Bueno, es feo y no sirve para nada. Así que lo tiré. El corazón de la madre casi se detuvo. El padre salió fuera a buscar al niño.

Había una vez una anciana que decidió hacer una buena obra. Reunió todas aquellas cosas que ya no le servían y que llevaban años dándole vueltas por la cabeza en su casa: blusas preciosas, vestidos de antaño, sombreros de otro siglo, faldas que ya no sabía ni de quién eran En fin, todo aquello que ocupaba sitio y sólo servía para acumular polvo. La mujer pensó: Pues me las llevo a la iglesia, por si alguien las necesita. A lo mejor algún sintecho o refugiado les acaba sacando provecho.
Metió todo en una bolsa algo raída y la dejó en un rincón del salón. Pensó que lo bajaría al día siguiente. Luego se fue a dormir tan tranquila.
Pero, creedme o no, tuvo un sueño rarísimo esa noche.
Sintió como si el alma se le escapara del cuerpo, observándolo todo desde arriba, aunque seguía estando en su piso. El ambiente era luminoso, casi celestial, y su alma, qué queréis que os diga, parecía más contenta que unas castañuelas.
Allí estaba ella, en el centro de la habitación, sujetando con cariño la bolsa que había preparado para la iglesia. Y de repente, enfrente de ella, apareció una niña pequeña.
¿Qué lleva usted en esa bolsa? le preguntó la niña.
La anciana, sonriendo, contestó:
He juntado unas cuantas cosas que ya no uso. Solo me quitan espacio. Quiero dárselas a quien de verdad las pueda necesitar. Mañana las llevaré a la iglesia.
Qué generosa es usted. Pero… la bolsa está hecha un asco. ¿Por qué no la lava antes de llevarla? ¿Me lo promete?
Sí, sí, no te preocupes.
No lo olvide insistió la niña con una sonrisa antes de desvanecerse, como si nunca hubiera estado allí.
En ese momento la anciana se despertó de sopetón y, ya bien despejada, recordó todo el sueño. ¿Un ángel, quizás? ¿O una aparición mariana? El caso es que miró la bolsa tirada en el rincón y se dijo: Bueno, si hay que lavar, se lava. Así que empezó a vaciarla para meterla en la lavadora.
Vale, suena de lo más cómico. Y podréis pensar que la buena mujer estaba un poco chiflada por dar importancia a los sueños. Decís que es supersticiosa, ¿verdad? Pues yo no estaría tan segura. A mí también me hacía gracia hasta que sucedió lo que os voy a contar.
En un piso vecino vivía una familia a la que acababa de nacerle un niño. No era el primero, sino el segundo vástago. Para celebrar el acontecimiento, los padres invitaron a medio vecindario: primos, tías, y hasta la señora de la papelería de abajo. Todos vinieron a felicitarles, admirar al bebé y llevar algún regalo.
Pero eso sí, ni abrazos ni halagos al recién nacido. Los padres, muy supersticiosos ellos, tenían pánico a que lo gafaran por hablar bien de lo bonito que era. Así que pidieron a todos que, si decían algo, que fuera criticando: que si el niño era feucho, que si menudo careto, que si casi ni lo querían mirar Ya sabéis, esas cosas que sólo se dicen en una casa española llena de supersticiones y abuelas supersticiosas.
Y allí iba cada invitado, soltando la suya como buenamente podía: ¡Uy, qué niño más feo! ¡Que Dios nos pille confesados!. El caso es que todos cumplían, los padres suspiraban de alivio y luego se iban al otro cuarto a tomar tarta y café.
Pero el hermano mayor, que lo escuchaba todo a través de la puerta entreabierta, pensó lo siguiente: Si este niño es tan raro y feo como dicen, ¿para qué lo queremos? No se lo pensó dos veces. Agarró al bebé y se fue corriendo hacia la terraza. Miró a un lado y a otro (como si estuviera a punto de tirar un trasto viejo) y ¡zas! Lanzó al hermano por el balcón, igual que quien tira un peluche viejo por la ventana.
Cuando lo oí, se me encogió el corazón. Y, si Dios no hubiera estado de su parte, el cuento habría acabado fatal.
Pero ese día Dios tenía trabajo extra y, sin duda, envió a un ángel. Porque la anciana de la bolsa aquella de nuestro sueño celestial vivía justo en el piso de abajo.
Como era muy cumplida, había terminado de lavar la bolsa y, aprovechando el buen tiempo, la colgó a secar justo bajo la terraza de arriba.
¿Y qué ocurrió? Pues que, en ese preciso instante, el bebé cayó como caído del cielo ¡directamente sobre la bolsa de la abuela!
Cuando los padres notaron que en la habitación de al lado reinaba un silencio sospechoso, ya era tarde. Corrieron y vieron al mayor en la terraza y al pequeño bueno, al pequeño no lo vieron por ningún lado. Empezaron a preguntar. El mayor, tan tranquilo, contestó:
Pues si es tan feo y no lo queremos, lo he tirado fuera.
La madre se quedó sin respiración y el padre bajó corriendo a la calle, rezando todo lo que sabía. Por un milagro, el niño estaba de una pieza.
¡Qué suerte hemos tenido! lloraban los padres, abrazando al niño.
¿Y a quién dieron las gracias? ¿Os lo imagináis? ¡A la abuela del primero! Y nadie se acordó de Dios. Nadie, salvo la anciana del sueño, claro está. Ella sí supo que aquello no era sólo casualidad. Total, que ni pensaba lavar la bolsa si no llega a ser por el ángel esa noche
¿Por qué todo el mundo llama suerte a lo que no es más que un milagro? Nunca lo he terminado de entender. Cada uno tendrá su versión, supongo. Yo, por mi parte, no creo en las casualidades. Y sólo doy las gracias a Dios, porque a fin de cuentas, ¿qué milagro hay que no venga de su mano?

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MagistrUm
Bueno, es feo y no sirve para nada. Así que lo tiré. El corazón de la madre casi se detuvo. El padre salió fuera a buscar al niño.