—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿o qué?… —murmuró Valera, ajustando el collar improvisado hecho con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se encogió de frío. Aquél febrero se había vuelto especialmente cruel: nieve, lluvia, viento que calaba hasta los huesos. Pelirrojo, un chucho callejero de pelo rojizo desvaído y un ojo ciego, había aparecido en su vida hacía justo un año, cuando Valera volvía de la fábrica después del turno de noche; lo encontró junto a los contenedores, apaleado, hambriento, y el ojo izquierdo cubierto de una opacidad blanquecina. La voz le taladró los nervios. Valera reconoció enseguida al que hablaba: Santi el Bizco, el “chungo” del barrio y con su cuadrilla de tres adolescentes. —¿De paseo, o qué? —respondió Valera sin mirar. —Y tú, abuelo, ¿pagas impuestos por pasear a ese bicho? —se burló uno de los chavales—. Pero mira qué feo, con el ojo torcido. Voló una piedra; le dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se pegó a las piernas de su dueño. —Déjame en paz —dijo Valera, con voz de acero. —¡Anda! ¡Don Manitas se atreve a hablar! —Santi se acercó—. ¿No te acuerdas de que este es mi barrio? Aquí los perros pasean con mi permiso. Valera se tensó. En el ejército le enseñaron a resolver problemas rápido y sin dudar. Pero aquello fue hace treinta años. Ahora sólo era un mecánico jubilado al que no le apetecían líos. —Vámonos, Pelirrojo —susurró, volviendo hacia casa. —¡Eso, lárgate! —gritó Santi—. ¡Y la próxima vez, a tu monstruo sí que lo remato! Aquella noche Valera no pudo dormir, repasando la escena una y otra vez. Al día siguiente, cayó aguanieve. Valera aplazó el paseo cuanto pudo, pero Pelirrojo se sentaba junto a la puerta y le miraba con tanta devoción que tuvo que rendirse. —Vale, vale. Pero rápido. Evitaron los lugares habituales. Aquella panda no asomaba —el mal tiempo les habría puesto a cubierto. Valera ya se relajaba cuando Pelirrojo se detuvo junto a la vieja caldera abandonada. Enderezó su oreja sana, olfateó el aire. —¿Qué pasa, viejo? El perro gimió y tiró hacia las ruinas. De allí llegaban ruidos extraños— llanto, tal vez lamentos. —¡Eh! ¿Quién anda ahí? —gritó Valera. Sin respuesta, sólo el viento. Pelirrojo tiraba del collar, inquieto. —¿Qué tienes? —Valera se agachó a su lado. Entonces oyó, clarísimo: —¡Ayuda! Se le heló el corazón. Liberó a Pelirrojo y siguió los pasos del perro. Entre los escombros, tras una pila de ladrillos, yacía un chaval de unos doce años, la cara ensangrentada, el labio partido, la ropa hecha jirones. —¡Dios! —Valera se agachó—. ¿Qué te ha pasado? —¿Tío Valera?… ¿Eres tú? Entreabrió los ojos. Valera reconoció a Andrés Mínguez, el hijo tímido de su vecina del quinto. —¡Andrés! ¿Qué te han hecho? —Santi y sus matones —sollozó Andrés—. Querían dinero de mamá. Les dije que lo contaría a la poli… Me cazaron… —¿Cuánto llevas aquí? —Desde esta mañana… Mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y lo tapó. Pelirrojo se acurrucó junto a él, calentándolo. —¿Puedes ponerte en pie, Andrés? —Me duele la pierna… creo que está rota. Valera la palpó. Fractura confirmada. Y vete a saber qué más. —¿Tienes teléfono? —No… me lo quitaron. Valera sacó su viejo Nokia y marcó el 112. Ambulancia en media hora. —Aguanta, chaval. Ya vienen. —¿Y si Santi se entera de que estoy vivo? —Andrés temblaba de miedo—. Dijo que acabaría conmigo. —No lo va a hacer —respondió Valera, seguro—. No te tocarán más. El chico le miró sorprendido: —Tío Valera, si ayer tú mismo huiste de ellos… —Eso era distinto. Era sólo por mí y por Pelirrojo. Ahora… No siguió. ¿Qué decir? ¿Que hace tres décadas juró defender a los suyos? ¿Que en Afganistán aprendió que nunca se abandona a un niño? La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron en la puerta, pensando. Esa tarde, la madre de