— Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no? —murmuró Valera, ajustando la correa hecha con una vieja cuerda. Se abrochó la cazadora hasta el cuello y se encogió de hombros. Este febrero era especialmente cruel —nieve con lluvia, un viento que calaba los huesos. Pelirrojo —un chucho con el pelo rojizo desvaído y un ojo ciego— había llegado a su vida un año antes. Valera volvía del turno de noche en la fábrica y lo encontró junto a unos contenedores. El perro estaba apaleado, hambriento y el ojo izquierdo cubierto por una mancha lechosa. Una voz le puso los nervios de punta. Valera reconoció al que hablaba: Sergio “El Tuerto”, el matón del barrio, de unos veinticinco años. Junto a él tres chavales, su “cuadrilla”. — Paseando, —respondió Valera, sin levantar la mirada. — Oiga, ¿usted paga impuestos por pasear a este bicho? —rió uno de los chicos—. ¡Mírelo, qué feo es el perro ese, con el ojo torcido! Un pedrusco voló y dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se refugió junto a la pierna de Valera. — Lárgate —susurró Valera, con una voz que sonó a acero. — ¡Tate! ¡Mira quién habla! —Sergio dio un paso al frente—. ¿Te acuerdas de quién manda aquí? Aquí no pasea ni un perro sin que yo diga. Valera se puso tenso. En la mili le enseñaron a resolver problemas rápido y con mano dura. Pero eso fue hace treinta años. Ahora era solo un cerrajero jubilado que no quería líos. — Vamos, Pelirrojo —dijo, volviéndose hacia casa. — ¡Eso es! —gritó Sergio—. La próxima vez te encontrarás al bicho muerto. Esa noche, Valera no pudo pegar ojo, dándole vueltas a la escena. Al día siguiente cayó una nieve pegajosa. Valera pospuso el paseo, pero Pelirrojo esperaba junto a la puerta, mirándole con tal fidelidad, que acabó cediendo. — Vale, venga, pero rapidito. Fueron esquivando los lugares donde la cuadrilla solía reunirse. No se veía a Sergio ni a los suyos; seguramente se resguardaban del mal tiempo. Valera ya se sentía tranquilo cuando Pelirrojo se paró, tensando la correa, junto a la vieja central térmica. Erizó la única oreja que le quedaba y olisqueó el aire. —¿Qué tienes ahí, viejo? El perro gimoteó y tiró hacia las ruinas. De allí venían unos ruidos extraños, sollozos o quejidos. —¡Eh! ¿Quién anda ahí? —gritó Valera. Silencio, sólo el viento. Pelirrojo tiró más fuerte, el ojo sano expresando inquietud. —¿Qué te pasa? —se inclinó Valera. Entonces lo oyó claro: una voz de niño. —¡Ayuda! El corazón le dio un vuelco. Soltó la correa y siguió al perro. Entre los escombros de la central térmica, tras un montón de ladrillos, yacía un chaval de unos doce años. Cara magullada, labio partido, ropa desgarrada. —¡Por Dios! —Valera se agachó a su lado—. ¿Qué te han hecho? —¿Don Valerio…? —el niño entreabrió los ojos. Valera reconoció a Andrés, el hijo de la vecina del quinto. Un chavalito tímido y reservado. —¡Andrés! ¿Qué ha pasado? —Sergio y su banda —sollozó—. Luego pedían dinero a mi madre. Dije que avisaría al municipal… Me pillaron… —¿Cuánto llevas aquí? —Desde la mañana. Hace mucho frío… Valera se quitó la cazadora y cubrió al chico. Pelirrojo se tumbó a su lado para darle calor. —¿Puedes levantarte? — Me duele la pierna. Creo que está rota… Valera la palpó con cuidado; estaba fracturada. Y a saber qué más tendría por dentro. —¿Tienes móvil? —Me lo quitaron… Valera sacó su viejo Nokia y llamó al 112. Llegarían en media hora. —Aguanta, chaval. Ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo vivo? —Andrés temblaba—. Dijo que me acabaría. —No va a tocarte más —dijo Valera con firmeza—. No volverá a tocarte. Andrés le miró asombrado: —Don Valerio, pero si ayer usted… les esquivó. —No era lo mismo. Entonces era sólo yo y Pelirrojo. Ahora… No terminó la frase. ¿Qué decir? ¿Que hace treinta años juró proteger a los débiles? ¿Que en Afganistán le enseñaron que un hombre nunca abandona a un niño? La ambulancia llegó antes de lo esperado. