuela, eres la mejor! Lucía se colgó a su cuello oliendo a champú infantil y caramelos.

Todos los fines de semana, Isabel se los llevaba al Retiro, al teatro, a la pista de hielo. Compraba helados, juguetes, cuentos. Sus abrigos viejos siempre llevaban los bolsillos repletos de golosinas y toallitas húmedas.

Cinco años transcurrieron en esa generosa, voluntaria servidumbre. Dinero para la hipoteca: mamá, este mes estamos fatal. Días de baja cuidando nietos: mamá, imposible pedir un día en el trabajo. Compras: mamá, ya que vas al súper

Los agradecimientos, cada vez más escasos

Aquella mañana Isabel miraba las manchas que se extendían por el techo de su cocina. El agua del vecino le había destrozado el yeso, y la casa olía a humedad. Habitar allí se volvía imposible.

Marcó el número de su hijo.

Javier, necesito ayuda para arreglar el daño. Me han inundado y no sé cuándo van a pagarme
Mamá la interrumpió Javier, tienes que entender que ahora tengo otras prioridades. Las extraescolares de los niños, Marta se ha apuntado a unos cursos
No te pido tanto. Solo que me ayudes a encontrar unos albañiles. O al menos
Ahora no tengo tiempo, mamá, y menos para esas tonterías insistió él, como si no escuchara. Hablamos otro día, ¿vale?

Tuu, tuu, tuu

Isabel dejó el teléfono sobre la mesa. En la pantalla apareció la foto del último fin de año: ella, Mateo y Lucía. Todos sonríen.
Ese dinero que él tomó sin pensarlo. Esos fines de semana regalados a sus nietos. Ese esfuerzo, el tiempo, el cariño todo fue antes. Ahora había otras prioridades.

Una gota de agua cayó del techo sobre su mano. Fría.

Al día siguiente, Marta fue quien llamó, poco habitual, suficiente para que Isabel intuyese algo extraño antes siquiera de escuchar su tono:

Isabel, Javier me ha contado vuestra conversación. Tienes que entender que cada uno debe solucionar sus cosas. Bastante tenemos con nuestra hipoteca

Isabel casi se rió. La hipoteca. Esa que ella pagaba cada tres meses. La señal compuesta casi toda con su dinero.

Por supuesto, Marta respondió con voz neutra. Cada uno a lo suyo.
Así mejor. Es que Javier estaba preocupado, pensaba que te habías enfadado. ¿No estás enfadada, no?
No. Para nada.

Tuu, tuu, tuu

Dejó el móvil sobre la mesa y se quedó contemplándolo, como quien observa un insecto raro. Miró después por la ventana, pero la ciudad tras el cristal sucio no ofrecía consuelo alguno.

Las noches se volvieron largas, como cuentas de un rosario, incapaz de conciliar el sueño mientras repasaba esos cinco años uno a uno.

Ella misma había criado en su hijo la certeza de que una madre es un pozo sin fondo del que sacar siempre más.

Por la mañana, Isabel llamó a una agencia inmobiliaria.

Quiero vender la finca con casa en la sierra. Seiscientos metros, cerca de Guadalajara, con luz y agua.

Esa casa de campo, que construyó junto a su marido a lo largo de veinte años. Los manzanos, plantados mientras todavía tenía a Javier en el vientre. El porche de tantas tardes veraniegas.

Un comprador apareció en un mes. Isabel firmó los papeles sin dejarse dar tiempo a la nostalgia. El dinero entró en su cuenta, y lo repartió sin titubear: obras en su piso, un nuevo depósito, algo para emergencias.

La cuadrilla empezó las obras la semana siguiente. Isabel eligió ella misma las baldosas, las cortinas, los grifos. Por primera vez en muchos años, gastaba en sí misma sin pensar en por si acaso ni a quién tendría que acudir a ayudar.

Javier, ni una llamada. Dos semanas. Tres. Un mes. Isabel también guardaba silencio.

La llamada llegó justo cuando las obras acabaron. La nueva cocina blanca relucía, ya sin humedades, sin goteras ni óxido.

Mamá, ¿por qué no vienes? Lucía te pregunta.
Estuve ocupada.
¿En qué?
En mi vida, Javier. Mi propia vida.

Fue a visitarlos a la semana siguiente. Llevo a los niños un libro a cada uno, buen regalo, pero sin esa antigua generosidad. Dos horas de charla, hablando del tiempo y del cole de Mateo. Se negó a quedarse a cenar.

Mamá, ¿puedes quedarte con los niños el sábado? Javier la detuvo en el recibidor. Marta y yo
No puedo. Tengo planes.

Isabel notó la sorpresa en el rostro de su hijo. Él aún no entendía.
Los meses pasaban, y el entendimiento comenzó a llegar. Sin las transferencias de su madre, la hipoteca se llevó un tercio del sueldo familiar. Sin niñera gratuita, los hijos dependían de las agendas agotadas de Javier y Marta.

Isabel, mientras tanto, abrió una cuenta de ahorro. Se compró un abrigo nuevo bueno, cálido, de temporada. Se fue quince días al balneario. Se apuntó a senderismo.