Andrés, doña Fina, fue a casa de Valera llorando; le dio las gracias mil veces, entre sollozos: —¡D. Valerio! Los médicos dicen que una hora más y no lo cuenta. ¡Le ha salvado la vida! —No le salvé yo —Valera acarició al perro—. Fue Pelirrojo el que lo encontró. —¿Y ahora, qué será de nosotros? —Fina miró asustada a la puerta—. Santi no se detendrá. El policía dice que de la palabra de un niño no se fía el juez… —Todo irá bien —prometió Valera, aunque él tampoco sabía cómo. Esa noche no pegó ojo, dándole vueltas a un plan. ¿Cómo defender a Andrés? ¿Y a los demás chavales del barrio que sufren lo mismo? A la mañana siguiente, la decisión brotó sola. Valera se enfundó su viejo uniforme militar —el de gala, con medallas—. Se miró al espejo; seguía pareciendo soldado. —Vamos, Pelirrojo. Hoy tenemos asunto. La panda de Santi merodeaba, como siempre, en el colmado. Al ver a Valera, se rieron. —¡Mira, el abuelo, vestido de carnaval! —gritó uno. Santi se incorporó, chulesco: —Venga, vejestorio, piérdete; tu época ya pasó. —La mía no ha hecho más que empezar —contestó Valera, firme. —¿Qué pintas aquí, disfrazado? —Sirvo a la patria. Protejo a los débiles de tipos como tú. —¿Andrés Mínguez te suena? La risa de Santi se heló. —¿A mí qué? —Te debería, porque es el último chaval al que vas a tocar. —¿Me estás amenazando, viejo? Santi avanzó. Bajo la chaqueta relució un cuchillo. —¡Te voy a enseñar yo quién manda! Valera se plantó. Los años pesan, pero la sangre de soldado se impone. —Aquí manda la ley. —¿La ley? —Santi agitaba el cuchillo—. ¿Quién te ha puesto al mando? —Mi conciencia. Entonces ocurrió lo inesperado. Pelirrojo, hasta entonces quieto, alzó el pelo del lomo y soltó un gruñido feroz. —¿Y tu chucho qué? —iba a decir Santi. —Mi perro es veterano —le cortó Valera—. En Afganistán. Perros como este detectaban minas y pillaban bandidos. Exageraba, pero todos le creyeron. Hasta Pelirrojo parecía creérselo. —Veinte terroristas cazados —añadió Valera—. Y todos vivos. ¿Tú crees que no va a poder con un macarra drogata? Santi reculó; sus colegas, mudos. —Escúchame: desde hoy este barrio será seguro. Yo patrullaré cada rincón. Y mi perro irá conmigo, oliendo… a maleantes. Así que… Todos entendieron aunque él calló. —¿Me amenazas? —intentó Santi recuperar el tono. —Puedes llamar a quien quieras. Pero tengo contactos mucho más peligrosos que tú. Yo he conocido a mucha gente en… sitios peores. También mentía, pero resultaba convincente. —Me llaman Valerio el Afgano —remató—. No lo olvides. Y deja en paz a los críos. Se alejó con Pelirrojo a su lado, el perro con el rabo muy alto. Tras ellos, el silencio. Y durante tres días, la banda de Santi casi no apareció por el barrio. Desde entonces, Valera empezó a patrullar los portales cada día, Pelirrojo siempre serio y solemne. Andrés salió del hospital y fue a visitar a Valera. —¿Tío Valera, puedo acompañaros en las rondas? —Si tus padres te dejan. Fina estaba encantada. Así que cada noche, allí iban: un hombre mayor con uniforme, un chaval y un viejo perro rojizo. Pelirrojo gustaba a todos. Hasta las madres dejaban que los niños se le acercasen, aunque supieran que era “callejero”. Había en él algo de nobleza. Valera contaba anécdotas del ejército y la amistad verdadera. Y los chicos escuchaban, fascinados. —¿Tío Valera, tú alguna vez tuviste miedo? —preguntó Andrés una noche. —Mucho —contestó Valera. —¿Y ahora, a qué temes? —A no llegar a tiempo, hijo. A estar demasiado cansado. Andrés acarició al perro: —Cuando crezca, seré como tú. Y tendré un perro igual de listo. —Claro que sí —sonrió Valera. Pelirrojo movió la cola. Y en el barrio todos decían: “Ese es el perro de Valerio el Afgano; distingue a los héroes de los sinvergüenzas”. Y Pelirrojo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era sólo un chucho callejero. Era un guardián.