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron allí, pensando. Esa noche, la madre de Andrés, doña Encarnación, fue a casa de Valera entre lágrimas. —¡No sé cómo agradecerle! —lloraba—. El médico dice que si llega a estar más tiempo, se me muere de frío. Le ha salvado la vida. —No he sido yo —Valera acarició a Pelirrojo—. El perro ha encontrado a su hijo. —¿Y ahora qué será de nosotros? —preocupada, miró la puerta—. Sergio no nos va a dejar en paz. El policía dice que el testimonio de un niño no basta… —Todo saldrá bien—prometió Valera, aunque él mismo dudaba. No pudo dormir. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger al chaval? ¿Y a los demás, cuántos niños más aguantarían las amenazas de esa pandilla? A la mañana siguiente, la solución apareció sola. Valera se puso la casaca de la mili —la de gala, con las condecoraciones—. Se miró al espejo: un soldado es un soldado, aunque los años pesen. —Vamos, Pelirrojo. Hoy tenemos faena. La banda de Sergio, como siempre, estaba junto al ultramarinos. Al ver a Valera se burlaron: —¡Mira, el abuelo va disfrazado! Sergio se irguió con sorna. —A ver, viejo, lárgate. Te crees algo con ese uniforme… —Mi tiempo no terminó —respondió tranquilo Valera, acercándose. —¿Y tú qué pintas así? —Servir a mi patria. Proteger a los indefensos de gentuza como tú. Sergio rio a carcajadas. —¿Qué patria, viejo? ¿De qué hablas? —¿Andrés, te suena? La sonrisa se le congeló a Sergio. —¿Por qué tenía que acordarme de pringados? —Porque es el último chaval que vas a tocar en el barrio. —¿Me amenazas, abuelo? —Te aviso. Sergio avanzó, navaja en mano. —Te voy a enseñar quién manda aquí. Valera no se apartó ni un centímetro. La instrucción militar no se olvida con los años. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley? —zascandileaba Sergio—. ¿Quién te ha puesto de jefe? —Mi conciencia. Y entonces ocurrió lo insólito. Pelirrojo, que había estado sentado, se alzó con el lomo erizado y un gruñido profundo. —¿Y tu chucho…? —Sergio no terminó. —Mi perro ha estado en Afganistán —Valera habló serio—. Fue de rastreo de minas, caza a criminales. Sabe reconocer malhechores. No era cierto, pero sonó tan convincente que todos lo creyeron. Hasta Pelirrojo se creyó héroe. —Ha capturado a veinte delincuentes vivos —siguió Valera—. ¿Tú crees que no puede contigo? Sergio retrocedió. Los chicos tras él se encogieron. —Escucha —Valera dio un paso más—: desde hoy, este barrio estará a salvo. Cada día recorreré las calles. Y mi perro rastreará gamberros. Entonces… No terminó. No hacía falta. —¿Vas a asustarme, abuelo? ¿Por teléfono llamo yo y…? —Llama —Valera asintió—. Pero recuerda: tengo contactos más poderosos que los tuyos. En la cárcel conozco a muchísimos… Mentira. Pero lo dijo seguro. —Me conocen por Valerio el Militar —concluyó—. Y que no se vuelva a tocar un niño. Se giró y se fue, Pelirrojo junto a él, la cola muy alta. Atrás sólo quedó el silencio. Tres días después, la banda de Sergio apenas se dejaba ver por el barrio. Valera de verdad empezó a patrullar a diario. Y Pelirrojo le acompañaba, serio, digno. Andrés salió del hospital en una semana. La pierna aún dolía, pero podía andar. Ese mismo día fue a ver a Valera. —Don Valerio, ¿puedo ayudarle con los rondines? —Sí, pero primero díselo a tu madre. Doña Encarnación, lejos de protestar, se alegró de que su hijo tuviera tan buen ejemplo. Y desde entonces, todas las tardes se veía una extraña cuadrilla: el hombre mayor de uniforme militar, el chico, y el chucho pelirrojo y viejo. Pelirrojo cayó bien a todos. Incluso las madres dejaban a los niños acariciarle, aunque fuera de la calle. Tenía algo especial: dignidad, quizás. Valera les contaba historias del ejército, de la amistad de verdad. Le escuchaban con la boca abierta. Una tarde, tras otro “patrullaje”, Andrés preguntó: —¿Alguna vez ha tenido miedo, don Valerio? —Sí —admitió—. Y aún lo tengo a veces. —¿De qué? —De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas… Andrés acarició al perro. —Cuando crezca, le ayudaré. Y yo también tendré un perro así de listo. —Lo tendrás, claro que sí —sonrió Valera. Pelirrojo sólo movió la cola. Y en el barrio ya lo sabían todos: “Ese es el perro de Valerio el Militar. Sabe distinguir héroes de sinvergüenzas”. Y Pelirrojo seguía patrullando con orgullo, sabiendo que ya no era un chucho más: era un verdadero guardián.

