Cada amor tiene su forma
Alba salió a la calle y enseguida se estremeció; el viento, sutil pero helador, se coló bajo su jersey fino. Había salido al patio, sin ponerse la cazadora. Abrió la verja y simplemente se quedó allí, parada, mirando a su alrededor, ni siquiera notando que las lágrimas resbalaban por su cara.
Albitas, ¿por qué lloras? La sobresaltó ver delante de ella a Miguel, el chaval del portal de al lado, algo mayor que ella, siempre con esos remolinos en la nuca.
No lloro, es solo mintió Alba.
Miguel la observó un momento y luego le ofreció tres caramelos que sacó del bolsillo.
Toma, pero no digas nada, que si no vendrán todos los demás; anda, vete a casa ordenó con voz alta y ella obedeció.
Gracias murmuró Alba, pero no tengo hambre, en realidad
Miguel no necesitó más, asintió y siguió su camino. En el barrio todos sabían hace tiempo que el padre de Alba, Andrés, bebía. Solía ir al único ultramarinos que quedaba y le pedía a la señora Carmen que le fiara hasta el día de paga. Carmen protestaba, pero acababa cediendo.
No sé cómo no te han echado ya del trabajo le gritaba ella desde la caja. Me debes medio sueldo. Pero Andrés desaparecía rápido, con el dinero gastado en vino barato.
Alba entró a casa; había vuelto del colegio, tenía nueve años. Nunca había mucha comida y ella no quería contarle a nadie que pasaba hambre. Si alguien se enteraba, la llevarían a un hogar y de eso había oído historias horribles. ¿Cómo iba a dejar a su padre solo? Acabaría por perderse del todo. Mejor así. Aunque el frigorífico estuviera más vacío que la plaza un domingo de invierno.
Aquel día Alba volvió del cole temprano; faltaron dos clases porque la maestra, doña Rosario, estaba enferma. Era ya finales de septiembre, afuera el viento arrastraba hojas amarillas, dando tumbos entre los bancos de la plaza, anunciando un otoño crudo. El abrigo de Alba era ya viejo y tenía unas botas que en cuanto llovía, calaban.
Su padre dormía en el sofá, con la ropa y los zapatos puestos, roncando. En la mesa de la cocina, dos botellas vacías, y otras más bajo la mesa. Abrió la alacena: tampoco un trozo de pan. Rápida, Alba se tragó los caramelos y se decidió a hacer los deberes. Se sentó en el taburete, recogiendo las piernas, abrió el cuaderno de matemáticas y se quedó pensando ante los ejercicios. Pero realmente no tenía ganas de sumar. Miraba por la ventana, donde el viento peleaba con los árboles y una bandada de hojas daba vueltas en el aire, como si jugasen a esconderse.
Desde la ventana se divisaba el huerto. Antes rebosaba de vida, verde, alegre. Ahora era tierra muerta. Las matas de frambuesa secas, las fresas desaparecidas, solo malas hierbas, y el manzano antiguo también se estaba muriendo. Fue mamá quien cuidaba de todo eso, quien mimaba cada brote. Antes los manzanos daban frutos dulces, pero aquel agosto, su padre recogió todas las manzanas antes de tiempo y las vendió en el mercado, diciendo por lo bajo:
Hoy hace falta dinero.
Andrés, el padre de Alba, no había sido siempre así. Era un hombre alegre, bueno, que iba con su mujer a coger setas, a veces veían juntos películas en la televisión y desayunaban té con los buñuelos que ella le preparaba. Los hacía de compota de manzana, como los de los cuentos.
Pero un día mamá enfermó; la llevaron al hospital y nunca volvió.
Algo le falló el corazón a mamá dijo el padre, y se echó a llorar. Alba lloró con él, aferrada a su pecho, y él la abrazó fuerte: Ella te cuida desde allá arriba ahora.
Tras aquello, el padre pasó días mirando la foto de mamá y después empezó a beber. Por casa empezaron a aparecer hombres raros, ruidosos. Alba se refugiaba en su pequeño cuarto o salía al banco escondido detrás de las bugambilias.
Suspiró y se puso con los ejercicios. Terminó rápido, era una niña inteligente, el colegio se le daba bien. Guardó libros y cuadernos en la mochila y fue a tumbarse sobre la cama.
En la cama siempre tenía a su viejo peluche, un conejo que su madre le regaló hacía años. Era su favorito. Alba le llamaba Blas, aunque ya era más gris que blanco, seguía siendo su Blas. Lo abrazó fuerte.
Blas susurró bajito, ¿te acuerdas de mamá?
Blas no contestó, pero Alba no tenía dudas: él también la echaba de menos. Cerró los ojos y, como si los recuerdos fueran olas borrosas pero brillantes, vinieron: su madre en el delantal, recogiéndose el pelo, siempre amasando algo en la cocina.
Hija, preparemos bollos mágicos decía mamá.
¿Mágicos, mamá? ¿Eso existe? preguntaba ella.
Cómo que no, ya lo verás respondía riendo. Daremos forma de corazones y, si pides un deseo antes de morder, seguro que se cumple.
A Alba le encantaba ayudar a mamá, aunque los corazones saliesen torcidos. Mamá sonreía y decía suave:
Cada amor tiene su forma.