Bueno, Chispa, vamos, ¿no? murmura Valerio, ajustando una correa improvisada hecha de una cuerda vieja.
Se abrocha la chaqueta hasta el cuello y tiembla ligeramente. Este febrero en Madrid está siendo especialmente cruel: aguanieve, viento que atraviesa la ropa como si no existiera.
Chispa, un perro mestizo de pelaje rojizo desvaído y un ojo ciego, apareció en su vida hace un año. Justo cuando Valerio volvía a casa de una larga jornada como mecánico en Atocha, lo encontró junto a unos contenedores. El perro estaba magullado, famélico y el ojo izquierdo opaco, cubierto por una nube blanca.
De pronto, una voz le crispa los nervios. Valerio reconoce enseguida a quien habla: Sergio el Bizco, el chulito del barrio con no más de veinticinco años. A su alrededor, tres chavales más jóvenes su pandilla se arremolinan, listos para lo que sea.
Paseando contesta Valerio, sin levantar la mirada.
Oye, abuelo, ¿pagas la tasa municipal por pasear a ese bicho? se carcajea uno de los chavales. ¡Vaya pinta, si parece que ni ve!
Uno lanza una piedra, que golpea a Chispa en el costado. El perro gime y se pega a las piernas de Valerio.
Déjalo ya dice Valerio en voz baja, pero su tono lleva filo.
¡Anda! ¡Que el manitas del barrio nos habla! Sergio se acerca, gesticulando. ¿Recuerdas que este barrio es mío? Aquí sólo pasean perros con mi permiso.
Valerio se tensa. En la mili le enseñaron a resolver los problemas rápido y con firmeza. Pero eso fue hace treinta años. Ahora, solamente es un mecánico jubilado, cansado y que huye de problemas innecesarios.
Vámonos, Chispa da media vuelta en dirección a casa.
¡Eso, lárgate! grita Sergio tras él. Y la próxima vez, a tu chucho lo dejo tieso.
Valerio no duerme en toda la noche, dándole vueltas a la escena.
Al día siguiente, cae nieve pesada y mojada. Valerio trata de retrasar la salida, pero Chispa se sienta ante la puerta y le mira, tan fiel, que no puede negarse.
Vale, venga. Pero rapidito.
Andan con cuidado, evitando las plazas y esquinas habituales de la pandilla. Hoy, ni rastro de Sergio y los suyos: la lluvia los ha debido ahuyentar.
Valerio se relaja un poco, pero de pronto, Chispa se detiene cerca de una antigua central térmica abandonada. Aguzando el único oído, huele el aire.
¿Qué pasa, viejo?
El perro gimotea, estira la cuerda hacia las ruinas. De allí sale un sonido extraño, mitad llanto, mitad quejido.
¡Eh! ¿Quién anda ahí? pregunta Valerio en voz alta.
Nada. Solo el viento colándose entre los muros.
Chispa tira con fuerza. En su único ojo, brilla preocupación.
¿Qué será…? Valerio se agacha. ¿Qué hay ahí?
Entonces escucha claramente una voz infantil:
¡Ayuda!
El corazón le da un vuelco. Suelta la correa y sigue a Chispa hacia los escombros.
