– ¡Bueno, ya está! – exclamó Alejandro. – ¡Eso es! La última palabra siempre la debe tener el hombre…

¡Anda, ya está! exclamó Alejandro. ¡Así tiene que ser! La última palabra siempre la tiene que tener el hombre.

Por la mañana, llegó a casa de los Jiménez su nieto mayor, Alejandro, el mismo al que recientemente habían ido a su boda en Madrid. Vino a por un poco de patatas, porque él siempre ayudaba a sus abuelos a plantarlas y recogerlas.

A ver, cuéntame, Alejandro soltó la abuela mientras andaba trajinando en la cocina, ¿qué tal te va con tu Lucía?

Bah, pues hay de todo, abuela… respondió él, un poco encogiéndose de hombros, de todo…

Espera, espera intervino el abuelo Antonio, un poco intrigado. ¿Cómo que de todo? ¿Ya os estáis peleando o qué?

Bueno, en realidad, aún no nos hemos peleado del todo. Estamos intentando ver quién lleva los pantalones en casa confesó Alejandro.

Vaya tela… suspiró la abuela Carmen con una risa suave. ¡A buenas horas vais a aclarar eso! Si ya se sabe cómo es.

Claro rió también el abuelo, siempre ha estado claro que la jefa de la familia fue y será la mujer.

Sí, sí… dijo la abuela desde la cocina.

Pero abuelo, ¿tú hablas en serio? preguntó Alejandro, sorprendido. ¿O me estás tomando el pelo?

Lo digo tal cual respondió Antonio. Mira, si no me crees, pregúntale a tu abuela. Dime, Carmen, ¿quién tiene siempre la última palabra aquí?

Anda ya con tus tonterías… replicó la abuela de buen rollo.

No, dilo insistió el abuelo. ¿Quién toma las decisiones, tú o yo?

Pues… yo.

¿En serio, abuela? Alejandro abrió los ojos como platos. Yo nunca he visto eso aquí Y mira que pienso que el hombre tiene que ser el que mande en la casa.

¡Anda ya, Alejandro! el abuelo soltó una carcajada. En las familias de verdad la cosa no funciona como tú crees. Te voy a contar un par de historias para que lo entiendas.

Historia

Ya empezamos resopló la abuela, rodando los ojos. Seguro que va a hablar de la Vespa.

¿Qué Vespa? preguntó Alejandro, perplejo.

La que lleva cien años en el garaje oxidándose corroboró el abuelo encantado. ¿Y sabes cómo me convenció tu abuela para comprarla?

¿La abuela? ¿Convenció?

Sí, ella misma me dio el dinero. De su propio bolsillo. Pero antes de eso hubo otra historia…

Verás, una vez que ahorré algo de dinero, justo para comprarme esa Vespa con sidecar. Le digo a Carmen, quiero comprar la Vespa, para traer las patatas del campo. Antes nos daban huerta lejos y había que traerlas.

Tu abuela se plantó. Dice que mejor un televisor en color, que entonces eran carísimos. La Vespa, que la patata siempre la traje en la bici, y que así siguiera.

El saco a la barra y a tirar millas. Bueno, pues como tú dices, tienes la última palabra. Al final compramos el televisor.

¿Y la Vespa? preguntó Alejandro.

La Vespa la acabamos comprando también… recordó la abuela con una sonrisa. Pero bastante después. Primero, tu abuelo se dejó la espalda y me tocó a mí subir y bajar con los sacos de patatas. Casi toda la cosecha la llevé yo.

Ya cuando en noviembre vendimos los cerdos, le di todo el dinero y le dije: Venga, Antonio, vete al pueblo a por la Vespa con sidecar.

Y al año siguiente, para otoño, volvimos a reunir algo de dinero continuó Antonio. Yo dije, con esto hay que tirar el viejo cobertizo y levantar uno nuevo. El techo y las paredes ya no valían para nada. Pero tu abuela otra vez, que mejor nuevos muebles, para tener la casa en condiciones. Bueno, pues dije lo de siempre: tu palabra es la que cuenta. Compramos los muebles.

Y en primavera, el cobertizo se vino abajo, con la nevada remató la abuela. Aquella vez cayó una buena, no aguantó el techo… Desde entonces, decidí que había que hacer caso a Antonio, igual que él me hacía caso a mí.

¡¿Ves?! soltó Alejandro. Así debe ser, la última palabra para el hombre.

No, Alejandro, no has pillado nada rio el abuelo. Si tú supieras… Antes de mover un dedo, siempre le digo a la abuela: Carmen, ¿te parece bien que haga esto? Y se hace lo que diga ella.

Y yo siempre le respondo: haz lo que te parezca mejor, Antonio.

Así que ya lo sabes, Alejandro, en cualquier caso la última palabra la tiene que tener la mujer sentenció el abuelo. ¿Lo vas pillando?

Alejandro se quedó pensativo, luego empezó a reírse a carcajadas. Y tras reírse un buen rato, se quedó callado, y la cara le cambió, como si de repente viera la luz.

Ahora sí que lo entiendo, abuelo. Llegaré a casa y le diré a Lucía: Vale, cariño, nos vamos a Mallorca en vacaciones, como tú querías. Y el coche, de momento, no lo llevo al taller, que lo del cambio automático sale caro.

Si el coche peta, pues bueno, el invierno vamos en autobús al curro. Solo hay que madrugar un poco más, no pasa nada… ¿Qué te parece, abuelo?

Me parece estupendo afirmó el abuelo con una sonrisa. Y ya verás, Alejandro, en un año o dos, acabaréis pensando igual los dos en casa.

Que al final, lo mejor es que la mujer lleve la batuta. Así el hombre vive más tranquilo… te lo dice uno con experiencia.

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MagistrUm
– ¡Bueno, ya está! – exclamó Alejandro. – ¡Eso es! La última palabra siempre la debe tener el hombre…