Cada martes
Elena se apresuraba por el metro de Madrid, apretando entre los dedos una bolsa de plástico vacía. Era el recuerdo tangible del fracaso de hoy: dos horas enteras deambulando por centros comerciales sin idea digna para el regalo de su ahijada, la hija de su mejor amiga. Lucía, a sus diez años, ya no amaba los ponis; la fascinaban ahora las estrellas, pero encontrar un telescopio decente por menos de ciento veinte euros le parecía misión casi imposible.
La tarde caía, y en los pasillos subterráneos se respiraba ese cansancio especial de final de jornada. Elena, esquivando a la multitud que salía, se coló hasta el ascensor. De pronto, entre el murmullo indiferente, le sorprendió escuchar una voz joven y temblorosa cargada de emoción.
no pensé que volvería a verle, te lo juro decía una chica a sus espaldas. Y ahora, todos los martes, va a recoger a la niña a la guardería. Él mismo. Llega en su coche y se van juntos al parque ese de las norias y los columpios
Elena se quedó inmóvil en la escalera mecánica que descendía. Se dio la vuelta de reojo: un abrigo rojo vivo, un rostro agitado, ojos llenos de brillo. Su amiga escuchaba con atención silenciosa.
Cada martes.
Ella también tuvo, alguna vez, ese día. Fue hace tres años. No un lunes, de comienzos pesados, ni un viernes ilusionante. Era un martes, el eje absoluto de su vida.
Cada martes, a las cinco en punto, salía corriendo del instituto donde enseñaba Lengua y Literatura, cruzaba medio Madrid a la carrera. Llegaba al Conservatorio Glinka, en un antiguo caserón de suelos de madera maltrecha. Allí recogía a Marco. Siete años, una seriedad de hombre adulto y un violín casi tan alto como él. No era su hijo, sino su sobrino, el hijo de su hermano Antonio, que había muerto en un terrible accidente de tráfico tres años atrás.
Durante meses tras el funeral, aquellos martes fueron un rito de supervivencia. Para Marco, que apenas pronunciaba palabra y se encerraba en sí mismo. Para su madre Olga, destrozada, incapaz de levantarse de la cama. Para Elena, que intentaba recomponer los pedazos, siendo el ancla, la sostén, la mayor de todos en ese naufragio compartido.
Recuerda cada detalle: cómo Marco salía del aula sin mirar a nadie, la cabeza baja. Cómo ella tomaba el pesado estuche mientras él se lo cedía en silencio. Caminaban juntos hasta el metro, y ella le contaba cualquier pequeño suceso: la errata graciosa de un examen, el cuervo travieso que había robado la merienda de un niño.
Un frío martes de noviembre, Marco le preguntó inesperadamente: Tía Elena, ¿papá tampoco soportaba la lluvia? Sintió una ternura punzante antes de responder: La odiaba. Siempre corría al primer soportal. Entonces él le agarró la mano. Fuerte, de adulto. No para que le condujeran, sino para retener algo que se escapaba. No era la mano de ella, sino aquella figura del padre. En aquel apretón estaba todo el peso de su dolor infantil, y ese atisbo claro: su padre fue real, corrió a buscar cobijo, odió la lluvia. Existió, y no sólo en recuerdos o suspiros de abuelas, sino en aquel aire mojado, en aquellas calles.
Durante tres años, su vida se dividió entre el antes y el después. El día central, el auténtico aunque doloroso, era aquel martes. Los demás días eran pura espera. Se preparaba: compraba zumo de manzana, descargaba a escondidas dibujos graciosos por si el metro se hacía insoportable, pensaba temas de conversación.
Después, poco a poco, Olga rehízo su vida. Encontró trabajo, y también una nueva pareja. Quiso empezar otra vez desde cero, lejos de los recuerdos. Elena les ayudó a mudarse, empaquetó el violín de Marco, le abrazó con fuerza en el andén. Escríbeme, llámame siempre le susurró conteniendo las lágrimas, aquí estaré.