En el suelo de la sala medio caída de la central térmica, entre ladrillos y vigas, hay un chaval de unos doce años. Tiene la cara sangrando, el labio hinchado y la ropa destrozada.
¡Dios! Valerio se agacha a su lado. ¿Qué ha pasado, muchacho?
¿Don Valerio? el chico apenas puede abrir los ojos. ¿Es usted?
Valerio se fija. Es Andrés Mínguez, el hijo callado de su vecina del quinto piso.
¡Andrés! ¿Qué ha pasado?
Sergio y los del barrio… solloza. Le pidieron dinero a mi madre, y yo dije que iría a la policía. Me han pillado…
¿Cuánto llevas aquí?
Desde la mañana. Hace mucho frío…
Valerio le quita la chaqueta y cubre al niño. Chispa se acerca, se echa a su lado y le da calor.
Andrés, ¿puedes moverte?
Me duele la pierna. Creo que está rota.
Valerio la palpa con cuidado: fractura. Y quién sabe si tendrá lesiones internas.
¿Tienes móvil?
Me lo quitaron.
Valerio saca su viejo Nokia y marca el 112. La ambulancia promete llegar en media hora.
Aguanta, chaval. Pronto vienen los médicos.
¿Y si Sergio descubre que estoy vivo? Andrés tiembla. Dijo que me acabaría.
No podrá responde Valerio con firmeza. No volverá a tocarte.
El chico le mira sorprendido:
Pero ayer usted también se apartó.
Era distinto. Entonces solo iba por Chispa y por mí. Ahora es otra cosa…
No termina la frase. ¿Qué explicar? ¿Que hace treinta años juró proteger a los débiles? ¿Que le enseñaron en la mili en Ceuta que un hombre de verdad nunca abandona a un niño?
La ambulancia llega antes de lo prometido. Se llevan a Andrés. Valerio se queda un rato junto a la central, pensando, con Chispa a su lado.
Esa tarde se presenta en su casa la madre de Andrés, doña Pilar Fernández. Llora, le da las gracias mil veces, promete que no lo olvidará jamás.
Don Valerio repite entre lágrimas, dice el médico que si hubiera estado una hora más en la calle… usted le ha salvado la vida.
No he sido yo Valerio acaricia a Chispa. Ha sido él quien encontró a su hijo.
¿Y ahora qué vamos a hacer? doña Pilar mira temblorosa la puerta. Sergio no parará. El policía dice que, sin pruebas ni testigos, no pueden hacer nada.
Todo irá bien miente Valerio, pero ni él mismo lo tiene claro.
Esa noche no descansa. No para de darle vueltas: ¿cómo proteger a Andrés? ¿Y a tantos otros chavales, víctimas de esos matones?
Por la mañana, toma una decisión simple.
Se pone su viejo uniforme militar, el de gala, con las medallas que guarda desde joven. Se mira al espejo: un soldado es un soldado, aunque peinen canas.
Chispa, vamos. Tenemos faena.
Frente al supermercado de la plaza, la pandilla de Sergio ya está merodeando. Cuando ven aparecer a Valerio se burlan.
¡Eh, abuelete! ¿Hoy hay desfile? grita uno.
Sergio, sentado en un banco, sonríe:
Anda, jubilado, ¿a qué vienes disfrazado? Ya ni pintas tienes aquí.
Lo mío no ha hecho más que empezar contesta Valerio, acercándose tranquilo.
¿Buscas guerra?
Vengo a servir a mi patria. A defender a los débiles de tipos como tú.
Sergio suelta una risotada:
¿Pero qué patria ni qué cuentos, viejo?
¿Te acuerdas de Andrés Mínguez?
La sonrisa desaparece de su cara.
¿Por qué iba a acordarme de ese?
Deberías. Es el último niño de este barrio que sufrirá por tu culpa.
¿Me amenazas, viejo?
Te aviso.
Sergio da un paso al frente. En su mano, brilla una navaja.
¡Te vas a enterar de quién manda aquí!
Valerio se planta firme. La veteranía militar no se olvida del todo.