Bueno, Canelo, vamos ya… murmuró Valentín, ajustando la correa improvisada hecha con una cuerda vieja.
Se abrochó la cazadora hasta el cuello y se estremeció. Aquel febrero en Madrid era especialmente cruel: la ventisca y el aguanieve atravesaban capa y hueso.
Canelo, un mestizo de pelo rojizo apagado y un ojo ciego, había aparecido en su vida un año atrás. Valentín volvía de la fábrica tras el turno de noche cuando lo vio cerca de los contenedores. El perro estaba maltrecho, famélico, y el ojo izquierdo cubierto por una neblina blanquecina.
Una voz desgarró el silencio, áspera y burlona. Valentín reconoció enseguida a quien hablaba: Sergio El Bizco, el cabecilla joven del barrio. A su lado, tres chavales, su pandilla.
De paseo, contestó seco Valentín, sin levantar la mirada.
¿Y tú, abuelo, pagas el IBI por pasear a ese adefesio? rugió uno de los chicos, entre risas. ¡Mira qué feo, si tiene un ojo torcido!
Una piedra voló e impactó en el costado de Canelo. El perro gimió, refugiándose en la pierna de su dueño.
Déjame en paz, musitó Valentín, con voz tensa y firme.
¡Uy, el manitas habla! Sergio se acercó sobrando. ¿Recuerdas de quién es este barrio? Aquí los perros pasean si yo lo permito.
Valentín se mantuvo en calma, aunque sentía cómo los recuerdos del ejército le tensionaban los músculos. Treinta años habían pasado desde aquello. Ahora solo era un mecánico jubilado, cansado y sin ganas de buscar pleitos.
Vamos, Canelo, giró rumbo a casa.
¡Así me gusta! gritó Sergio tras él. La próxima vez le apaño el ojo al monstruo.
Esa noche, Valentín no pudo conciliar el sueño, repitiendo la escena una y otra vez en su cabeza.
Al día siguiente caía un aguanieve persistente. Valentín demoró el paseo, pero Canelo se plantó en la puerta, mirándolo tan fielmente que sólo pudo rendirse.
Vale, vale. Pero rapidito.
Pasearon eludiendo los puntos donde solía reunirse la banda. Pero no se veía rastro de Sergio ni de sus chicos, quizás refugiados del temporal.
Valentín ya empezaba a relajarse cuando Canelo se paró en seco frente a la vieja central térmica abandonada. Alzó la única oreja, olfateando.
¿Qué pasa, viejo?
El perro gimió y tiró hacia las ruinas. De allí provenían sonidos extraños, como llantos o gemidos.
¡Eh! ¿Quién anda ahí? gritó Valentín.
Nadie respondió, salvo el viento aullando entre escombros.
Canelo insistía, la mirada cargada de inquietud.
¿Qué te pasa? se agachó Valentín. ¿Qué hay ahí?
Entonces lo escuchó claramente: una voz infantil.
¡Ayuda!
