Cada uno a lo suyo: cuando la familia se olvida de que también eres persona —Mamá, no te imaginas c…

Mamá, no puedes ni imaginarte cómo está el mercado ahora mismo Javier no dejaba de pasar los folios impresos de una mano a otra, unas veces apilándolos con paciencia milimétrica, otras extendiéndolos como abanico sobre la mesa de la cocina. Los precios suben cada semana. Si no damos la entrada ya, este piso se lo llevan de las manos.

Elena acercó a su hijo una taza de té ya frío y se sentó delante. En los papeles se veían planos, cantidades, gráficos de amortización. Un piso de tres habitaciones en una urbanización nueva, por fin un cuarto para Martín y Carlota, cada uno con su espacio.

¿Cuánto te falta?
Ochenta y dos mil euros Javier se frotó el puente de la nariz. Sé que es mucho. Pero Andrea ya no aguanta más, los niños crecen y seguimos viviendo de alquiler

Elena miraba a su hijo y veía aún al chiquillo que le traía margaritas del parque. Treinta y dos años, dos hijos, y la arruga entre las cejas seguía ahí, la misma que tenía al preocuparse por los deberes sin hacer.

Tengo algunos ahorros. En la cuenta.
Mamá, te lo devuelvo, lo prometo. En cuanto todo se normalice, empiezo a guardar para devolvértelo.

Le cubrió la mano con la suya, curtida tras décadas de guisos y de limpiar.

Javier, es por los nietos. ¿Para qué están los ahorros si no es para la familia? Ningún dinero está por encima de la familia.

En la sucursal del banco, Elena llenó los papeles con su letra elegante, templada en treinta años de trabajo de contable. Ochenta y dos mil euros, casi todo lo que había ido guardando en los últimos años. Para un imprevisto, para esa tarde gris de la vida, por si acaso.

Javier la abrazó fuerte allí mismo, sin importarle las miradas de la cola.

Eres la mejor, mamá. De verdad. Nunca lo olvidaré.

Elena le dio unas palmaditas en la espalda.

Anda, ve tirando. Que Andrea estará esperando.

…Los primeros meses después de mudarse se convirtieron en una interminable ruleta de viajes por toda Madrid. Elena llegaba con bolsas del Mercadona pollo, arroz, aceite, yogures para los niños. Ayudaba a Andrea a colgar las cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de las obras.

¡Martín, cuidado con esas herramientas! gritaba ella mientras colgaba cortinas y le explicaba a su nuera cómo se hacen bien unas buenas croquetas.

Andrea asentía distraída, absorta en el móvil. Javier sólo aparecía por la noche, exhausto, cenaba cualquier cosa de su madre y luego se encerraba en el dormitorio.

Gracias, mamá decía al pasar, casi sin mirar. ¿Qué haríamos sin ti?

…A los seis meses, el mismo número familiar apareció en la pantalla.

Mamá, mira, que este mes se me juntó la hipoteca con la avería del coche. Me faltan tres mil quinientos euros.

Elena hizo la transferencia sin preguntar. Bastante tienen los jóvenes, pensaba. La hipoteca, los dos niños, el trabajo cada vez más incierto. Ya se estabilizarán se repetía. Ya devolverán, o no. ¿Acaso importa cuando se trata de los tuyos?

Los años pasaron volando. Martín cumplió siete, y Elena le regaló aquel tren eléctrico del que no paró de hablar. Carlota bailó en el salón con su vestido nuevo, rosa y brillante, igual al de la princesa de su cuento favorito.

¡Abuela, eres la mejor! Carlota se lanzó a su cuello, oliendo a champú de fresa y caramelos.

Cada fin de semana, Elena se llevaba a los nietos: al teatro, al parque del Retiro, a patinar al Palacio de Hielo. Les compraba helado, juguetes, libros. Los bolsillos de su abrigo viejo rebosaban siempre de galletas y pañuelos húmedos.

Cinco años se le fueron en esa generosa y dulce esclavitud. Dinero para la hipoteca «mamá, este mes vamos muy justos». Días de baja para cuidar a los niños «mamá, no nos dejan faltar al trabajo». La compra semanal «mamá, si vas al mercado, tráenos algo».

Las gracias se fueron volviendo cada vez más escasas

…Aquella mañana, Elena miraba las humedades del techo de su cocina. Las manchas de óxido se extendían por la escayola. Una fuga del vecino la había dejado el piso inhabitable.

Marcó el número de su hijo.

Javier, necesito ayuda con la obra. Me han inundado el piso, a saber cuándo consigo que me paguen
Mamá la interrumpió él. Ahora mismo tengo otras prioridades. Que si los extraescolares de los niños, que si Andrea se ha apuntado a clases
No te pido mucho. Sólo ayuda con el contacto de los albañiles. O
No tengo tiempo, mamá, la verdad. Y por una tontería así Hablamos otro día, ¿vale?