Después, esperaban a que se hornearan, y al comerlos, su casa olía a vainilla y azúcar. El padre volvía de trabajar y los tres merendaban bollos mágicos y té.
Se secó las lágrimas, temblorosas de tanto echar de menos. Ahora la casa estaba vacía, el reloj del abuelo marcaba el tiempo, pero en el alma de Alba solo quedaba tristeza.
Mamá cuánto te extraño suspiró, apretando a Blas.
El sábado no tenía clase y, tras comer algo, Alba decidió salir a dar una vuelta. El padre, otra vez tirado en el sofá. Se puso un jersey debajo de la cazadora y salió. Tomó el camino hacia la dehesa, donde cerca había una casa vieja; allí vivía don Gregorio, que hacía dos años que falleció. Pero le quedaba la huerta de manzanos y perales.
No era la primera vez que Alba saltaba la tapia a rebuscar manzanas y peras caídas, diciéndose:
No robo; solo cojo las que están en el suelo, si nadie las quiere
De don Gregorio apenas recordaba más que su barba blanca y que era generoso con los niños, a veces daba una chocolatina de las que ya no venden en ningún sitio. Ahora él ya no estaba, pero el huerto seguía creciendo.
Alba saltó la tapia y se acercó al primero de los manzanos, recogió dos manzanas, las frotó contra el abrigo y mordió una.
¿Eh, tú, quién eres? Se giró sobresaltada; una mujer en abrigo la miraba desde el portal, y Alba soltó las manzanas de la impresión.
La mujer se acercó despacio.
¿Quién eres? repitió.
Alba yo sólo cojo las caídas no robo, créame. Toda la vida he venido cuando no había nadie
Soy María, la nieta de don Gregorio. Llegué ayer. Ahora viviré aquí. ¿Vienes mucho a por manzanas?
Desde que mamá La voz se le quebró y le brotaron lágrimas.
La mujer la abrazó con un gesto firme.
Anda, no llores, pásate por casa. Yo soy María Eugenia, igual que tú, pero en grande. Cuando seas mayor te llamarán María.
María Eugenia enseguida adivinó que Alba pasaba hambre y la vida no era fácil para ella. Entraron en la casa.
Quítate los zapatos, aún estoy colocando todo, pero la cocina ya está; hoy he hecho sopa. Vamos a ser vecinas dijo, mirándole el abrigo roto, los hombros tan delgados.
¿Y la sopa tiene carne?
Claro, con pollo respondió con dulzura. Siéntate, Alba.
Y Alba, hambrienta, apenas pudo disimular. Se sentó a la mesa a cuadros; la casa olía cálida y recién fregada. María le sirvió un tazón grande de sopa y pan.
Come cuanto quieras. Si necesitas más, repite. Sin vergüenza.
Y de verdad, sin remilgos, se acabó el plato en un santiamén y el pan desapareció.
¿Te pongo más?
No, gracias ya estoy llena.
Pues ahora, un té dijo María, puso sobre la mesa una cestilla tapada con paño y, al destaparlo, el aroma de vainilla llenó todo. Dentro, bollitos con forma de corazón. Alba cogió uno, lo mordió y cerró los ojos.
Son iguales igualitos que los de mi mamá susurró. Ella los hacía así.
Con el té y el bollo, Alba se quedó tranquila, las mejillas sonrosadas. María la miró, y preguntó:
Bueno, Alba, cuéntame de tu vida: dónde vives, con quién. Luego te acompaño a casa.
No hace falta vivo a nada, son cuatro casas. No quiero que María vea el desorden pensó, sintiendo vergüenza.
Sí hace falta dijo María con tono firme.
La casa de Alba las recibió en silencio; el padre seguía dormido en el sofá, en ropa de calle. Todo lleno de botellas, colillas y trapos malolientes.
María miró alrededor y negó con la cabeza.
Ahora te entiendo venga, vamos a adecentarlo dijo de pronto y empezó a limpiar rápidamente.
En pocos minutos, la basura fuera, las botellas en la bolsa, se abrieron cortinas, se sacudió la alfombra. Alba murmuró de golpe:
No diga a nadie cómo está la casa. Mi papá es bueno solo está perdido. Si se entera el ayuntamiento, me llevarán lejos y yo no quiero. Él es bueno, sólo que extraña a mamá
María la abrazó.
No diré nada, te lo prometo.
El tiempo pasó. Alba corría feliz al colegio, las trenzas perfectamente peinadas, con abrigo nuevo, mochila a la espalda, botas recientes.
Albitas, mi madre dice que tu padre se ha casado, ¿es verdad? le preguntó Lucía, su compañera. ¡Qué guapa estás! Y qué trenzas tan bonitas.
Claro, ahora tengo otra madre, tía María dijo Alba, orgullosa, y corrió al colegio.
Desde hacía mucho, Andrés había dejado la bebida, gracias a María Eugenia. Ahora iban por el barrio juntos: él elegante y de andar firme, ella segura de sí, seria y guapa, los dos sonriendo, siempre atentos a Alba.
El tiempo voló. Alba ya era universitaria, venía en vacaciones y gritaba nada más abrir la puerta:
¡Mamá, ya estoy aquí!
Y María salía corriendo, la abrazaba y le decía:
Bienvenida, mi pequeña profesora, bienvenida y ambas reían felices. Por la tarde llegaba Andrés desde el trabajo, satisfecho y pleno.