El corazón se le encogió. Desató la correa y, guiado por Canelo, se internó en las ruinas.
Entre una montaña de ladrillos, encontró a un chico de unos doce años. Cara amoratada, el labio partido, la ropa hecha jirones.
¡Dios mío! se arrodilló a su lado. ¿Qué te ha pasado?
¿Tío Valentín? abrió un ojo el niño, sorprendido. ¿Es usted?
Valentín forzó la vista y lo reconoció: Andrés Martín, hijo de su vecina del quinto. Un chaval tranquilo, siempre callado.
¡Andresito! ¿Qué ha ocurrido?
Sergio y los suyos, sollozó. Amenazaron a mamá, querían dinero. Dije que lo contaría a la policía… Me pillaron.
¿Desde cuándo llevas aquí?
Desde esta mañana. Hace mucho frío.
Valentín se despojó de la cazadora y abrigó al muchacho. Canelo se tumbó pegado a él, dándole calorcito.
Andrés, ¿puedes levantarte?
Me duele la pierna, creo que está rota.
Valentín le palpó con cuidado. Sí, fractura segura. Y quién sabía si algo más grave.
¿Tienes móvil?
Me lo quitaron.
Valentín sacó su viejo Alcatel y marcó al 112. Prometieron llegar en media hora.
Aguanta, chico. Ya vienen los médicos.
¿Y si Sergio se entera de que estoy vivo? tembló Andrés. Me ha dicho que acabaría conmigo.
No lo hará, aseguró Valentín. No volverá a tocarte.
Andrés lo miró perplejo.
Pero anoche usted se marchó de ellos
Era diferente. Sólo éramos Canelo y yo. Ahora
No terminó la frase. ¿Qué iba a decir? ¿Qué hacía treinta años prometió proteger a los débiles? ¿Que en Bosnia aprendió que un hombre de verdad nunca da la espalda a un niño indefenso?
La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valentín y Canelo se quedaron en la acera, pensativos bajo el viento.
Esa noche, la madre de Andrés, doña Carmen, tocó a la puerta de Valentín llorando y agradecida.
Don Valentín, sollozaba, los médicos dicen que un poco más y mi hijo no lo cuenta. ¡Le debe la vida!
No se lo debe a mí, aseguró él acariciando a Canelo. Ha sido él quien lo encontró.
¿Y ahora? la mujer miraba la puerta con turbación. Sergio no parará. El policía dice que no hay pruebas; la palabra de un niño no basta
Todo irá bien, mintió Valentín, aunque ni él tenía claro cómo.
Apenas pegó ojo. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger no sólo a Andrés, sino a cuantos sufrían al otro lado de la ley?
Al amanecer tuvo claridad.
Sacó su antiguo uniforme de gala, el de las misiones en Bosnia y Kosovo, con medallas. Se miró al espejo: un soldado curtido, aunque canoso.
Vamos, Canelo. Nos queda trabajo.
La pandilla de Sergio estaba, como siempre, en la puerta del supermercado. Al ver acercarse a Valentín, empezaron las risas.
¡Mirad! ¡El abuelo disfrazado de general! gritó uno.
Sergio se incorporó y sonrió sardónico.
Venga, fósil. Lárgate. Ya no es tu tiempo.
Mi tiempo acaba de empezar, contestó tranquilo Valentín, aproximándose.
¿Qué quieres aquí vestido así?
Servir. Proteger a los míos de tipos como tú.
Sergio carcajeó.
¿Proteger a quién? ¿A esos pringaos?
Como Andrés Martín. ¿Te suena?
Por un momento el gesto de Sergio vaciló.
No sé quién es ese pringado.
Sí sabes. Y tenlo claro: él es el último chaval al que pondrás la mano encima en este barrio.
¿Me amenazas, carcamal?
Te aviso.
Sergio se acercó con una navaja.
¡Ahora verás quién manda!
Pero Valentín ni se inmutó; la sangre fría militar no lo había abandonado con la edad.
Aquí en este barrio manda la ley.
¿La ley? Sergio agitaba la navaja. ¿Te crees Guardia Civil?
No, me manda la conciencia.
