Bueno, Pelusa, vámonos ya… murmuré, ajustando la improvisada correa hecha de una cuerda vieja.
Me abroché la cazadora hasta el cuello y sentí el frío calándome los huesos. Este febrero en Madrid está siendo especialmente cruel: lluvia mezclada con aguanieve y un viento que parece querer atravesarlo todo.
Pelusa, una perra mestiza de pelaje rojizo desteñido y un ojo ciego, apareció en mi vida hace justo un año. Volvía a casa de mi turno de noche como mecánico en el taller, y la vi acurrucada junto a unos contenedores de basura. Estaba apaleada, famélica y tenía una neblina blanca cubriéndole el ojo izquierdo.
Una voz cortante me crispó los nervios. Reconocí a quien hablaba Sergio “el Bizco”, un chaval del barrio con fama de matón, no tendría más de veinticinco años. A su alrededor, tres adolescentes los de siempre, su cuadrilla.
Paseando contesté con sequedad, sin mirarle.
¿Y tú, tío, pagas impuestos por sacar a ese bicho por aquí? soltó uno de los chavales, riéndose. ¡Vaya careto tiene con el ojo torcido!
Un pedrusco voló y golpeó a Pelusa en el costado. La perra soltó un quejido y se pegó aún más a mi pierna.
Vete a paseo murmuré, pero mi voz sonó cortante como una navaja.
¡Anda, que el manitas se ha enfadado! se burló Sergio, acercándose. No te olvides que este es mi territorio. Aquí los perros pasean porque yo lo permito.
Sentí cómo la espalda se me ponía tensa. Había aprendido a resolver líos rápido cuando hacía la mili, pero de eso hace ya treinta años. Ahora solo soy un jubilado, cansado y con poco deseo de meterse en problemas.
Vamos, Pelusa me giré hacia casa.
Eso, eso. ¡Mejor que no vuelva a ver a ese bicho por aquí o me encargo yo! gritó Sergio a mi espalda.
Esa noche no pegué ojo, reviviendo la escena una y otra vez en mi cabeza.
Al día siguiente volvió el chaparrón. Retrasé el paseo cuanto pude, pero Pelusa se sentó junto a la puerta y me miró con esos ojos llenos de lealtad que no admiten discusión.
Vale, vale. Pero rápido.
Caminamos sorteando los lugares habituales donde se juntaban los de siempre. No vi rastro de Sergio ni de su pandilla quizá el mal tiempo les echó atrás.
Empezaba a relajarme cuando Pelusa se paró en seco al llegar cerca de la antigua central térmica abandonada. Alzó su única oreja sana, olisqueó el aire.
¿Qué pasa, vieja?
La perra gimió y tiró de la correa hacia los escombros, donde llegar hasta nosotros sonidos extraños como sollozos.
¿Quién anda ahí? llamé.
Nada. Sólo el aullido del viento contestaba.
Pelusa tiraba con insistencia. Había verdadero apuro en su ojo.
¿Qué hay? me agaché a su altura. ¿Qué notas?
Entonces oí, nítido, un hilo de voz infantil:
¡Ayuda!
Se me encogió el corazón. Solté la correa y seguí a Pelusa a las ruinas.
Entre montones de ladrillos rotos, encontré a un chaval, no tendría más de doce años. Cara magullada, el labio partido, ropa hecha jirones.
¡Santo cielo! me arrodillé a su lado. ¿Qué te ha pasado?
¿Don Ramiro? el chaval entreabrió los ojos. ¿Es usted?
Fijándome bien, reconocí a Andrés Carmona, el hijo de la vecina del quinto. Siempre callado, muy formal.
¡Andrés! ¿Qué ocurrió?
Sergio, el Bizco, y los suyos… Le pidieron dinero a mamá. Y yo les amenacé con contarlo a la policía… Me atraparon…
¿Llevas aquí mucho?
Desde la mañana. Hace un frío horrible.
Me quité la chaqueta y lo tapé. Pelusa se echó junto a él, ofreciéndole su calor.
¿Puedes levantarte?
Me duele la pierna. Creo que está rota.
La palpé. Sin duda, fractura, y a saber qué más tendría por dentro.
¿Tienes móvil?
Se lo llevaron.
Saqué mi viejo Nokia, marqué al 112. Dijeron que la ambulancia tardaría media hora.
Aguanta, chaval. Ya vienen.
¿Y si Sergio se entera de que no he muerto? tembló Andrés. Dijo que si me pillaba otra vez
No volverá a tocarte afirmé. Te lo prometo.
Andrés me miró sorprendido.
Pero don Ramiro ayer ustedes mismos se apartaron de ellos.
Ayer el asunto era distinto. Solo Pelusa y yo. Ahora
No seguí. ¿Qué iba a decirle? ¿Que hace treinta años juré proteger a los débiles? ¿Que el ejército te enseña que no se abandona nunca un niño?
La ambulancia llegó antes de lo esperado. Se llevaron a Andrés entre mantas. Pelusa y yo nos quedamos junto a las ruinas, con la cabeza llena de vueltas.
Esa tarde, Lucía, la madre de Andrés, pasó por casa, llorando de agradecimiento.