Recordaba cómo los padres de Marta siempre supieron poner límites: saludaban con educación en Navidad, visitaban cada dos meses, ni dinero, ni favores, ni sacrificios. Y su hija jamás se quejó.

¿Quizá siempre tuvieron razón?

Las visitas con los nietos quedaron en lo justo. Isabel llegaba, dejaba un detalle, charlaba sobre amigos y deberes. Se iba pronto, sin quedarse a dormir, sin llevarse a los niños de excursión.

Un día Mateo preguntó:

Abuela, ¿por qué ya no nos llevas al parque?
La abuela ahora tiene muchas cosas que hacer, Matías.

El niño no entendió. Pero Javier, que escuchaba desde la puerta, pareció por fin comprender.

Isabel regresaba a su piso recién reformado, lleno del olor a pintura y muebles nuevos. Preparaba buen té, se sentaba en su butaca, comprada con el dinero de la finca.

¿Culpa? Sí, a ratos, en las noches largas. Pero cada vez menos. Porque Isabel al fin aprendió una verdad sencilla: querer no es lo mismo que sacrificarse hasta desaparecer. Especialmente cuando nadie lo ve ni lo agradece.

Eligió su vida. Por primera vez en treinta y dos años de ser madre.

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MagistrUm
Cada uno a lo suyo —Mamá, no te imaginas cómo está el mercado ahora mismo —Maxim pasaba nervioso hojas impresas, a veces ordenándolas en una pila perfecta, otras extendiéndolas en abanico sobre la mesa de la cocina—. Los precios suben cada semana. Si no damos ahora la entrada, nos quitan este piso de las manos. Lidia deslizó una taza de té frío hacia su hijo y se sentó enfrente. En los papeles se veían planos, cifras, gráficos de amortización. Un piso de tres habitaciones en obra nueva; por fin un cuarto para Timoteo y Sofía, habitaciones separadas como siempre habían soñado. —¿Cuánto os falta? —Ochocientos veinte mil —Maxim se frotó el ceño—. Sé que es mucho. Pero Anabel ya está desesperada y los niños crecen… seguimos de alquiler en pisos cutres… Lidia veía ante sí al mismo niño que le traía ramos de dientes de león: treinta y dos años, dos hijos, y la arruguita entre las cejas seguía igual que cuando sufría porque no había hecho los deberes. —Tengo unos ahorros. Guardados en la cuenta. —Mamá, te los devuelvo, te lo prometo. En cuanto todo se estabilice, empezaré a devolvértelo. Lidia le cubrió la mano con la suya, endurecida por años de cocina y limpieza. —Maxim, esto es por los nietos. No vamos a hablar de devolver. La familia está antes que cualquier dinero. En la sucursal, Lidia rellenó los formularios con letra perfecta, pulida tras treinta años de contable. Ochocientos veinte mil euros, casi todo lo que había juntado todos estos años. “Para lo que pueda pasar”, “por si acaso”. Maxim la abrazó fuerte en la ventanilla, sin preocuparse por la cola. —Eres la mejor, mamá. De verdad. No lo olvidaré. Lidia le dio unas palmaditas en la espalda. —Anda, vete ya; que Anabel estará esperando. …Los primeros meses tras la mudanza se confundieron en un torbellino de trayectos a través de todo Madrid. Lidia llegaba con bolsas del Mercadona: pollo, arroz, aceite, yogures para los niños. Ayudaba a Anabel a colgar cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de obra. —¡Timoteo, cuidado con las herramientas! —gritaba mientras colgaba cortinas y explicaba a la nuera cómo se cocinan las albóndigas de la abuela. Anabel asentía, móvil en mano. Maxim sólo aparecía por las noches cansado, cenaba deprisa y se perdía en la habitación. —Gracias, mamá —decía casi de paso—. No sé qué haríamos sin ti. …Medio año después, un número conocido en la pantalla. —Mamá, verás… La cuota de la hipoteca coincide este mes con la reparación del coche. Nos faltan treinta y cinco mil. Lidia hizo la transferencia. Los jóvenes tienen que adaptarse, pensó, los niños son pequeños, el trabajo estresante. Ya lo devolverán. O no. Qué más da, cuando es familia. Los años pasaron volando. Timoteo cumplió siete y Lidia le regaló el Lego que llevaba meses pidiendo. Sofía giraba contenta con un vestido rosa de brillantes, igualito al de una princesa de dibujos. —¡Abu, eres la mejor! —Sofía se colgó de su cuello, oliendo a colonia infantil y caramelos. Cada fin de semana Lidia recogía a los nietos, los llevaba al Retiro, al teatro, al parque de atracciones, a la pista de hielo. Siempre con bolsillos repletos de chuches y toallitas. Cinco años de esta generosa cárcel voluntaria. Dinero para hipoteca: “mamá, este mes muy justo”. Bajas con los niños: “no podemos faltar al trabajo”. Compras: “mamá, ya que vas al súper…”. Las gracias, cada vez más escasas… …Aquella mañana, Lidia miraba las manchas de humedad en el techo de su cocina. Se había inundado, la casa inhabitable. Llamó a su hijo. —Maxim, necesito ayuda con una reforma. Sufrí una gotera y hasta que me paguen… —Mamá —la interrumpió—, entiéndelo, ahora tengo otras prioridades. Los críos con las actividades extraescolares, Anabel ha empezado unos cursos… —Sólo pido ayuda para encontrar un albañil, o al menos… —No tengo tiempo, mamá, ni para detalles así —repitió Maxim, como si no escuchara—. Ya lo hablaremos, ¿vale? Nos llamamos. Tono de llamada… Lidia dejó el móvil sobre la mesa. Apareció la foto del último Año Nuevo: ella, Timoteo, Sofía. Todos sonriendo. Ese dinero que él cogía sin pensar. Aquellos fines de semana regalados a sus nietos. Aquella entrega, amor, tiempo… todo era “antes”. Ahora, “otras prioridades”. Una gota fría cayó del techo sobre su mano… Al día siguiente fue Anabel quien llamó, algo inusual. —Lidia, Maxim me ha contado la conversación. Entenderá que cada uno debe resolver sus propios problemas, ¿verdad? Nos encargamos solos de nuestra hipoteca… A Lidia casi le entró la risa. ¿La hipoteca? La que ella había estado tapando cada tercer mes. El anticipo, prácticamente pagado por ella. —Por supuesto, Anabel —respondió, firme—. Cada uno a lo suyo. —Así mejor. Es que Maxim creía que estabas ofendida. ¿A que no? —No, en absoluto. Tono de llamada… Lidia se quedó mirando el móvil como si fuese un insecto extraño. Miró por la ventana, pero tras el cristal polvoriento no había nada que le consolara. Las noches, largas y oscuras, la atrapaban repasando los últimos cinco años como cuentas de un rosario. Ella misma lo había creado. A mano, había construido en su hijo la seguridad de que su madre era un pozo sin fondo. Por la mañana, llamó a una inmobiliaria. —Quiero poner en venta mi parcela con chalet. Seis áreas, zona de la Sierra, luz conectada. La casa de campo que había levantado con su marido durante dos décadas. Los manzanos plantados embarazada de Maxim. El porche de tantos veranos. Encontró comprador en un mes. Sin pensar en lo que estaba vendiendo, firmó, y distribuyó el dinero: reformas en casa, nuevo depósito a plazo, un pequeño fondo para imprevistos. Al poco entró la cuadrilla de reformas. Lidia eligió azulejos, papel, grifos. Por primera vez en años, gastó en sí misma sin ahorrar “por si acaso” ni preocuparse por quién pediría ayuda. Maxim no llamó. Dos semanas, tres, un mes. Lidia, tampoco. La primera llamada fue cuando ya había acabado la obra. Cocina nueva reluciente, ventanas en silencio, tuberías sin manchas ni fugas. —Mamá, ¿por qué no vienes? Sofía ha preguntado. —He estado ocupada. —¿Con qué? —Con la vida, Maxim. Con mi vida. Una semana después fue. Llevó libros a los nietos, regalos pequeños pero buenos, sin excesos. Charló dos horas sobre el tiempo y el cole de Timoteo. Rechazó quedarse a cenar. —Mamá, ¿puedes cuidar a los niños el sábado? Anabel y yo… —No puedo. Tengo planes. Lidia vio cómo el rostro de su hijo cambiaba, confuso. No lo entendía. Todavía. El tiempo pasó. Ahora la hipoteca se comía el presupuesto, sin las transferencias de mamá; sin niñera gratuita, nadie se hacía cargo de los críos. Lidia abrió una cuenta de ahorro remunerada. Se compró un abrigo nuevo, de calidad, no de rebajas. Se fue dos semanas a un balneario. Se apuntó a cursos de marcha nórdica. Recordó cómo los padres de Anabel siempre mantenían distancia. Felicitaciones de compromiso en Navidad, una visita cada dos meses. Nada de dinero, nada de ayuda, ningún sacrificio. Y su hija, nunca les reprochó nada. Quizá siempre llevaron razón. Las visitas a los nietos se volvieron puntuales y formales. Lidia regalaba sencillos detalles, hablaba de escuela, se iba a las pocas horas. Ya no noches con ellos, ni parques, ni circo. Timoteo preguntó una vez: —¿Abu, por qué ya no vamos juntos al parque? —Ahora la abuela tiene sus cosas, Timoteo. El niño no entendió. Pero Maxim, parado en la puerta, quizá empezaba a hacerlo. Lidia volvía a su piso renovado, olía a pintura fresca, muebles nuevos. Se hacía un buen té, se sentaba en el sillón, comprado con lo de la casa del campo. ¿Culpa? Sí, a veces, en la noche. Pero cada vez menos. Porque por fin había aprendido una verdad sencilla: amar no es sacrificarse siempre. Sobre todo cuando nadie lo aprecia. Eligió cuidarse. Por primera vez en treinta y dos años de madre…