Buenas tardes, señora, ¿me puede dar, por favor, lo que tenga usted más barato?, le decía siempre la…

Buenas tardes, señora, deme por favor, ¿qué tiene usted más barato? murmuraba la viejecita cada vez que entraba en la carnicería.

Semana tras semana, a la misma hora, atravesaba la puerta una abuela diminuta, encorvada por las décadas y por lo vivido.

No pedía nada especial.
No se quejaba.
No montaba escenas.
Solo se detenía ante el mostrador repleto de carne, y su mirada parecía pesar no filetes, sino sueños por cumplir.

Sacaba después su monedero, tan viejo que parecía algo recogido de otro tiempo, desgastado por miles de preocupaciones. Lo abría con lentitud, y volvía a mirarlo con esa tristeza de quien no espera milagros, sólo aspira a que “quizá alcance”.

Con voz baja, casi avergonzada, murmuraba:
¿Tiene algo más asequible?

El carnicero ya la conocía.
Sabía que no pedía solomillo, ni lomo, ni los cortes más jugosos.
Compraba siempre lo más modesto: huesos de pollo, cartílagos, recortes.

Y cada vez que dejaba la bolsa sobre el mostrador, algo le apretaba el pecho:
No era solo pobreza
Era dignidad.

La viejita no mendigaba.
Pagaba.
Aunque su compra fuese apenas nada.

Un día, el carnicero la observó al marcharse, sin saber bien por qué.
No se fue a casa.
Rodeó las fachadas, cruzando patios donde la gente no mira de frente.

Allí, junto a un cartón empapado tras una verja, se arrodilló, pese al dolor de sus rodillas. Sacó los huesos y los dispuso en el suelo con una delicadeza ceremoniosa, como quien deja flores en una tumba.

Entonces aparecieron ellas:
Tres gatas.
Eran sombras, flacas, asustadas, hambrientas.

Se lanzaron sobre los huesos, y la abuela las contempló con una sonrisa pequeña, triste y luminosa.

Tomad, hijitas tomad sé bien lo que es no tener

El carnicero se quedó petrificado.

Porque, en su mente, la abuela era una mujer que apenas podía sobrevivir
Pero, ante sus ojos, era alguien que, desde su penuria, aún era capaz de hacer espacio para otros.

No tenía apenas para ella y sin embargo, encontraba para unos seres olvidados.

Esa noche, el carnicero habló con los vecinos.
Y supo.

La mujer, decían, no estaba sola, aunque lo pareciera.
En su casa la esperaba un niño: su nieto.
Un chavalito de 7 años, huérfano de padres.

Lo cuida ella le contaron. Sola.
Con una pensión mínima.
Primero le compra libretas antes que medicinas.
Le pone a él en el plato lo mejor y ella cena pan con té.

De pronto, el carnicero entendió algo que le golpeó como un latigazo en el corazón:
No compraba huesos por gusto.
Los compraba porque no podía permitirse nada más.

Y, aun así
Repartía lo poco.

Al día siguiente, la abuelita volvió.
Se detuvo ante la vitrina.
Sacó su viejo monedero y lo miró igual de triste.
El carnicero la clavó los ojos; vio sus manos agrietadas, las uñas cortas, el abrigo gastado, y esos ojos que ya no piden nada, sólo resisten.

Antes de que ella dijera su frase habitual, el carnicero habló:

Señora hoy no va a comprar nada.

Ella se sobresaltó.
¿Cómo dice?

Hoy es para usted.

Y empezó a llenar la bolsa de buena carne: muslo, pechuga, trozos hermosos.

La abuela alzó las manos temblorosas.
No no no tengo dinero

El carnicero negó con la cabeza.

Lo sé. Por eso mismo.
Y luego, en voz baja, para que nadie oyera:

La vi ayer con los gatos.

La mujer se quedó helada, los ojos anegados de pronto, como si por primera vez su alma se quebrase.

Yo sólo les doy me da pena no tienen a nadie

El carnicero apretó la mandíbula, luchando contra las lágrimas.

¿Y usted? ¿A quién tiene?

Ella asintió.

Un nieto.

Y nada más.

En ese “un nieto” cabía un universo entero.
Una vida de sacrificios, noches en vela, miedo al mañana, y un amor que basta.

El carnicero empujó la bolsa hacia ella.

Tómeselo. Para el niño.

La abuela rompió a llorar, calladamente, con esas lágrimas que duelen de tan hondas.

¿Por qué lo hace usted?

El carnicero contestó, con la simpleza de los grandes:

Porque usted de la nada hace el bien.

¿Sabes qué es lo más doloroso?
Que los mejores suelen ser los que más sufren.

Ella apretó la bolsa como si fuera un tesoro sagrado.

No tengo mucho pero corazón sí. Y mientras pueda, compartiré

El carnicero la miró y notó la humedad en sus propios ojos.

Aquel día, no se vendió solo carne.
Se repartió humanidad.
Se compartió esperanza.

Quizá el mundo no cambie con grandes discursos
Pero sí con quienes deciden no ser fríos.
Con un pequeño gesto.
Con una bolsa extra.
Con un corazón que dice:

“No estás solo.”
“Si has leído hasta aquí, no des la espalda a la bondad: hoy puede ser ella mañana, tu propia madre.”

Si has llegado hasta aquí no pases de largo.
Deja un para esta abuela y un “Que Dios la bendiga” para todos los que llevan su carga en silencio.

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Buenas tardes, señora, ¿me puede dar, por favor, lo que tenga usted más barato?, le decía siempre la…