¡Don Ramiro! sollozaba. Me han dicho los médicos que si llega a estar una hora más, no lo cuenta. ¡Le salvó la vida!
Quien lo salvó fue Pelusa le acaricié el lomo a la perra. Ella lo encontró.
¿Y ahora? Miraba asustada la puerta. Sergio no va a parar. La policía dice que no hay pruebas, que lo de un solo niño no sirve…
Todo saldrá bien prometí sin saber cómo.
Esa noche, en la cama, no podía dormir de nuevo, dándole vueltas a cómo proteger no solo a Andrés, sino a tantos niños del barrio.
Al amanecer lo tuve claro.
Rescaté mi antiguo uniforme de gala, con las condecoraciones, del fondo del armario. Me miré en el espejo: un viejo soldado, sí, pero con porte.
Vamos, Pelusa. Hoy tenemos trabajo.
La pandilla de Sergio montaba guardia en la plaza del supermercado, como siempre. Cuando me vieron acercarme, arrancaron a reír.
¡Eh, el abuelo, de procesión! vociferó uno.
Sergio se levantó de su banco, sonriendo con desprecio.
¿Qué haces disfrazado de soldadito, viejo? Largo de aquí, ya no pintas nada.
Al contrario, es ahora cuando empiezo contesté firme, avanzando hacia ellos.
¿Qué buscas vistiendo así?
Servir a mi país. Defender a los débiles de los indeseables, como tú.
Sergio soltó una carcajada.
¿Qué país ni qué niño muerto?
¿Te acuerdas de Andrés Carmona?
La sonrisa se le borró.
Ni idea de quién es.
Deberías. Es el último niño que sufrirá por tu culpa en este barrio.
¿Me amenazas, vejestorio?
Te estoy avisando.
Sergio dio un paso, mostrando una navaja.
Ahora vas a ver quién manda aquí.
No cedí ni un paso. La mili deja huella.
Aquí manda la ley.
¿Qué ley, eh? Nadie te nombra a ti.
Me nombra mi conciencia.
Y entonces sucedió lo inesperado.
Pelusa, que se había mantenido a mi lado en silencio, se irguió de golpe, enseñando los dientes y gruñendo.
¿Y tu chucho qué, eh? empezó Sergio.
Mi perra luchó a mi lado en Bosnia, en el ejército. Experta en detección de minas. Reconoce a un criminal de lejos.
Nada más lejos de la realidad: Pelusa apenas es una chucha callejera. Pero lo dije de tal forma que todos tragaron. Hasta la perra pareció creérselo, y se puso aún más fiera.
Ha capturado a veinte terroristas. Ni uno se le escapó insistí. ¿Crees que no puede contigo, drogadicto?
Sergio titubeó. Sus compinches enmudecieron.
Escuchadme di un paso adelante: Desde hoy el barrio es seguro. Pasaré por cada portal. Y Pelusa buscará a quien haga daño. Así que…
No terminé. Sabían a qué me refería.
¿Me quieres asustar? farfulló Sergio queriendo parecer valiente. Con una llamada
Hazla, anda asentí. Recuerda: tengo contactos mejores que los tuyos. A cuántos conozco en la cárcel. Cuántos me deben favores.
Mentira, claro. Pero lo dije tan convincente que coló.
Me llaman Ramiro “el Castúo” rematé. Recuerda el nombre. Y no toques a más niños.
Me di la vuelta, cabeza alta. Pelusa caminaba a mi lado, el rabo en alto.
Silencio a nuestras espaldas.
Pasaron tres días sin rastro de Sergio ni su grupo.
Yo de verdad empecé a recorrer el barrio cada tarde. Pelusa a mi lado, seria como nunca.
Andrés salió del hospital a la semana. Cojeaba, pero podía andar. Ese mismo día vino a verme.
Don Ramiro, ¿puedo acompañarle en los rondines? dijo el chaval.
Sí, pero primero pide permiso en casa.
Lucía no puso objeciones; incluso parecía orgullosa de que su hijo admirara a alguien así.
Desde entonces, cada tarde, el barrio veía una extraña patrulla: un anciano en uniforme, un muchacho y una perra vieja y leal.
Pelusa era la favorita de todos. Hasta las madres dejaban que sus hijos la acariciaran, aunque fuera evidente que era callejera. Había algo especial en ella, una especie de dignidad.
Yo contaba batallas de la mili y lecciones de compañerismo verdadero. Los chavales escuchaban boquiabiertos.
Una noche, al volver de una de nuestras rondas, Andrés me preguntó:
¿Don Ramiro, usted alguna vez ha tenido miedo?
Muchas veces admití. Incluso ahora.
¿A qué?
A no llegar a tiempo. A no ser suficiente.
Andrés acarició a Pelusa.
Yo, cuando crezca, le ayudaré. Y tendré una perra igual de lista.
La tendrás sonreí. Seguro que sí.
Pelusa sólo movía el rabo.
En el barrio todos la conocían ya. Decían: Esa es la perra de Ramiro el Castúo. Sabe distinguir a los héroes de los miserables.
Y Pelusa caminaba orgullosa, porque ya no era sólo una perra callejera. Era una protectora.







