Buscaré a un marido mejor para mi hija: El desafío de Antón ante la madre de Vero, la cena familiar y una decisión inesperada

Este mes va a ser más difícil murmuró Antonio mientras actualizaba la app del banco.

Suspiró, casi oyendo el tintineo de las monedas escurrirse entre los dedos. El dinero desaparecía como si tuviera patas, y Antonio sabía la causa, aunque aún le faltaba valor para decirla en voz alta.

Antonio salió del ascensor, aflojando la corbata casi a ciegas. Tercer piso, cuarta puerta a la izquierda. Durante tres años, ese camino se había grabado en sus piernas como un eco de sueño.

Giró la llave en la cerradura y el aroma cálido de patatas fritas con abundante perejil le embriagó el olfato. Vera siempre era generosa con el perejil, como si quisiera ahogar cualquier pena bajo un manto verde. Antonio se quitó los zapatos y dejó la mochila sobre el aparador como si fuera un rito.

Ya estoy en casa.
¡Estoy en la cocina! respondió Vera.

Ella andaba junto a la vitrocerámica, removiendo algo en la sartén. Tenía el pelo recogido en una coleta y vestía la camisa de cuadros que tanto le gustaba. Antonio se acercó, dejó un beso en su coronilla.

Huele de maravilla.
Patatas con setas. Siéntate, ya vamos a cenar.

Vera sonrió, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos. Antonio lo vio; nunca se le escapaban esos gestos tan suyos, esas capas de inquietud que Vera intentaba tapar con alegría. Tres años juntos y la leía mejor que cualquier novela.

Se sentó a la mesa, observando cómo Vera repartía la cena en los platos. Sus movimientos resultaban bruscos, nada del vaivén suave de otras noches. Algo la roía por dentro, seguro que se trataba de otra conversación con su madre. María del Rosario Laínez sabía dejar regusto amargo.

¿Ha llamado tu madre? preguntó Antonio, aunque ya sabía la respuesta.

Vera se detuvo apenas un segundo, luego le puso el plato delante y se sentó.

Sí. Pero nada especial.

Mentía. Nunca llamaba Rosario sin motivo. Cada llamada era una aguja venenosa, pequeña y persistente.

Antonio no quiso seguir hurgando. Podría haber preguntado, escarbar hasta sacar a la luz todas las frases que su suegra vertía en los oídos de su hija, pero ¿para qué? Sería el mismo disco rayado: sueldo bajo, coche viejo, ninguna perspectiva. Una rumba infinita

Comieron envueltos en un silencio cálido, protegido. Su piso no era más que una modesta vivienda en una manzana de hormigón, pero era suyo, no alquilado. Antonio la había comprado antes de casarse; no era ningún palacio, pero sí el fruto de su esfuerzo.

Vera jugueteaba con las patatas, poco entusiasta. Pensaba en algo, en alguien. Antonio podía adivinar: pensaba en su madre. María del Rosario se quedaba pegada en la mente, como la melodía persistente de un antiguo anuncio.

La suegra de Antonio lo había aborrecido desde la primera cita. Él se presentó con sus mejores vaqueros y el único jersey decente que tenía. María del Rosario lo escaneó como quien valora mercancía olvidada y frunció el ceño.

¿A qué te dedicas? preguntó entonces.
Soy ingeniero.
Ingeniero repitió la palabra como si Antonio confesara una vergüenza. Pero, ¿el sueldo da para vivir dignamente?

Vera se sonrojó y quiso cambiar de tema. Pero la pauta ya estaba marcada. Han pasado tres años y Rosario no se ha ablandado.

Cada visita era una prueba de paciencia para Antonio. «Pues el hijo de la vecina Sonia acaba de abrir su segundo negocio este año.» «¿Y para cuándo pensáis comprar coche nuevo? El tuyo va a dar el último suspiro.» «Vera siempre soñó con tener una casa en las afueras, ¿sabías?»

Antonio aprendió a dejarlo pasar, a sonreír, a asentir y nunca enredarse en disputas. No valía la pena; Rosario no cambiaría de opinión.

Vera terminó de cenar y apartó el plato.

Mi madre nos espera el sábado para cenar. Es el cumpleaños de papá.

Antonio percibió una leve tensión. Las cenas de sábado con la familia de Vera eran una tortura especial: la mesa larga, la parentela ruidosa y su suegra, como general, presidiendo.

¿A qué hora?
A las siete.
Bien. Compramos un pastel por el camino.
Mamá ha dicho que no, que ella lo prepara todo.

Claro. Rosario adoraba tener el control absoluto. Llevar un pastel significaba desbaratar su cuadro perfecto.

Vera recogió los platos y se fue a la pila. Antonio observó su espalda; frágil y pequeña, como un pájaro que quisiera esconder entre las manos. Pero la peor ráfaga de viento venía de la casa materna, y ese viento era imposible de parar.

Vera. Ella se giró. Sabes que te quiero.
Y yo a ti respondió, apenas audible.
Pero en sus ojos parpadeó algo apenas visible: ¿duda, cansancio, culpa?
Antonio no preguntó. A veces es mejor ignorar lo que trenza la mente del ser querido. Sobre todo, si esas ideas vienen cosidas por otros.

El sábado pareció llegar demasiado pronto

Antonio aparcó su viejo Renault junto al portal de la casa de la suegra. La pintura del lateral llevaba meses desconchada, pero no había tenido tiempo de arreglarla. Vera, sentada a su lado, retorcía el asa de su bolso.