En ese instante Canelo, que había permanecido en silencio, se erizó, enseñando los dientes y gruñendo con fuerza.
Tu chucho no me asusta, masculló Sergio.
Mi perro es antiguo del ejército, mintió Valentín, detectaba explosivos en Bosnia. Huele la basurilla a kilómetros.
Era solo un perro callejero, pero Valentín lo dijo con tanta seguridad que hasta los chavales se lo creyeron.
Descubrió a una veintena de criminales sin fallo. ¿Serás el siguiente?
Sergio retrocedió un par de pasos. El resto se quedó quieto e indeciso.
Escuchad: desde hoy este barrio será seguro. Pasaré cada día por aquí con mi perro, investigando gamberros. Y entonces
Dejó la amenaza flotando. Pero todos entendieron.
¿Crees que me asustas? intentó recuperar el aplomo Sergio. Llamo a quien quieras y te echan en dos patadas
Llama, aceptó Valentín, pero recuerda que tengo contactos más pesados que tú. Muchos policías me deben favores.
Tampoco era verdad, pero sonó contundente.
Me llamo Valentín el Bosnio, remató. Recuerda. Y no toques a ningún crío más.
Se dio la vuelta y se fue. Canelo a su lado, la cola levantada con orgullo.
Detrás, el silencio.
Pasaron tres días y Sergio apenas apareció por el barrio con sus amigos.
Valentín cumplió su palabra y empezó a recorrer las calles a diario. Canelo siempre iba con él serio, concentrado.
Una semana después, Andrés ya podía caminar con muletas. Fue a casa de Valentín.
Tío Valentín, preguntó ¿puedo acompañarle en las rondas?
Claro, pero habla antes con tus padres.
Doña Carmen no objetó. Al contrario, feliz de que su hijo hubiese encontrado tan buen ejemplo.
Así, cada tarde, se podía verles juntos: un hombre mayor con uniforme, un chico y un perro pelirrojo y tuerto.
Canelo se ganó el cariño de todos. Incluso las madres dejaban que sus hijos lo acariciasen, a pesar de su aspecto de calle. Algo especial transmitía: quizá dignidad.
Valentín contaba historias del ejército, de la lealtad y el compañerismo, y los chavales escuchaban embelesados.
Una tarde, mientras volvían de patrullar, Andrés le preguntó:
¿Alguna vez ha tenido miedo?
Sí, admitió Valentín. Y todavía a veces lo tengo.
¿A qué?
A no llegar a tiempo. A no tener fuerzas suficientes.
Andrés acarició al perro.
De mayor, yo también ayudaré y tendré un perro tan listo como Canelo.
Lo tendrás, sonrió Valentín.
Canelo solo movió la cola, feliz.
En el barrio todos lo sabían ya: Esa es la perra de Valentín el Bosnio, distingue a los valientes de los canallas.
Y Canelo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era un simple perro callejero. Era un verdadero guardián.
Porque a veces, para cambiar un barrio, basta con que alguien decida no mirar hacia otro lado.