Tono de llamada…

Elena dejó el móvil sobre la mesa. En la pantalla, aún la foto de la última Nochevieja. Ella, Martín, Carlota. Todos sonriendo.
Ese dinero que él tomaba sin pestañear, esos fines de semana regalados a sus nietos, ese tiempo, ese cariño. Todo eso era «antes». Ahora… «otras prioridades».

Una gota cayó del techo y le refrescó la mano. Fría

Al día siguiente, fue Andrea quien llamó, una rareza que ya auguraba malas noticias.

Elena, Javier me ha contado vuestra conversación la voz de Andrea sonaba áspera. Tendemos que cada uno resuelva sus propios problemas, ¿no? Nosotros tiramos de nuestro piso y pagamos la hipoteca

Elena estuvo a punto de reírse. Esa hipoteca que ella pagaba cada pocos meses; esa entrada, construida básicamente con sus ahorros.

Por supuesto, Andrea respondió con calma. Cada uno, lo suyo.
Eso. Así evitamos malos entendidos. Javier decía que igual te habías sentido mal. ¿No será así?
No. En absoluto.

Tono de llamada…

Elena se quedó mirando el móvil largo rato, como si fuera un insecto extraño. Se asomó a la ventana pero apartó la vista nada al otro lado podía consolarla.

Las noches se le hicieron eternas, con el techo oprimiéndole las ideas. Elena repasaba esos últimos cinco años como quien pasa un rosario por entre los dedos.

Ella sola lo había creado. Había convertido a su hijo en alguien convencido de que una madre es un manantial inagotable.

Por la mañana, Elena llamó a una agencia inmobiliaria.

Quisiera vender mi chalet en la sierra de Madrid. Seis áreas, luz conectada.

La casa que ella y su marido levantaron durante dos décadas. Los manzanos plantados cuando esperaba a Javier. La terraza de tantos veranos.

Encontró comprador en un mes. Elena firmó los papeles sin permitirse pensar demasiado. Cuando el dinero llegó a su cuenta, lo fue asignando con precisión: la reforma de su piso, una cuenta a plazo fijo, un pequeño fondo para imprevistos.

Esa misma semana los obreros comenzaron la reforma. Por primera vez en mucho tiempo, eligió azulejos, papel pintado, grifos sólo para ella. Gastó en sí misma, sin pensar en hijos o nietos.

Javier no llamó. Ni dos semanas, ni tres, ni un mes. Elena tampoco.

La primera llamada llegó cuando la obra terminó. La nueva cocina relucía, las ventanas ya no dejaban pasar el frío, las tuberías dejaron de manchar el techo.

Mamá, ¿por qué no vienes? Carlota pregunta por ti.
He estado ocupada.
¿Con qué?
Con mi vida, Javier. Con mi propia vida.

Fue a verlos la semana siguiente. Llevó libros de regalo a los nietos presentes bonitos, pero modestos. Charló un par de horas, sobre el tiempo y las notas de Martín. Rechazó quedarse a cenar.

Mamá, ¿puedes quedarte el sábado con los niños? Andrea y yo
No puedo. Tengo planes.

Vio la cara de su hijo desencajarse. No entendía. Todavía no.

Los meses corrieron y la realidad fue asentándose, lenta y dolorosamente. Sin la ayuda de mamá, la hipoteca les devoraba media nómina. Sin abuela-niñera, nadie podía quedarse con los niños.

Mientras tanto, Elena abrió una cuenta de ahorro con buenos intereses. Se compró un abrigo nuevo, cálido, elegante, nada de rebajas. Pasó dos semanas en un balneario. Se apuntó a clases de marcha nórdica.

Pensó en los padres de Andrea, siempre tan discretos, tan distantes: mensajes de cortesía en los cumpleaños, visitas de compromiso cada par de meses. Ni un euro, ni sacrificios, ni quejas. Ni una sola exigencia de su hija.

¿Quizá ellos tenían razón desde siempre?

Las visitas a sus nietos pasaron a ser casi protocolares. Elena acudía, llevaba un detalle, hablaba de clases y amigos y se marchaba tras un café, ya nunca a dormir, y nunca a pasar todo el fin de semana.

Una tarde, Martín le preguntó:

Abuela, ¿por qué ya no nos llevas al parque?
Ahora la abuela tiene mucho que hacer, Martincito.

Él no lo entendió. Pero Javier, desde el pasillo, empezaba a comprender.

Elena volvía a casa, a su piso reformado, con aroma a pintura y muebles nuevos. Preparaba un té, se sentaba en un sillón cómodo que compró con el dinero de la venta del chalet.

¿Culpa? Sí, a veces volvía, de noche. Pero cada vez menos. Porque Elena había aprendido por fin la lección: amar no es sacrificarse sin límite. Menos aún cuando nadie lo ve ni lo agradece.

Eligió su propia vida. Por primera vez en treinta y dos años de maternidad.

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MagistrUm
Cada uno a lo suyo: cuando la familia se olvida de que también eres persona —Mamá, no te imaginas c…