¿Lista?
No contestó con honestidad. Pero hay que subir.

El piso de Rosario los recibió con el olor a carne asada y el murmurar de los parientes. El padre de Vera, Luis Antonio Morales, hombre bueno y callado, abrazó a su hija y dio la mano al yerno. El homenajeado parecía incómodo por el protagonismo.

Los invitados ya estaban sentados en la mesa alargada. Tías, primos, cuñados; Antonio seguía sin aprenderse todos los nombres. María del Rosario, en la cabecera, impartía órdenes a la generación más joven.

Antonio se sentó con Vera, en un extremo, por estrategia. Así sería más fácil escapar si la noche se volvía insoportable.

Durante los primeros minutos reinó la calma. Brindis, risas, chinchines. Antonio se permitió relajarse y buscar el pan.

Antonio la voz de Rosario sonó cortante. Y él supo que ese relajo era efímero. ¿Seguís viviendo en ese pisito?
Sí, Rosario. Nos apañamos bien.
Os apañáis repitió. ¿Y los niños? Cuando llegue el crío, ¿dónde vais a meterlo en esa jaula?

Vera se tensó; Antonio buscó su mano bajo la mesa.

Cuando decidamos tener hijos, ya buscaremos otra casa.
Lo buscaréis. Rosario sonrió, haciendo que su sonrisa fuese un dardo. Con tu sueldo, Antonio, sólo podréis pedir crédito. Es lo que hacen las parejas normales: se endeudan, compran un piso más grande. Avanzan.
No quiero vivir a crédito replicó Antonio sereno. Tenemos nuestra casa. Por ahora nos basta.
¡A él le basta! Rosario recorrió la mesa con la mirada, buscando cómplices. ¿Veis? El señor dice «me basta». Y su esposa que se apañe en un cuchitril mientras sus amigas se mudan a pisos grandes.
Mamá intentó Vera.
Calla, hablo con tu marido. Rosario se volvió a Antonio. El hijo de Sonia, David, ¿te acuerdas? Dos créditos ha pedido y ahora vive en pleno centro y tiene coche alemán. Y tú, ¿qué? Con esa chatarra y ese cubo de piso. ¿No te parece humillante?

Antonio dejó el tenedor, despacio. Tres años tragando puyas, comparaciones y desprecios. Por Vera; por paz.

No me avergüenzo dijo firme. Gano con honestidad. No robo, no miento. Vivo según lo que puedo.
Según lo que puedes Rosario se levantó y golpeó la mesa con fuerza.
Las copas saltaron, el tenedor rodó al suelo. El rostro de Rosario se manchó de carmín y furia.

¡No eres hombre, eres un cobarde! Mi hija merece alguien mejor, ¡le busco yo uno más digno!

Un silencio irreal envolvió la sala. Los comensales quedaron petrificados, los cubiertos en el aire. Luis Antonio Morales observaba su plato, incapaz de mirar a su esposa.

Antonio se levantó con lentitud. Tres años de silencio acababan allí.

Señora Rosario, no pienso justificarme ante quien no me respeta. Si cree que no soy suficiente, es su derecho. Pero no consiento más insultos.

Vera miraba a Antonio con los ojos abiertos de par en par. Después sus ojos volaron hacia su madre. Dos columnas vitales, opuestas, en un duelo invisible que forzaba el destino.

Vera se levantó.

Mamá. Te quiero. Pero si vuelves a humillar a mi esposo, nos marcharemos y no regresaremos.

Rosario se quedó rígida.

¿Qué has dicho?
Lo has oído. Antonio es mi marido. Yo lo elegí. Y no permitiré nunca más que lo rebajes.
¡¿Cómo te atreves?! Rosario bufó de rabia. ¡Malagradecida! Te crié, te eduqué, ¿y tú? ¡Prefieres a a ese inútil!
¡Basta, mamá!

El grito de Vera cortó la atmósfera como un cuchillo. Los familiares se hundieron más en las sillas. Hasta tía Concha, que siempre opinaba, guardó silencio.

Has dirigido mi vida como te dio la gana continuó Vera con los labios temblorosos. La ropa, las amistades, el amor. Ya basta. Soy mayor. Elijo cómo quiero vivir y con quién.

Rosario la miró con rencor. Su rostro se volvió mármol.

Recordarás este día masculló. Cuando él te deje sin un duro volverás suplicando a mi puerta. Y ya veremos si te abro.

Cruzó la sala sin mirar ni a su hija ni a su yerno. Cerró la puerta de la habitación con un estruendo.

Antonio abrazó a Vera con fuerza. Su esposa se refugió en el pecho de él, temblando como una hoja.

Has hecho lo correcto susurró Antonio sobre sus cabellos. Estoy orgulloso de ti.

Luis Antonio se levantó despacio.

Marchaos a casa, hijos dijo grave. Tu madre se calmará. Algún día.

En el coche, Vera no habló ni una palabra en todo el camino. Antonio respetó su silencio. Hay heridas que conviene no remover.

Ya en casa, en su pequeño piso, ella finalmente rompió el silencio.

No seré yo quien la llame primero.
Yo te apoyaré en cualquier decisión.

Vera lo miró con los ojos cansados, hinchados de lágrimas, pero con una chispa nueva encendiéndose en el fondo.

Saldré adelante dijo.

Antonio la apretó contra sí. Por la ventana se apagaba el sol justo en ese instante. El diminuto piso ya no les parecía tan pequeño; era su refugio, su fortaleza, y sabían que justo allí, acababa de empezar de verdad su vida.

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