Buenos días, doña Olga Leonídovna. ¿Me permite usted pasar?

Buenas tardes, Carmen Mercedes. ¿Me permite pasar?

La suegra se quedó mirando a su yerno unos segundos, sorprendida, antes de abrir la puerta de par en par para dejarle entrar.

Hola, Iñaki. Pasa, hijo. ¿Pero tú qué haces aquí solo a estas horas? ¿No trabajas hoy o qué?

Pues no, hoy no asintió el hombre, quitándose los zapatos y calzándose unas zapatillas de cuadros. Me he pillado el día libre. Para esto, era necesario.

¿Para esto de qué?

Para algo muy importante. Dígame, Carmen Mercedes, ¿en casa va todo bien?

¿A qué te refieres? volvió a arquear la ceja la suegra.

Bueno, ¿funciona todo bien?

¿El qué todo? ¿Puedes ser más concreto?

Puedo, pero mejor lo compruebo yo mismo, que para eso he venido dijo el yerno, abriendo ya la puerta del baño.

¡Oye, Iñaki, qué vas a revisar tú! le preguntó la mujer, un poco nerviosa, viendo cómo el yerno tiraba de la cadena sin venir a cuento. Pero, ¿para qué?

Usted no se agobie, Carmen Mercedes, pero es que hay que hacerlo musitó él, pendiente del agua que corría alegremente. A mí me gusta que mi esposa tenga todo en condiciones.

¿Qué condiciones ni qué niño muerto? Carmen empezaba a inquietarse.

Condiciones de vida, del día a día vamos. Venga, echemos un vistazo al baño. Iñaki salió, comprobó que la luz se apagara correctamente y pasó al cuarto de al lado. Abrió el grifo y lo dejó correr. Mmm… Veo que aquí todo fluye… ¿El agua caliente nunca falla? ¿La cortan mucho? preguntó, con tono inquisitivo.

Pues hace tiempo que no la han cortado, creo respondió Carmen, mirándole como quien ve doblarse una esquina a Don Quijote. Pero dime ya, Iñaki, ¿pero a qué viene tanta inspección?

Le juro que se lo explico ahora mismo. Eso sí, primero reviso todo de arriba abajo. Si hay algo mal, lo arreglo ipso facto.

¿Pero por qué?

¿Cómo que por qué? Si ya no tiene usted marido… Desde que se fue Pedro, a usted ya no le ayuda nadie por aquí.

¡Ahhh! La suegra pareció atar cabos. ¿No me digas que es Amparo la que te ha calentado la cabeza, y ahora vienes tú a hacerte el salvador? soltó, con una sonrisa torcida. Pues no te molestes, Iñaki. Sin Pedro me he apañado fenomenal estos diez años. Soy capaz de arreglar un grifo y hasta colgar una estantería, si hace falta.

Sí, sí… gruñó el yerno, con tono irónico. Tan bien, que la última estantería que puso usted casi la deja en coma del susto que se llevó cuando cayó.

¿¡Y tú cómo sabes eso!? Carmen se puso seria. ¿No me diga que Amparo te ha contado la historia?

Todavía es mi esposa, y tiene derecho a compartir confidencias con su marido. Venga, vamos a la cocina, que también tengo unas comprobaciones pendientes.

Iñaki, muy metido en el papel de inspector del hogar, cerró la puerta del baño y fue directo a la cocina.

Venga, a ver qué averigua el detective dijo Carmen, ahora con cara de estar disfrutando secretamente del espectáculo.

Lo primero que hizo Iñaki fue acercarse a la cocina de gas y probar el horno. Encendió los fuegos y se quedó mirando la llama como si fuera un experto.

Pues lo que me temía dijo, muy serio. El gas arde raro, con la llama roja. Esto hay que revisarlo, hay que llamar a un técnico.

¿Pero qué invento es ese? Carmen se asomó a mirar la llama. Si esto funciona estupendamente.

Hasta que deje de hacerlo. La llama tiene que ser azul. Si es roja, el gas no se quema bien, y en cualquier momento Amparo puede intoxicarse, ¡que le encanta hornear tartas aquí!

¡Iñaki, no digas bobadas! Amparo no pisa esta cocina desde el día que os casasteis y os mudasteis. Ni la mira de reojo.

Eso por ahora… dijo el yerno, cerrando el horno y pasándose al grifo de la cocina. Pero dentro de poco la volverá a pisar, y bastante.

¿Cómo que dentro de poco? Carmen se quedó petrificada. ¿Qué estás insinuando?

No insinúo nada, lo dice Amparo a diario.

¿Amparo?

Sí, sí. Me lo viene anunciando: que como vuelva a no cerrar la tapa del váter, hace las maletas y se viene a vivir aquí otra vez. Lo suelta a la mínima.

¿Que se viene aquí? a Carmen se le heló la sangre. ¿A este piso?

A este mismo. Por eso tengo que dejar todo como los chorros del oro. No vaya a ser que a mi querida esposa le dé por volver con su madre, y encuentre la casa con desperfectos, y la culpa me caiga encima.

¿Tú te has vuelto loco, Iñaki?

¡Al contrario! Esto es amor con todas las letras. Si ella quiere volver contigo, ¿qué voy a hacer yo?

¡Pero qué elección ni qué nada! explotó Carmen. Pero si tu única misión es bajar la tapa del váter, hombre, ¡y punto!

Eso lo hago siempre, pero cada día se inventa una nueva. Ayer, sin ir más lejos, le molestó que puse los pepinos en la balda equivocada de la nevera. Yo pienso: si hay hueco, ahí van. Pero no, ella dice que cada cosa en su sitio. Por cierto, ¿tiene usted sitio en la nevera?, para sus delicatessen. Abrió de par en par el frigorífico como en su casa. ¡Vaya! Aquí tampoco están los pepinos donde toca. Mi Amparo le va a echar la bronca de su vida.

¡Déjalo ya! gritó Carmen, cerrando la puerta de la nevera de golpe, casi pillándole los dedos al yerno. Se acabó el show. Yo aquí estrenando libertad y vosotros, hala, a planear invasiones.

No son vosotros, es su hija replicó Iñaki, encogiéndose de hombros. Si fuera por mí…

¡Eso! ¡Es MI piso! Carmen casi entonaba un himno. Y aquí ya no entra nadie más. Se lo dices a Amparo: que tiene marido, y debe vivir con él. Y si hace falta, ya hablo yo con ella.

Exactamente. Eso es lo que tiene que hacer. Pero no me quite usted el móvil de gasista, por si acaso.

¡Nada de gasistas! gritó aún más fuerte Carmen. Te juro, Iñaki, que esta misma tarde le pego una charla a Amparo que no va a querer volver ni de visita.

Pero por favor, sin gritos, que luego me la tensa, y así no hay carro que tire… fingió preocuparse Iñaki.

Anda y vete a tu casa, Iñaki le espantó Carmen con las manos, riendo. Menos lecciones, que ya bastante mimada la tienes. Yo con mi hija siempre fui clarita: ni fugas ni tonterías, que a la próxima sale por la puerta pero para no volver.

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Buenos días, doña Olga Leonídovna. ¿Me permite usted pasar?