Aquí quien manda es la ley.
¿Y tú eres el juez o qué?
Mi juez es mi conciencia.
Entonces ocurre lo inesperado. Chispa, que ha permanecido quieto, se eriza. Gruñe tan grave que hiela el aire.
¿Y tu chucho? empieza Sergio.
Mi perro ha servido en operaciones especiales improvisa Valerio. Busca explosivos y ladrones por instinto. Se os huele de lejos.
No es cierto, Chispa solo es un mestizo callejero, pero lo dice tan serio que todos le creen hasta Chispa parece convencido y ladra con fuerza.
Ha encontrado a veinte forajidos ocultos dice Valerio. A ninguno se le escapó. ¿Tú crees que contigo no podrá?
Sergio retrocede. Los suyos, asustados, no se mueven.
Escúchame bien Valerio avanza. A partir de hoy, este barrio estará seguro. Recorreré todas las plazas cada día, y mi perro buscará a los gamberros. Y entonces…
No termina la frase. Todos lo han entendido.
¿Pretendes asustarme? Sergio intenta recuperar valor. Yo con una llamada…
Llama le corta Valerio, pero recuerda: tengo contactos mejores que los tuyos. Hay más de uno que me debe favores, incluso en comisaría.
Tampoco es cierto. Pero suena convencido y Sergio se lo traga.
Me llaman Valerio el Soldado dice con firmeza. Acuérdate. Y no vuelvas a tocar a ningún crío.
Se da la vuelta y se marcha, Chispa a su lado, la cola erguida.
Tras de sí, sólo queda silencio.
Pasan tres días. La pandilla de Sergio apenas asoma por el barrio.
Valerio, de verdad, empieza a patrullar cada tarde. Y Chispa va con él serio, concentrado.
A la semana, Andrés sale del hospital. La pierna aún le duele, pero puede andar. Ese mismo día va a visitar a Valerio.
Don Valerio dice, tímido, ¿puedo ayudarle con las rondas?
Puedes. Pero primero, habla con tu madre.
Doña Pilar casi se emociona: su hijo al fin con buen ejemplo.
Y así, cada tarde, se ve en el barrio un trío peculiar: un hombre mayor de uniforme, un niño y un chucho viejo y rojizo.
Chispa conquista a todos, hasta las madres dejan que los demás niños le acaricien, aunque sea mestizo. Hay algo noble en él, digno.
Valerio cuenta historias de la mili, de la verdadera camaradería. Los chavales escuchan fascinados.
Una tarde, de regreso de una ronda, Andrés pregunta:
Don Valerio, ¿usted alguna vez tuvo miedo?
Muchas veces responde Valerio. Y aún lo tengo.
¿A qué?
A no llegar a tiempo. A quedarme sin fuerza.
Andrés acaricia a Chispa:
Cuando sea mayor le ayudaré. Tendré un perro tan listo como Chispa.
Así será sonríe Valerio. Ya lo verás.
Chispa solo mueve el rabo.
Ahora todos conocen al perro de Valerio el Soldado. Dicen: Ese perro distingue a los valientes de los canallas.
Y Chispa sigue patrullando seguro de sí; ya no es solo un chucho callejero. Es todo un guardián.