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MagistrUm
— Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no? —murmuró Valera, ajustando la correa hecha con una vieja cuerda. Se abrochó la cazadora hasta el cuello y se encogió de hombros. Este febrero era especialmente cruel —nieve con lluvia, un viento que calaba los huesos. Pelirrojo —un chucho con el pelo rojizo desvaído y un ojo ciego— había llegado a su vida un año antes. Valera volvía del turno de noche en la fábrica y lo encontró junto a unos contenedores. El perro estaba apaleado, hambriento y el ojo izquierdo cubierto por una mancha lechosa. Una voz le puso los nervios de punta. Valera reconoció al que hablaba: Sergio “El Tuerto”, el matón del barrio, de unos veinticinco años. Junto a él tres chavales, su “cuadrilla”. — Paseando, —respondió Valera, sin levantar la mirada. — Oiga, ¿usted paga impuestos por pasear a este bicho? —rió uno de los chicos—. ¡Mírelo, qué feo es el perro ese, con el ojo torcido! Un pedrusco voló y dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se refugió junto a la pierna de Valera. — Lárgate —susurró Valera, con una voz que sonó a acero. — ¡Tate! ¡Mira quién habla! —Sergio dio un paso al frente—. ¿Te acuerdas de quién manda aquí? Aquí no pasea ni un perro sin que yo diga. Valera se puso tenso. En la mili le enseñaron a resolver problemas rápido y con mano dura. Pero eso fue hace treinta años. Ahora era solo un cerrajero jubilado que no quería líos. — Vamos, Pelirrojo —dijo, volviéndose hacia casa. — ¡Eso es! —gritó Sergio—. La próxima vez te encontrarás al bicho muerto. Esa noche, Valera no pudo pegar ojo, dándole vueltas a la escena. Al día siguiente cayó una nieve pegajosa. Valera pospuso el paseo, pero Pelirrojo esperaba junto a la puerta, mirándole con tal fidelidad, que acabó cediendo. — Vale, venga, pero rapidito. Fueron esquivando los lugares donde la cuadrilla solía reunirse. No se veía a Sergio ni a los suyos; seguramente se resguardaban del mal tiempo. Valera ya se sentía tranquilo cuando Pelirrojo se paró, tensando la correa, junto a la vieja central térmica. Erizó la única oreja que le quedaba y olisqueó el aire. —¿Qué tienes ahí, viejo? El perro gimoteó y tiró hacia las ruinas. De allí venían unos ruidos extraños, sollozos o quejidos. —¡Eh! ¿Quién anda ahí? —gritó Valera. Silencio, sólo el viento. Pelirrojo tiró más fuerte, el ojo sano expresando inquietud. —¿Qué te pasa? —se inclinó Valera. Entonces lo oyó claro: una voz de niño. —¡Ayuda! El corazón le dio un vuelco. Soltó la correa y siguió al perro. Entre los escombros de la central térmica, tras un montón de ladrillos, yacía un chaval de unos doce años. Cara magullada, labio partido, ropa desgarrada. —¡Por Dios! —Valera se agachó a su lado—. ¿Qué te han hecho? —¿Don Valerio…? —el niño entreabrió los ojos. Valera reconoció a Andrés, el hijo de la vecina del quinto. Un chavalito tímido y reservado. —¡Andrés! ¿Qué ha pasado? —Sergio y su banda —sollozó—. Luego pedían dinero a mi madre. Dije que avisaría al municipal… Me pillaron… —¿Cuánto llevas aquí? —Desde la mañana. Hace mucho frío… Valera se quitó la cazadora y cubrió al chico. Pelirrojo se tumbó a su lado para darle calor. —¿Puedes levantarte? — Me duele la pierna. Creo que está rota… Valera la palpó con cuidado; estaba fracturada. Y a saber qué más tendría por dentro. —¿Tienes móvil? —Me lo quitaron… Valera sacó su viejo Nokia y llamó al 112. Llegarían en media hora. —Aguanta, chaval. Ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo vivo? —Andrés temblaba—. Dijo que me acabaría. —No va a tocarte más —dijo Valera con firmeza—. No volverá a tocarte. Andrés le miró asombrado: —Don Valerio, pero si ayer usted… les esquivó. —No era lo mismo. Entonces era sólo yo y Pelirrojo. Ahora… No terminó la frase. ¿Qué decir? ¿Que hace treinta años juró proteger a los débiles? ¿Que en Afganistán le enseñaron que un hombre nunca abandona a un niño? La ambulancia llegó antes de lo esperado. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron allí, pensando. Esa noche, la madre de Andrés, doña Encarnación, fue a casa de Valera entre lágrimas. —¡No sé cómo agradecerle! —lloraba—. El médico dice que si llega a estar más tiempo, se me muere de frío. Le ha salvado la vida. —No he sido yo —Valera acarició a Pelirrojo—. El perro ha encontrado a su hijo. —¿Y ahora qué será de nosotros? —preocupada, miró la puerta—. Sergio no nos va a dejar en paz. El policía dice que el testimonio de un niño no basta… —Todo saldrá bien—prometió Valera, aunque él mismo dudaba. No pudo dormir. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger al chaval? ¿Y a los demás, cuántos niños más aguantarían las amenazas de esa pandilla? A la mañana siguiente, la solución apareció sola. Valera se puso la casaca de la mili —la de gala, con las condecoraciones—. Se miró al espejo: un soldado es un soldado, aunque los años pesen. —Vamos, Pelirrojo. Hoy tenemos faena. La banda de Sergio, como siempre, estaba junto al ultramarinos. Al ver a Valera se burlaron: —¡Mira, el abuelo va disfrazado! Sergio se irguió con sorna. —A ver, viejo, lárgate. Te crees algo con ese uniforme… —Mi tiempo no terminó —respondió tranquilo Valera, acercándose. —¿Y tú qué pintas así? —Servir a mi patria. Proteger a los indefensos de gentuza como tú. Sergio rio a carcajadas. —¿Qué patria, viejo? ¿De qué hablas? —¿Andrés, te suena? La sonrisa se le congeló a Sergio. —¿Por qué tenía que acordarme de pringados? —Porque es el último chaval que vas a tocar en el barrio. —¿Me amenazas, abuelo? —Te aviso. Sergio avanzó, navaja en mano. —Te voy a enseñar quién manda aquí. Valera no se apartó ni un centímetro. La instrucción militar no se olvida con los años. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley? —zascandileaba Sergio—. ¿Quién te ha puesto de jefe? —Mi conciencia. Y entonces ocurrió lo insólito. Pelirrojo, que había estado sentado, se alzó con el lomo erizado y un gruñido profundo. —¿Y tu chucho…? —Sergio no terminó. —Mi perro ha estado en Afganistán —Valera habló serio—. Fue de rastreo de minas, caza a criminales. Sabe reconocer malhechores. No era cierto, pero sonó tan convincente que todos lo creyeron. Hasta Pelirrojo se creyó héroe. —Ha capturado a veinte delincuentes vivos —siguió Valera—. ¿Tú crees que no puede contigo? Sergio retrocedió. Los chicos tras él se encogieron. —Escucha —Valera dio un paso más—: desde hoy, este barrio estará a salvo. Cada día recorreré las calles. Y mi perro rastreará gamberros. Entonces… No terminó. No hacía falta. —¿Vas a asustarme, abuelo? ¿Por teléfono llamo yo y…? —Llama —Valera asintió—. Pero recuerda: tengo contactos más poderosos que los tuyos. En la cárcel conozco a muchísimos… Mentira. Pero lo dijo seguro. —Me conocen por Valerio el Militar —concluyó—. Y que no se vuelva a tocar un niño. Se giró y se fue, Pelirrojo junto a él, la cola muy alta. Atrás sólo quedó el silencio. Tres días después, la banda de Sergio apenas se dejaba ver por el barrio. Valera de verdad empezó a patrullar a diario. Y Pelirrojo le acompañaba, serio, digno. Andrés salió del hospital en una semana. La pierna aún dolía, pero podía andar. Ese mismo día fue a ver a Valera. —Don Valerio, ¿puedo ayudarle con los rondines? —Sí, pero primero díselo a tu madre. Doña Encarnación, lejos de protestar, se alegró de que su hijo tuviera tan buen ejemplo. Y desde entonces, todas las tardes se veía una extraña cuadrilla: el hombre mayor de uniforme militar, el chico, y el chucho pelirrojo y viejo. Pelirrojo cayó bien a todos. Incluso las madres dejaban a los niños acariciarle, aunque fuera de la calle. Tenía algo especial: dignidad, quizás. Valera les contaba historias del ejército, de la amistad de verdad. Le escuchaban con la boca abierta. Una tarde, tras otro “patrullaje”, Andrés preguntó: —¿Alguna vez ha tenido miedo, don Valerio? —Sí —admitió—. Y aún lo tengo a veces. —¿De qué? —De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas… Andrés acarició al perro. —Cuando crezca, le ayudaré. Y yo también tendré un perro así de listo. —Lo tendrás, claro que sí —sonrió Valera. Pelirrojo sólo movió la cola. Y en el barrio ya lo sabían todos: “Ese es el perro de Valerio el Militar. Sabe distinguir héroes de sinvergüenzas”. Y Pelirrojo seguía patrullando con orgullo, sabiendo que ya no era un chucho más: era un verdadero guardián.