Al principio, Marco llamaba cada martes, puntualmente a las seis. En unos minutos Elena volvía a ser la tía Elena: aprovechaba los quince minutos para preguntarle por todo el colegio, el violín, los nuevos compañeros. Aquella voz por teléfono era un fino hilo tendido a través de cientos de kilómetros.
Con el tiempo, las llamadas pasaron a ser cada dos semanas. Marco crecía, tenía más tareas, amigos, partidos de fútbol y videojuegos. Tía, perdón, la semana pasada no te llamé, tuve examen, le escribía por WhatsApp; y ella contestaba: Tranquilo, cariño, ¿cómo fue?. Sus martes ya no los marcaba la llamada, sino la esperanza de un mensaje que podía no llegar. No se ofendía. A veces le escribía primero.
Después, sólo en las fiestas importantes cumpleaños, Nochebuena. La voz de Marco ahora era segura, casi adulta. Ya no hablaba de sí mismo, sino de forma general: Todo bien, Vamos tirando, Estudiando. El padrastro, Sergio, era un hombre tranquilo y honesto, que nunca pretendió ser padre, pero no se apartaba. Era lo fundamental.
Ahora, hace poco, nació su hermanita: Celia. En la foto de las redes, Marco la sostenía con una torpeza entrañable. La vida, cruel y generosa al mismo tiempo, seguía adelante. Flamantes rutinas de bebé, deberes escolares, planes de futuro tejían sobre las viejas heridas una nueva costra de normalidad. Para Elena quedaba, en esa vida, el hueco ordenado pero cada vez más pequeño de la tía del pasado.
Y ahora, en el rumor sordo del metro, aquellas palabras al azar cada martes no sonaban como reproche, sino como un suave eco. Como la voz de la Elena que durante tres años vivió con esa inmensa, ardiente responsabilidad y amor, como una herida y como el mejor de los regalos. Aquella Elena sabía exactamente quién era en el mundo: refugio, faro, pieza imprescindible en los martes de un niño. Era necesaria.
La mujer del abrigo rojo tenía su propio drama, sus compromisos entre el dolor y el presente. Pero ese ritmo, ese ritual del cada martes, era universal. Era un idioma que decía estoy aquí. Puedes contar conmigo. Eres importante para mí en este día, a esta hora. Un idioma en el que Elena fue una vez fluida, y que ahora casi había olvidado.
El tren arrancó. Elena se irguió, observando su reflejo en el vidrio negro del túnel.
Al salir en su estación, ya tenía claro que al día siguiente encargaría dos telescopios iguales: baratos pero buenos. Uno para Lucía, otro para Marco, con envío a domicilio. Cuando él lo recibiera, ella le escribiría: Marco, para que podamos mirar el mismo cielo aunque estemos en ciudades distintas. ¿Te parece que, el próximo martes, a las seis, si no está nublado, veamos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos el reloj. Un beso, tía Elena.
Subió al exterior, hacia la noche madrileña. El aire era frío y limpio. El martes próximo ya no estaba vacío; volvía a estar señalado. No como obligación, sino como una cita amable entre dos personas unidas por la memoria, la gratitud y un hilo de sangre silente pero indestructible.
La vida seguía. Y su calendario aún reservaba días que podía no sólo vivir, sino elegir. Elegir para el milagro tranquilo de mirar una constelación a la vez, a cientos de kilómetros. Para recuerdos que ya no duelen, sino confortan. Para el amor que, aprendiendo a hablar el idioma de la distancia, se ha ido haciendo más suave, más sabio y, quizá, más fuerte.
Hoy he entendido que a veces lo más importante que podemos ofrecer es nuestra presencia constante, incluso en silencio; que hay días que nos sostienen más que un año entero, y que un simple martes puede devolver sentido y pertenencia, sin que haga falta nada más.