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MagistrUm
—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿o qué?… —murmuró Valera, ajustando el collar improvisado hecho con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se encogió de frío. Aquél febrero se había vuelto especialmente cruel: nieve, lluvia, viento que calaba hasta los huesos. Pelirrojo, un chucho callejero de pelo rojizo desvaído y un ojo ciego, había aparecido en su vida hacía justo un año, cuando Valera volvía de la fábrica después del turno de noche; lo encontró junto a los contenedores, apaleado, hambriento, y el ojo izquierdo cubierto de una opacidad blanquecina. La voz le taladró los nervios. Valera reconoció enseguida al que hablaba: Santi el Bizco, el “chungo” del barrio y con su cuadrilla de tres adolescentes. —¿De paseo, o qué? —respondió Valera sin mirar. —Y tú, abuelo, ¿pagas impuestos por pasear a ese bicho? —se burló uno de los chavales—. Pero mira qué feo, con el ojo torcido. Voló una piedra; le dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se pegó a las piernas de su dueño. —Déjame en paz —dijo Valera, con voz de acero. —¡Anda! ¡Don Manitas se atreve a hablar! —Santi se acercó—. ¿No te acuerdas de que este es mi barrio? Aquí los perros pasean con mi permiso. Valera se tensó. En el ejército le enseñaron a resolver problemas rápido y sin dudar. Pero aquello fue hace treinta años. Ahora sólo era un mecánico jubilado al que no le apetecían líos. —Vámonos, Pelirrojo —susurró, volviendo hacia casa. —¡Eso, lárgate! —gritó Santi—. ¡Y la próxima vez, a tu monstruo sí que lo remato! Aquella noche Valera no pudo dormir, repasando la escena una y otra vez. Al día siguiente, cayó aguanieve. Valera aplazó el paseo cuanto pudo, pero Pelirrojo se sentaba junto a la puerta y le miraba con tanta devoción que tuvo que rendirse. —Vale, vale. Pero rápido. Evitaron los lugares habituales. Aquella panda no asomaba —el mal tiempo les habría puesto a cubierto. Valera ya se relajaba cuando Pelirrojo se detuvo junto a la vieja caldera abandonada. Enderezó su oreja sana, olfateó el aire. —¿Qué pasa, viejo? El perro gimió y tiró hacia las ruinas. De allí llegaban ruidos extraños— llanto, tal vez lamentos. —¡Eh! ¿Quién anda ahí? —gritó Valera. Sin respuesta, sólo el viento. Pelirrojo tiraba del collar, inquieto. —¿Qué tienes? —Valera se agachó a su lado. Entonces oyó, clarísimo: —¡Ayuda! Se le heló el corazón. Liberó a Pelirrojo y siguió los pasos del perro. Entre los escombros, tras una pila de ladrillos, yacía un chaval de unos doce años, la cara ensangrentada, el labio partido, la ropa hecha jirones. —¡Dios! —Valera se agachó—. ¿Qué te ha pasado? —¿Tío Valera?… ¿Eres tú? Entreabrió los ojos. Valera reconoció a Andrés Mínguez, el hijo tímido de su vecina del quinto. —¡Andrés! ¿Qué te han hecho? —Santi y sus matones —sollozó Andrés—. Querían dinero de mamá. Les dije que lo contaría a la poli… Me cazaron… —¿Cuánto llevas aquí? —Desde esta mañana… Mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y lo tapó. Pelirrojo se acurrucó junto a él, calentándolo. —¿Puedes ponerte en pie, Andrés? —Me duele la pierna… creo que está rota. Valera la palpó. Fractura confirmada. Y vete a saber qué más. —¿Tienes teléfono? —No… me lo quitaron. Valera sacó su viejo Nokia y marcó el 112. Ambulancia en media hora. —Aguanta, chaval. Ya vienen. —¿Y si Santi se entera de que estoy vivo? —Andrés temblaba de miedo—. Dijo que acabaría conmigo. —No lo va a hacer —respondió Valera, seguro—. No te tocarán más. El chico le miró sorprendido: —Tío Valera, si ayer tú mismo huiste de ellos… —Eso era distinto. Era sólo por mí y por Pelirrojo. Ahora… No siguió. ¿Qué decir? ¿Que hace tres décadas juró defender a los suyos? ¿Que en Afganistán aprendió que nunca se abandona a un niño? La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron en la puerta, pensando. Esa tarde, la madre de Andrés, doña Fina, fue a casa de Valera llorando; le dio las gracias mil veces, entre sollozos: —¡D. Valerio! Los médicos dicen que una hora más y no lo cuenta. ¡Le ha salvado la vida! —No le salvé yo —Valera acarició al perro—. Fue Pelirrojo el que lo encontró. —¿Y ahora, qué será de nosotros? —Fina miró asustada a la puerta—. Santi no se detendrá. El policía dice que de la palabra de un niño no se fía el juez… —Todo irá bien —prometió Valera, aunque él tampoco sabía cómo. Esa noche no pegó ojo, dándole vueltas a un plan. ¿Cómo defender a Andrés? ¿Y a los demás chavales del barrio que sufren lo mismo? A la mañana siguiente, la decisión brotó sola. Valera se enfundó su viejo uniforme militar —el de gala, con medallas—. Se miró al espejo; seguía pareciendo soldado. —Vamos, Pelirrojo. Hoy tenemos asunto. La panda de Santi merodeaba, como siempre, en el colmado. Al ver a Valera, se rieron. —¡Mira, el abuelo, vestido de carnaval! —gritó uno. Santi se incorporó, chulesco: —Venga, vejestorio, piérdete; tu época ya pasó. —La mía no ha hecho más que empezar —contestó Valera, firme. —¿Qué pintas aquí, disfrazado? —Sirvo a la patria. Protejo a los débiles de tipos como tú. —¿Andrés Mínguez te suena? La risa de Santi se heló. —¿A mí qué? —Te debería, porque es el último chaval al que vas a tocar. —¿Me estás amenazando, viejo? Santi avanzó. Bajo la chaqueta relució un cuchillo. —¡Te voy a enseñar yo quién manda! Valera se plantó. Los años pesan, pero la sangre de soldado se impone. —Aquí manda la ley. —¿La ley? —Santi agitaba el cuchillo—. ¿Quién te ha puesto al mando? —Mi conciencia. Entonces ocurrió lo inesperado. Pelirrojo, hasta entonces quieto, alzó el pelo del lomo y soltó un gruñido feroz. —¿Y tu chucho qué? —iba a decir Santi. —Mi perro es veterano —le cortó Valera—. En Afganistán. Perros como este detectaban minas y pillaban bandidos. Exageraba, pero todos le creyeron. Hasta Pelirrojo parecía creérselo. —Veinte terroristas cazados —añadió Valera—. Y todos vivos. ¿Tú crees que no va a poder con un macarra drogata? Santi reculó; sus colegas, mudos. —Escúchame: desde hoy este barrio será seguro. Yo patrullaré cada rincón. Y mi perro irá conmigo, oliendo… a maleantes. Así que… Todos entendieron aunque él calló. —¿Me amenazas? —intentó Santi recuperar el tono. —Puedes llamar a quien quieras. Pero tengo contactos mucho más peligrosos que tú. Yo he conocido a mucha gente en… sitios peores. También mentía, pero resultaba convincente. —Me llaman Valerio el Afgano —remató—. No lo olvides. Y deja en paz a los críos. Se alejó con Pelirrojo a su lado, el perro con el rabo muy alto. Tras ellos, el silencio. Y durante tres días, la banda de Santi casi no apareció por el barrio. Desde entonces, Valera empezó a patrullar los portales cada día, Pelirrojo siempre serio y solemne. Andrés salió del hospital y fue a visitar a Valera. —¿Tío Valera, puedo acompañaros en las rondas? —Si tus padres te dejan. Fina estaba encantada. Así que cada noche, allí iban: un hombre mayor con uniforme, un chaval y un viejo perro rojizo. Pelirrojo gustaba a todos. Hasta las madres dejaban que los niños se le acercasen, aunque supieran que era “callejero”. Había en él algo de nobleza. Valera contaba anécdotas del ejército y la amistad verdadera. Y los chicos escuchaban, fascinados. —¿Tío Valera, tú alguna vez tuviste miedo? —preguntó Andrés una noche. —Mucho —contestó Valera. —¿Y ahora, a qué temes? —A no llegar a tiempo, hijo. A estar demasiado cansado. Andrés acarició al perro: —Cuando crezca, seré como tú. Y tendré un perro igual de listo. —Claro que sí —sonrió Valera. Pelirrojo movió la cola. Y en el barrio todos decían: “Ese es el perro de Valerio el Afgano; distingue a los héroes de los sinvergüenzas”. Y Pelirrojo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era sólo un chucho callejero. Era un guardián.